Estaba cayendo la tarde, había subido al Roque de los Muchachos con la intención de hacer algunas fotos antes de que aparecieran las primeras estrellas. Llegado al final de uno de los senderos, la curiosidad me llevó a levantar un pie por encima de la cuerda de seguridad, luego el otro y, sin mirar atrás por si alguien me recriminaba, comencé a caminar por terreno cada vez más inestable y cuesta abajo. Hasta que llegué al borde del abismo, con la falsa seguridad que da tener el mar de nubes a tus pies. Creyendo que, en caso de caída, esa maraña de algodón amortiguaría mi descenso al vacío. También estaba la cámara, que en mi caso actúa como parapeto ante una situación de peligro. Cuando se dejó de interponer entre mí y la hostia que podía darme, me senté despacio en el suelo, intentando agarrarme a la arena y las piedras que intuía a mi alrededor. No me atrevía a dejar de mirar al frente. Estuve unos minutos en silencio. De repente sucedió. Se escuchó un estruendo de rocas a mi espalda, seguí sin quitar la vista de un infinito que ya no tenía aspecto de algodón. En mi cabeza se formó la escena de una avalancha de rocas arrastrándome al fondo de la Caldera de Taburiente. Pasados unos eternos segundos de incertidumbre, se plantó ante mí, en el filo del abismo de mis pesadillas, una cabra montés. Muy segura de sus pasos, me lanzó una fugaz mirada, desafiándome a seguirla pero sabiendo que era imposible. Tuve tiempo de doblegar a mi miedo, alzar la cámara (tenía montado un 35) y hacer un solo disparo. La cabra salió corriendo barranco abajo dejando vacío mi encuadre. De vez en cuando tengo que recurrir a la foto para confirmar que fue verdad.

Tweet
© 2010 RAFA PÉREZ - Todos los derechos reservados Suffusion theme by Sayontan Sinha
Content Protected Using Blog Protector By: PcDrome.