Al día siguiente tocaba el Teide, guinda la las rutas volcánicas por Tenerife. Qué hermosa perfección la del techo de nuestro país. Hay volcanes toscos, brutos, de dispares formas. Pero el Teide es el dibujo de un volcán por parte de un niño hecho paisaje. Esta vez no tocaba hacer cima como en mi anterior viaje a la isla. Tuve que conformarme con subir con el teleférico hasta los 3.555 metros y mirar con envidia a la gente que salía para recorrer los 163 metros restantes.

Del Teide y de las Cañadas han hablado mucho y siempre bien a lo largo de los años. Como la Catedral de los Volcanes lo bautizó Julio Llamazares, quizá recordando a su León. André Breton dijo que el pico del Teide estaba hecho de los destellos del pequeño puñal de juguete que las bellas mujeres de Toledo guardan en su pecho día y noche. Casi nada. Y faltaba Humboldt, que quiso visitar el Teide desde el momento en que George Foster le dijo que la visita a Tenerife había sido tan interesante como su estancia en Tahití. Cuando el alemán desembarcó en la isla dijo: “El Pico no se nos hizo visible más que durante unos minutos, cuando ya estábamos en el muelle de Santa Cruz. Pero estos minutos procuraron una visión grandiosa y sorprendente. [...] La mañana era gris y húmeda [...], cuando de pronto la nube se rasgó y a través de la abertura apareció el cielo con su azul adorable. Y en medio del azul, como si no formase parte de la tierra [...], se nos apareció el pico del Teide en toda su majestad”.


Os voy a dar un consejo. Cuando vayáis a la isla, disfrutad del Teide y del paisaje de las Cañadas a la luz del día. Pero volved también por la noche, mejor en una limpia noche de luna nueva. Y mejor aún entre mayo y junio, cuando el tajinaste está en su breve esplendor. Ver la Vía Láctea en ese paisaje es una de las mejores cosas que he vivido. Es la sensación de fotografiar, de estar moldeando el tiempo a tu antojo. La mayoría de turistas llegan en un bus para retratar los roques de García, recordando los españoles que tuvo su lugar en el billete de mil pesetas. Pasad una noche en las Cañadas del Teide y ya me contaréis. Ya de día, esa visita sí tiene que ser de día, hicimos una visita guiada al observatorio del Teide. Pudimos cómo funciona una cámara térmica y don Jordi Busqué, el señor avistu y un servidor, nos pusimos a hacer el payaso ante la cámara. El observatorio está especialmente dirigido a la observación de las tormentas solares. Con una par de pequeños telescopios vimos las manchas y los estornudos de la estrella que nos da vida.


Por cierto, empezaba esta serie de entradas sobre Tenerife comparando los paisajes de la isla canaria con los de otros en islas mucho más sugerentes por nombre. Estos días estoy viajando por Centroamérica. En Guatemala me enseñaron unas fotos para venderme la ascensión a un volcán. Si me las llegan a mostrar fuera de contexto, hubiera jurado que se trataba del tinerfeño Chinyero.

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Con Airam, un guía de El Cardón, hicimos un recorrido por varios puntos de interés dentro de las rutas volcánicas de las que os hablé en la entrada anterior. Salimos temprano desde el hotel Mencey, en Santa Cruz, rumbo a Garachico. La ciudad fue la más importente de Tenerife poco después de la conquista de la isla. De su puerto salía vino hacia América. Una erupción volcánica en el siglo XVII relegó a Tarachico a pequeño puerto de pescadores, pero gracias a las coladas de lava ganaron algo de terreno y la formación de las piscinas naturales de El Caletón.

De Garachico nos fuimos a visitar la pastelería El Aderno, en Buenavista del Norte, que se ha convertido en referencia de importantes restauradores. De hacer caso a la vista, el empacho hubiera sido importante. El sentido común hizo que me conformara con probar un pedacito de las mousse de mojito, la llamada Teide y una que me recordó a las tardes de cine (sesión doble) de mi infancia: llevaba peta-zetas. Tocaba compensar haciendo una corta ruta de senderismo desde el albergue de Bolico hasta una de las antiguas galerías donde recogían el agua, ingeniosos sistemas de almacenamiento por filtración. La que visitamos se cree que puede tener su salida en las Cañadas del Teide, a muchos kilómetros de distancia. La galería está dentro del Parque Rural del Teno, que rodea el macizo homónimo. Quemados los dulces de El Aderno, tocaba sentarse de nuevo a la mesa para degustar algunos de los platos típicos de la isla, como el queso asado con miel de palma, las papas, siempre las papas, con sus dos tipos de mojo; la carne de cabra y el bienmesabe de postre. También cocinan estupendos pescados, como el cherne y la vieja.

Pero aún faltaba otro postre. Estábamos en la parte de la isla en que la carretera dubita más para salvar los diferentes accidentes geográficos. Una buena ración de curvas nos esperaba para llegar hasta el mirador de Baracán. Desde allí, las vistas del valle de El Palmar son espectaculares, pero dejaron de interesarnos cuando apareció Damián Acosta. Gracias a gente como Damián, el tradicional salto de pastor como método de desplazamiento sigue vivo. Armado con una lanza de madera acabada en punta metálica, fue saltando y cayendo desde enormes rocas como si bajara escalones. La siguiente parada en la ruta iba a ser en Masca, uno de mis paisajes preferidos en la isla. La localidad, las cuatro viviendas que forman el caserío, está encajada en pura roca volcánica con el telón de fondo del mar.

Me he quedado un par de veces con las ganas de hacer la ruta del barranco de Masca, que desciende desde las cuatro casas que forman el caserío hasta el mar. Una vez allí, cabe la posibilidad de que te recoja un kayak y vayas remando hasta Los Gigantes, con frecuencia con la compañía de algún cetáceo, como el delfín mular. Está anotado como prioridad para la próxima vez que visite la isla. El punto final a ese día lo puso la visita al centro alfarero del barrio de Arguayo, donde se exhibe una muestra de cerámica tradicional guanche y se trabaja en la recuperación de esa forma de trabajar el barro.

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Hay paisajes de Tenerife que, de forma muy similar, también se encuentran en Islandia, Hawái o Reunión. Pero así como en esas alejadas y soñadas islas el carácter volcánico lleva el mayor peso de la imagen que proyectan, el de Tenerife está todavía demasiado ligado a un bote de bronceador y una toalla.

El año pasado ya os dejé por aquí algunas pistas para disfrutar de Tenerife dándole la espalda a la playa. Este año he vuelto, de la mano de Iberojet, para continuar con mi idilio con una isla de la que hay muchas cosas que no te han contado: modos ancestrales de desplazamiento, cursos de cocina, delfines junto a tu kayak, rutas de senderismo en las que buceas entre nubes, repostería volcánica, un vino con más cosas que decir cada día. ¿Sigo? Flores que mueren de belleza, valles donde se refugia el arcoíris, barrancos vertiginosos, ingeniosos sistemas de recolección de agua, telescopios solares, ciudades que sirvieron de modelo a las coloniales de América. Con todo eso, ¿quién quiere playa?

Como la llegada a Tenerife merecía un brindis, lo primero que hicimos fue trasladarnos hasta las bodegas Monje de la D.O. Tacoronte-Acentejo. Más allá de la creciente calidad de los caldos tinerfeños, me sorprendió por novedosa la iniciativa llamada Win&Sex que ha puesto en marcha la bodega. Son encuentros en los que el maridaje del vino se hace con productos eróticos. Felipe Monje está apostando por la creatividad a la hora de dar a conocer sus vinos y aunque el público todavía es reacio a levantarse de su toalla, poco a poco se va acercando a tan interesantes propuestas. El día dio para poco más pero ese poco fue muy intenso. Estábamos alojados en el hotel Mencey, en Sant Cruz. Últimamente se están poniendo de moda los talleres de cocina o showcooking, cuando es el cocinero el único que interviene. De la mano de Juan Carlos Clemente hicimos un repaso a lo mejor de la cocina canaria y los ingredientes que da esta tierra de acentuado carácter volcánico. En los distintos platos hubo papas en forma de ñoqui, tomate, mojos, lapas, cochino negro. Todo un repertorio que hizo que la cena sonara estupendamente.

Aunque los volcanes llevan en la isla toda la vida, parece que es ahora cuando desde turismo están apostando por las rutas volcánicas como iniciativa para dar a conocer otros atractivos de la isla. Uno de sus últimos proyectos va en esa línea precisamente, con la creación de cinco rutas: La de los Grandes Desplazamientos por La Orotava y Güimar con miradores tan espectaculares como el de Humboldt o la Crucita, desde donde sale una espectacular ruta de senderismo; la de la Dorsal de Abeque entre Vilaflor e Icod de los Vinos; la de las Erupciones Explosivas que recorre el Roque de Jama, Montaña Chiñama y el volcán de Montaña Roja; la de los Volcanes Históricos con zonas como las de Siete Fuentes, el volcán de Arafo y Chinyero, incluyendo miradores como el de las Narices del Teide, el de Garachico y el de Ucanca; y la ruta del Macizo Antiguo que pasa por el volcán de la Montaña de Taco-Buenavista, el barranco de Masca o el espectacular acantilado de Los Gigantes.

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Hoy se estrena la película Ira de Titanes, secuela de la primera Furia de Titanes. No os voy a hablar de ella, no es un cine al que dedique demasiado tiempo. Pero sí de las localizaciones escogidas para el rodaje. Durante varias semanas del año pasado, el equipo se trasladó a las islas de Tenerife y La Gomera. ¿Cómo? ¿Y dónde están las playas? Desde el boom turístico en España, se ha incidido tanto en la idea de las vacaciones de bañador, toalla y bronceador, que se ha pasado por alto el verdadero potencial por el que merecen totalmente el sobrenombre de Islas Afortunadas: su interior. Tampoco contribuyó demasiado el hombre del tiempo, que siempre acababa sus pronósticos con la coletilla “En Canarias, sol y buen tiempo”.

Creo que ese tipo de promoción fue un acierto en los primeros años del turismo, pero un gran error en los tiempos actuales en los que hay que ofrecer un plus para traerte el viajero a tu destino. Me consta que eso va a cambiar porque la comunicación ha caído, recientemente, en muy buenas manos. He estado muchas veces en las Islas Canarias, me falta sólo El Hierro. Cada viaje he descubierto cosas nuevas. Los bosques de laurisilva, paisajes volcánicos, acantilados de infarto, cielos entre los más limpios del mundo donde la Vía Láctea se te cae encima.

Y mil maneras de recorrerlos: en velero, haciendo senderismo, en BTT, durmiendo bajo las estrellas. Todo ello llamó la atención del equipo de la película que ya se trasladó a Tenerife para la primera parte. En esta segunda, Ira de Titanes, han rodado en el valle del Teno, Arico, Los Gigantes y en el Teide por parte de la isla tinerfeña y también en la isla de La Gomera.

La película supone un gran espaldarazo a esos otros paisajes canarios. Espero que sea un punto de inflexión para que la gente eche un vistazo a sus espaldas cuando está tumbada en la playa. Si la película contribuye a ello, prometo incluso verla. Hay quien lo tiene claro. José María, de la empresa de turismo activo Patea tus Montes, ya montó una “Ruta de Titanes” que recorría las localizaciones de la primera parte de la película.


He estado alojado en diferentes hoteles en Tenerife y en La Gomera. En Tenerife me gusta el Parador en las Cañadas del Teide, ideal para ver las estrellas por la noche, y también el Barceló Santiago, situado en la zona de los acantilados de Los Gigantes. En La Gomera, la opción que más me gusta es la del turismo rural.

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Como os contaba en la primera entrada, en mis primeras visitas a Tenerife el Teide no era más que el recuerdo de una imagen de poca calidad en el libro de Ciencias Naturales, con el pie de foto indicando que era el pico más alto de España. Ahora tocaba enfrentarse a él, llegar hasta los 3.718 metros de su cumbre.

Los días anteriores había utilizado los remos, los pedales, disfruté con la elegancia de los delfines y me sentí muy pequeño bajo la Vía Láctea. Ahora tocaba usar las piernas. Aunque en voz baja os diré que el primer tramo lo hice en el teleférico, que te deja a 3.555 metros. Desde allí hasta arriba, pues despacito. A esa altura escasea el aire y abres mucho la boca como para atrapar más del que te corresponde. Conviene tener en cuenta que, por medidas de conservación, para acceder a la cumbre por el sendero Telesforo Bravo, hay que contar con autorización del parque. Se puede solicitar online y te darán día y hora para el ascenso.

Por lo demás, pasitos cortos, despacio y sin haber hecho copiosas comidas antes. Y por favor, no os llevéis piedras en los bolsillos. Uno de los lujos con los que conté en el viaje, fue la compañía de David Calvo, vulcanólogo del ITER (Instituto Tecnológico de Energías Renovables). Pedí a David que me soltara una perla para el artículo y esto fue lo que me contó: “Hay probabilidades de que en los próximos cincuenta años haya una erupción en el archipiélago canario”. Ya hace más de un siglo de la del Chinyero y cuarenta años de la del Teneguía, por lo que están al borde de la media que les corresponde.

Tras un paseo por la cumbre, caminamos por el sendero que llega hasta el inicio de una de las rutas más exigentes de la isla, dicen que la más bonita. Pero quedará para otra ocasión el descenso al Pico Viejo. En su lugar, nos desplazamos hasta el mirador de La Crucita para hacer el sendero a la Caldera de Pedro Gil, pasando por el volcán Arenas Negras para llegar hasta el pueblo de Arafo.

Nos esperaban Nayra y Aaron, de Teno Activo, para guiarnos. El primer tramo de la ruta lo hicimos por la pista, ya que el sendero estrecho que cae a plomo por el interior de la montaña estaba dañado por el tránsito de bicicletas (hay que estar un punto loco) y las recientes lluvias. Bosque de pino canario, cenizas volcánicas y lapilli, algún que otro tajinaste y el mar de nubes, formaron el camino hasta las proximidades de Arafo, cuando la cercanía del mar sirvió de referente para el final de las más de tres horas de descenso.

Como hemos ido viendo estos días, lejos de la playa, sin toalla, es cuando de verdad le podemos tomar el pulso a una isla preciosa, cercana y asequible. El próximo día nos vamos a La Gomera.

Más información de la isla de Tenerife en el siguiente enlace.

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