Mi salida de Lisboa iba a coincidir con el inicio de la pasada cumbre de la OTAN. La ciudad estaba sitiada por la policía y, por suerte, uno de los primeros lugares que visité al llegar fue el Parque de las Naciones. Al día siguiente de haber pasado por allí cerraron todos los accesos. Obama y compañía ponían en peligro la salida de mi vuelo de regreso a casa. 

Al final, todo salió bien, con bastante retraso sobre el horario previsto pero teniendo en cuenta que el desarrollo de la cumbre iba a afectar a más de 200 vuelos, puedo decir que tuve suerte de encontrar mi sitio. Otros, casi no pueden decir lo mismo. Durante las anteriores entradas hemos tenido como hilo conductor las heteronimias, por supuesto inspirado por las caras que adoptó Pessoa a lo largo de su vida. Bernardo Soares, Ricardo Reis, Álvaro de Campos o Alberto Caeiro fueron algunos de sus heterónimos. En el paseo al lado del Tajo que lleva hasta la Torre de Belem hay unos versos del Guardador de Rebanhos junto al lugar donde se pone la gente a pescar. Están firmados por Alberto Caeiro. 

El poema reivindica la belleza de las cosas sencillas. Como se entiende bastante bien, no lo traduzco:

O Tejo desce de Espanha
E o Tejo entra no mar em Portugal.
Toda a gente sabe isso.
Mas poucos sabem qual é o rio da minha aldeia
E para onde ele vai
E donde ele vem.
E por isso, porque pertence a menos gente,
É mais livre e maior o rio da minha aldeia.

Pese a conocer tantos detalles de estos personajes, no podemos decir lo mismo de todos los lisboetas. Y si no que se lo pregunten a la Princesa Desconocida, enterrada en la Catedral. Cada barrio de Lisboa tiene carácter propio, estando muy delimitado. La calle que finaliza un barrio no tiene nada que ver con la que da inicio al siguiente. He intentado visitar todos los principales, cumplir con rituales como ir a fotografiar a la gente que se fotografía con la estatua de Pessoa en el café A Brasileira. 

También tuve tiempo de pasar por la Feria da Ladra y comprobar que, hoy en día, hay más perros que ladrones.

Paseando por el Tajo me contaron que el paisaje no tiene dueño y una tarde de muchas nubes comprobé que la bebida del McDonald’s quizá no sea tan mala.

Aunque prometí en la primera entrada que intentaría no caer demasiado en los tópicos, no podían quedar fuera de un viaje por Lisboa las entrañables señoras asomadas a sus ventanas. Gracias por vuestra compañía.

En cada viaje procuro saber qué se escucha y qué se lee en el país o región que voy a visitar. Es una manera como cualquier otra de documentar un viaje y, además de funcionarme desde hace muchos años, me sitúa en el lugar y me ayuda a intentar comprender un poco a una sociedad, sus comportamientos, sus tradiciones, incluso sus creencias a veces. En Lisboa se vino conmigo el fado en el Ipod. Aparte del más tradicional, el que elevó a Amália a la categoría de mito, o el más nuevo de Mariza, intenté descubrir alguna artista más. Entonces apareció Ana Moura para quedarse para siempre (os recomiendo abrir el vídeo en otra pestaña y escuchar a Ana mientras leéis la entrada). Siguiendo con las heteronimias como hilo conductor de las entradas sobre Lisboa, tenemos distintos personajes o distintas caras adoptadas por el fado. 

El fado se canta en penumbra, como para uno mismo, es un poema que se oye y que se ve. Dicen que hay que nacer fadista para darle voz al barrio, para dar voz a todos esos sentimientos que no puedes explicar, como el nudo en la garganta o las hormigas en el estómago. Nostalgia, melancolía y pesimismo resignado forman parte de las notas. En la Alfama hay un interesante Museo del Fado donde explican la historia de la música, los tipos de instrumentos, pasan un audiovisual muy interesante y tienen una sala de audición donde poder escuchar a los principales intérpretes de la historia del fado. 

En el museo también hay una escuela donde conocí al profesor de guitarra portuguesa Antonio Parreira. Lógicamente le pregunté dónde podía escuchar buen fado en Lisboa y lógicamente me mandó muy lejos de la Alfama, donde más actores que cantantes, rozando el paroxismo, cierran sus ojos al cantar y sólo los abren para ver si al salir has comprado el CD. Acabé en un restaurante llamado Sr.Vinho, regentado por la fadista Maria da Fé. Cada noche actúan diferentes cantantes, principalmente chicas, con unas voces deliciosas. El restaurante no es barato, alrededor de los 30-40 euros por persona, pero merece totalmente la pena la experiencia. 

 

El tema de las fotos fue ciertamente complicado. La primera noche que pasé no fue posible porque había políticos cenando y por eso de la transparencia no estaban cómodos si se hacían fotos. Al día siguiente, cantaban Liliana Silva y Gisela João. Me indicaron desde la dirección del local que no debía hacer ruido con la cámara y que la luz se reducía al mínimo durante las actuaciones (bendita D700 a 6400 ISO). 

No es justo que se lleven todo el protagonismo las voces. El fado no está completo sin el acompañamiento de la viola o guitarra y la guitarra portuguesa, que tiene un sonido más delicado que nuestra guitarra y el doble de cuerdas que hay que acariciar más suavemente para que no se queje. El sonido recuerda vagamente al sitar indio. Si vais por la capital lusa no dejéis pasar la oportunidad de asistir a un buen recital de fado, entenderéis mucho mejor ese nosequé que tiene Lisboa y que atrapa desde el primer instante.

La primera vez que fui a Viena (estuve antes que en Lisboa) apunté una frase, casi un axioma, en una Moleskine de imitación: Las ciudades con tranvía no pueden ser feas. Cuando llegue el momento de hacer balance y de recuperar todas esas notas, habrá sensaciones, risas, anécdotas, música y sonidos que me dirán que ha merecido la pena el viaje. El característico dling, dling de los tranvías de Lisboa formará parte, con toda seguridad, de la lista de mi Spotify vital.
Medio segundo después de haber hecho la pregunta a la chica que me abre la puerta del 28, me doy cuenta de lo desafortunado de mi portugués: Leva-me aos Prazeres? Contesta con media sonrisa que sí, pero porque esa es la parada final de ese trayecto, el cementerio de Prazeres. Lógico destino para una última parada. 

Escuchas al 28 antes de verlo. Cuando entra en tu campo visual lo imaginas repleto de educados viajeros, vestidos con gabán, sombrero y paraguas, el diario bajo el brazo, atentos para ceder su asiento a la señora que lo necesite. Como en la Alfama, depende de la hora. Apenas se despereza el día, entre bostezos, el 28 es de los lisboetas. Un poco más tarde, a la hora en que el sol se esfuerza por descolorar los parasoles, lo ceden sin traumas, pausadamente. Cada parada van quedando menos. Ahora los asientos están ocupados por estudiantes en juerga de Erasmus, nórdicos de cuello enrojecido y españoles que hablan demasiado alto. Hay horas en las que en el reducido espacio se escuchan la mitad de las lenguas del mundo. Si alguna vez cabe la duda sobre el origen del pasajero no hay más que ver su pelea con las ventanas de guillotina. Dicen que hay que ser lisboeta para abrirlas a la primera. 

El 28 está dentro de la completa red de transportes Carris que dispone de diferentes líneas, muchas de ellas con tanto encanto como el 28, en las que la única concesión a la modernidad es la máquina para validar el billete a la entrada de los tranvías. Deambulando en busca del elevador da Bica me encuentro con Manuel, que regenta la Barbería Marítima desde hace 52 años. Mientras me afeita (cabeza y barba por 10 €) cuenta, sin apenas deje de cansancio, como ha ido cambiando todo. Cuánta sabiduría y calma transmitía mientras deslizaba su navaja. Cuando salgo ya es casi de noche. La luz artificial de las farolas cambia el argénteo brillo de los raíles por un más digno tono áureo, para devolverle el 28 a los lisboetas.

Un poco de información práctica. El ticket para un viaje en el tranvía cuesta 2,50 € y 3 € los dos viajes en el elevador de Santa Justa, por lo que es muy práctico utilizar las tarjetas de 24 horas que permiten el acceso ilimitado en toda la red de la sociedad de transportes Carris, incluyendo el mencionado elevador de Santa Justa, el de Bica y nuestro querido 28.

Saramago decía que la Alfama es un animal mitológico. Siento contradecirle. Diría acaso que animal sí, pero bien real, cada vez más escondido para lamerse sus heridas y en cierto peligro de extinción. La Alfama es un barrio que lo tiene todo para ser querido y al que le sobran razones para ser odiado. Sus calles, de marcada identidad de arrabal, han tenido momentos para la sonrisa, casi tantos como para el llanto, a lo largo de su historia. 

Hay días de la semana, en hora punta, que la gente en el barrio se pone a la defensiva. Si pasa alguien por la calle dejan de hablar, de tender la ropa, se meten en sus casas, cierran las ventanas: temen al turista. Para ser más precisos temen a sus cámaras. Me preocupó ver un exceso de gente que ha tomado a las personas de los lugares donde viajan como un monumento más, sin preocuparse en absoluto por ellos, por sus vidas, por lo que tienen que contar. Sólo les interesa el trofeo, abaten la pieza a discreción, sacan sus tele-fusiles y disparan a cualquier cosa que se mueve. Pese a ello, el barrio tiene un magnetismo especial. No sé bien de dónde proviene. Quizá de ese punto de escenario de cine de ¿película italiana de los 60?, de los olores a la hora de la comida o de la esperanza de encontrar una taberna con tendencia a la charla junto a una cerveza. 

Cada día encontraba el momento de regresar a esas estrechas calles en las que el cielo no es más que una rendija entre tejas por la que apenas pasa la luz y algunas vagas promesas de un mañana mejor cuando cae la noche, momento en que todo se viste de frágil normalidad. Se intenta recuperar la esencia de los días en que sus calles no fueron más que albergue de almas sin rumbo. A esa hora han encerrado a los turistas en locales de fado donde la decadencia cuesta dinero. En la calle, ligeros olores a cigarrillo condimentado y el lejano sonido de un escupitajo ponen las notas asonantes en la banda sonora de la vida.

Por la mañana de un martes cualquiera el día amanece inusitadamente tranquilo, son horas de poca afluencia y la gente vuelve a salir de sus casas. Las mujeres en bata o delantal y zapatillas van a buscar el pan y un poco de pescado, los hombres se han calado sus gorras para enfrentarse a los chutes de ginginha para entrar en calor. La contribución de la cereza al mundo de los aguardientes se podría comparar a ese póngame un sol y sombra tan español, recarga de energía matutina para que los problemas sean menos. A primera hora es posible caminar, vagar, deambular, perderse con la vista puesta en esos adoquines casi inmunes al paso del tiempo a los que tan bien les sienta la lluvia. En pocas horas todo habrá cambiado.

¿Por qué heteronimias? No sólo Fernando Pessoa se sirvió de sus heterónimos para dar la cara por una buena parte de su obra. Lisboa es una ciudad que utiliza a menudo esas oposiciones sino gramaticales sí circunstanciales. Cambia de cara por barrios, por horas, varia el gesto según lo lisboeta que sea o se sienta el que la mire.

Había llegado a Lisboa de noche, a esa hora en que la Baixa ya está triste y solitaria, a esa hora en que salen a pasear las sombras. La humedad era alta, casi lluvia. Tras un breve paso por el hostal, el tiempo necesario para dejar el equipaje, me fui a cenar a uno de los restaurantes del meollo turístico, no había otra posibilidad por lo tarde que era. Pido agua. Me sirven una botella de marca CARAMULO. Empezamos bien, pensé. Las Pataniscas de bacalao arreglaron un poco la ofensa. El último repaso a las notas que tenía para documentar el viaje me llevan al Almirante Reis. Son pocas las localidades en Portugal que no han dedicado una calle al póstumo héroe de la Revolución. Al no escuchar las 31 salvas desde el Tajo que debían dar inicio a la Revolución, decidió escuchar un tiro desesperado que le atravesó la cabeza.

Por la mañana temprano me pongo en marcha. La primera impresión no cambia por más que visite la ciudad: Lisboa es ajada, canción de voz rota y letra alegre, sin apenas espacio para el llanto por el terremoto que asoló la ciudad en el año 1755. Con la cuenta del desayuno llega la sorpresa. El café es bueno en casi todas partes y cobran entre 0,50 y 0,60 € por él. En España, esa hiperinflación eufemísticamente conocida como redondeo nos llevó a creer que por un mal brebaje debíamos pagar un mínimo de 1 €. 

La ciudad se asoma cada mañana al Tajo con todo el peso de su Historia. Es la Lisboa manuelina, arquitectura de real nombre y sudor plebeyo, de excesos de piedra que servían de marco a unas conciencias empachadas de imperialismo. No nos queda sino conservarlos y disfrutar de cada detalle. Para muestra el mejor de los botones, la complejidad de la estructura del Monasterio de los Jerónimos. Pilares anoréxicos que soportan una bóveda en forma de casco de barco invertido, con una de sus secciones desnuda como detalle casi de egolatría: fijando la vista en esa desnudez resaltan más si cabe las filigranas que la rodean. 

Aún a riesgo de caer en algún tópico (intentaré evitarlo) en las próximas entradas no me resisto a hablaros del fado, de la Alfama y del 28.
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