Los días pasados en Finlandia, estuve probando la cámara de vídeo YO! SD20, que graba en HD1080. Viene equipada con una carcasa sumergible y mando a distancia que te permite activar/detener la grabación o cambiar a modo foto sin tener que ir al menú. Con los diferentes accesorios opcionales, se puede sujetar la cámara a un manillar, un casco o, la opción que yo escogí, mediante un arnés colocado en el cuerpo. La cámara respondió de maravilla a temperaturas que llegaron a los 21 grados bajo cero, con una duración más que aceptable de la batería en esas condiciones. No obstante, llevaba una batería adicional que me permitía cargar la cámara en las paradas a comer o durante la noche. Como veréis en la primera parte del vídeo, incluso en malas condiciones meteorológicas la cámara da una calidad muy aceptable. He montado las diferentes secuencias con iMovie y con la música de Epic Soul Factory. Espero que os guste.

Os dejo el enlace a Youtube, que se ve mejor que insertado en el blog.

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Como contaba en la anterior entrada, allí estaban las estrellas. Al rato, las enigmáticas luces del norte bailaban por el cielo. Me ahorraré la explicación técnica, para eso está la Wikipedia. Aunque bueno, fíate lo justo de la Wikipedia y mira mejor aquí. Entonces, ¿cómo explica las auroras boreales alguien de letras? Son como mezclar a Vivaldi, Beethoven y Mozart con las dosis justas de Wagner para formar una sinfonía perfecta. Son como enamorarse, como el instante previo a comer tu plato favorito, como un soleado día de invierno paseando por la playa con tu hija.


Fotografiaba la aurora boreal, todo lo demás importaba poco. Ya no pensaba en el esfuerzo que implicaba caminar por un bosque de noche, con la nieve un palmo por encima de las rodillas, había dejado de preocuparme por la fina capa de hielo que cubría mi cámara, tampoco pensaba en el frío. Me quité los guantes para hacer los ajustes en la cámara y, ante la emoción, no me acordé de volver a ponérmelos. Hasta que te das cuenta de que se agrieta la piel en los nudillos, quemada por el frío, y el dedo meñique te duele. Es un dolor extraño, te da la impresión de que cualquier movimiento brusco lo va a quebrar, como un témpano de hielo. Mereció la pena. Nada que no pudiera arreglar una enorme taza de té y unas galletas de jengibre. Al final, cuando ya había atrapado suficiente luz del norte, me tumbé en la nieve a ver su baile. Como ante semejante espectáculo sobran las palabras, hoy no me enrollo y os dejo con las fotos.

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En la anterior entrada nos habíamos quedado en una cabaña. Durante toda la noche, el estado de alerta permanente ante la posibilidad de ver la aurora boreal no me dejó disfrutar del cálido ambiente de la cabaña. Un ojo siempre puesto en la ventana, pero era inútil. Las nubes seguían tapando todas las posibilidades. No obstante, mientras el grupo se iba marchando a dormir, yo decidí insistir. Iba a ser una noche de largos paseos por la nieve, guiado por la luz de un frontal y siempre pendiente del cielo. Durante unos escasos segundos, se formó una aurora en el cielo, pero no duró lo suficiente para que la fotografiara y menos para que avisara a la gente que se había ido a dormir. A las 3.30 de la madrugada me rendí a la evidencia. Esa noche no iba a ser.

El segundo día de travesía empezaba de manera muy distinta. Me había acostado el último y me levantaba el primero, casi antes que los perros. Amanecía completamente despejado, el sol empezaba a asomar por encima de la copa de los árboles. Me puse a caminar por encima de un lago helado para buscar algunas localizaciones mientras el sol acababa de teñir el manto blanco de dorado, acariciando el paisaje. Media sonrisa, la cosa prometía. Los árboles parecían sacados de una película de dibujos animados. Perfectos, cubiertos por borbotones de nieve que daban un aspecto orondo a las puntiagudas coníferas. Tocaba enganchar los trineos, los ladridos parecían música y el olor a pienso no era, al fin y al cabo, tan fuerte. Tras enganchar a los perros, hice la señal visual para indicar al resto del grupo que estaba listo; daba comienzo la jornada.

El sol lo cambia todo, aparecían detalles en el paisaje que habían pasado desapercibidos el día anterior, escuchabas el sonido del patín deslizándose por la nieve, el paso por las curvas adquiría un ritmo de cámara lenta y disfrutabas de cada metro recorrido. A la épica se unía la belleza. El salmón de la comida sabía a gloria. Esta vez no hizo falta comer al abrigo de ninguna cabaña, la fogata se hizo directamente sobre la nieve. Haciendo un repaso por las caras de los compañeros de viaje se intuía otro ánimo. El inglés, el americano y el ruso (esto no es el principio de un mal chiste) charlaban animadamente. La holandesa, la italiana y el español (yo) reíamos casi a carcajadas.

El final de la travesía se hizo con un precioso atardecer, pero llegando a Harriniva para dejar los perros todo se nubló de repente. No sé cómo pasó, fue cuestión de minutos. Todo se iba al garete. Empezaba a cobrar fuerza la posibilidad de marcharse de Finlandia sin ver las auroras boreales. Intenté recobrar algo de ánimo en la sauna finlandesa, la de las extrañas competiciones que acaban frecuentemente en tragedia. Cinco minutos fue todo lo que aguanté y para la refrigeración con nieve no tuve lo que hay que tener. Preferí meterme en el jacuzzi al aire libre mientras otros se marchaban a darse un baño en ¡un agujero practicado en el río helado! El cielo seguía empeñado en no dar una tregua, así que decidí irme a cenar. Joder, otra vez salmón. Esto se parecía cada vez más a lo del argentino en Toronto. La previsión del tiempo estaba fallando por completo. Pero de pronto me pareció ver un punto brillante a través de la ventana. ¿Sería posible que fuera Venus? Dejé la cena a medias y salí corriendo al exterior. En efecto, Venus, Júpiter y mis queridas constelaciones Orión y Cisne lucían con fuerza en un cielo totalmente despejado… El próximo día el desenlace.

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Llegué a Kittilä por la tarde, tras una rápida escala en Helsinki -anotad que hay wifi gratuito e ilimitado en los aeropuertos finlandeses, además de estaciones de carga en cafeterías y otros puntos- que me hizo comprobar lo que temía: los finlandeses hablan como en las películas de Kaurismäki. Pero no es para preocuparse, aunque suelten un “Te quiero” que suena a carraspera de camionero: “Minä rakastan sinua”. Jim Jarmusch (otro genio) dice que el cine de Kaurismäki es lo bastante triste como para que te haga reír y lo suficientemente divertido como para no hacerte llorar. En Laponia el frío no es tan fiero como lo pintan. O como lo pintaban. La semana anterior a mi llegada se registraron temperaturas de 34 grados bajo cero. Durante los días que estuve cazando auroras boreales disfruté de temperaturas más cálidas, en ningún caso por debajo de los 21 bajo cero. Sorprende que, con esos registros del mercurio, en Finlandia funcione todo. Más, viniendo de un país que cierra cada vez que caen dos copos de nieve. Aeropuertos, carreteras, escuelas, todo en orden. Levi, más una estación de esquí que un pueblo, era el lugar donde iba a pasar la primera y la última noche del viaje, en un establecimiento de la cadena hotelera y restauración Hullu Poro. En España, un establecimiento llamado El reno loco no tendría más pretensiones que la de ser un bar de carretera al que la nueva autovía condenó al ostracismo, pero en Finlandia es trendy. Con la mente pendiente de lo que pudiera suceder por la noche en el cielo, apenas salí de un triste delicioso para describir el salmón, los arenques y la carne de reno que comí en la cena. La copiosa nevada que caía sobre el lugar y el cielo cubierto insistían en mandarme a la cama. Hice caso, pero me acosté con un ojo abierto y ese estado de alerta que activas ante las grandes ocasiones. Por la mañana seguía nevando. Tras el desayuno, tocaba trasladarse a Harriniva para iniciar un safari de dos días viajando en trineos tirados por perros.

Belleza, aullidos y el inconfundible olor a rancho canino, potenciado por el agua caliente que añadían a la papilla. Los perros sabían que les tocaba salir y se comportaban de manera nerviosa. Antes de partir te dan unas sencillas instrucciones para el manejo del trineo que se resumen en una sola: nunca quites el pie del freno cuando el trineo esté parado, a menos que hayas puesto el ancla. Tendría ocasión, un par de veces, de comprobar las razones de esa norma en la que tanto hincapié hizo el guía. Tras conocer a los perros que iban a tirar de mí y del equipo fotográfico, estaba listo para salir.

Tenía por delante dos jornadas en trineo en las que iba a recorrer casi cuarenta kilómetros diarios. El mal tiempo seguía siendo protagonista y la nieve hacía que, más allá de una docena de metros, empezara a costar distinguir los trineos que llevaba delante: la épica de las expediciones a los polos en formato para todos los públicos. Con ese panorama, se agradeció la parada a comer en una típica cabaña sami, con el techo abierto para la salida del humo. Una pequeña fogata hizo de calefacción y de cocina. Cuatro troncos después tenía en mi mano un par de rollos de salmón con salsa tártara. No estaban mal.

Tras otro par de horas de recorrido, empezaron a aparecer algunas cabañas de vivos colores que rompían con la monotonía cromática del paisaje. En una de ellas tocaba hacer noche. Todo muy idílico. Una chimenea encendida, el cocinero preparando durante horas un estofado de reno que serviría acompañado de puré de patatas, grosellas y pepinillos, un suelo de una madera que crujía a cada paso… Continuará.

Más información sobre Finlandia en este enlace.

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Viendo a Thorbjörn Holmlund preparar una de las típicas barbacoas suecas, a base de salmón, carne de reno y alce, patatas, zanahorias y cebollas asadas, nadie diría que es uno de los empresarios con más visión (y dinero) del país. En el Vildmarkscenter de Svansele, su museo de la vida silvestre reúne una interesante colección de animales para que podamos conocer su comportamiento durante las distintas estaciones del año.

Su último proyecto se llama Stoor’n y consistirá en una especie de alce de Troya con capacidad para 350 personas. Dispondrá de sala de conferencias y un restaurante, con un ascensor en el interior de un árbol artificial para acceder a las plantas superiores. El inicio de las obras está previsto para la próxima primavera, con la idea de tenerlo listo en dieciocho meses.

En el mismo centro ofrecen unas interesantes rutas en quad por la reserva natural que lo rodea, una ruta por dunas, campos y caminos entre coníferas para terminar con un baño en una sauna al aire libre. Si se quiere apretar más el acelerador ya hay que desplazarse hasta el centro de conducción Skellefteå, un circuito en el que podemos poner a prueba nuestras habilidades con todo tipo de vehículos; desde un tractor o un camión de bomberos, hasta coches preparados para competición.

La actividad está recomendada para grupos. El cronómetro decidirá quién se lleva el título de mejor conductor. Yo paré el crono en 59.48 segundos, marca que me hizo acreedor del diploma al conductor más rápido. También de una camiseta y una gorra del circuito. Fueron sensaciones como poco interesantes. Poder gastar rueda en un circuito cerrado, lejos de esos radares recaudatorios que nos han puesto en cada recta de las carreteras españolas.

El circuito también dispone de saunas y unas cabañas donde pasar la noche e invitar al sol a entrar para que nos despierte.

Acabo estas entradas dedicadas a Laponia sueca haciendo referencia a sus habitantes, gente afable, cercana, a las que el sol saca a vivir sus calles (pocas en esta latitud) y, sobre todo, su naturaleza.

Si quieres más información sobre Suecia y Laponia puedes visitar la página de Visit Sweden o la de Laponia sueca, con completa información en español.

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