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La semana pasada he vuelto a Flandes. Y van… Es un sitio recurrente al que me gusta escaparme de vez en cuando. Esta entrada rompe la dinámica acostumbrada en el blog, pero si me sobran los motivos para volver a Flandes, ¿por qué no detallarlos aquí?

Ver Gante al caer la noche. Desde el puente de San Miguel, en cualquiera de los canales, al pie de la catedral de San Bavón… La iluminación de la ciudad la hizo merecedora de un premio por parte de Phillips, que algo saben de luces.

Llegar en tren a la estación de Amberes-Central, una de esas estaciones con el eterno encanto que dan las despedidas, por supuesto también los encuentros. Si la imaginamos en blanco y negro, en los andenes podremos ver a enfermeras llorando por soldados que se marchan al frente.

Aunque sea un clásico, dar un paseo en barca por los canales de Brujas. Los días de otoño dan un color especial al recorrido.

Ir a comprar flores porque sí, sin motivo aparente, al mercado que celebran de lunes a domingo (7 a 13 horas) en Kouter, una plaza junto a la ópera de Gante. Si al acabar rematamos con media docena de ostras y una copa de vino blanco en el quiosco de la esquina, el día será completo.

Tomar una de las famosas cervezas belgas. Hay donde escoger entre varios centenares. La cervecería 2Be en Brujas tiene la mayoría. Cada semana cambian los siete tipos de cerveza de barril que ofrecen. Junto al bar, hay una tienda donde comprar productos belgas. Muy turística para mi gusto. Me quedo en la barra. El Pachinko tendría para una buena temporada de su sección Cervezas del mundo.

Ir a ver cómo ha envejecido la princesa Leia. Durante cinco minutos al día, aparece en la basílica de la Santa Sangre para que los fieles, donación mediante, se puedan acercar a tocar la reliquia. La misión de la princesa es, cada vez que pasa un fiel, pasar un trapo al profiláctico de PVC que protege la reliquia.

Visitar el nuevo museo MAS en Amberes. Espectaculares vistas, de 360ª, desde la décima planta. Se ve perfectamente el recorrido que hace el río Escalda a su paso por la ciudad. El acceso a esa planta y al interior del edificio es gratuito. Para visitar las salas de exposiciones hay que pagar entrada.

Ver la magia de las luces sobre los canales en un día tormenta. Generalmente al caer la tarde, cuando el cielo ha estado amenazando con caerse sobre Gante, unos últimos rayos de sol, a veces simple claridad, bañan de una luz muy especial la zona de canales.

Comprobar en Amberes, también en Brujas y Gante, como el masivo uso que hace la gente de la bicicleta permite a los niños tener mucho espacio donde jugar a perseguir pompas de jabón.

Ver algunos de los mejores ejemplos de Art Nouveau en el barrio Zuid de Amberes, como la casa conocida como Los Cinco Continentes, con una proa de un barco empotrada en su fachada. El Art Nouveau, esa arquitectura que tantas alegrías da a la vista y cuya decadencia marca el punto donde se empezó a perder el norte.

Comer un trozo de las deliciosas tartas o una cake cup de las que preparan en Julie’s House, junto al castillo del Conde, conocido como Gravensteen, en Gante. La tarta de crème brulée con ruibarbo y la de speculoos con chocolate blanco están increíbles.

Seguimos con el dulce -el lunes a dieta-. Los gofres de Max, también en Gante, junto a la iglesia de San Nicolás. Enormes, hechos en el acto, con chocolate y nata. Solos cuestan algo menos de cinco euros y con gracia, es decir como el de la foto, ocho euros. La elegancia del sitio y sobre todo el sabor bien los valen.

Ir a Flandes en la mejor de las compañías. Yo la tuve.

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Acabamos la anterior entrada de esta pareja de ciudades flamencas haciendo referencia al cine. En el puente de San Miguel, la sensación que se tiene es la de estar inmerso en un rodaje. Cuidados escenarios al frente y también en el viejo puerto. En los antiguos muelles de Graslei y Korenlei las luces de la tarde acarician el atrezo y la acción parece transcurrir a golpe de claqueta.

Tras el silencio se rueda, los extras entran en juego. Una pareja de guapos sentados en el borde del canal ríen a carcajadas, el camarero llega con otra ronda de cervezas y, con gestos que parecen nacidos de la casualidad, una chica pasea a dos dálmatas junto a un tipo con pinta de estudiante que aparca su bicicleta. Mientras, en el embarcadero, una pequeña barca de madera suelta amarras a la par que un joven enamorado saca notas de su saxofón.

Tras rodar la escena, toca asueto en los locales de Patershol, el barrio de trazado medieval que concentra buena parte de los locales candidatos a ocupar páginas en una revista de tendencias. La transformación del barrio es proceso conocido: primero, la gente va abandonando progresivamente las casas y apenas tres décadas después, el aspecto de arrabal es considerado cool y el barrio se transforma en laboratorio de bohemios, en tejedores de sueños en referencia al antiguo gremio que ocupó Patershol.

La condición de ciudad universitaria hace que los estudiantes siempre encuentren motivos para anochecer en el barrio y dar sentido al Gante nocturno, el que recibe premios de Phillips -que algo sabe de luces- por su iluminación.

Pese a que Eduardo Marquina dijera que En Flandes se ha puesto el sol y Verhaeren llamara a los flamencos bebedores de lluvia y fumadores de bruma, me fui con ganas de ver las ciudades flamencas entre esa bruma, tal como mi imaginario creyó que fue Flandes en tiempos de los tercios o cuando orondas mujeres se dejaban pintar por Rubens. El sol, ese que no se ponía en España, tampoco lo hizo apenas en los días que pasé en Brujas y Gante.

Y aún quedaron en el tintero más de mil cuadros de Rubens, los Brueghel viejos y jóvenes, Rilke y Verhaeren que llevaron a Flandes en sus versos; Malinas, Amberes, los universitarios de Lovaina, el chocolate (imperdonable olvido) y la cerveza fría. Pero eso da para otro viaje.

Aquí tenéis los enlaces a las anteriores entradas sobre las ciudades flamencas de Brujas y Gante: Brujas y Gante_parte 1 , Brujas y Gante_parte 2 y Brujas y Gante_parte 3

Más información sobre Brujas y Gante en el siguiente enlace:

Turismo de Flandes

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Al darse una vuelta por Brujas uno se da cuenta de la ligereza con que ponen algunos los motes turísticos, delicuescentes apelativos: la Venecia del Norte. Y se quedan tan anchos. Navegando por la red salen, sólo en la primera página de resultados, media docena de ciudades distintas así bautizadas por obra y gracia de la poca o nula originalidad. ¿En Brujas hay canales? Cierto. Hasta aquí las similitudes. Muy temprano, las campanas animan a empezar el día. El sonido de las ruedas en los adoquines avisa de la llegada de las bicicletas y, a ritmo constante, simulando una especie de time-lapse, todo el mundo va ocupando su lugar: el tendero, la chica que prepara gofres, el cochero y los turistas. Al cabo de un rato, la necesidad de poner todo en pausa me lleva hasta los jardines del museo Groeninge y luego al interior de la pinacoteca con su colección de primitivos flamencos. Seis siglos después de aquellos cuadros, y del primer sistema de especulación en bolsa, sería interesante ver a la familia Van der Beurze (de ahí el nombre de Bolsa) bajar al parqué y comprobar la que habían liado con el Dow Jones y el Ibex.

Nos vamos a Gante, la ciudad con todo en su sito. Bueno, todo menos Los jueces justos de la Adoración del cordero místico de los hermanos Van Eyck, que llevan varias décadas fuera de su juzgado. El robo de la tabla del políptico ha alimentado toda suerte de especulaciones. Volviendo a los libros, me quedo con ese intercambio que imaginó Albert Camus en La caída: el cuadro por un vaso de ginebra. Ese es el trato que alcanzó un infeliz dipsómano, precisamente juez, en un tugurio infecto de Ámsterdam. Argumento con un punto de cine negro más apetecible que la historia real, la que cuenta que el ladrón se llevó el secreto a la tumba en un repentino ataque al corazón.

El políptico también lo robaron los alemanes para nutrir aquel museo soñado por Hitler para su megalópolis de la cultura en la ciudad de Linz. El proyecto no se llevó nunca a cabo y la pintura apareció, acompañada de otras obras maestras, en las minas de sal de Altausee, en Austria.

Tenía pendiente hablar de Carlos V que nació, de una mala digestión, en el Palacio de Ten Walle. Del lugar no se conserva más que una maqueta, por lo que si hay ganas de castillo habrá que visitar, a orillas del río Lys, el Castillo de los Condes (éste sí entero). Siguiendo con Carlos V, llegamos a la Catedral de San Bavón (la del cordero) donde fue bautizado. Pero aquí no acaban las correrías del Emperador o Rey, según si aquí o allí. Quién sabe si el hecho de que decapitara a unos e hiciera desfilar con una soga al cuello a otros fue a causa de otro ardor. No en vano, el monarca gustaba de mezclar el jamón con esa mostaza que hace saltar las lágrimas -aunque deliciosa, no pude evitarlo- tan típica de Gante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hecho es que cada 3 de mayo los habitantes de la ciudad salen de nuevo a la calle para recordar el trágico acontecimiento pero con el consecuente punto lúdico que confiere la distancia en el tiempo. Presentado el actor principal, en la próxima entrada vamos con el escenario de la película.

Las fotos de esta entrada corresponden a la ciudad de Gante. Para ver fotos de Brujas podéis visitar las anteriores entradas: Brujas y Gante_parte 1 y Brujas y Gante_parte 2

Más información sobre Brujas y Gante en el siguiente enlace:

Turismo de Flandes

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La visita a Brujas puede y debe empezar por sus plazas. Una de ellas, la Plaza del Burgo, es una suerte de maqueta que encierra una lección de Historia, también de arquitectura, de casi siete siglos. Maqueta a la que no le falta ninguna pieza: ahí está su Ayuntamiento, el Palacio de Justicia y hasta tiene su iglesia con reliquia. De la visita a la Basílica de la Santa Sangre surge la inevitable pregunta: ¿Cuántos litros de la sangre de Jesucristo, trozos de Vera Cruz o Santos Prepucios corren por el mundo?

 

La reliquia fue traída por uno de aquellos hombres que marcharon a las Cruzadas dejando a sus mujeres en unos beaterios que se arrogaban la potestad de ser salvadoras de almas, es decir, de proteger a las mujeres del calor y el vicio de la luz roja, los marineros y la gonorrea. Adaptándose a los tiempos, algunos de los beaterios con eterno parecido a jardín terrenal ofrecen visitas previo pago de un par de euros y con final en una tienda de recuerdos donde el tiempo y la paciencia tienen forma de encajes de bolillo. El de Brujas está entre los que fueron reconocidos por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

Desde la Plaza del Burgo, el recorrido lógico ha de llevarnos, tras pasar el Arco del Asno Ciego -pobre, además de burro- a la Plaza de Curtidores y de allí al Muelle del Rosario, uno de esos lugares donde no pasa un segundo, tanto de día como de noche, sin que escuchemos el clic de una cámara de fotos. ¿Aún más plazas? Queda la Plaza del Mercado con sus casas gremiales, Hallen (el antiguo mercado cubierto) y la torre Belfort, con tantos escalones como días en año bisiesto.

Como pincelada histórica y repaso a la monarquía, decir que la plaza resultó de infausto recuerdo para Maximiliano I que estuvo preso en una de sus casas, aunque no se llevaría mejor recuerdo del resto de la ciudad: su mujer, María de Borgoña, murió en Brujas al caer de un caballo, si bien es cierto que antes tuvieron tiempo de tener a Felipe I el Hermoso, que les dio, junto a nuestra Juana la Loca, a su nieto Carlos V del que hablaré cuando llegue a Gante.

Los caballos siguen paseando por la ciudad aunque hayan perdido el aspecto de corcel de tapiz flamenco, en referencia al jocoso lance con Clavileño y Don Quijote. Siguiendo con las referencias cervantinas, los caballos tiran de carruajes en los que (a veces) suben chapadas mozas que podrían pasar por los bancos de Flandes. Tras esculpir La Piedad, Miguel Ángel trabajó en la Virgen y el niño que hay en el interior de la Iglesia de Nuestra Señora. Destaca también una tabla con los escudos de los treinta caballeros del Toisón de Oro, orden muy católica, muy apostólica y muy romana pero con un símbolo pagano: el vellocino de oro. Volviendo a María de Borgoña, tras su episodio con el caballo le montaron mausoleo en la iglesia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Más información sobre Brujas y Gante en el siguiente enlace:

Turismo de Flandes

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Echo mano del diccionario de la RAE para encontrar nueve acepciones de la palabra flamenco. Entre aves, bailes e insolentes encuentro lo que busco: Natural de Flandes. Esa es la que me interesa. Allá vamos.
Podría decir que la primera vez que visité Flandes era apenas un imberbe que, sediento de mundo, se subió a un tren para recorrer Europa en un mes. Hoy, mi barba no tiene más de tres pelos pero tengo por certeza que a Flandes había empezado a viajar mucho antes.

Mi primer acercamiento vino a través de los ladridos de Patrás, el perro de Flandes, y el niño al que le gustaba Rubens. Dichosas tardes de pan con Nocilla y excusas para los deberes. Luego, entre el rosa-rosae de la primera declinación y la tabla periódica de elementos aparecieron los libros de Historia del instituto. Con ellos llegarían Felipe II, el IV, el duque de Alba, el conde-duque de Olivares y el ruido de tizonas y arcabuces de los que pagaron el pato expansionista de aquella España en la que no se ponía el sol: los tercios. Tuvieron que pasar varios siglos para que Flandes, ya Bélgica, se tomara la revancha ganando a los tercios en los cuartos de final del Mundial de México’86.

Mi sed viajera y una pizca de curiosidad me llevarían hasta los flamencos (los pintores) del Prado y mi sed lectora de nuevo a los tercios entre las páginas de Alatriste, un capitán que no era tal, resucitado por Pérez-Reverte. Un tiempo después, documentando un tema de Delibes, vino El hereje con Cipriano Salcedo para trasladarme, después de cruzar el puente Mayor de Valladolid cargado de lanas, hasta la lejana Flandes. Tras los antecedentes los hechos. De nuevo tuve la oportunidad de viajar a Flandes: Brujas y Gante iban a ser las ciudades escogidas, así que cambié el morrión por una de esa gorras patrocinadas y el jubón por la chaqueta tejana, para lanzarme a la conquista.

Haciendo un somero repaso, podríamos decir que Brujas se hizo rica gracias al asunto de la lana y, más tarde, bajo el auspicio de la Liga Hanseática cuando su salida al mar se fue cerrando no quedando más que un canal. Hasta que llegaron los franceses a Flandes para poner todo patas arriba. Una vez llamados estos a maitines y desprovistos de sus espuelas, la ciudad continuó con su expansión económica hasta que los sedimentos le cerraron definitivamente el canal en el siglo XVI. La lana, el dinero, le llega ahora de haber sabido conservar la ciudad para mostrarla al mundo.

Más información sobre Brujas y Gante en el siguiente enlace:

Turismo de Flandes

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