Los viajeros que llegan a la región del Chimborazo no van más allá de su capital Riobamba con la intención de subir al tren que lleva a La nariz del diablo. Viajeros de todo el mundo dejan aflorar, ante la atónita mirada de los locales, sus viscerales instintos pugnando por conseguir una de las plazas que permiten viajar en el techo. Del paso de los españoles por la región da fe, nunca mejor dicho, la Iglesia de Balbanera junto a la Laguna de Colta. Un Alli Puncha (buenos días) María es siempre una buena forma de entablar conversación con las mujeres que llevan el ganado a pastar junto a la laguna. El quichua es la lengua que se habla en las comunidades indígenas de todo el país y la provincia del Chimborazo es la de mayor presencia de estas comunidades.
María es casi siempre uno de los dos nombres que reciben las mujeres. El uso del quichua se está adaptando a los tiempos y hay un intento por conservarlo en las escuelas. Así, es fácil escuchar palabras de nueva creación, como nikir ayachik (ordenador). En la comunidad de Gaite Laime celebran una minga, tradición que lleva a las comunidades vecinas a acudir a otra necesitada de ayuda para algún tipo de mejora: construir la escuela, limpiar un camino. A los llegados se les ofrece la comida, pero no cualquier cosa. Para la ocasión se preparan locros (un tipo de sopa) y en el horno comunitario se asan chanchos y deliciosos cuyes (una clase de cobaya).
La estación ferroviaria 12 de octubre, en Urbina, ha sido acondicionada gracias al empeño de Rodrigo Donoso, experto guía de montaña con el que iba a conocer la zona. Tras unos tragos de canelazo me convence para seguir los pasos del último hielero del Chimborazo. Empiezo a preparar mentalmente la dura jornada que espera al día siguiente y lo primero es la vacuna contra el soroche: caminar despacito, comer poquito y dormir solito.
Son las cinco de la mañana cuando el hielero, Baltasar Ushca, me ofrece un brebaje que recuerda al café. Al rato nos ponemos en marcha junto a sus tres borricos. Más de quince kilómetros ante nosotros para llegar a los casi 5.000 metros del glaciar en el que arrancará los bloques de hielo a las entrañas del volcán. A sus sesenta y cinco años sigue subiendo dos veces por semana para vender luego el hielo en el mercado de Riobamba. Un hielo que le compran más por cariño que por necesidad.
La cima del Chimborazo fue considerada durante mucho tiempo la más alta del mundo, hecho no del todo erróneo ya que debido al abombamiento terrestre es el punto más distante del centro de la tierra. La última etapa del viaje, de regreso para el norte, me lleva al volcán Antisana. A unas horas de la salida del vuelo se empiezan a complicar las cosas: llueve, nieva, graniza y al no conseguir ver ni el volcán ni al majestuoso cóndor decidimos dar la vuelta. Un pequeño charco resulta ser una especie de cráter en el que se hunde nuestro 4X4. Para tranquilizarme, me cuentan que en la zona que estamos a veces no pasa un carro en días. Tras dos horas de estúpidos esfuerzos por sacar el vehículo vemos aparecer una pick-up que nos lleva hasta el núcleo de población más cercano. Tras explicar la situación a un taxista suelta un lacónico «entonces a mil, señor». Serán las únicas palabras que pronuncie hasta llegar al aeropuerto de Quito: media hora de infarto en un trayecto para el que normalmente se necesita el doble de tiempo. Sentado en mi asiento me viene a la memoria el final del cuento Banda de Pueblo de José de la Cuadra, uno de los escritores del realismo mágico: «Todos, incluso Nazario Moncada Vera (léase incluso yo), se persignaron, contritos…» Volvía a casa.
La primera parte aquí y la segunda aquí.
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Otro bus folclórico me lleva hacia el sur. La obligada parada en Quito me sirve de excusa para visitar el casco histórico de la capital, de estilo colonial. Una placa en la Plaza de la Independencia recuerda que fue de Quito desde donde había partido la expedición de Orellana en busca del País de la Canela y que acabó dando nombre al río Amazonas. La ciudad, crecida a la falda del Pichincha, está acostumbrada a dormir al borde del precipicio. La última erupción del volcán, hace apenas una década, llenó de ceniza toda la ciudad. Por suerte, la lava se fue por la otra ladera.
Algunas de las haciendas tradicionales del país se han convertido en agradables alojamientos rodeados de algún volcán o de cuatro, como en el caso de la Hacienda Umbria en Machachi. Entre los volcanes Corazón, Cotopaxi, Illinizas y Rumiñahui iba a pasar los próximos días. Desde que había llegado a Ecuador me levantaba temprano, más que de costumbre. El día en Ecuador tiene, invariablemente, doce horas y otras tantas la noche, por lo que antes de las seis de la mañana hay que amanecer. Al rato espera mi anfitrión Álvaro que, cesta en mano, me invita a recorrer los terrenos de la hacienda en busca de las setas para el risotto de la comida. Tras el ágape es Abril, una de las yeguas de la cuadra, la que me lleva hasta un campo de orquídeas junto al volcán Corazón. Por la noche llega el momento de compartir emociones y un estupendo pinot noir chileno junto al fuego. Las historias y leyendas sobre los chagras pusieron el punto final a un día memorable.
Cuando en otro de los buses de colección llegué a Latacunga estaba amaneciendo en Moscú. Por tanto, era hora de cenar: un plato de guatita (callos), un par de empanadillas de verde y un delicioso jugo de tomate de árbol. Al día siguiente esperaba la Ruta Quilotoa. La mayor parte de la ruta que llega hasta la laguna en el cráter del volcán se puede recorrer en vehículo. Por encima de las nubes aparecen, como puntas de iceberg, las cimas del Cotopaxi y Los Illinizas.
Mi chófer, Gustavo, me va contando la historia de las comunidades vecinas y leyendas en torno a ellas. Gustavo es maestro de escuela y además maneja un taxi. O el pluriempleo o la emigración y ya fue a despedir a demasiados me cuenta con la vista puesta en la carretera. El descenso a pie hasta la laguna no lleva más de treinta minutos. El ascenso es otra historia. A más de 3.900 metros de altitud cada paso se piensa. Existe la posibilidad de subir en burro, pero tras ver al famélico animal decido regresar a pie no vaya resultar que sea yo el que acabe cargando con el équido. La última parada de la ruta, en la pequeña localidad de Tigua, me da la oportunidad de conocer a Alfredo Toaquiza, el más famoso de los pintores naïf.

La primera parte aquí.

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Dados los últimos acontecimientos, he decidido aparcar algunas entradas previstas y dar prioridad a Ecuador, un país simpático, con una biodiversidad como pocos en el mundo: uno puede desayunar en la selva, comer en un volcán e ir a bañarse por la noche en la playa. Un país tan atractivo como para que algunos hayan decidido emigrar allí. En las próximas tres entradas contaré, en palabras y con imágenes, mi experiencia en La Avenida de los Volcanes.
Han pasado doscientos años desde que Alexander von Humboldt bautizara a una parte de los Andes ecuatorianos como Avenida de los volcanes. Sus palabras de entonces todavía tienen vigencia: «En las montañas está la libertad. El mundo está bien en aquellos lugares donde el ser humano no alcanza a turbarlo con sus miserias».
El maletero de la terminal terrestre se había despedido con un inquietante «buen viaje, que tengan suerte». Nada más salir de Quito supe a que se refería. Los retrovisores del bus estaban forrados de lana roja, color a juego con el desvencijado cuero de los asientos. El elevado volumen del reggaeton dio paso al más elevado volumen de las películas de artes marciales. Mientras Jackie Chan repartía hostias, no paraba de subir y bajar gente ajena a los abalorios que colgaban de todas partes: rosarios, adhesivos del comando paracaidista y la foto de la nieta emigrada a España vestida de sevillana. En Ecuador, la parada del bus está donde alguien alza la mano y cuantos más viajeros, más ingresos. Echan a los pasajeros con el bus en marcha y sólo aminoran si el que solicita parada es anciano o lleva niños a la espalda. Mientras, el cobrador no para de decir: «Atrás hay sitio, no me sean malitos». Entre cestas de huevos, un orondo culo aplastado contra mi brazo y un chaval sentado en su estéreo, llego a Otavalo. Cuando el bus comienza a alejarse el mensaje escrito en su parte trasera llama mi atención: Si me pasas dile a tu ñaña (hermana) que ya vengo.

A las seis de la mañana ya están puestos los gallos y demás bestias en el mercado de animales.

Los gritos de los chanchos hacen de despertador y el vigor matutino de alguno de los animales pone la nota graciosa mientras los indígenas, venidos desde toda la provincia, observan con indiferencia más pendientes de los volcanes Imbabura y Cotacachi que del espectáculo erótico vacuno. Al rato, el olor a comida me recuerda que no he desayunado. Los vendedores llaman la atención al grito de caserito para los locales y un condescendiente «a la orden amigo» para el extranjero. Compro unos buñuelos hechos de harina y un nosequé naranja (sic) en palabras del chico que me los vende. Están ricos.
El mercado de artesanía de Otavalo, a base de aparecer en las guías, se ha convertido en un desfile de extranjeros vestidos de último superviviente y que compran productos que algunas veces son ecuatorianos. Cuando está a punto de vencerme el sueño veo un alacrán en mi habitación. Si fuera Bear Grylls me lo hubiera despachado de cena, pero tan solo nos prometemos mutuamente tener una noche tranquila y no molestarnos. Por la mañana, los dos seguimos en el mismo sitio donde nos acostamos. Desde Otavalo hay un par de excursiones que merecen la pena: tras un agradable sendero entre eucaliptos se encuentra la Cascada de Peguche y a los pies del volcán Cotacahi tenemos la Laguna de Cuicocha, también conocida como Laguna de los Dioses.
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oct 282009


En Ecuador, por tanto en Quito, el día dura doce horas. Todos los días del año. De 6 a.m. a 6 p.m. Y la noche al contrario.
En Ecuador, por tanto en Quito, sale el sol casi todos los días.
En Ecuador, por tanto en Quito, llueve casi todos los días.

Dicen de Quito que es una ciudad peligrosa. Las portadas de los periódicos, parecidos todos a El Caso, abren cada día con algún tipo de crimen. A mi me parecieron peligrosas sus nubes.
El sol salía cada mañana y poco a poco los cúmulos se iban formando y transformando. De cúmulos a congestus y de ahí a apocalípticos cumulonínbos. Como si el mundo se acabara. He vivido este tipo de clima en otros países de Latinoamérica, pero las nubes de Quito eran las que más miedo daban. Como el hombre del saco cuando no te comías la verdura. Venían muy rápido, apenas el tiempo de tomar un jugo y sentarte a esperarlas. Bastaba alternar las miradas de soslayo para que no te oyeran sorber con la pajita con el vistazo al fondo del vaso para apurarlo todo. Así de rápido llegaban. Y así de rápido se iban. Al contrario que las verduras con las que hacías una bola grande y tragabas sin masticar con ayuda de litros y litros de agua. Los mismos litros que caían luego de las nubes que asustaban. Pero duraba menos la tormenta que el plato de judías.

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Había pasado la noche en Urbina, intentando dormir y aclimatarme a la altura en la estación ferroviaria 12 de Octubre, hoy convertida en albergue gracias al trabajo de Rodrigo Donoso, experto guía de montaña con el que pensaba conocer la zona, cuando me habló de los hieleros del Chimborazo y de su amistad con uno de ellos. Dos días más tarde estaba todo dispuesto para seguir los pasos del último cazador de hielo.

Todavía no ha amanecido en Cuatro Esquinas, aún tardará en hacerlo, cuando Baltasar Ushca prepara sus aperos. Tras tomar un brebaje parecido, más por olor que por sabor, al café, emprende el camino al glaciar del Chimborazo.

Con la única compañía de sus tres borricos va ascendiendo a un ritmo que no estoy seguro de poder seguir. Las recientes y torrenciales lluvias han complicado lo practicable del camino y los quince kilómetros de duro ascenso se me antojan una quimera. En mi mente la vacuna contra el soroche «caminar despacito, comer poquito y dormir solito».

Poco a poco han ido quedando atrás el patchwork de cultivos y los quince años con los que Baltasar contaba la primera vez que subió al glaciar. Sesenta y cuatro cree que tiene ahora. Y como entonces, dos veces por semana recorre la distancia que le lleva a los 4.800 metros de altitud donde está la mina de hielo. Pero con la diferencia de que ahora sube solo. En tiempos de mayor demanda hasta un centenar de hieleros abastecían a las poblaciones cercanas. Uno de ellos era el padre de los Ushca ligado por acervo al Chimborazo. Una leyenda indígena cuenta que cuando hay truenos y una mujer embarazada no entra en casa, tiene un hijo del Chimborazo. El padre de Baltasar era albino. Él fue el que inició a sus hijos. Gregorio ya no quiere subir al glaciar, pero cuando no dispone de otra fuente de ingresos prepara helados de paila con el hielo del glaciar. El otro hermano, Juan, tiene problemas de alcoholismo.

La costumbre impuesta por los hacendados españoles que mandaban a los indígenas a buscar hielo para conservar los alimentos tuvo su ocaso cuando aparecen los primeros refrigeradores y su práctica extinción cuando las fábricas comienzan a servir a los mercados.

El primer y único alto en el camino se hace en el pajonal, a 4.000 metros, donde sus hábiles manos trenzan las cuerdas que le servirán para amarrar la carga y recogen la paja que hará de envoltorio de los bloques de hielo. Los datos se amontonan en mi cabeza mucho más rápido que el aire que intento respirar con cierta ansia. La espesa niebla no deja ver la cima de la que durante mucho tiempo fue considerada la montaña más alta del mundo, hecho no del todo erróneo ya que, debido al abombamiento terrestre, la cima del Chimborazo es el punto más distante del centro de la tierra. La ruta de los hieleros fue la empleada por Humboldt en su intento de coronar el volcán y Simón Bolívar se pregunta en Mi delirio sobre el Chimborazo si no podrá trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra.
En el tramo hasta la cima ocurre de todo. Llueve, graniza y nieva. El pedregoso terreno hace retroceder un paso por cada dos dados. Han pasado cinco horas desde que salimos de Cuatro Esquinas cuando Baltasar, siempre lacónico en sus repuestas, enmudece. Ante él aparece el glaciar al que parece pedirle permiso con su respetuoso silencio. Su atuendo es sencillo. Apenas un poncho que cubre su forro polar y un raído pantalón, un gorro de fieltro, botas de agua y unos guantes que le regalaron, dice, pero que deja siempre en casa para que no se le estropeen. Son sus manos desnudas las que agarran pico, zapapico y un oxidado hacha para dar forma a los bloques de hielo de unos treinta kilos que luego envuelve con la paja recogida más abajo. Tras atar los bloques entran en juego los animales. Carga seis bloques, dos por burro. Tenía otro, pero me cuenta con un deje de tristeza que enfermó y alquilar a los vecinos le cuesta cincuenta centavos por animal. Un precio excesivo si se tienen en cuenta los dos dólares que le pagarán por bloque. Tras asegurar sus ingresos de la semana con fuertes nudos toca regresar. Pese a que la longevidad del hielo del glaciar es tres veces superior al industrial, es jueves y hasta el sábado no va al Mercado de la Merced en Riobamba. En un nevero subterráneo amontona los fardos a los que sumará los recogidos el viernes, cuando regrese de nuevo al Chimborazo. El sábado, en el mercado, las mismas mujeres de siempre le compran la carga a Baltasar. En la transacción hay un sentimiento de nostalgia más que una necesidad real de un producto que es servido por una industria en la cantidad y hora convenida. Un trozo de hielo, de más de 10.000 años de antigüedad, tarda apenas unos minutos en derretirse en un vaso de jugo. Perfecta analogía de un ancestral oficio que tiene los días contados y en Baltasar a su único exponente. El esfuerzo compartido me concede la familiaridad suficiente para llamarlo Baltico y preguntarle por qué lo sigue haciendo. La respuesta, a su entender, no puede ser más obvia. «Dinero fácil», dice riendo y dejando ver su sucia dentadura.


Artículo publicado en el nº26 de la revista Lonely Planet.

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