El miércoles veíamos la primera serie de imágenes duales, correspondientes a mis viajes por Islandia tanto en verano como en invierno. Aquí os dejo la segunda.

Fjallsárlón

Islandia

Vik
Islandia

Canal de Jökulsárlón
Islandia

En verano hay frailecillos y la colonia de fulmares está presente todo el año
Islandia

Jökulsárlón
Islandia

Seljalandsfoss
Islandia

Caballos
Islandia

Thingvellir
Islandia

Geysir
Islandia
Si quieres viajar a Islandia en Islandtours son especialistas en el país.

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Imitando esas fotos de los anuncios tipo “Antes y Después”, más falsas que la criogenización de Walt Disney, he comparado algunos de los principales escenarios del sur de Islandia en las dos estaciones en las que he podido visitar la isla, en el verano de 2010 y en invierno, durante este pasado mes de febrero. Estas no son solo reales sino que en ocasiones pensaréis que me he equivocado al ponerlas en orden: la de arriba corresponde siempre al verano, pero así de impredecibles son las luces de Islandia. Hoy os dejo una serie de nueve parejas para que busquéis las diferencias y el viernes publicaré otras nueve.

Carretera nº1

Islandia

Gullfoss
Islandia

Geysir
Islandia

Thingvellir
Islandia

Reynisdrangar
Islandia

Skaftafellsjökull, lengua del Vatnajökull
Islandia

Strokkur
Islandia

No es exactamente la misma montaña, pero distan pocos kilómetros
Islandia

Skógafoss
Islandia
Si quieres viajar a Islandia en Islandtours son especialistas en el país.

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Durante años ha habido todo tipo de conjeturas, de teorías conspirativas. Hasta ahora había guardado silencio, pero creo que ha llegado el momento de que una fotografía venga a decir lo que muchos saben pero no pueden demostrar: Elvis vive. El día de su funeral, mientras todos lloraban su muerte, Elvis se escapó del coche fúnebre y hoy se dedica a hacer imitaciones de sí mismo visto el filón de las bodas en Las Vegas.

El viaje a Islandia toca a su fin. Esta noche, tras veinte minutos menos de vuelo que a la ida porque hace bajada, aterrizaré en Barcelona. El parte meteorológico ya lo conocéis. Tras los dos primeros días de sol a intervalos, llovió, hizo viento y hubo niebla durante diez días con apenas unos minutos de sol en total y los dos últimos ha habido una tarde y una mañana de sol, la de ayer en Reykjavík. Ahora vuelve a llover. Pero como positivo por naturaleza, vamos con el sol.


La capital de Islandia nada tiene que ver con el resto del país. El 70 % de los habitantes de Islandia se concentra en una ciudad de carácter alegre. Al mínimo rayo de sol se convierten en usurpadores de lo mediterráneo y se lanzan a ocupar plaza en esos altares del hedonismo que son las terrazas. Ese toque mediterráneo también se deja ver en la picaresca de la mercadotecnia: venden aire de Islandia enlatado a la nada desdeñable cantidad de 7 euros y también ceniza del volcán para contribuir, dicen, a las tareas de limpieza de las granjas.


Caminando por las calles de Reykjavík he podido comprobar la querencia de los habitantes por sus mascotas, como mecen a los niños para dormirlos o que Europa entera está con la Roja.

En una de las entradas anteriores sobre Islandia os dije que no iba a abundar en nombres impronunciables sino en cruces en un mapa. Pero no he podido resistirme a dejaros este ejercicio de dicción con el nombre del volcán.

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Islandia tiene alma de agua y corazón de fuego. El fuego se deja notar de tanto en tanto, aunque se advierte, se refleja en el punto salvaje de su belleza. El agua sin embargo es omnipresente, siempre te acompaña. En estado sólido, líquido y gaseoso. Durante los últimos días la he encontrado en glaciares, ríos y en el vapor de las piscinas termales. Pero sobre todo la he tenido sobre mí. Ha llovido a intervalos durante los últimos nueve días, con un mínima tregua ayer por la tarde. Pero he seguido aprendiendo cosas. Como que estar encima de una roca en la playa no te libra de una buena mojadura, que hay caballos fans de los Sex Pistols y que las señales de tráfico te señalan los principales puntos de interés geográfico.




En mi vuelta a la isla conocí un mar, en Reynisdrangar, que asustaría incluso a los aguerridos remeros santanderinos, he estado en lugares en los que a uno le gustaría ser un poco bohemio para dejar de depender de los ingresos e irse a refugiar a una casita para pintar o escribir, que lo de la fotografía es una ruina. Casitas con esos buzones a pie de carretera que esperan a su cartero con café, pastas y aguinaldo en época navideña. He comprobado los efectos del poder de sugestión: tras el ataque de miles, millones de moscas, un largo trago de zumo de naranja y vuelta a conducir, Ainhoa sueña que los insectos gobiernan el mundo pero que ella coge el planeta Marte, lo exprime y acaba con ellos.

Conduciendo por el sur de la isla, la carretera nº1 pasa en suave transición de feliz Arcadia con prados verdes y cascadas al averno de Vatnajökull y el lago Jökulsarlon, donde enormes bloques de hielo van a morir tras millones de años de existencia. Una lenta muerte de meses, quizá semanas, sólo acelerada por energúmenos que tiran piedras más grandes que su cabeza para tratar de hundir a su particular Titanic. La radio en Islandia merece capítulo aparte. Las pocas veces que se sintoniza lo hace con mala intención. Cuando más llovía, suena What a beautiful day de U2. ¿Qué sabrá un irlandés cantado en Islandia sobre días bonitos? Menos mal que luego llega el tema Umbrella, el de Rihana pero en su genial versión por parte del grupo The Baseballs. Al final, una sonrisa con el último tema: suena la versión islandesa del ¿Qué será, será?


Para la entrada de hoy, fotos un poco más curiosas. Los paisajes para otro día.

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He tratado en vano de fotografiar el viento pero no me aguantaba de pie. La señora de la granja donde me alojo me habla de la velocidad en metros por segundo, como para minimizar el impacto de ese dato en mi maltrecho ánimo. Durante las últimas horas he descubierto que puede llover de lado o, lo que es más curioso, de abajo a arriba. No se me dan bien esos datos de récord tan del gusto de los mayores acerca de la meteorología, pero tengo la sensación de que cuando por fin pueda salir algunos volcanes habrán cambiado de ubicación y los frailecillos, esos pájaros con pinta de espía nervioso, habrán perdido su frac.
Mientras, aprovecho para contar algunas cosas sobre Islandia. No voy a dar muchos nombres que seguramente no sabré escribir y vosotros no podréis pronunciar. Así que el itinerario se reducirá a un puñado de cruces en el mapa. Los vikingos pensaban que el infierno estaba bajo Islandia. Con el tiempo se ha podido dar una explicación lógica a su teoría no exenta de razón. La isla es un especie de tapón en la herida llamada Dorsal Atlántica. Cuando ésta decide sangrar los volcanes escupen el fuego de sus entrañas y, por si esto fuera poco, Islandia tiene un ojo puesto en la Espada de Damocles del Polo Norte pendiente de que el calentamiento global no le pase por encima.

La carretera Nº1 circunda la isla, una carretera que bien podría alcanzar categoría de Road movie y cierta propensión al mito a través de la literatura de tahúres, al estilo de la Beat Generation. Recorriendo la carretera principal se llega a muchos de los puntos de interés de la isla: sus múltiples cascadas, Geysir, Vík y sus frailecillos, Dirhólaey. Y hasta aquí puedo leer de momento, a la espera de que cambie el tiempo.

Durante estos días he podido comprobar que los caballos islandeses se podrían presentar a los castings de L’Oréal y conseguir el papel, que H.D.Thoreau hubiera querido retirarse a cualquiera de las casitas de madera que salpican el país, he encontrado el Cadillac solitario de Loquillo y he visto que los glaciares envejecen mucho con ese aspecto canoso de las cenizas.



También he sabido que en Islandia hay buena pesca y que son poco dados a las berenjenas y los pimientos porque les crecían asados. En cuanto a los habitantes, salvo algunas excepciones, son lacónicos como un personaje de Kaurismäki, amantes de esas sagas que suelen condimentarse en exceso: Odín, troles, gnomos, elfos más un puñado de esos poetas con lira adictos al hidromiel y ya tienen montado el serial.
Acaba de entrar la señora y ante mi desolada cara pierde los papeles, dando rienda suelta a sus emociones y me dice en un exceso de verborrea: Tomorrow, it will be better.

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