En España hay catorce parques nacionales. Cuatro de ellos están en el archipiélago canario. Había visitado con anterioridad Timanfaya en Lanzarote, la Caldera de Taburiente en La Palma y el Teide en Tenerife. El único que me faltaba era Garajonay.
Embarcaba en el puerto de Los Cristianos de Tenerife en un ferry de la Naviera Armas, vehículo incluido, rumbo a la isla de La Gomera. Durante el trayecto, pude ir consultando algunos datos sobre Garajonay gracias a que había wi-fi a bordo. Buscaba aquellos datos que te ayudan más a situarte que a escribir artículos. Para ponerlo en papel mejor vivirlo. Datos como que la laurisilva es un resto del bosque del terciario que llegó a ocupar una parte importante del Mediterráneo y que hoy está arrinconado en la Macaronesia y en algunos lugares de América Latina (bosque de nubes), que es la humedad que traen los alisios la responsable de la lluvia horizontal que da de comer al bosque o que más de veinte especies diferentes forman el bosque.
Hay mucha diferencia entre recorrer Garajonay en un día totalmente despejado y hacerlo cuando el mar de nubes está metido en el bosque. La primera tarde hice una interesante ruta por el bosque, llegando hasta la ermita cuya erección le debemos a una tal señora Florencia Stephen Parry. La erección, ¿de toda la ermita? Llamarme tiquismiquis, pero mejor deberle la construcción, el haber erigido, la fundación, la edificación…
Al finalizar esa ruta, me había quedado un mal sabor de boca, no era lo que esperaba. Fuertes contrastes de luces y sombras daban un aspecto extraño al bosque.
Así que decidí volver al día siguiente temprano. A las seis de la mañana el mar de nubes bailaba entre la laurisilva. Ahora sí tenía un punto mágico, de inicio de cuento. Era casi como entrar en un decorado de finales del jurásico, sin rastro de dinosaurios ya. Cierras los ojos durante un instante, escuchas como el aire mueve levemente las hojas, notas que las nubes te mojan la cara, la humedad pasa por encima de ti. Apenas llueve, pero siempre hay charcos.
El musgo siempre cubre el tronco de los árboles -hago un inciso para recordar a la gente que no lo arranque en Navidad, que el artificial da el pego-, las epifitas, que utilizan a otras plantas como soporte sin alimentarse de ellas, pero pudiendo llegar a dañarlas, aparecen por todas partes; el sotobosque de helechos cubre cualquier rincón al margen de los pequeños senderos que transitan el parque.
La imagen más clásica de Garajonay es ésta, la de su ubérrimo bosque de laurisilva, pero cabe mencionar también las formaciones de origen volcánico conocidas como roques. El de Agando es un buen ejemplo. Fálicas formaciones de piedra, al estilo de la torre Agbar, pero mucho más naturales.
Al caer la noche, llegó uno de esos momentos que van directos a los capítulos del viaje de tu vida. Una cena, una guitarra y una letra que decía: “Vivo donde el viento da la vuelta…” Por supuesto, se refería a las Afortunadas. Ya en el hotel, desde la ventana, se silueteaba el Teide en la isla vecina. Una buena muestra de lo que es el turismo rural en la isla y preludio de lo que esperaba al día siguiente: cata de vinos, de papas y gofio, visita a la capital o una demostración del silbo gomero, recientemente declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
Más información sobre el turismo rural en La Gomera en islarural.com










Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


