Tras los locos días de Fitur, un intenso año de viajes, crónica de una muerte editorial anunciada y un rodaje del que os hablaré en su momento, tenía a la tensión llamando a la puerta de la espalda y el cuello. También la mente andaba un poco distraída.
Cuando me llegó la invitación del Mandarin Oriental Barcelona para asistir al evento #myOMspa, algo así como una sesión de tweets y spa, no le di más importancia que la de pensar que era un privilegio poder pasar una tarde en ese hotel. Un par de días antes supe que no podía venir en mejor momento.

Llegué al hotel en esa hora tan especial conocida como la hora azul. Tenía claro que el primer lugar al que quería ir era a la terraza con privilegiadas vistas sobre la Manzana de la Discordia, eufemismo mitológico con el que conocemos al póquer de casas modernistas del Paseo de Gracia. Justo cuando el cielo había perdido su condición de azul, me llamaron para bajar al spa e iniciar los tratamientos.

Paco Nadal hablaba de una especie de síndrome de la clase Business, de lo rápido que se acostumbraba uno a lo bueno. Hay un libro maravilloso de Stefan Zweig que lo explica a la perfección. Se trata de La embriaguez de la metamorfosis. No os podéis hacer a la idea de lo rápida que es esa metamorfosis cuando estás tumbado en una de las camillas a punto de recibir un tratamiento: aceites esenciales, masaje tailandés o una pedicura siguiendo el método de Bastien González, como sustitutos del Prozac, las benzodiazepinas y las tardes en el diván.

El hotel ocupa las antiguas instalaciones de un banco. Las cajas de seguridad sirvieron para decorar el bar Banker’s, donde acabamos la jornada con la degustación de algunas tapas. El hotel tiene un par de restaurantes muy interesantes, el Moments, a cargo de Carme Ruscalleda, y el Blanc de Jean Luc Figueras.


Sé que voy a volver. Seguramente a alguna de las sesiones de los miércoles que han bautizado como Gin&Jazz. Los mejores Gin’n’Tonics acompañados de música jazz. Suena bien.
Tras el paso por el Mandarin Oriental, me siento con algo más de fuerzas para afrontar con garantías los próximos viajes (hay cosas muy, pero que muy interesantes en el horizonte) y ponerme a preparar la Masterclass que daré en el mes de marzo en una nueva edición del Fotonature que se celebra cada año en La Palma.

Ya sabéis que es raro que publique en el blog una foto que no haya hecho yo. Esta vez, prometo no acostumbrarme, he pedido un par al hotel, la de la piscina y la de la sala de tratamientos. O probaba el producto para luego contarlo o veía los toros desde la barrera haciendo fotos. Obviamente, al entrar en la piscina puse el modo workaholic en modo Off.

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Cuentan que hace años la Rambla de Barcelona era de los ciudadanos, que paseaban al calor del sol antes de meterse en su bar favorito. En ocasiones, apenas un antro con sucios fluorescentes en sus últimas horas. Pero era su antro. Por el corazón de Barcelona paseaban, por distintas aceras, las miserias del ganador y el orgullo del perdedor. Las vendedoras de amor sin amor daban buenos argumentos a los aprendices de escritor y los arrabales cobijo a Carvalho. Arrabales donde el darwinismo social siempre arrojaba sus despojos. La melancolía que provocaban esos barrios compensaba con creces sus carencias. Hasta que llegaron las Olimpiadas con toda su farándula y su especulación -mejor no hablamos del Forum o no dejaríamos títere con cabeza-, para poner la marca Barcelona en el escaparate mundial del turismo. La personalidad de los bares se escondía tras el cartel de establecimientos de comida rápida, como le pasó al Sanlúcar; se vendió la Rambla a turistas, trileros y estatuas humanas de muy dudoso gusto, se enseñaba como gótico un barrio construido unas décadas atrás y Ruiz Zafón y Falcones convertían a Barcelona en best seller. Y como guinda llegaron Ryanair y compañía, pasta del contribuyente mediante, para acabar de convertir Barcelona en un parque temático.

En al año 1908 se había creado la Sociedad de Atracción de Forasteros, nacida para llamar la atención de los extranjeros de alto poder adquisitivo cuando las autoridades vieron el potencial de Barcelona como marca. Había que ponerse a lustrar fachadas e inventarse museos para decirle a Europa lo guapa que era la ciudad. ¿Cuándo se perdió la esencia? Probablemente tras la borrachera olímpica, cuando la Copa de Europa pasaba a ser Champions, folclórica tournée que echaba paladas de virtuosos bebedores por ciudades de media Europa, sin importarles si había cama para dormir la mona. Eso sí, asegurándose de dejar bien marcado todo el centro de la ciudad como corresponde a un verdadero macho alfa. Querido Eduardo, yo entendí otra cosa por “Ciudad de los prodigios”.

Todo esto viene a cuento de la tasa que va a imponer la Generalitat al turismo, de la que ayer ya daba opinión Paco Nadal, opinión que comparto. Serán entre 1 y 3 euros por persona y noche en función de la categoría del hotel. Probablemente, al que se puede permitir un hotel de 5 estrellas le importe poco. Pero qué pasa con la familia media, de matrimonio y dos hijos. Hagamos cuentas. Ya que hablamos de Barcelona como marca, continuemos con ellas. Vamos a poner como ejemplo la familia que viene tras Gaudí, olvidando otras joyas del modernismo en Barcelona. Las entradas a la trilogía modernista del genio de Reus son las siguientes: Casa Batlló 18,15 euros, la Pedrera 15 euros y la Sagrada Familia 12,5 euros. Hacer la ruta Gaudí cuesta 45,65 euros por persona. Si la estancia es de cuatro días, al precio del hotel habrá que sumar la tasa. Pongamos la media: 2 euros X 4 personas X 4 días = 32 euros más. Todo ello si no le roban la cartera en el Metro o en la Rambla. ¿Qué pasará cuando alguien les cuente a los turistas que en Viena o en Bruselas tienen un modernismo (Art Nouveau y Jugendstil respectivamente) maravilloso y más barato. La casa Horta de Bruselas, una verdadera joya, cobra 7 euros por la entrada y entre 2,5 y 3,5 euros a todos los estudiantes.
Creo que la medida de cobrar esa tasa al turista es un error colosal y que hará cambiar las preferencias a un buen número de turistas. Lo que nos faltaba. El turismo es una de las soluciones que tenemos más a mano para salir de la crisis, pero hay que gestionarlo en condiciones. Si ello conlleva recuperar competencias y crear un ministerio fuerte que sepa recuperar la competitividad que estamos perdiendo frente a otros países que lo están haciendo mejor, adelante. Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato y le dice a todo el personal que va de paseo a Fitur que hay que trabajar en serio?
¿Y tú qué opinas, es Barcelona un parque temático?

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Desde que la escoba de los Juegos Olímpicos pasó por la ciudad, ésta dejó de darle la espalda al mar y empezó a levantarse cada mañana con la sonrisa que dan los amaneceres en esta parte del mapa. 

                                      (Gas cortado)

La fachada marítima de Barcelona es uno de los mayores escaparates del Mediterráneo. Eso lo sabe la gente y como tal actúan. Poses ensayadas para captar los últimos rayos de sol, bonitos y bronceados cuerpos en patines, un Golden Retriever en la correa y otra de gambas que un día es un día. La rumba catalana y la Nova Cançó han sido sustituidas por el Chill Out, nueva banda sonora del hedonismo. Ahora es tiempo de una nueva canción, aunque el balcón al mar siempre guardará una butaca para los nostálgicos.  
En Port Vell me encuentro con una extraña presencia: un hombre de largo pelo blanco, raída gabardina, gafas de sol, botas lustrosas, con pinta de estar esperando grandes momentos del interior de una botella. Toma notas, como el pintor hace bocetos, utilizando de lienzo la edición dominical de El país. No acierto a ver lo que pone. Hasta que en una esquina escribe MONSTRUOSISMO dentro de un cuadrado.

La mañana ha empezado con desayuno en el mercado de Santa Caterina que ha tomado el relevo del encanto de su hermano mayor un poco cansado, el de la Boqueria. En Santa Caterina hay mucha más casualidad que causalidad a la hora de colocar los productos frescos. Su cubierta de más de 200.000 hexágonos de cerámica representa las frutas y verduras de las paradas. Si nos hablan de pedagogía, documentación, divulgación y plaza entre los finalistas de los premios FAD de interiorismo en el año 2009, difícilmente lo relacionaremos con el mundo del vino, pero lo cierto es que esa es la propuesta de Monvínic: vinos de los cinco continentes en un espacio que va mucho más allá de la simple cata. Propuestas de cocina adaptada a los tiempos pero sin perder el norte de las raíces catalanas con el mundo del vino como protagonista. 

En Barcelona hace mucho tiempo que se cocina bien pero había un vacío que ha venido a ocupar el movimiento bistronomic. Un grupo de jóvenes de los sobradamente preparados que en su mayoría han pasado por la cocina de algún coleccionista de estrellas. Propuestas gastronómicas de alta calidad, locales pequeños rayanos en el minimalismo y, ahí radica la diferencia, precios comedidos. Han encontrado en el Ensanche el lugar perfecto para sus restaurantes convirtiendo el ajedrez urbano de Cerdà en una suerte de Quadrat d’Or de la gastronomía. Entre comida y cena encontramos un hueco para la merienda. En este caso me permitiréis la licencia de asomarme a un clásico: un suizo con mucha nata en alguna de las chocolaterías de la calle Petritxol. Porque a esa otra Barcelona, la de reclamo, también hay que tenerla en cuenta. Ya en su día sedujo al de la Triste Figura que se refirió a ella como lugar de belleza única y le llevó a olvidar su pesadumbre sólo por haberla visto.

Algunos de los restaurantes bistronomic son: Hisop, Tropik, Alkimia, Saüc, Gresca, Coure, Embat, Caldeni o Velódromo.



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Barcelona se encuentra cómoda entre libros, se siente querida cuando pasan todas las páginas que le han escrito. Desde el Cervantes que plantó a su Don Quijote en Barcelona para desfacer entuertos y encontrar imprenta hasta el Ruiz Zafón de segundas partes nunca fueron buenas, han sido legión los literatos que han encontrado en la ciudad el fondo perfecto para sus historias. Libros que nos han mostrado La Rambla como un río pero que prefirieron adentrarse en sus afluentes. También nos llevaron a la parte alta y su más alta sociedad, pero como siempre he sentido más simpatía por la notoriedad del perdedor que por la precariedad de los ganadores, nos quedamos en los antiguos arrabales.

La Ciudad Condal, como otras ciudades portuarias, tuvo sus historias de cabarets, asuntos de estraperlo y vendedoras de amor sin amor en barrios como el Raval, reducto de ambiente portuario resultado del darwinismo social, de vidas encalladas en sórdidas circunstancias. En algunas de sus calles todavía se cruzan turistas con princesas del Este, muy lejos de aquellas putas de talento legendario que eran capaces de cobrar la misma media hora a tres clientes diferentes. Como el ayuntamiento con la Hora Azul. También hay carteristas y la señora María que vuelve de la compra. Encuentro cierta naturalidad forzada en la escena, como cuando se mezcla el chocolate con aceite y sal: extraño pero acaba gustando.

Los bares eran lugares sin apenas pasado y con escaso futuro que frecuentaban los inspectores Méndez y Carvalho buscando alguna pista bajo unas luces con bastantes más insectos que vatios. Algunos de esos bares tenían nombres exóticos para que la gente soñara con el viaje que nunca llegaría a hacer. Faquines, estibadores y demás ganapanes deambulaban por calles de fachadas ajadas por la lluvia, el sol y luego un poco más de sol. Calles que disimulaban sus carencias con nostalgia y dosis controladas de melancolía. El eclecticismo actual lleva al barrio del Raval a una convivencia sui generis. El Gato de Botero aparece rodeado por el local social del Atlanta F.C., los bocadillos del bar Madame Jazmine, un puesto de kebab y un gran letrero que nos dice que otro mundo es posible. A unos pasos, el Museo de Arte Contemporáneo (MACBA).

Los libros de Vázquez Montalbán y González Ledesma también entraron en el barrio de La Ribera hoy convertido, junto a su vecino El Born, en uno de esos espacios experimentales para todo tipo de tendencias dispuestas a ponerle un traje de colores a lo negro del género. Ya no queda arrabal que se precie sin pinta de factoría de ideas, lleno de laboratorios de un diseño tan efímero como atrevido. La que ha sufrido pocos cambios ha sido la Plaza Real, una plaza que quiso ser Mayor, importante y novelada. Ahora pide a gritos una oportunidad. La merece. Por la Barceloneta, El Born y la Ciutadella lleva Eduardo Mendoza al Onofre Bouvila de La ciudad de los prodigios y en La Ribera encontramos la iglesia de Santa María del Mar que sirvió de inspiración a una de esas tantas novelas de catedrales. Aunque le hayan cambiado a Carvalho el Sanlúcar por un restaurante de comida rápida, muchos de los lugares vividos, soñados y narrados por la pléyade de verbo ágil siguen en Barcelona, aunque la evolución de la ciudad durante los últimos años haya llevado a Don Quijote a probar suerte con la cocina molecular y al bueno de Sancho a jugar al mus en la playa de la Barceloneta.

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Hace unos dias publicaba en el suplemento de Viajes de El Mundo un artículo sobre Barcelona. En cierto modo, ha sido una reconciliación con una ciudad a la que a veces le sobran turistas. He ampliado un poco el artículo publicado y os lo dejo por aquí -en 3 entregas- para que le echéis un vistazo.

La alargada sombra de Gaudí cobija grandes secretos modernistas. Hay una ciudad que se gusta en los libros, otra que mira al Mediterráneo con altivez, con un narcisismo casi sin dudas y una más, armada de sartén y cazuela que ha puesto en marcha una revolución gastronómica abanderada por un grupo de jóvenes cocineros y su filosofía bistronomic.
Hablar de Barcelona en singular es quedarse en la superficie, en esa primera impresión de postal resultona. La Condal es como una de esas casas que tras una brillante capa de pintura esconden otra que también nos gusta. A veces más que la primera. 

Aunque nos pese, hay una Barcelona de vuelos de saldo, de fútbol en miércoles con previa en la cervecería, de sangría y paella sin domingo. Pero cuando te sobra sol, mar y patrimonio es fácil encontrar tu propia ciudad, un espacio en el que encontrarse a gusto. A estas alturas no le voy a quitar a un Gaudí por el que hemos bebido los vientos un ápice de importancia. Pero al modernismo le pasa como al cine; muchas veces le acabas cogiendo cariño al eterno actor secundario. La arquitectura modernista es la huella indeleble del seny i rauxa del que hicieron gala un grupo de empresarios emprendedores, dicotomía del carácter catalán, ángel y demonio presentes en cualquier decisión con visos de posteridad. En la Barcelona de finales del siglo XIX una fachada modernista y el carnet del Circulo Ecuestre daban acceso directo al selecto club de una burguesía que bailaba en el salón de las vanidades. Pasear -con el permiso de Gaudí- por el otro modernismo nos permite vivir un idilio con el más sensual de los estilos arquitectónicos. Poder disfrutar de las curvas de un edificio sin decenas de cámaras alrededor, sin escuchar el memorizado discurso del Babel de guías o aceptar la invitación de un portal entreabierto para convertirse en voyeur del arte burgués. Todo ello sin alejarnos del meollo formado por Paseo de Gracia, Gran Vía y Diagonal en sus tramos más céntricos. 

Lucha de hierro en los balcones de Casa Comalat, cuya fachada busca hueco a codazos entre dos austeras fincas; desafío al cielo de la Casa de les Punxes, milagros de piedra en Casa Malagrida, viaje a las entrañas de la ballena en el portal de Casa Sayrach, torreón sin princesa para Casa Rocamora: para cada casa un sueño y mil secretos. 

Visitando el interior del Palau de la Música te das cuenta rápidamente dónde estuvieron los límites de la ornamentación modernista, caminando peligrosamente por el borde de la profusión. Aunque benditos excesos en este caso. De ahí a que, como dijera Josep Pla, hubiera que derribar el edificio por ser una aberración arquitectónica hay todo un mundo.

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