¿Alguna vez os ha despertado el sol? Y no me refiero al sol del mediodía tras una dura noche de visitas “culturales”. Hablo del sol cálido, suave, el de las primeras horas del día, cuando entra por una ventana que dejaste abierta intencionadamente. La última vez que me ha pasado ha sido en Suecia, en los vastos territorios de Laponia a los que viajé el pasado mes de julio. Eran horas intempestivas, pero el tacto del sol se antojaba caricia.
Cuando la primavera empieza a oler a verano el sol ya llega con generosidad a esta parte del globo, desaparece la capa de nieve y los suecos se encuentran con extensos paisajes. Extensos en el sentido nórdico de la palabra. Enormes territorios de aparente nada donde hay más kilómetros cuadrados que habitantes. Una nada bella, con un sol que ya no quiere ponerse. A horas en las que los europeos más sureños llenamos de bombillas nuestros ratos, la gente de Laponia ve como el sol flirtea con el horizonte, insinuante, sin llegar a esconderse para levantar de nuevo el vuelo con suavidad: es el sol de medianoche.
Geográficamente hablando, el periodo de total luminosidad se ciñe a las localidades al norte del Círculo Polar Ártico, en un periodo que oscila, según la latitud, desde finales de mayo hasta mediados de julio. Pero el resto del país disfruta de largos días durante todo el periodo estival. Se vive en la calle, se hacen actividades a cualquier hora. El culto al esperado sol tiene lugar durante el Midsummer, antiguamente celebrado la velada y el día del 23 y el 24 de junio, pero hoy adaptado al viernes y sábado coincidentes entre el 19 y el 26 del mismo mes. La fiesta reúne a familiares y amigos en una especie de versión sueca del corro de la patata, danzando alrededor del maypole. Se comen arenques preparados de mil maneras al ritmo que marcan los brindis hechos con los tradicionales snaps, generalmente de akvavit o vodka. Si la fiesta está animada (los snaps ayudan) se cantarán snapsvisor, una suerte de odas al licor que se va a tomar. El brindis suele ir dirigido por el anfitrión y cuando levanta su vaso hay que mirar al resto de comensales.
Durante el verano, hay dos maneras de vivir la región de Laponia. Por un lado la idílica, como inquilino de una cabaña de madera junto a un lago, con una pequeña barca para tratar de pescar sin importar el resultado, una mecedora junto a la puerta, una copa de vino. Tal vez cambiando la cabaña por una habitación en un faro, como el de Bjuröklubb, con vistas al mar Báltico, y levantarse por las mañanas para acercarse al café Fyren a buscar un poco de pan recién horneado que acompañe al arenque y las gambas que la mujer del pescador vende en la propia barca.
La otra forma de disfrutar de la naturaleza de Laponia es adentrándose en ella para practicar actividades de aventura. Yo opté por la segunda, aunque también hubo tiempo para la hedonista. El próximo día os cuento.
Si quieres más información sobre Suecia y Laponia puedes visitar la página de Visit Sweden o la de Laponia sueca, con completa información en español.




























































Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


