En las anteriores entradas habíamos navegado por la costa en el Hurtigruten y subido hasta Cabo Norte. Una pequeña parte de una provincia, Finnmark, que es la de mayor extensión de Noruega, con más de 45.000 km2 y una densidad de población de un par de habitantes por cada uno de esos kilómetros. Entre habitante y habitante hay enormes espacios de nada. Una nada nevada durante una buena parte del año. ¿Aburrido? En absoluto. Los tradicionales modos de desplazamiento de los habitantes de Finnmark se han convertido en divertidas actividades de ocio.

Ataviado con un traje que me hacía parecer -aún más- el muñeco de Michelín, busqué acomodo en un trineo tirado por perros. Si el otro día mencionaba mi error de infancia con El Rayo Verde al hablar de las auroras boreales, sentado en el trineo me vino a la cabeza otro de los libros de aquella colección que, como creo haber comentado alguna vez, empezó a moldear mi alma viajera. Esta vez era el turno de Colmillo Blanco, la novela de Jack London. Conducir un trineo tirado por perros es bastante fácil si recordamos una sencilla norma: nunca debe retirase el pie del freno cuando paramos, ya que es la señal que entienden para empezar a tirar.

La mayoría de los perros son bellos ejemplares de las razas Husky siberiano, Alaskan Malamute y Samoyedo, aunque también se utilizan otras razas no homologadas por la Federación Cinológica.

Por lo demás, relajarse y disfrutar de una actividad realmente placentera. La travesía discurrió paralela a un lago durante el primer tramo, para adentrarse más tarde por un sendero en mitad del bosque. A la vuelta, vuelvo a ser ese aventurero de medio pelo, más bien ninguno, y me espera una sopa de verduras bien caliente en el interior de una cabaña con la hoguera dándolo todo.

A la siguiente actividad le añadieron revoluciones y caballos, los de la moto de nieve que me iba a llevar de safari. Al conducir una de esas bestias, los primeros metros están hechos de precaución y dudas. Poco a poco se va cogiendo confianza y vas girando un poco más la muñeca hasta llegar a volar sobre la nieve. Esa era la sensación que yo tenía hasta que vi el marcador: 30 km/h. Sabiendo que algunas de esas motos cogen velocidades muy superiores al centenar de kilómetros por hora, lo mío era un paseo dominical.

Durante la ruta de cuatro horas de duración hubo tiempo para todo, incluso para esa confianza que inyecta adrenalina a cubos. Para la última actividad que tuve ocasión de probar, la tracción me iba a corresponder a mí. Calzado con enormes raquetas pude llegar a lugares donde no cabían motores ni el empeño de los perros.

Tengo que reconocer mi torpeza con las raquetas o mi obsesión por buscar un ángulo diferente para las fotos, pero cada vez que dejaba la senda la nieve me llegaba hasta las rodillas. Llegados a un claro del bosque, el guía sacó un enorme cuchillo para cortar algunas ramas e improvisar una pequeña hoguera. A continuación me explicó el ritual necesario para que el café saliera bien: un par de cucharadas, agitar, golpear contra una piedra, decir las palabras mágicas y servir. Salió mal. No recuerdo haber probado en mi vida un líquido negro tan malo.

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En Yokmok tienen un programa para recorrer Laponia noruega en trineo de perros. Además, por las fechas de los viajes existe la posibilidad de ver la aurora boreal durante la travesía.

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Desde la salida en Tromsø, se habían ido quedando atrás pequeñas localidades que cada una por sí sola hubiera merecido una parada: Hammerfest, Havøysund, Vadsø, Kjøllefjord. Faltaba poco para llegar a Kirkenes, punto final del recorrido en el Hurtigruten.

Una capa de hielo, cada vez menos fina, alfombraba el mar. Kirkenes disimula mal su carácter fronterizo. A escasa distancia de la ciudad, se establece la frontera entre Noruega, Finlandia y Rusia, con la que tuvo sus dimes y diretes durante la Guerra Fría y a la que le debe su liberación en la Segunda Guerra Mundial. La ciudad está situada 400 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico y como durante el invierno hay zonas del país que quedan incomunicadas, la única forma de desplazarse, incluso a distancias de apenas un centenar de kilómetros, es en una especie de bus aéreo de la compañía Widerøe.

Los pequeños aparatos de la compañía, Bombardier Dash-8, superan en poco la treintena de plazas y en la distancia que separa Kirkenes de Alta, 426 kilómetros por carretera, realizan cuatro paradas para recoger o dejar pasajeros, algunos de ellos con las bolsas de la compra hecha en el supermercado. La azafata va repitiendo el ritual en cada una de las paradas: abróchense los cinturones, chalecos salvavidas debajo del asiento, ¿le apetece un caramelo?

Al llegar a Alta tenía la opción de dormir en un confortable hotel con calefacción o en un hotel de hielo. ¿Adivináis que escogí? Otro día os lo cuento. Ahora nos quedamos con lo vivido aquella noche antes de ir a dormir. Durante el trayecto en el barco, la aurora boreal se había insinuado, pero sin llegar a coger fuerza. En una entrada anterior ya os conté las sensaciones que tuve al bailar con la aurora boreal, pero no me resisto a volver sobre el tema. Hasta que pude verla por primera vez, se habían sucedido las señales que me llevaban a necesitarla: desde aquella lectura de infancia que me llevó a pensar, erróneamente, que El rayo verde era la aurora boreal, hasta la fabulosa película Local Hero. Las temperaturas frías, alrededor de -20ºC; la noche despejada, todo apuntaba a que sería aquella noche. Con los nervios comunes a cualquier tipo de iniciación, de viaje iniciático, la esperaba dando breves carreras para entrar en calor. Y no faltó a la cita. En ocasiones me preguntan cuál es mi país preferido o qué viaje ha sido el mejor. Siempre respondo lo mismo: Los viajes están hechos de sensaciones, de experiencias. Un bagaje que hará que cuando tenga que recapitular pueda hablar de un viaje perfecto. Sin duda, las auroras boreales tendrán un protagonismo destacado en ese viaje.


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El municipio de Nordkapp, el más septentrional de Noruega, está formado por la Isla Magerøya y la tierra firme alrededor del fiordo Porsanger. Desde la localidad de Honningsvåg salen la mayoría de excursiones a uno de los lugares más conocidos de Noruega. Además de ser imán para la nevera, postal, camiseta y hucha, resulta que el icono en forma de globo terráqueo de Cabo Norte es real.

Cuentan que el momento álgido se vive durante la época del sol de medianoche, pero las dos visitas que he hecho hasta ahora a Cabo Norte han sido en invierno. Frío intenso y ventisca como protagonistas de un clima apocalíptico, vestimenta cebolla con varias capas de abrigo, paroxismo en cada paso dado hasta llegar a hacerse la foto con la bola y taza de café con bollos en el interior del centro de visitantes. Sugestión aventurera en dosis controladas para ponerse en la piel de Richard Chacellor por unos instantes.

Tras dejar las vistas al océano Ártico desde el restaurante Kompasset para más tarde y no necesitar la capilla de San Juan, ni por supuesto la Suite Nupcial, me decanto por ver el vídeo que proyectan cada hora (cada media en verano) sobre el lugar. Alucinante, nada que ver con ese tostón que tienen muchos países como promoción. Son 14 minutos de imágenes captadas con los mejores medios técnicos posibles y desde todos los puntos de vista, editados con mucho gusto y proyectados en un sistema de tres pantallas que contribuye a magnificar el resultado. La vida a 71º Norte.

Una secuencia de mi aventura nórdica con café caliente. Fotos © José Luis Roca

En el viaje de regreso hacia Honningsvåg, me llama la atención un curioso lavabo con vistas y también una pequeña isla, la de Gjesvæerstappan. Cuentan que cada 14 de abril, a las seis de la tarde, llegan allí 800.000 frailecillos, coincidiendo la fecha y la hora en años bisiestos. Seguramente hay un poco de modulación interesada en la verdadera historia de una migración que lleva a dos millones de aves a anidar en la isla desde mediados de abril hasta finales de agosto.

Como todavía quedaba un rato para volver a embarcar en el Hurtigruten, me acerqué a saludar a José Mijares y Gloria Pamplona, una pareja de españoles que decidió abrir (en el 2004) el Artico Ice Bar, un bar de hielo en Honningsvåg. Cuando acaba la temporada en octubre, su cierre de persianas significa la destrucción del bar para volver a empezar al año siguiente.

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He viajado en diferentes ocasiones por los fiordos noruegos, alguna de ellas recorriendo el litoral a bordo del Hurtigruten. Todas las ocasiones han sido realmente especiales. Recuerdo un trayecto entre Bergen y Ålesund en una primavera radiante. Pero hacer el trayecto en invierno tiene ese componente que te convierte rápidamente en intrépido aventurero. Eso sí, con plaza en camarote exterior y la calefacción funcionando. Lo bien que queda luego contar en la cena familiar que la temperatura hundía al mercurio en el abismo mientras miras de reojo el abrigo de Gore-Tex.

El invierno pasado hice el trayecto entre Tromsø y Kirkenes, en el triángulo formado por las fronteras de Noruega, Finlandia y Rusia. La sensación de estar ante un viaje diferente se acrecentaba ante la posibilidad de ver la aurora boreal desde cubierta. Había embarcado casi de noche y pasé las primeras horas del viaje haciendo continuas visitas a la cubierta. Produce sensaciones extrañas navegar de noche, sin saber por dónde vas ni hacerte una idea exacta del paisaje que tienes delante. Pese a que las luces del norte se insinuaron durante parte de la noche, no fueron lo suficientemente intensas para iluminar tierra firme ni mi corazón. La primera noche a bordo fue plácida, dejando al mar que meciera la cuna.

Si durante la noche el audio lo puso el mar, al amanecer era el frío el que se escuchaba. Es un sonido particular, pero os aseguro que el frío se escucha por esas latitudes. Cada cierto tiempo, aparecía entre la bruma un barco fantasma. No se veía a la tripulación por ninguna parte y he sido incapaz de volverme a quejar por mi trabajo después de imaginar la vida que llevarían esos marineros.

La maniobra para entrar en el puerto de Honningsvåg fue de escuadra y cartabón, una especie de pasos de vals que acabaron con el Expreso del Litoral amarrado al muelle. Desde allí me iba a desplazar a Cabo Norte. En la pequeña localidad de Honningsvåg, todo transcurría con normalidad: los niños se dirigían a la escuela y las carreteras, pese a estar cubiertas por una gruesa capa de nieve, casi hielo, estaban abiertas y los vehículos circulaban por ellas calzados con neumáticos de clavos. En Noruega, hay una fecha establecida por ley para poner (también para quitar) ese tipo de cubiertas. No tardé en darme cuenta por qué los nórdicos ganan todas las pruebas en nieve del mundial de rallies.

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feb 282010


Era muy pequeño, no recuerdo exactamente el año pero sin duda no llegaba a los diez años, cuando cayó en mis manos una colección de libros de Julio Verne. Por supuesto todavía la conservo, como todos mis libros. Entre ellos estaban títulos como La vuelta al mundo en 80 días, Miguel Strogoff, Cinco semanas en globo o El rayo verde. Supongo que parte de mi espíritu viajero se alimentó de aquella colección de libros. Poco tiempo después de leer El rayo verde apareció una fotografía de una aurora boreal entre las páginas de mi libro de Ciencias Naturales -que bonito nombre y no el de Conocimiento del Medio- y durante mucho tiempo relacioné la formación de las auroras boreales con el rayo verde, pese a las explicaciones de Aristobulus Ursiclo. Cuando años más tarde supe diferenciar entre un fenómeno y otro, se iba a convertir en una obsesión el poder verlas algún día. Había viajado a Noruega por encima del Círculo polar ártico hacía seis años y tuve la oportunidad de verla por primera vez. Tenue, efímera, breve, mágica. Esta semana pasada he vuelto a Noruega. La primera noche a bordo del Hurtigruten, el expreso costero que recorre el litoral noruego, ya quisieron aparecer por encima de los fiordos. El pasado jueves, en la localidad de Alta, estuve inquieto durante toda la cena. Podría contar que algo en mi interior me decía que iba a ser esa noche, que la magia estaba por encima de lo empírico, pero la realidad es que sabía que las condiciones eran idóneas: noche despejada y temperaturas extremas en torno a -20ºC. Con el último mordisco por tragar fui recorriendo las localizaciones que había hecho previamente. Pasaban unos minutos de las diez de la noche (benditos datos Exif porque los nervios y el frío no me dejaban ver la hora) cuando comenzó a insinuarse. Al rato bailaba libre por el cielo. Me sentí solo con ella, único en el mundo, pequeño, excitado. La aurora boreal era mi particular Elena Campbell, la protagonista que ansiaba ver el rayo verde. Bailaba conmigo, me abrazaba. Apenas unos minutos de un beso que recordaré toda la vida. Apenas treinta segundos de exposición para una foto que había soñado los últimos 25 años de mi vida.

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