Estoy de viaje por Asturias. En cuanto a la primera pista, el Principado tuvo entre sus lemas turísticos el de Paraíso Natural. El actual es Todo el mundo lo dice. Las manzanas, por supuesto, están muy bien metidas en una botella de sidra. Y Asturias es el lugar donde empezó todo, en la ciudad de Avilés, donde tuve la suerte de nacer. Durante los próximos días os hablaré de los lugares que estoy visitando. Empecé por Avilés y el centro Niemeyer, ayer visité la cuenca minera y el patrimonio industrial; y para hoy hay preparada una madrugadora visita al Parque Natural de Redes. Si todo va bien también haré una escapada a Oviedo y a Gijón.

En cuanto al concurso, a Jordi Busqué y Ángel Martínez Bermejo les he dado sólo un punto porque tenían una ligera ventaja sobre el resto de participantes: son mis compañeros de viaje. Además de los citados, están en este viaje otros bloggers de mucho prestigio, como Paco Nadal, Guías Viajar, Paco Elvira, La viajera empedernida, Javier Mazorra, Viajablog y Anabel Vázquez.

Hay un empate en cabeza. Quedan dos destinos y 8 puntos en juego (el último será doble), por lo que puede pasar cualquier cosa. La clasificación provisional queda de la siguiente manera:

José Rojas - 14 puntos

Marcelo Aurelio - 14 puntos

Ángel Martínez Bermejo - 10 puntos

David Suñol - 10 puntos

Antonio Vela - 10 puntos

Jordi Busqué - 4 puntos

Xavi Piera - 4 puntos

Manuel Bustabad - 3 puntos

Sandra - 2 puntos

Yvonne - 2 puntos

Pilar Martín - 2 puntos

Succubus - 1 punto

Meteopallars - 1 punto

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En el mes de agosto Avilés ha estado en fiestas y como toda celebración que se precie incluye en su calendario el tradicional campeonato de tiro con gomeru (tirachinas). La ciudad está un poco revolucionada con la obra (actuación) de Niemeyer. Los diarios hablan de la belleza de la curva, el arquitecto dice que el hormigón armado tiene un vocabulario muy rico y que su arquitectura está basada en la búsqueda de la belleza. (A partir de aquí deja de hablar el arquitecto y doy paso al ignorante que llevo dentro). Habla Niemeyer de la búsqueda de la belleza y le recomendaría que, a sus casi 103 años, se diera algo de prisa por encontrarla. Poniéndome tan onírico como me lo permiten un par de sidras, acabo reconociendo en uno de los pegotes la perfecta forma del plato de arroz a la cubana que prepara mi madre (antes del huevo y el tomate). Un visionario pastelero ha sabido endulzar esas formas e incluso les ha dado color, bautizando a su creación como las niemeyitas.


Si hoy es jueves esto es Puerma. Y en Casa Florinda sirven fabada. Hay mujeres de perfectas permanentes que en su día pensaron que una suscripción a La Nueva España y un puesto de trabajo en el Banco Herrero garantizaban la yernoneidad. Hoy opinan que mejor en el ayuntamiento con cartera de urbanismo.
Hay socios del Sporting que cuentan chistes sobre el Oviedo, ahora que lo ven en la distancia. Pero en el momento de la verdad todos se callan. La fabada provoca el venteo de abanicos y bufidos varios. De segundo huevos con tomate y arroz con leche de postre. Tras tres platos, salgo al grito de ¡campeones, campeones y ríete tú del gol de Iniesta!, pera cauto que es uno, lanzo la pregunta al aire:
- ¿Qué hay para la resaca de fabada?
Ainhoa me contesta que una vez que le dolía la barriga le dieron en la farmacia una piruleta farmacéutica que sabía a sanidad.

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Autovías: largos tramos de dos carriles en los que no se paga pero sí se pierde. Un viaje a Asturias ya no es lo mismo, por mucho que se empeñen en vestir de peregrino a esos tramos de asfalto: Autovía del Camino de Santiago la llaman.
Apenas se intuyen las luces de neón de los garitos al estilo del Big Club en Airbag, paredes que daban cobijo a camioneros borrachos de kilómetros. Escondidos han quedado pueblos candidatos a apertura de informativo por su querencia a esas tragedias resultas de odios heredados y, a 120 km/h, de la Castilla que fue lienzo de Delibes queda apenas un mal dibujo de trazos de cultivo. Los Monegros y sus buitres leonados ya no asustan desde que el aire acondicionado viene de serie. Atrás ha quedado la recurrente excusa: Duérmete, que entramos en Los Moneeeeegros -así, alargando la e para dar más miedo-, decían los padres cuando lo que querían evitar era el enésimo ¿cuándo llegamos? de los hijos.
Pese a todo, aún encontré en San Leonardo de Yagüe un auténtico bar de ventilador en el techo, servilletas en el suelo y órdagos en la mesa. Por supuesto, me paré a comer.
Entretenido con la retahíla de pueblos sin mar, pero con nombre para ser tomados en serio, los Bercianos del Real Camino, El Burgo Ranero o Mansilla de las Mulas, me llevan a las puertas del puerto de Pajares. Algo me entra en el ojo y por un instante planteo arrancarme con el Asturias, Patria querida. Dadas sus reminiscencias de himno báquico, frecuentando el número uno de las 40 bacanales (Marco siempre en el dos), decido poner la radio y disfrutar del descenso.

Desde hace unos años, Avilés recibe con cielo limpio, reconversión y Woody Allen mediante. El paseo clásico me lleva calle Rivero arriba hasta llegar a la Plaza España y de ahí a Galiana o Ferrería y la primera sidra en la Plaza Carbayedo, donde un niño chuta un balón y sueña en voz alta con el Oviedo en primera. La prudencia y los zapatos nuevos me llevan a delegar en el camarero el acto de escanciar. Léase acto con connotación sexual, porque escanciar la sidra es una prueba de hombría, de asturianidad. Pobre del que no alce el brazo lo suficiente y no ponga mirada marcial al frente.

Si alguno se anima a seguir con las sidras, aquí va un consejo previo paso a mayores. Es importante ensayar ante el espejo antes de pedir uno de los licores tradicionales. Mucho mejor soltar de carrerilla “meponesunlicorHijoputa”, que pararse a dudar si la frase lleva coma o no. Tampoco se debe optar por la comodidad de la opción genérica y dejar al camarero que pregunte por la marca.

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Los veranos son más largos donde las cigarras tienen ínfulas de tenor y los mosquitos se disfrazan de felino. Los higrómetros se dan paseos por el sureste y las señoras huyen de la lluvia con bolsas del Mercadona en la cabeza. Antes eran del Carrefour pero ahora ya no dan bolsas en pos de una reducción de costes y empleos indirectos que disfrazan de protección del medioambiente.
Los veranos son más largos donde la colada está compuesta por un patchwork de carteles de En venta, mosaico de decepciones y engaños que cruzan como chirlos las fachadas de ciudades que son dormitorios de pequeñas ventanas con barrotes de oro por donde no caben los sueños. Sí cabe, sin embargo, el término low cost, anglicismo que ha plantado su bandera en calles de amaneceres indolentes y olor a exceso de copas.
Nos han acostumbrado a que las cañas siempre fueran huérfanas de tapa. Mientras, los lunes al sol duran toda la semana para demasiada gente y los responsables juegan, desde la altura de sus bancadas, a contar franjas en una bandera a la hora de legislar. Un ronco escape de moto cruza la madrugada. Me asomo a la ventana y en un banco del parque los aprendices del fracaso lían cigarrillos adulterados.
Por saturación, por salud mental, por decidir cuanto dura mi verano, necesito darme una vuelta por mi tierra para ir a sentarme a uno de esos sitios por donde sólo pasa el tiempo y los sueños tienen aire por el que viajar. Me vais a permitir que no ilustre esos lugares, sino otros más conocidos, con fotos. Que cada uno encuentre los suyos.
Vacaciones lo llamarían algunos. Teclear el ordenador de nuevo con los dos índices, lo llamo yo. Primero haré un alto para charlar con las Perseidas para más tarde escaparme a mi norte, a la añorada cuna de éste que os escribe. Os voy contando.


Post Scriptum
La noche del 12 al 13 de agosto nadie debería perderse el espectáculo de las Perseidas. Sólo hay que abrir la puerta y alejarse un poco de la contaminación lumínica de las ciudades. Seguro que después apagamos las luces más a menudo.

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Me gusta viajar. Siempre me ha gustado. Muchas de las veces que emprendemos camino, la verdadera aventura surge durante el trayecto. O por lo menos así lo recuerdo en los interminables viajes a Asturias cuando era pequeño. Para que esos viajes tuvieran lugar, tuvo que haber un primero. Fue en 1974. Las azafatas del avión de Iberia vestían igual que las muñecas de Famosa que se dirigían a un portal. Las faldas de esas azafatas empezaban a acortarse tras un periodo en el que habían sido demasiado largas. No es que me acuerde, pero una vez me enseñaron una muñeca. A partir de esa fecha, los viajes anuales a Asturias los hicimos en un Seat 124, que era una berlina de la época, como cuenta una web dedicada al modelo. Aunque pareciera que no, el maletero siempre cerraba. Y mejor que cerrara, porque si poníamos las cosas en la baca las perdíamos por el camino. Salíamos a las seis de la mañana y la ruta era la del Camino de Santiago. Luego, los mayores discutían sobre cual era la mejor alternativa o en que pueblo se comía mejor, pero todos se alegraban mucho de verse. Como cabe suponer, eran viajes repletos de anécdotas. Viajes de Tablero deportivo con goles en Las Gaunas y, a la hora del parte meteorológico, noticias de Radio Nacional. Convenía saber el estado del Puerto de La Pedraja, en Burgos. Más tarde, cuando cambiamos el Seat por un flamante Ford Orion, poníamos a Sabina pero seguía estando prohibido comer dentro del coche. Me dio pena. Lo de Sabina no, lo del coche. El Seat me gustaba incluso cuando patinaba contra el quitamiedos y luego me dolía la muela del golpe. ¿Por qué lo llaman así? Quitamiedos, ya. Si el aspecto de mole de hierro acojona. A mi me daba la impresión de pasar siempre por Valladolid y el Pisuerga, pero debió de ser una vez que nos equivocamos, aunque los mayores nunca lo reconocían. Y una vez, también pasando por Valladolid, vi a Jesús, el de los panes y los peces, en el cielo. Pero como lo de Valladolid, debía ser mentira, porque se parecía mucho al Jesús que mi abuela tenía colgado en su casa, con cruz y todo. Cuando no dormía, miraba por la ventana sin preguntar cuanto faltaba. Al principio decidía yo cuando quería mirar por la ventana, pero luego vino mi hermana y para que hubiera sitio me tenía que asomar por la ventanilla que se bajaba sólo hasta la mitad y tenía una al lado con forma de triángulo. Cuando el paisaje se ponía verde era Pajares, el puerto, no el gracioso. Entonces sabía que estábamos en Asturias. El olor era diferente, el color por supuesto y el sabor era de higos. Mis abuelos tenían una higuera en un huerto que todavía hoy recuerdo como olía. Yo me pasaba largos ratos en la higuera. Cuando mi madre me decía, muchos años más tarde, que estaba en la higuera, yo pensaba que era porque tenía nostalgia de Asturias, pero cuando se lo contaba a los mayores se reían. Luego supe que la frase tenía otro significado y no he vuelto a comer higos. Volviendo a la carretera, recuerdo las largas rectas castellanas y que en los sitios donde había muchos camiones parados se comía muy bien o era un bar de copas caras y señoritas que fumaban. Y como los viajes de regreso eran más tristes yo quería parar a ver Mazinger Z que siempre luchaba por la paz. Hoy ya no se come tan bien en la carretera, las rotondas se han convertido en lupanares de asfalto pobladas por meretrices del este y han partido las rectas de la ancha Castilla. Pero hay una cosa que no ha cambiado y es que sigo teniendo ganas de volver a Asturias. Y mientras eso pase, seguiré teniendo ganas de viajar.

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