Hoy se estrena la película Ira de Titanes, secuela de la primera Furia de Titanes. No os voy a hablar de ella, no es un cine al que dedique demasiado tiempo. Pero sí de las localizaciones escogidas para el rodaje. Durante varias semanas del año pasado, el equipo se trasladó a las islas de Tenerife y La Gomera. ¿Cómo? ¿Y dónde están las playas? Desde el boom turístico en España, se ha incidido tanto en la idea de las vacaciones de bañador, toalla y bronceador, que se ha pasado por alto el verdadero potencial por el que merecen totalmente el sobrenombre de Islas Afortunadas: su interior. Tampoco contribuyó demasiado el hombre del tiempo, que siempre acababa sus pronósticos con la coletilla “En Canarias, sol y buen tiempo”.

Creo que ese tipo de promoción fue un acierto en los primeros años del turismo, pero un gran error en los tiempos actuales en los que hay que ofrecer un plus para traerte el viajero a tu destino. Me consta que eso va a cambiar porque la comunicación ha caído, recientemente, en muy buenas manos. He estado muchas veces en las Islas Canarias, me falta sólo El Hierro. Cada viaje he descubierto cosas nuevas. Los bosques de laurisilva, paisajes volcánicos, acantilados de infarto, cielos entre los más limpios del mundo donde la Vía Láctea se te cae encima.

Y mil maneras de recorrerlos: en velero, haciendo senderismo, en BTT, durmiendo bajo las estrellas. Todo ello llamó la atención del equipo de la película que ya se trasladó a Tenerife para la primera parte. En esta segunda, Ira de Titanes, han rodado en el valle del Teno, Arico, Los Gigantes y en el Teide por parte de la isla tinerfeña y también en la isla de La Gomera.

La película supone un gran espaldarazo a esos otros paisajes canarios. Espero que sea un punto de inflexión para que la gente eche un vistazo a sus espaldas cuando está tumbada en la playa. Si la película contribuye a ello, prometo incluso verla. Hay quien lo tiene claro. José María, de la empresa de turismo activo Patea tus Montes, ya montó una “Ruta de Titanes” que recorría las localizaciones de la primera parte de la película.


He estado alojado en diferentes hoteles en Tenerife y en La Gomera. En Tenerife me gusta el Parador en las Cañadas del Teide, ideal para ver las estrellas por la noche, y también el Barceló Santiago, situado en la zona de los acantilados de Los Gigantes. En La Gomera, la opción que más me gusta es la del turismo rural.

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Estaba cayendo la tarde, había subido al Roque de los Muchachos con la intención de hacer algunas fotos antes de que aparecieran las primeras estrellas. Llegado al final de uno de los senderos, la curiosidad me llevó a levantar un pie por encima de la cuerda de seguridad, luego el otro y, sin mirar atrás por si alguien me recriminaba, comencé a caminar por terreno cada vez más inestable y cuesta abajo. Hasta que llegué al borde del abismo, con la falsa seguridad que da tener el mar de nubes a tus pies. Creyendo que, en caso de caída, esa maraña de algodón amortiguaría mi descenso al vacío. También estaba la cámara, que en mi caso actúa como parapeto ante una situación de peligro. Cuando se dejó de interponer entre mí y la hostia que podía darme, me senté despacio en el suelo, intentando agarrarme a la arena y las piedras que intuía a mi alrededor. No me atrevía a dejar de mirar al frente. Estuve unos minutos en silencio. De repente sucedió. Se escuchó un estruendo de rocas a mi espalda, seguí sin quitar la vista de un infinito que ya no tenía aspecto de algodón. En mi cabeza se formó la escena de una avalancha de rocas arrastrándome al fondo de la Caldera de Taburiente. Pasados unos eternos segundos de incertidumbre, se plantó ante mí, en el filo del abismo de mis pesadillas, un arrui. Muy seguro de sus pasos, me lanzó una fugaz mirada, desafiándome a seguirlo pero sabiendo que era imposible. Tuve tiempo de doblegar a mi miedo, alzar la cámara (tenía montado un 35) y hacer un solo disparo. El arrui salió corriendo barranco abajo dejando vacío mi encuadre. De vez en cuando tengo que recurrir a la foto para confirmar que fue verdad.

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Tras la visita a Garajonay, nos habíamos quedado en la habitación de una casa rural con vistas al Teide, en la vecina isla. Tenía por delante un intenso día de visitas y catas. Con el enólogo Adolfo Gutiérrez tuve oportunidad de conocer los vinos de La Gomera, principalmente de las variedades Forastera Blanca y Listán Negro.

Aunque encontré alguna cosa interesante en los blancos, buenas maneras queriendo asomarse a la copa, menos en los tintos. Aún les queda un largo camino por recorrer. Aunque eso es, precisamente, el reto atractivo para un productor. Largo camino como el que hizo el Telémaco. San Sebastián de la Gomera, capital de la isla, mantiene una estrecha relación con Cristóbal Colón, que hizo su última escala en La Gomera antes de llegar a Guanahani.

Pero como de esa historia ya se ha hablado bastante (si te parece poco le preguntas a Google), nos vamos a quedar con la del velero Telémaco, mucho más cercana en el tiempo y bastante más emotiva.

Hasta finales de agosto de 1950, salir de España como emigrante, además de caro era ilegal. Un grupo de personas, con la vista puesta en Venezuela, decidieron comprar un barco a la desesperada, como solución a la paupérrima situación en la que vivían. El 5 de agosto, el Telémaco cambió su rumbo habitual para llegar a Valle Gran Rey con la intención de llenar sus bodegas de víveres: principalmente de gofio, papas, algo de pescado salado y poca carne de cerdo. Cuando recogieron al patrón en Tenerife, éste vio tan improbable la travesía por el exceso de pasaje del barco, que decidió volver a su casa. Con un nuevo piloto y tras un inicio de navegación esperpéntico, tienen que volver a La Gomera al poco de salir. Había gente echando la primera papilla y encontraron agua contaminada por haber utilizado bidones de combustible para su envasado. Unos cuantos pasajeros aprovecharon para desembarcar ante la llegada casual del Gobernador Civil y nuevos pasajeros atiborraron el barco a cambio de pagar su pasaje con sacos de papas, cebollas o algo de carne en el mejor de los casos. La travesía del Telémaco fue una odisea escrita con racionamiento de agua, víveres en mal estado, fin del combustible del barco y algún que otro trago de coñac para que las penas fueran menos. Eso de si algo va mal, seguro que puede ir peor, cobró todo su sentido en los siguientes días. Tormentas, fin de los víveres, agujeros en el casco para evacuar el agua que entraba. También se quedaron sin agua potable. El rezo del rosario por parte de los pasajeros coincidió con el fin de la tempestad. Un petrolero de Campsa les lanzó un poco de agua y algunos alimentos, pero no se detuvo. Tras un pequeño motín, llegaron a Martinica.

Durante unos días hicieron provisión de víveres y algo de dinero, para embarcar de nuevo rumbo a Venezuela, adonde llegaron el 16 de septiembre. Dado que Venezuela había iniciado relaciones con Franco, la tripulación del barco fue deportada y los pasajeros destinados a la isla de Orchila, hasta que un par de meses después pudieron incorporarse a puestos de trabajo en el país.

Recuerdo haber visto en el Museo de Historia y Antropología de Tenerife cartas que enviaban canarios a sus familiares desde Venezuela. ¿Habría alguna de los pasajeros del Telémaco? En el de antropología de La Gomera no vi nada referente al velero. También es cierto que fue una visita muy rápida y que una frase llamó toda mi atención.

Rezaba que los gomeros, los primitivos gomeros, tenían por costumbre ceder la mujer al huésped y es posible que también practicaran la poligamia. No puedo decir, sin embargo, que realizara trabajo de campo en ese sentido para comprobar si, como otras tradiciones, ésta también se había perdido en el tiempo. Pero me temo que sí.

Vamos con el gofio. Si yo tuviera que escribir en una hipotética “Rafapedia” la definición de gofio, diría lo siguiente:

1. s.m.m. (sustantivo muy masculino) Suerte de argamasa canaria utilizada como sistema de tortura en el siglo XVIII, en el que daban enormes cucharadas a los confinados a galeras.
2. Jaculatoria con la que asustan a los niños en La Gomera: Que viene el gofio.

La propia RAE ya avisa con el final de su primera acepción: Harina gruesa de maíz, trigo o cebada tostados, a veces azucarada. Nótese el énfasis del a veces. He tratado de comer gofio de diferentes maneras. En el escaldón o el potaje de berros todavía se aguanta, pero en el yogur, la leche o solo, no ha habido manera. Riesgo de asfixia. Menos mal que el resto de la gastronomía canaria compensa con creces mi gofiofobia. Y ahí estaba Fabián Mora, el chef más conocido de La Gomera, para enseñarme que sólo de papas podría vivir el hombre.

Estupenda cata de media docena de variedades cultivadas en la isla. El propio Fabián, puso final a mi viaje por La Gomera con una demostración de silbo canario, recientemente declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Más información sobre el turismo rural en La Gomera en islarural.com

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En España hay catorce parques nacionales. Cuatro de ellos están en el archipiélago canario. Había visitado con anterioridad Timanfaya en Lanzarote, la Caldera de Taburiente en La Palma y el Teide en Tenerife. El único que me faltaba era Garajonay.
Embarcaba en el puerto de Los Cristianos de Tenerife en un ferry de la Naviera Armas, vehículo incluido, rumbo a la isla de La Gomera. Durante el trayecto, pude ir consultando algunos datos sobre Garajonay gracias a que había wi-fi a bordo. Buscaba aquellos datos que te ayudan más a situarte que a escribir artículos. Para ponerlo en papel mejor vivirlo. Datos como que la laurisilva es un resto del bosque del terciario que llegó a ocupar una parte importante del Mediterráneo y que hoy está arrinconado en la Macaronesia y en algunos lugares de América Latina (bosque de nubes), que es la humedad que traen los alisios la responsable de la lluvia horizontal que da de comer al bosque o que más de veinte especies diferentes forman el bosque.

Hay mucha diferencia entre recorrer Garajonay en un día totalmente despejado y hacerlo cuando el mar de nubes está metido en el bosque. La primera tarde hice una interesante ruta por el bosque, llegando hasta la ermita cuya erección le debemos a una tal señora Florencia Stephen Parry. La erección, ¿de toda la ermita? Llamarme tiquismiquis, pero mejor deberle la construcción, el haber erigido, la fundación, la edificación…

Al finalizar esa ruta, me había quedado un mal sabor de boca, no era lo que esperaba. Fuertes contrastes de luces y sombras daban un aspecto extraño al bosque.

Así que decidí volver al día siguiente temprano. A las seis de la mañana el mar de nubes bailaba entre la laurisilva. Ahora sí tenía un punto mágico, de inicio de cuento. Era casi como entrar en un decorado de finales del jurásico, sin rastro de dinosaurios ya. Cierras los ojos durante un instante, escuchas como el aire mueve levemente las hojas, notas que las nubes te mojan la cara, la humedad pasa por encima de ti. Apenas llueve, pero siempre hay charcos.

El musgo siempre cubre el tronco de los árboles -hago un inciso para recordar a la gente que no lo arranque en Navidad, que el artificial da el pego-, las epifitas, que utilizan a otras plantas como soporte sin alimentarse de ellas, pero pudiendo llegar a dañarlas, aparecen por todas partes; el sotobosque de helechos cubre cualquier rincón al margen de los pequeños senderos que transitan el parque.

La imagen más clásica de Garajonay es ésta, la de su ubérrimo bosque de laurisilva, pero cabe mencionar también las formaciones de origen volcánico conocidas como roques. El de Agando es un buen ejemplo. Fálicas formaciones de piedra, al estilo de la torre Agbar, pero mucho más naturales.

Al caer la noche, llegó uno de esos momentos que van directos a los capítulos del viaje de tu vida. Una cena, una guitarra y una letra que decía: “Vivo donde el viento da la vuelta…” Por supuesto, se refería a las Afortunadas. Ya en el hotel, desde la ventana, se silueteaba el Teide en la isla vecina. Una buena muestra de lo que es el turismo rural en la isla y preludio de lo que esperaba al día siguiente: cata de vinos, de papas y gofio, visita a la capital o una demostración del silbo gomero, recientemente declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Más información sobre el turismo rural en La Gomera en islarural.com

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Como os contaba en la primera entrada, en mis primeras visitas a Tenerife el Teide no era más que el recuerdo de una imagen de poca calidad en el libro de Ciencias Naturales, con el pie de foto indicando que era el pico más alto de España. Ahora tocaba enfrentarse a él, llegar hasta los 3.718 metros de su cumbre.

Los días anteriores había utilizado los remos, los pedales, disfruté con la elegancia de los delfines y me sentí muy pequeño bajo la Vía Láctea. Ahora tocaba usar las piernas. Aunque en voz baja os diré que el primer tramo lo hice en el teleférico, que te deja a 3.555 metros. Desde allí hasta arriba, pues despacito. A esa altura escasea el aire y abres mucho la boca como para atrapar más del que te corresponde. Conviene tener en cuenta que, por medidas de conservación, para acceder a la cumbre por el sendero Telesforo Bravo, hay que contar con autorización del parque. Se puede solicitar online y te darán día y hora para el ascenso.

Por lo demás, pasitos cortos, despacio y sin haber hecho copiosas comidas antes. Y por favor, no os llevéis piedras en los bolsillos. Uno de los lujos con los que conté en el viaje, fue la compañía de David Calvo, vulcanólogo del ITER (Instituto Tecnológico de Energías Renovables). Pedí a David que me soltara una perla para el artículo y esto fue lo que me contó: “Hay probabilidades de que en los próximos cincuenta años haya una erupción en el archipiélago canario”. Ya hace más de un siglo de la del Chinyero y cuarenta años de la del Teneguía, por lo que están al borde de la media que les corresponde.

Tras un paseo por la cumbre, caminamos por el sendero que llega hasta el inicio de una de las rutas más exigentes de la isla, dicen que la más bonita. Pero quedará para otra ocasión el descenso al Pico Viejo. En su lugar, nos desplazamos hasta el mirador de La Crucita para hacer el sendero a la Caldera de Pedro Gil, pasando por el volcán Arenas Negras para llegar hasta el pueblo de Arafo.

Nos esperaban Nayra y Aaron, de Teno Activo, para guiarnos. El primer tramo de la ruta lo hicimos por la pista, ya que el sendero estrecho que cae a plomo por el interior de la montaña estaba dañado por el tránsito de bicicletas (hay que estar un punto loco) y las recientes lluvias. Bosque de pino canario, cenizas volcánicas y lapilli, algún que otro tajinaste y el mar de nubes, formaron el camino hasta las proximidades de Arafo, cuando la cercanía del mar sirvió de referente para el final de las más de tres horas de descenso.

Como hemos ido viendo estos días, lejos de la playa, sin toalla, es cuando de verdad le podemos tomar el pulso a una isla preciosa, cercana y asequible. El próximo día nos vamos a La Gomera.

Más información de la isla de Tenerife en el siguiente enlace.

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