Tras publicar ayer la 1ª parte, seguimos con la entrevista a Bernardo Gutiérrez, autor de Calle Amazonas (Ed. Altaïr - Colección Heterodoxos) Fotografías © Bernardo Gutiérrez

EFV - Nos parece algo nuevo la invasión del Made in China, pero lo cierto es que ya en 1913 la producción asiática, cual Pantagruel, se da un festín con el caucho amazónico. Hoy en día han apostado por los chips, las motocicletas y las redes sociales. ¿Es todo tan perfectamente “verde” como te lo pintaron en tus visitas a las fábricas?

BG - Lógicamente, no. Es verdad que la Zona Franca ha contribuido a que Manaos no dependa de la explotación maderera. Pero la gestión de residuos es ineficiente y el estado de Amazonas está menos deforestado que Pará, por ejemplo, porque tiene muy pocas carreteras. En estos momentos, está en marcha el asfaltado de una carretera hacia Rondonia… Infelizmente, los asfaltado no suelen servir para nada positivo en la Amazonia. Llega la devastación, los camiones, las madereras ilegales.

EFV - Montaigne fue de los primeros en defender a los indígenas. Habla de pueblos donde no hay mentira, ni avaricia, ni envidia. Para que luego llegue la TV a acabar con siglos de tradición, como retrata Werner Herzog en Ten minutes older: the trumpet. Parece que el progreso ha hecho más daño que la colonización portuguesa.

BG - Creo que existe un mito sobre la colonización portuguesa: que no fue mala, por lo menos, que fue mejor que la española. Es lo que yo pensaba antes de documentarme y conocer la Amazonia y Brasil a fondo. Realmente, fue brutal. El exterminio fue total, el río Negro se quedó casi sin indígenas. Mezclaban a diferentes tribus indígenas, con diferentes lenguas, en misiones católicas, para que perdieran sus raíces, para que perdiesen su cultura. Les hicieron perder sus raíces, su cultura oral. El denominado progreso no es más que una continuación de aquella política colonizadora. Quizá sea más rápida la degradación, la pérdida… El contacto con la tecnología actual, con las costumbres, es más impactante…

EFV - Vayamos a Parintins. El hecho de que Coca-cola pepsicolizara sus latas con el tono azul, ¿es debido a la fuerza de la gente o simplemente a una estrategia comercial?

BG - Estrategia comercial pura y dura. ¿Se iban a arriesgar a que la mitad de la ciudad no bebiese Coca Cola por concepto?

EFV - ¿Se utiliza con mucha frecuencia la excusa del hijo del boto para los embarazos de una noche de locura?

BG - Sí, realmente es una leyenda con calado. Quizá, sobre todo en las ciudades, se dice en broma, sabiendo que el boto vive a tres calles de la embarazada…

EFV - ¿Cómo imaginas el futuro de la Amazonia?

BG - Lo imagino lleno de dificultades, con el Gobierno brasileño construyendo presas y presas y autopistas y centrales hidroeléctricas. Pero también la imagino con más redes sociales de conocimiento, con más grupos organizados, con más presión internacional para protegerla. Sin dudas que es un futuro apasionante.

EFV - En un plano más práctico y como consejo para el viajero, ¿se puede llegar a tutear a la Amazonia? Precauciones en cuanto a comida, vacunas, seguridad.

BG - Primero de todo: paciencia, paciencia y paciencia. El ritmo es otro, lento, diferente, cósmico. Hay que adaptarse. Después hay que llevar ropa apropiada, mangas largas para por la noche, repelente y hasta mosquiteras para algunas situaciones. No comer cualquier cosa en la calle, siempre agua embotellada… Cosas muy básicas.

EFV - Por último, ¿ha aparecido ya Adelir, el cura volador?

El cura Adelir falleció presa de su sueño, víctima de ese anhelo lunático que rige muchos rincones del mundo.
Muchas gracias, Bernardo.

Calle Amazonas, un libro para viajeros (activos y pasivos) que os llevará a conocer los entresijos de un río que es más una forma de vida. Tras haber visitado el Amazonas en el lado peruano y la Amazonia ecuatoriana, estoy deseando preparar la mochila para visitar de nuevo el Amazonas, esta vez en su parte brasileña.

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La semana pasada tuve ocasión de leer el libro Calle Amazonas (colección Heterodoxos de la Ed. Altaïr) escrito por Bernardo Gutiérrez. Hacía tiempo que no encontraba una crónica de viajes tan adictiva, con rasgos de los mejores libros de los grandes viajeros. En Calle Amazonas se mezcla el viaje con el rigor periodístico al que nos tiene acostumbrados su autor. Bernardo ha vivido varios años en Brasil como corresponsal de La Vanguardia (acaba de regresar al país para pasar de nuevo una larga temporada) y fruto de su trabajo allí ha publicado reportajes en medios como Geo, Interviu, National Geographic, Courrier International (París), Internazionale (Roma), Expresso (Lisboa) o Clarín (Buenos Aires).

Leyendo Calle Amazonas he sumergido mis pies en el fango, he sentido el ajetreo, el sudor y los empujones gracias a su minuciosa descripción del puerto de Manaos y todavía me entra la risa al recordar los detalles de su encuentro en la fábrica de motocicletas con la empleada maquillada en exceso. Tras leer el libro, me puse en contacto con Bernardo y accedió a contestar algunas preguntas que comparto con todos vosotros.

Todas las fotografías © Bernardo Gutiérrez

El fotógrafo viajero - Tras leer el libro y tomar multitud de notas, la primera pregunta que se me ocurre es ¿Qué tal el viaje, Fidel?

Bernardo Gutiérrez - Pues surrealistamente bien. Fidelandia existe en un rinconcito de Pará. Al acabar el viaje, la realidad y la ficción están sutilmente enredadas… Creo que recordando el viaje valoro más la magia, las cosas positivas. Las negativas te machacan cuando has acabado el viaje, las injusticias, la pobreza… Luego, poco a poco, comienzas a ver todo con más perspectiva.

EFV - El prólogo de Calle Amazonas empieza con una cita de Amélie Nothomb: “La mirada es una elección”. ¿Es, con demasiada frecuencia, una elección demasiado estrecha? No solo al hablar de la Amazonia, sino al viajar en general.

BG - Creo que es tan estrecha como la mente de cada uno. Hay miradas que abarcan el todo, que son un prisma, un ángulo. A eso me refería principalmente. Que la mirada es situarte en un punto de la realidad, para mirar. Sobre la Amazonia cuelgan tantos tópicos, clichés y mitos que hay que situarse bien a la hora de juzgarla, de vivirla.

EFV - El libro nos trae una ecléctica banda sonora de la Amazonia. Albery Albuquerque (grato descubrimiento), Scorpions o Roger Waters (Pink Floid) queriendo ser Fitzcarraldo. ¿Los sueños de Fitzcarraldo están condenados al fracaso?

BG - Rotundamente sí. Pero creo que en ese intento, ese intentar llegar a algo, ese sueño febril, tiene algo de grandioso. Quien intenta algo, ya sea un Aureliano Buendía buscando un galeón desde Macondo o un Fitzcarraldo persiguiendo un anhelo, siempre consigue algo.

EFV - Personificas en el cacique Luiz la historia de muchos de los habitantes de la Amazonia, con falsas promesas de un título de propiedad. Con una Funai corrupta hasta la médula y la alargada sombra de la esclavitud, ¿qué solución ves para los caciques Luiz de la Amazonia?

BG - Es delicada. La solución pasa por una política seria del gobierno brasileño – y por extensión del resto de países – de protección de propiedades colectivas, indígenas o quilombolas. Por una política sostenible donde el “progreso” no esté reñido con las formas tradicionales de vida, que curiosamente siempre protegieron la selva. Existen algunas iniciativas interesantes que quieren que los indígenas y habitantes de la jungla se beneficien del mercado de carbono. Si avanzasen, sería muy efectivo. Recibirían rendimiento económico a través de los fondos internacionales por el simple hecho de proteger la selva.

EFV - De la época del caucho han quedado principalmente los vicios. ¿Dejaron también algo bueno en herencia?

BG - Queda el mito, las leyendas. Y edificios maravillosos, teatros de la ópera como en Manaos y Belém, calles maravillosas, y algunos barrios, como el de Nazaré en Belém, encantadores. Y el puerto de Manaos y mercados de hierro forjados en Belém y Manaos.

Mañana la segunda parte.

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oct 082010

Ayer saltaba la noticia de la concesión del Nobel de Literatura al escritor Mario Vargas Llosa. Me parece la más acertada decisión entre los últimos galardonados. Vargas Llosa ha sido otro de los que me ha acompañado en muchos de mis viajes y me ha llevado también a paraísos desconocidos por mí hasta el momento: es el caso de El paraíso en la otra esquina donde desmonta cualquier apriorismo mostrándonos como dos personajes tan distintos como Flora y Gauguin van en busca de las mismas cosas en la vida.
Así como el lienzo de la mayoría de los libros de Delibes fue Castilla, el de Mario Vargas Llosa ha sido Perú y en especial su capital Lima. El Barrio de Miraflores aparece en Los jefes y los cachorros, los militares y el bohemio barrio de Barranco los encontramos en La ciudad y los Perros, las tascas limeñas tienen su representación en La Catedral de Conversación en la Catedral, también en El Nacional de Los jefes y los cachorros

Para Pantaleón y las visitadoras ya se trasladó hasta Iquitos, una de esas ciudades a las que se las quiere desde siempre, ciudad que es esencia literaria.

Dejo unas fotos que me recuerdan de un modo u otro a los personajes y escenarios de Vargas Llosa y aprovecho el momento para ir corriendo a comprar La tía Julia y el escribidor, libro que me recomendaba Paco Elvira en la entrada que publiqué en Sant Jordi.
Para el que visite Perú, existe una guía editada por turismo con la ruta literaria La Lima de Mario Vargas Llosa.
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Todas las ciudades que alguna vez fueron canallas llevan en los pecados su penitencia, pecados a los que en ocasiones se les da forma de libro. Cualquier casco histórico que se precie debería tener al menos uno. Y al decir casco histórico no me refiero a esos decorados de venta en agencias de viaje sino a esos lugares unidos a un pasado de crimen de gaceta, con calles de sonoros nombres que invitaban a comprar amor, agujeros indiscretos en los servicios de señoras y promesas de última copa que nunca lo era.
Valencia es una de esas ciudades y su libro es Tranvía a la Malvarrosa de Manuel Vicent.
Tranvía a la Malvarrosa es un viaje iniciático y su recorrido lleva una y otra vez a la parte más antigua de Valencia. Haciendo análisis de mis últimos viajes a la capital del Turia vi que muchas de las fotos eran del barrio del Carmen y aledaños, lugares en los que siempre acababan mis jornadas. El barrio del Carmen tuvo su dosis de necesaria transformación para que todo siguiera igual: un lavado de cara que todavía continúa, un intento de convertir en factoría de ideas y laboratorio 2.0 ese antiguo arrabal. Deambulando por el Carmen me viene a la memoria el particular callejón de los milagros de Naguib Mahfuz convertido aquí en barrio entero. A lo largo de los siglos, el Carmen mutó de huerta a morada de árabes, también de aristocráticos del medievo; fue lugar de conventos y sus calles tuvieron lugar destacado en el mapa de los buscadores de amor sin amor que otorgaban meretrices bendecidas por Santo Tomás de Aquino en su Summa Theologica o por el valenciano San Vicente Ferrer: la prostitución reglamentada llegó a alcanzar fama en todo el Mediterráneo. El Carmen es uno de esos lugares donde los creadores de todo tipo se sienten cómodos: el escritor canalla le encuentra refugio al protagonista de su libro, ese perdedor con un eterno cerco de vaso de whisky sobre la mesa; bohemios de poses ensayadas juegan a la ruleta rusa de las tendencias entre horchaterías o chamarileros, y la cocina molecular busca estómagos junto a casas con la colada recién tendida en los balcones. Huelga decir que Valencia es pura luz mediterránea. Una luz pintada por Joaquín Sorolla, una luz escrita por Blasco Ibáñez, una luz llevada por ese tranvía que todos quisimos coger algún día. El cabaret Rosales ya no existe, tampoco su sabor a fresa y esencia de amoniaco; Gracia Imperio ya no actúa en el Ruzafa ni Silvana Mangano despierta pasiones -amén de elevar “espíritus”- en la pantalla, pero muchas de las páginas pueden ser pisadas y son reconocibles en la actual Valencia. Allí está la Estación del Norte y su altivez modernista, el recorrido hasta el hotel Inglés y algún que otro huertano endomingado y señoras de funcionario con abrigos de astracán saliendo de la Catedral. Cuánto hemos querido que se parezcan nuestras vidas al viaje iniciático de Manuel, cuántas veces hemos deseado dejarnos el bañador en unos matorrales de la playa donde los pescadores eran los primeros en llegar con sus sillas de tijera.
En fin, que aquí dejo algunas de las fotos que hice montado en ese tranvía, imágenes que de algún modo u otro vi reflejadas en el divertido y a ratos irónico libro de Vicent.



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De todas estas fiestas que nos hemos inventado para desatar nuestra furia consumista, la que prefiero es la de Sant Jordi. Hay dos cosas que me gusta que me regalen: libros y una buena botella de vino. Como no hemos inventado todavía la festividad en la que regalemos vino, no toca más remedio que acercarse uno mismo a la bodega de turno. Pero dejemos el culto a Baco para otra entrada y hablemos de lo que nos ocupa hoy. El día de Sant Jordi se ha hecho extensivo al resto del mundo con un Día Internacional del Libro. Es una buena ocasión para regalar algo de lo que nos sintamos satisfechos y no esos horribles pasteles con forma de corazón, ese incómodo compromiso en forma de corbata o un frasco de colonia con anuncio sexista incluido. ¿Hay algo más grande que regalar saber? Darle a la gente que quieres la oportunidad de vivir a través de las letras, de que esos libros se conviertan en los mejores compañeros de viaje. Dada la fecha, me gustaría que me permitierais el atrevimiento de dejar en este espacio algunas recomendaciones, algunos títulos que me han acompañado durante los pasados viajes por el mundo.

Stefan Zweig es mi autor favorito. Os dejo dos títulos de esta gran novelista y mejor ensayista austriaco. El mundo de ayer (su biografía paralela a algunos de los hechos más brutales que tuvo que vivir Europa) y Mendel el de los libros un delicioso relato sobre la vida del anciano Mendel, que sólo entendía de libros.

Marca de Agua de Joseph Brodski es, para mi gusto, el mejor retrato que se ha hecho de una de las ciudades más literaturizada del mundo: Venecia.

Viajes con Heródoto de Ryszard Kapuściński. Una de las obras esenciales del gran maestro del periodismo. Su viajes por Asia con el fondo de las eternas luchas (todavía siguen) entre Oriente y Occidente, narradas por Heródoto.

A Miguel Delibes, recientemente fallecido, lo mínimo que le debemos es acercarnos a sus libros. El hereje, su última novela, puede ser un buen comienzo.

La literatura rusa está entre mis preferencias. Poca gente ha narrado tan bien la condición humana como los clásicos rusos. Ahí van dos títulos:

Todo fluye de Vasili Grossman. El protagonista, Iván Grigórievich, se cuestiona si no estaba mejor en el Gulag.
El jugador de Fiódor Dostoyevski. La baboulinka (la abuela) es uno de los personajes más entrañables de la literatura universal.

Las flores del mal de Charles Baudelaire. Siguiendo a los poetas malditos para escribir sobre Bruselas -fue una de las ciudades a las que huyeron y de la que huyeron- volvió a caer en mis manos la poesía de Baudelaire.

On the road de Jack Kerouac. Se publicó una nueva versión a través del manuscrito original. Los nombres de los protagonistas que acompañaron a Kerouac ya no se esconden tras un mote.

Ensayos de Michel de Montaigne. Libro de cabecera al que recurro muy a menudo. Sus ensayos siguen teniendo vigencia casi cinco siglos después. Cada generación ha encontrado en esta obra sus propias respuestas, cada individuo lo ha interpretado según sus experiencias vitales. Para tenerlo siempre en la mesita de noche.

Walden, la vida en los bosques de Henry David Thoreau. Tengo que agradecer a Jordi Busqué el que me hicera volver a disfrutar con este libro.

Recuerdos marroquíes del Moro Vizcaíno de José María de Murga. Dos viajeros españoles destacan por encima de los demás en el siglo XIX: José María de Murga y Domingo Badía o Ali Bey. Siguiendo los pasos de este último en un viaje por Marruecos llego al Moro Vizcaíno y su peculiar (divertido) modo de narrar sus aventuras.

Doce libros. Uno por mes. ¿No me diréis que es mucho?
¿Me dejáis vuestras recomendaciones?

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