El próximo mes de marzo, del 23 al 25, se celebra en la isla de La Palma una nueva edición de Fotonature. El empeño de Tino Soriano ha conseguido posicionar este festival, pese a su corta vida, como uno de los imprescindibles dentro del panorama fotográfico español. El evento constará de seis clases magistrales, un taller práctico y dos ponencias llevadas a cabo por miembros del staff de National Geographic. Es todo un lujo tener tan cerca a profesionales llegados desde Washington para desvelar como funciona la editorial por dentro.


Este año me han pedido que dé una de las clases magistrales, a la que le hemos dado el título de Antropologías Viajeras. Durante la ponencia trataré de acercar a la gente el modo de trabajar un reportaje de viajes cuando el motivo principal es la gente, el aprender cómo viven sociedades diferentes a la nuestra. Cómo se prepara el viaje, cómo se trabaja y cómo se edita serán algunos de los aspectos que abordaré. Como no podía ser de otro modo viniendo de un firme defensor de la comunicación 2.0, también tocaré el tema de la promoción de nuestro trabajo en blogs y redes sociales. El mundo editorial está sufriendo una transformación espectacular y los modos clásicos de trabajar están cambiando, trasladando el escenario al mundo de Internet.


Será una buena ocasión para volver a recorrer La Palma, una isla que me encanta. Quiero hacer la ruta de los volcanes y volver a fotografiar la Vía Láctea aprovechando que hay luna nueva. ¿Alguien se anima a acompañarme a hacer senderismo o a fotografiar las estrellas? Los precios de las clases son muy económicos, tan solo 10 euros por cada una. Apuntándote a alguna de ellas, tienes el plus de disfrutar gratuitamente de las ponencias de National Geographic. Hay vuelos económicos hasta Tenerife o Gran Canaria (no con Spanair) y desde allí conexiones muy baratas en barco o con las compañías Binter o Islas Airways. Yo no me lo pensaría mucho, las plazas son limitadas. ¡Nos vemos en el Fotonature!

Más información sobre el Fotonature y el programa en este enlace.

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Estaba cayendo la tarde, había subido al Roque de los Muchachos con la intención de hacer algunas fotos antes de que aparecieran las primeras estrellas. Llegado al final de uno de los senderos, la curiosidad me llevó a levantar un pie por encima de la cuerda de seguridad, luego el otro y, sin mirar atrás por si alguien me recriminaba, comencé a caminar por terreno cada vez más inestable y cuesta abajo. Hasta que llegué al borde del abismo, con la falsa seguridad que da tener el mar de nubes a tus pies. Creyendo que, en caso de caída, esa maraña de algodón amortiguaría mi descenso al vacío. También estaba la cámara, que en mi caso actúa como parapeto ante una situación de peligro. Cuando se dejó de interponer entre mí y la hostia que podía darme, me senté despacio en el suelo, intentando agarrarme a la arena y las piedras que intuía a mi alrededor. No me atrevía a dejar de mirar al frente. Estuve unos minutos en silencio. De repente sucedió. Se escuchó un estruendo de rocas a mi espalda, seguí sin quitar la vista de un infinito que ya no tenía aspecto de algodón. En mi cabeza se formó la escena de una avalancha de rocas arrastrándome al fondo de la Caldera de Taburiente. Pasados unos eternos segundos de incertidumbre, se plantó ante mí, en el filo del abismo de mis pesadillas, una cabra montés. Muy segura de sus pasos, me lanzó una fugaz mirada, desafiándome a seguirla pero sabiendo que era imposible. Tuve tiempo de doblegar a mi miedo, alzar la cámara (tenía montado un 35) y hacer un solo disparo. La cabra salió corriendo barranco abajo dejando vacío mi encuadre. De vez en cuando tengo que recurrir a la foto para confirmar que fue verdad.

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