Ya está aquí una nueva edición de Caja Azul. En esta ocasión abordaremos el tema de la edición gráfica.
¿Cuál es el papel que desempeña un editor gráfico en la actualidad? ¿Qué capacidades debe tener un buen editor gráfico? ¿Todos somos capaces de autoeditarnos? ¿Tiene sentido la figura del editor gráfico en un mundo en el que cada vez prevalece más la decisión del director de arte y los diseñadores? Estas son algunas de las preguntas que se plantearán y para respondernos en esta ocasión nos acompañarán dos importantes editores gráficos, Pepe Baeza y David Airob. Como es habitual en nuestros encuentros, tras las ponencias, todos podrán participar en un diálogo abierto en el que el intercambio de ideas favorecerá el encuentro de diferentes visones.

PEPE BAEZA: Valencia, 1955. Editor de fotografía del Magazine de La Vanguardia. Redactor jefe de fotografía en la Vanguardia desde 1990. Doctor en Ciencias de la Información (UAB, 1999). Profesor de Teoría y técnica del fotoperiodismo y de Géneros fotográficos en la UAB. Autor del libro Por una función crítica de la fotografía de prensa, Gustavo Gili, Barcelona 2001 y 2003 (2ªedic).

DAVID AIROB: Barcelona 1967, estudia imagen y sonido en la escuela EMAV. En 1984 inicia su carrera como fotoperiodista colaborando con L´Esportiu de Catalunya, semanario dedicado al mundo del deporte en Cataluña. Dos años más tarde colabora con la agencia Fotocursa, especializada en el mundo del motor en su vertiente deportiva y con El Mundo del siglo XXI. En octubre de 1990 inicia sus colaboraciones con La Vanguardia, donde entrará a formar parte de su dispositivo diario de información gráfica meses después. Desde entonces ha compaginado su actividad profesional en dicho rotativo barcelonés con el desarrollo de proyectos fotográficos personales e impartiendo conferencias, talleres y Workshops de fotoperiodismo. Ha publicado reportajes en revistas internacionales como: Time-Life, Paris Match, Der Spiegel, etc. Co-fundador del Centro de fotografía Documental de Barcelona, durante los últimos tres años ha sido Redactor Jefe de fotografía de La Vanguardia. Creador del blog The Wild Side, un espacio dedicado al mundo del fotoperiodismo y la edición gráfica.

La 5ª Edición de Caja Azul se celebrará el sábado 17 de septiembre, de 10h a 14h en el Centre Cívic Pati Llimona.

Entrada: 5 euros. Aforo limitado.

Estimados amigos de Caja Azul:

Llegamos a la V Edición con un interesante programa. A pesar de que nuestra intención y esfuerzos están dirigidos a que Caja Azul continúe siendo de acceso gratuito, nos vemos obligados a cambiar esta modalidad en esta edición y para asistir de forma presencial los asistentes deberán pagar una pequeña entrada de 5 Euros. El cobro se realizará el mismo día en la entrada a la sala.
Os rogamos que disculpéis este cambio pero vuestra ayuda es fundamental para que podamos continuar no sólo ofreciendo contenidos y ponentes de calidad, sino también trabajando en próximas ediciones. Muchas gracias por vuestro apoyo.

Para confirmar tu asistencia es necesario rellenar el formulario de inscripción.

 

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La estancia en un resort ha sido, generalmente, un tipo de vacaciones lleno de estereotipos. Pero los prejuicios nunca han sido buenos compañeros de viaje. Yo mismo, hasta hace algunos años, no me hubiera planteado reservar habitación en un todo incluido. En los últimos años, me daba cuenta de que cuando por fin podía desconectar, escogía destinos en los que acababa más cansado, física y mentalmente, que antes de haber hecho las vacaciones. Siempre había visitas que hacer, objetivos para fotografiar, rincones por descubrir. Según la RAE, vacación es el descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado o de los estudios.

He destacado en negrita la palabra descanso. En principio, de eso se trata el hecho de hacer vacaciones, ¿no? Pues bien, he encontrado que la estancia en un resort es el tipo de vacaciones que más me aporta para que el descanso sea efectivo. Volvemos a la RAE. Descanso es quietud, reposo o pausa en el trabajo o fatiga.

Durante el viaje a México tuve oportunidad de visitar dos hoteles de la cadena Barceló, el Maya y Los Cabos, ambos en la categoría Palace Deluxe, el top de la cadena mallorquina. El primer día pones el despertador, no quieres perderte el amanecer y un primer baño en la playa. Poco a poco te vas contagiando del ritmo del hotel y vas olvidando el tuyo. No tardas demasiado, justo el tiempo de tomar el primer cóctel en el interior de la piscina o de reservar una sesión de masaje en el spa.

Vuelves a mirar el reloj, una vez más, probablemente la última. Has reservado mesa en el restaurante mexicano, por la noche será turno del japonés. La calidad de la gastronomía te hace arrojar otro sambenito al fondo del mar. Sigues con la manía de mirar el reloj. Tranquilo, sólo llevas un día con la pulsera mágica anudada a tu muñeca. Llega el momento, no sabes si mientras estás tumbado en la hamaca de la terraza o en el rincón chillout de la playa. Quizás ha sido durante el paseo por la arena blanca, mientras tratabas de localizar las estrellas. Pero con toda seguridad la cronología quedará interrumpida, has perdido la noción del tiempo. Lo consigues, estás descansando.
Por supuesto, tienes la posibilidad de hacer escapadas, pero las adaptas al ritmo que vas a llevar durante esos días, el ritmo pausado del dolce far niente.

Más información sobre los hoteles de Barceló.

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La primera vez que fui a Tulum, hace unos diez años, estaba tan obsesionado con el complejo arqueológico en sí que se me olvidó un pequeño detalle: disfrutar del emplazamiento, del privilegiado entorno donde se encuentran los restos de esta antigua ciudad maya. En sus inicios fue bautizada como Zamá o Ciudad del Amanecer. Y vaya amanecer. Con un mar Caribe de color irreal al otro lado de la ventana. El Castillo es la edificación más emblemática de un complejo que parece que fue un centro de observaciones astronómicas. Hay que imaginarse una época en la que la contaminación lumínica era inexistente y la línea del horizonte era tomada como referencia en una amplia porción del paisaje.

Profano de mí, la construcción del Castillo me parece la mejor segunda residencia jamás construida. Hace pocos días tuve la oportunidad de volver a Tulum. Tenía muy claro que esta vez tenía que bañarme en ese mar, privilegio que marca la diferencia con respecto a otras ciudades mayas. Tenía que saber qué se sentía al contemplar las ruinas metido en el Caribe hasta la cintura. Hay quien ha comparado a Tulum con Sevilla, aunque hoy en día, más allá del color especial, nada lleva a imaginara que aquella ciudad tuviera en algún momento el esplendor de la que baña el Guadalquivir. Mientras bajaba a la arena blanca, no quise mirar en ningún momento hacia arriba. Quería esperar a tener los pies metidos en el agua para tener la misma visión de los mayas que llegaban a la ciudad en barco.

Se me podría ir la olla hablando de la mística del lugar, de sensaciones que llegan desde el más allá. Pero no había sido día de Margaritas. Sí puedo asegurar que se siente algo extraño, mezcla de curiosidad con los interrogantes que surgen sobre el lugar, con las olas batiendo contra tu cuerpo mientras cargas con cientos de años de historia a tus espaldas. Para tratar de trasladar aquí, por un breve instante, lo que es bañarse en aquellas aguas, os dejo un breve vídeo que grabé con una pequeña cámara compacta.

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En mi reciente viaje a la región de Los Cabos (México), tuve la oportunidad de nadar con delfines. No fue en mar abierto, sino en un recinto controlado. Pero, al ser la primera vez que realizaba esta actividad, las sensaciones fueron muy especiales. Lo primero que sorprende, antes incluso que la inteligencia de los animales, es el tacto de la piel. En apariencia, la piel del delfín es dura. Aunque en seguida recibes la suavidad que ese primer contacto te devuelve. Es una piel muy sensible, tanto que no puedes entrar a la piscina con ninguna clase de anillo, pulsera o abalorio que pueda dañar a los delfines. Para realizar la actividad conviene tener claras un par de premisas: hay que mantener las piernas estiradas hacia el fondo. El chaleco salvavidas facilita la posición de las piernas, evitando así que puedas darles una patada cuando tratas de mantenerte a flote. Lo siguiente, y muy evidente, es que no puedes taparles el espiráculo ni los ojos. A partir de aquí a disfrutar.

Los delfines nadarán alrededor tuyo, bailarán contigo, se acercarán a darte un beso y esperarán a que se lo devuelvas. También podrás nadar por la piscina cogido a su aleta dorsal. La actividad la realicé con la empresa Cabo Adventures, y el coste de la misma es de 139 dólares. Es apta para los niños a partir de 5 años, pero no está permitida a mujeres embarazadas.
Lo único que no me gustó de la actividad es que no permitan realizar fotografías. Dicen que por motivos de seguridad, pero la verdad es que hay un negocio enorme montado alrededor de las fotografías que el propio personal realiza. Tras el baño, una batería de máquinas te muestra las fotos y, si las quieres, pagas 89 dólares por 8 fotos en un CD o 249 dólares si quieres todas las que te han hecho. No obstante, volvería a repetir el baño con los delfines sin dudarlo.

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En la anterior entrada hablaba de ese sueño recurrente que nos lleva a pensar en dejarlo todo, en cambiar de vida. Hay gente que no sólo hace de ese sueño un plan sino que lo lleva a cabo. Alfredo Ruiz y Lourdes Campos son de Tijuana. Llegó un momento en que la ciudad se llenó: edificios, hoteles, almacenes. Pensaron que ya no cabían o que no los necesitaban. Se subieron a un carro para recorrer México. Nada más paraban para comer y dormir, querían conocer a la gente. Llegaron a la conclusión de que todos somos lo mismo haciendo las mismas cosas en todas partes. Hasta que fijaron su vista en un terreno entre Cabo San Lucas y San José del Cabo, donde habían pasado épocas de vacaciones. ¿Y si no regresaban? Vivían de vender sus pinturas, por lo que no estaban ligados a un domicilio.

El dueño del terreno les dice que tiene un problema, que está sucio. ¿Y si me lo rebaja y lo deja sucio? -le dijo Alfredo. Pese a que llueve durante un minuto al mes, dice que acaban llegando las mariposas, las flores, los colibríes, y que ese momento es mágico. Como tocaban música, deciden abrir un bar para hacer conciertos y recibir gente al ritmo del blues, el jazz, progresivo o new age.
Alfredo se define como más fresa (pijo), su mujer es más dura. A él le gusta la música de los años 40-50, los boleros, toca el piano. Su mujer es la ruidosa, toca la batería.
Llevan catorce años en el Art & Beer y, a sus 58 años él y 51 ella, piensan que quizá sea la parada final en su viaje. Como colofón, me cuentan una bonita anécdota de lo que puede ser una preocupación por esas latitudes. Cuando abrieron el bar, no encontraban limones en las tiendas. Es tradición que al llegar a vivir allí te regalen un limonero, como la gente tenía en sus casas, no llegaban a las tiendas.

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