Ya están aquí los programas para los nuevos cursos de fotografía de viajes en destino. Los lugares escogidos son Nepal (11 al 22 de febrero) y Marruecos (8 al 17 de mayo).
Son cursos pensados para todos aquellos que quieran mejorar sus fotografías en los viajes, sin importar el nivel de conocimientos. Como son grupos reducidos el trato es totalmente personalizado, cubriendo así las necesidades de cualquier participante. Los viajes constan de una parte teórica y otra práctica: tras cada intenso día fotografiando, dispondremos de espacios habilitados para comentar las impresiones, visionar y editar el material obtenido. Al final del viaje, acabaremos con un conjunto de imágenes en forma de reportaje, que contaran una historia a través de los paisajes, la arquitectura, la gastronomía y la gente de los lugares visitados.
Los cursos serán impartidos por Rafa Pérez, El Fotógrafo Viajero. Si queréis conocer un poco más sobre mi trabajo, os dejo este enlace a una pequeña biografía.
Los visitantes que entran a la medina de Fez por Bab Boujeloud lo suelen hacer cargados de los prejuicios clásicos del urbanita. Al cabo de un rato se sienten capaces de tutear a la medina, de tratarla con una familiaridad que nunca será correspondida. Ella siempre encontrará el momento de desorientarte, de hacer que no te quede más remedio que recurrir a alguno de los chavales que vagan por allí para que te saque a cualquiera de las dos arterias principales de la mayor medina de Marruecos, Talaa Sghira y Talaa Kebira, para volver a empezar.
Y es que la medina de Fez tiene el tamaño del respeto. Sus calles, callejas y callejuelas, muchas de ellas sin salida, forman uno de los mayores laberintos del mundo. Los pocos planos editados apenas sirven para hacerse una vaga idea de las proporciones de las tres zonas en las que se divide la ciudad: Fez el-Bali, Fez el-Jdid y la Ciudad Nueva. Contaba el viajero Ali Bey que las gallinas en el mercado costaban cuatro francos la docena y que en la puerta del hammam dejaban cuatro cubos para que vinieran a bañarse los demonios. Doscientos años después, excepto el precio de las gallinas, todo sigue igual en la capital espiritual del país.
Puede parecer una paradoja, pero es necesario perderse en Fez para encontrarse. Tradiciones, costumbres y olores que creíamos desparecidos saldrán a nuestro paso. Los olores los podríamos dividir en dos tipos. Por un lado, los difíciles de las curtidurías o el barrio de los tintoreros y por el otro, los amables de frutas, verduras y sobre todo de las especias: cardamomo, jengibre, cúrcuma, cilantro, pimienta, curry, nuez moscada, galanga, la lista es interminable. Ahora, usarlas adecuadamente es otra historia. La mayoría de nosotros hemos intentado, con mayor o menor fortuna, reunir a los amigos en torno a una cena exótica, a un proyecto de cuscús con música étnica de fondo. Con una mano, moviendo las verduras y la carne en la cazuela; con la otra rectificando de sal y en la cabeza, baile de especias que siempre pierden el paso. Para poner un poco de orden en nuestros experimentos culinarios el Riad Tafilalet, de la mano del reputado chef Lahcem Beqqi, propone un curso para conocer todos los secretos de la cocina marroquí.
Cuesta imaginar que tras insulsas paredes de adobe se puedan esconder joyas como el Riad Tafilalet. Al traspasar la puerta nos recibe el rumor de la fuente del patio en torno al cual están dispuestas las habitaciones. El riad cuenta con siete habitaciones -está prevista una próxima ampliación- todas ellas decoradas de manera diferente y a las que se les ha dado nombre de mujer: Salma, Sara, Xams, Layla, Sabah, Xaïma y Fátima. Mientras nos acomodamos, Ibrahim ha preparado el imprescindible té a la menta. Al llegar Lahcem escogeremos el menú que vamos a cocinar: dos platos y un postre de entre la sugerente lista. Una vez hecha la elección, el primer paso para preparar una buena harira, un tagine donde sumergir los dedos en busca de las aceitunas, ese cuscús que se nos resiste o la complicada y deliciosa pastilla es ir de compras. En el mercado, Lahcem nos enseñará a escoger los mejores productos, los más frescos y a regatear por ellos. Una vez en orden los ingredientes, adecuadas las cocciones y las especias en juego, la música suena. Ya estamos listos para volver a casa y sorprender, esta vez gratamente, a nuestros comensales. Otra cosa será encontrar verduras que huelan y sepan como verduras, nuevamente obsesión de urbanita.
Durante el necesario tiempo de reposo llega la hora de un nuevo té. La terraza del riad es una de las mejores atalayas sobre la antigua medina de Fez, especialmente al atardecer cuando los almuédanos llaman a oración. Los ecos llegan de todas partes en una suerte de competición por ver quién atrae a más fieles. Todo será redondo si la estancia en el riad coincide con uno de los días en que un par de músicos vienen para amenizar la velada con su laúd. Las luces de las velas iluminan ahora el patio, la fuente ha apagado su rumor y suena música tradicional fasí intercalada con alguna pieza de Albéniz. Música para la sencillez de un momento perfecto.
Os dejo un vídeo del momento en que llaman a la oración de la tarde. A mí me sigue emocionando cada vez que lo escucho. Imaginad en vivo.
La semana pasada se produjo un terrible atentado en la plaza Djemaa el Fna de Marrakech donde perdieron la vida 16 personas. Marruecos es uno de los países en los que me he sentido más a gusto como fotógrafo y como viajero. Eso ya lo sabéis los que pasáis por aquí de vez en cuando.
He tenido la suerte de viajar con frecuencia a Marruecos; los últimos años en estancias prolongadas. En mi último viaje, hace algo más de un año, escribía una entrada para el blog desde una terraza delante del malogrado café Argana. Cuántos vasos de té no habré bebido en el propio Argana. Mientras hacía tiempo para que bajara la luz y se activara el resorte que dispara a los mercaderes que dan de comer a la plaza, se agolpaban en mi cabeza sensaciones y sentimientos tan deprisa que difícilmente podía darles orden. No os voy a marear con lo mismo. Los que no conozcáis la plaza, podéis leer aquella crónica aquí y entrar en ambiente.
Si aceptas las reglas de juego de la Djemaa el Fna, la plaza es uno de los lugares más fascinantes para un viajero: sonidos, olores, gestos, una orgía para la memoria visual, ese bagaje que difícilmente pueden mostrar ni las mejores fotos ni los mejores artículos. Un teatro, una escenificación, y como tal hemos de aceptarlo. El suceso del pasado jueves, día 28 de abril, no puede detener la función. Show must go on. Marruecos es un país que vive en gran medida del turismo, como nosotros. Al que han intentado detener con una bomba, como a nosotros. Marruecos tiene la fortaleza de recuperarse y seguir mostrando mucho y muy bueno, como la tuvimos nosotros.
No dejemos que ese suceso nos eche para atrás a la hora de escoger Marruecos como destino de nuestros viajes. No va a ser así en mi caso. En cuanto encuentre un hueco en la agenda, sin duda antes de que acabe el año, voy a escaparme a pisar de nuevo la Djemaa el Fna, uno de esos lugares que todo el mundo debería conocer alguna vez. Para empezar la mañana tomando un gran vaso de zumo de naranja por 3 dirhams, con medio vaso extra si nos ganamos la empatía del vendedor, para sorber ruidosamente un té a la menta en una de sus terrazas (pronto, sin duda, en el café Argana), para volver a la plaza al caer la tarde; al eco de los tambores, al olor de los pinchos de kefta; para dejarte llevar al ritmo de la música gnawa, hacer ver que entiendes a los contadores de cuentos, mirar de reojo a los monos encadenados y a las sufridas serpientes -qué error más grande financiar eso con moneda fácil-, intentar vivir al ritmo de la plaza sabiendo que siempre perderemos el paso, escuchar una vez más la llamada a oración.
No caigamos en el error de darle a los que pusieron la bomba lo que andan buscando. Nuestra indiferencia será su mayor derrota. La Djemaa el Fna siempre nos ha recibido con las puertas abiertas, no nos vayamos ahora dando un portazo.
Ayer martes dio comienzo la Fiesta del Cordero (Aid al-Adha) o Fiesta Grande (Aid el-Kebir). Celebraciones de las que os he venido hablando en las últimas entradas. Tras los fastuosos días, quedará llevar las pieles de los animales (ya os dije que se aprovechaba todo) a las curtidurías y, más tarde, a las tenerías para teñir las piezas. Para este proceso nos trasladamos a Fez, donde se encuentran las más conocidas. Os llevaré directo a los lugares donde van a parar las pieles y dejamos la medina más laberíntica del mundo islámico para otra entrada.
Una de las cosas que más valoro de Marruecos es el hecho de poder encontrar oficios y tradiciones ya perdidos en nuestro país. Me hablaba en un comentario Paco Nadal de los olores del pan que hemos tenido que imaginar por las descripciones que hacían nuestros abuelos. En Marruecos ese aroma todavía no ha sido sustituido por colorantes y demás de la familia E-. Pero no todos los olores son tan amables. En las curtidurías y las tenerías la gente suele poner una barrera hecha de hojas de menta entre sus prejuicios de urbanita y la realidad del olor de los mejunjes que usan para teñir y que llevan casi de todo. En la primera parte del proceso darán una capa de cal viva al reverso de la piel. Después llegará el momento de dar color a la pieza.
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En la tenería Chouara, podemos subir a una de las terrazas y ver los pozos de líquidos de mil colores y las pieles puestas a secar al sol o, mejor aún, bajar para comprobar como los chavales bucean en las cubetas. Toda una experiencia.
La primera parte de la Fiesta del Cordero aquí y la segunda aquí.
El fuego ya estaba listo. Pronto iban a empezar a llegar los olores que abrirían el apetito. Las rondas de pinchitos se iban a suceder una tras otra, tampoco el té faltaría. Era fiesta y además los Chinani tenían invitados.
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Había perdido la cuenta de los pinchos que me había comido cuando me llamaron para que viera que del cordero se iba a aprovechar todo. Tras voltear la piel, le tiraban por encima una generosa capa de sal gorda para que soltara todo el agua y evitar así olores y la podredumbre de una pieza que acabaría en las tenerías para, posteriormente, poder confeccionar alguna prenda o accesorio.
Las cabezas de los animales también formarán parte del menú en los próximos días, pero antes las llevan a las plazas del barrio para que las asen -carbonicen- en unas grandes parrillas dispuestas para ese fin.
En la mayoría de ocasiones se habla de la sumisión de la mujer en la cultura islámica y así es en muchos casos, pero no se puede obviar otro hecho importante que fue el que viví en casa de los Chinani. Hay una serie de valores que nosotros hemos ido perdiendo a pasos agigantados y que es fácil ver en el día a día de la sociedad marroquí. Hablo sobre todo del respeto por los mayores y el sentido de familia donde se da sin pedir. En la próxima -última- entrada sobre la Fiesta del Cordero os hablaré del proceso en la curtiduría y las tenerías.