Durante mi pasada visita a Israel lanzaba un tweet a mi llegada a Jerusalén: ¿Por qué viajo? Fácil. Viajo para perderme por lugares como la Ciudad Vieja de Jerusalén.
Tengo la costumbre de lanzar palabras sueltas en un cuaderno, palabras que son todo menos escogidas al azar, palabras que serán los pilares sobre los que construya mis textos. El tiempo que llevaba en Jerusalén se medía en minutos y ya manchaban mi cuaderno las palabras abrumadora, densa, compleja, imprescindible. Tenía muy claro que no iba a ser tiempo suficiente, y antes de dejarme comer por ese Pantagruel de la Historia ya había decidido que volvería cuanto antes. No pretendáis que en un par o tres de entradas os transmita cómo es Jerusalén, ni siquiera pretendo inocularos un virus que pocas ciudades en el mundo me han contagiado: el de la necesidad de formar parte de ellas de alguna manera. Simplemente, trataré de poner negro sobre blanco, de la manera más inteligible posible, lo allí visto en poco más de un par de días.

Hay que darse prisa, van a ser las tres. Cada día a esa hora empieza la misa en la iglesia del barrio armenio, aunque a veces la realizan en la iglesia del Santo Sepulcro. Al traspasar la puerta, nos vamos directos a otra época. Será una constante en la visita a la Ciudad Vieja de Jerusalén, cada puerta franqueada un mundo, una forma de entender la vida. Por supuesto, la primera puerta que abriremos será la nuestra propia, nuestra mente. No hay otra manera de amortiguar esos impactos, no hay otra manera de viajar. Jerusalén es una ciudad que abruma. Es imposible procesar en tiempo real tanta información, recibida como bofetadas. Es también necesario un proceso de fermentación, de reposo tras la visita. No hay piedra que escape a la Historia. Tampoco puedes estar preparado, de ningún modo, para las cargas de emoción que recibes de la gente.

Estábamos en la iglesia de los armenios, en una celebración que se mantiene prácticamente igual desde hace quince siglos. No entiendo los cánticos, pero por alguna extraña razón me llegan. No comprendo la liturgia, el ceremonial, pero las velas que iluminan los rostros de barbudos hombres vestidos de negro me recuerdan a los retratos en clave baja de los pintores tenebristas. Uno de los monjes pasa junto a mi lado con un incensario, purificando cada rincón. Un leve cruce de miradas me da a entender que soy bien recibido. Otra historia será el resto del barrio, al que no tengo acceso. El hermetismo, el exceso de celo, pudiera estar derivado del expolio y exterminio que sufrieron por parte de los turcos, cuando asesinaron a un tercio de la población armenia durante la I Guerra Mundial.

Hago un intento por comprender a la gente que viaja a Tierra Santa desde un punto de vista religioso. Imagino que se trata de la eterna búsqueda de respuestas. Hay quien decide no complicarse y las encuentra en la religión, yo las busco por otros derroteros, probablemente viajando. Diferentes tipos de viaje, cambiemos espiritual por emocional y todo se reduce a lo mismo: preguntas y respuestas.

Caminando por el barrio judío, escucho la llamada a oración para los musulmanes, un eco ya conocido que tomas como referencia horaria cuando viajas por otros países. Pero aquí es un nuevo contraste, uno más. Deberían prescribir a los niños recetas para viajar a ciudades como Jerusalén, en lugar de asistir a esas tediosas clases que dan algunos funcionarios sin vocación.

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¿Es el mar Muerto uno de esos lugares a los que la gente va a hacerse la foto? Como en Pisa empujando la torre o en Agra cogiendo el Taj Mahal por la punta. ¿Qué ofrece el mar Muerto además de otra foto para la colección? ¿Qué podemos encontrar en un lugar en el que, aparentemente, la vida brilla por su ausencia? Aquí van unas pistas:

- Para los que gusten de esos datos, en el mar Muerto te puedes tomar la cerveza en el bar a menos altitud del mundo, en la playa de Kalia a 418 metros bajo el nivel del mar.


- La salinidad del mar Muerto es diez veces superior a la normal. Están imitando las condiciones del mar Muerto en balnearios y spas de todo el mundo porque dicen que media hora en una de esas cámaras de flotación equivale a ocho horas de descanso.

- Están estudiando un sistema para poder producir energía suficiente para cubrir las necesidades de Israel, Palestina y Jordania, con un proyecto que pretende traer agua del mar Rojo y mediante un sistema de caídas producir dicha energía. Aunque parece que este proyecto podría tener un gran impacto en la naturaleza. Lo que está claro que cambiaría la salinidad del agua.

- Es el depósito más grande del mundo de aluminio y magnesio, utilizados en las carrocerías de marcas de automóviles como Audi o Bentley.

- Está en claro retroceso debido a la perdida de caudal del río Jordán, el grifo que llena el mar Muerto. Para su recuperación, sería muy interesante que la Unesco lo declarara Patrimonio de la Humanidad. Se podría obligar a las empresas que extraen el material a utilizar métodos menos agresivos o, incluso, a dejar de hacerlo. Además de recuperar el caudal del río desviado, en muchos casos, por la mano del hombre.

- En las cuevas de Qunram se encontraron los Manuscritos del mar Muerto. Podéis leer toda la historia en estas interesantes entrada que publicaron en Viajes de Primera (primera entrada - segunda entrada).

Ahora vamos con la experiencia. Que sí, que yo también flotaba. La sensación de bañarte en el mar Muerto es extraña. Primero por el hecho de saber que estás a más de 400 metros bajo el nivel del mar, cuota poco comprensible para los que tomamos como referencia el ayuntamiento de Alicante para hablar de altitudes. Como telón de fondo tienes el desierto de Judea, por lo que crece la sensación de estar flotando en una suerte de oasis. Al entrar en el agua, lo primero que llama la atención es que el tacto es oleoso, denso.

Para disfrutar sin inconvenientes de un relajante baño hay que seguir unas sencillas instrucciones. Conviene entrar despacio en el agua, para evitar salpicaduras a otros bañistas. Mejor con unas chanclas o similar. La sal puede pinchar y producir heridas en los pies. Lo de echar sal en la herida no es ninguna broma. Una vez en el agua, hay que sentarse y tumbarse de espaldas, evitando en todo momento el contacto del agua con los ojos. Tampoco hay que tragarla, el sabor es horrible. Pero no un sabor de esos de mamá-la-sopa-está-salada, no. Un sabor realmente asqueroso. Tuve que hacer el correspondiente trabajo de campo para poder contarlo aquí.

Al salir, hay que darse una generosa ducha con agua dulce. De lo contrario, al evaporarse el agua queda la sal sobre el cuerpo y puede producir heridas en la piel. Las playas más visitadas son las de Kalia y Neve Midbar, con todos los servicios (duchas) para que la actividad se desarrolle en condiciones adecuadas.

Otra de las actividades que ofrecen en la zona son los paseos en 4X4 por el desierto de Judea. La nube de polvo que precede al vehículo queda en suspensión aumentando la sensación de calor y falta de aire. Circulamos por una zona que se atribuye a las antiguas Sodoma y Gomorra. El polvo que levantaba el vehículo nada tenía que ver con los acontecimientos sucedidos en la antigüedad. No encontré ni rastro de lascivia.

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El funicular que sube hasta el complejo arqueológico de Masada arranca desde los 257 metros bajo el nivel del mar y te deja a 33 metros sobre el nivel del Mediterráneo, que no del mar Muerto. En esos escasos metros tienes que ser consciente del lugar al que te diriges. Atrás va quedando el desierto de Judea, como un extraño tapiz que desde el aire adquiere formas que podrían ser sensuales si no fuera por las altas temperaturas, que deforman la visión según te alejas. Todavía en la cabina. Voy pensando si un lugar es capaz de hablarte, de llegar a emocionarte tantos siglos después de lo ocurrido un mes de marzo del año 74 d.C. Hay quien ubica la fecha un año antes, pero poco importan los días cuando los dramáticos hechos ocurrieron en apenas unas horas.

Como en otros lugares de Israel, Masada no fue ajena a ese tuya mía que manejaba emplazamientos como cromos repetidos en el patio. En uno de esos cambios, un grupo de sicarios, escisión extremista de los zelotes, recupera una Masada controlada por los romanos. El arsenal, los almacenes llenos de alimentos como el trigo, aceite, vino y dátiles; lo fértil del terreno y los conductos para canalizar el agua de lluvia les hace tener unas previsiones de resistencia en caso de asedio superiores a 50 años. Para los romanos, Masada se convirtió en una mosca cojonera, como lo habían sido los galos años atrás, por lo que iniciaron la construcción de una rampa por el conocido como Camino de la Roca Blanca, de más desnivel pero mucho más corto que el sinuoso Camino de la Serpiente. Al final de la rampa, levantaron una torre de asedio.

Los habitantes de Masada, al verse vencidos, toman la decisión de realizar un suicidio masivo. Casi mil personas habitaban la fortaleza por aquel entonces. Se llevó a cabo un sorteo para decidir qué diez hombres se encargarían de matar al resto. Primero, cada padre de familia mataba a su mujer e hijos, cortándoles la yugular, para luego acostarse junto a ellos y esperar que los diez escogidos pasaran a matarle. El sorteo también tuvo en cuenta quién sería el último, el que mataría a sus nueve compañeros y luego se suicidaría. Cualquier cosa antes de convertirse en esclavo y ver cómo violaban a sus mujeres. Al parecer hubo personas que no murieron (entre 2 y 7 según las fuentes, ancianos y niños), que se escondieron, y cuando llegaron los romanos dieron testimonio de lo que había sucedido. Asombrados por el valor de esa gente, los romanos les dejaron marchar.

En el museo de Masada se pueden ver, entre otras muchas piezas recuperadas en las excavaciones llevadas a cabo, unas piezas de cerámica con nombres escritos, probablemente las que utilizaron para realizar el sorteo. El suceso tuvo lugar antes de la revisión o firmeza del Talmud, que ya no permite el suicidio. Tras el recorrido por los baños, los antiguos almacenes y el resto de ubicaciones de las ruinas, me quedé un rato mirando hacia el mar Muerto, hacia ese infinito que me mostraba la primera línea de tierra de Jordania. ¿Qué lleva al hombre a esos extremos? La pregunta quedó rota por el estruendo de un par de cazas de combate. La OTAN hace prácticas en la zona con sus aviones para ver cómo responden en caso de fallo de unos radares calibrados sobre el nivel del mar.

Cuando me marchaba, sobre la tierra del desierto, junto a las ruinas de Masada, estaban preparando un escenario gigante para la representación de la ópera Aída de Verdi. Cada año, en el mes de junio, Masada se convierte en uno de los escenarios del Festival de Ópera. El año que viene será turno para la Carmen de Bizet.

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La localidad de Jaffa pasa por ser uno de los puertos más antiguos de los que se tiene constancia. Lejos de quedar a la sombra de los rascacielos de Tel Aviv, es su complemento, con personalidad propia y muy bien definida. El yin que todo yang, léase gran ciudad, necesita para equilibrar los aires que da el cosmopolitismo. La localidad forma, junto con la gran urbe, el municipio Tel Aviv-Yafo.

Que sí, que también Alejandro Magno, el cruzado, el sarraceno y Napoleón estuvieron por aquí, pero esos ya han tenido bastante protagonismo en otras entradas. No puedo, sin embargo, obviar algunos episodios mitológicos ocurridos en la pequeña Jaffa. Jonás salió de su puerto para encontrarse con la ballena, Pedro tuvo su visión cerca de la ciudad para ponerse a convertir gentiles sin parar, y Casiopea era reina de Jaffa cuando tuvo lugar el episodio de la lucha de Perseo con el monstruo marino para liberar a Andrómeda. Hago aquí un inciso y me traslado a cualquier lugar con ausencia de contaminación lumínica para aconsejaros que en las noches de verano os tumbéis al raso para contemplar las constelaciones de Perseo y Casiopea, dos de las más fáciles de identificar.

Jaffa tiene ese punto de fuerte carácter que dan los modales arrabaleros. No en vano, a mitad del pasado siglo tuvo reputación de ciudad del crimen. Con el tiempo, como ha ocurrido en otros antiguos barrios marginales de las más variopintas ciudades, Jaffa ha sufrido una acusada gentrificación, termino mucho más cool que el aburguesamiento al que nos remite nuestro diccionario. Resulta que ahora esos son los barrios de moda, tras el abandono de las casas por propietarios cansados de hacer reformas, entra con todo cualquier cosa parecida a una vanguardia para hacer todo el ruido posible.

 

En el tramo de paseo marítimo que conecta Tel Aviv con Jaffa, chavales de las tres, cinco, cien culturas juegan a ser Dios haciendo equilibrios en las barandillas. Curioso contraste, diferentes religiones con la misma forma de pavonearse ante los grupos de chicas adolescentes. Resulta también curioso ver cómo se mezclan los pescadores y una pareja de etíopes haciéndose fotos de boda, con chicos con el pantalón el pantalón demasiado bajo y artistas experimentales del más diverso pelaje. Los antiguos almacenes del puerto se han convertido en terrazas de moda, galerías de arte, lugares para dar rienda suelta a las nuevas tendencias en música y paredes tan cambiantes como el gusto del tipo que pinta el graffiti. Mucha actividad, demasiada, sobre todo al caer la tarde. Así que la visita a Tel Aviv y su complementaria Jaffa, mejor sin prisas.

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Yo conozco la ciudad de Tel Aviv. Vaya perogrullada, pensaréis, acabas de estar. Pero no, os hablo de esa sensación familiar, de cierto déjà vu, que se tiene al visitar algunos lugares del mundo en los que nunca antes habías estado. Un gimnasio en la playa como en Venice Beach, arquitectura Bauhaus como en Alemania, judíos ortodoxos saliendo de enormes edificios de oficinas como en Nueva York, una estación de tren convertida en centro comercial como en San Petersburgo, Madrid o Sevilla.

Piezas de un todo que forman la joven ciudad de Tel Aviv, ciudad que empezó a crecer en 1909 en lo que eran las afueras de Jaffa. El decreto que obligaba a los judíos a cambiar de casa cada año, les lleva a buscar tierras fuera de la antigua ciudad. Aunque hablemos de Tel Aviv-Yafo (Jaffa) para referirnos al municipio, nada más distante entre los dos núcleos: de la ciudad anclada en el tiempo a la que se contonea entre aquellas ciudades con vistas al futuro.

Para tomar el pulso a la ciudad recorrí el paseo marítimo desde uno de los hoteles importantes de la ciudad, el Sheraton creo recordar, hasta las primeras casas de Jaffa. El mar, como pasa en todo el Mediterráneo, es el escaparate al que se aboca toda la ciudad. Vanidades con olor a aftersun repartidas en caros metros cuadrados de arena y cemento. Una de las cosas que más me llamó la atención es la cantidad de gente que se reúne a bailar al ritmo de una música que, si bien no estaría en mi lista de Spotify, hacía que toda aquella variada amalgama se moviera frenéticamente. Desde la octogenaria con peinado tirolés hasta la chica guapa más pendiente de que la vieras, pasando por un bailarín que parecía que dando piruetas se había escapado del ballet de Moscú.

Al final del paseo marítimo está Jaffa, pero eso lo dejamos para otro día. Nos vamos en otra dirección para saber por qué la Ciudad Blanca está en la lista del Patrimonio de la Humanidad. Tel Aviv cuenta entre sus calles con más edificios de arquitectura Bauhaus que cualquier otro lugar del mundo. Incluyendo Alemania. En los años 30, un grupo de arquitectos judíos que huían del nazismo cogieron un puñado de líneas horizontales, redondearon las esquinas y aplanaron los techos, para llenar la ciudad de la particular estética y funcionalidad de la Bauhaus. Prototipos que se producían en masa. Daba igual una silla, una lámpara o un edificio. Como churros. Hasta 4.000 viviendas plantaron en Tel Aviv.

La avenida Rothschild es el eje principal de esa arquitectura. A los pies de las casas han nacido terrazas, heladerías, quioscos convertidos en bares y demás experimentos, que hoy se rifan a la gente guapa de Tel Aviv. Paseando por esa avenida te das cuenta de lo bien que saben vivir los laicos ortodoxos. En Tel Aviv es evidente, mucho más que en otras partes de Israel, la perfecta convivencia entre la religión y los que viven más pendientes de la fecha de la próxima fiesta con la música electrónica como protagonista. Y es que Tel Aviv no puede esconder, ni quiere, que su carácter es Mediterráneo.

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