Durante las primeras horas de mi visita a Jerusalén había estado evitando el contacto directo con el Muro Occidental, el Muro de las Lamentaciones. Apenas unos rápidos vistazos de reojo, desde la distancia. Quería dedicarle el tiempo necesario y hacerlo en el momento adecuado.

El sonido de unos tambores y del shofar, un cuerno de carnero con el que se llama al arrepentimiento, la plegaria y la introspección, me fueron arrastrando hasta allí. Era la celebración de un Bar Mitzvá, la fiesta que marca el inicio de la edad adulta; a los trece años para los niños y a los doce para las niñas (Bat Mitzvá). En la entrada a la zona del muro, los tambores deben callarse y pasar el pertinente control de seguridad.

El Muro Occidental es la construcción más sagrada del pueblo judío, apenas el rastro de lo que fue el Gran Templo. Los restos del muro fueron el abrigo, la contención del antiguo monte Moria, donde cuenta la tradición que subió Abraham con su hijo -Isaac o Ismail según a quién preguntes- para llevar a cabo el sacrificio de su hijo, que fue cambiado en el último momento por un cordero. De ahí las celebraciones de la Fiesta del Cordero en el mundo musulmán. Hoy ocupa ese lugar la Explanada de las Mezquitas.

Para acceder al muro hay que cumplir una serie de requisitos, siendo los principales cubrirse la cabeza con el solideo (kipa) o cualquier otra cosa y vestir adecuadamente. Aunque últimamente les ha dado a los famosillos por visitar el lugar sagrado, a mí me interesaban más los anónimos para intentar aprender un poco más de esa liturgia. Debo decir que las fotos no me acaban de gustar, un tema tan complejo requiere de mucho más tiempo y eso se nota en las imágenes, hay demasiada distancia, si no emocional sí de empatía entre las dos partes.

A lo largo del muro se fueron sucediendo las situaciones curiosas. Rezos interrumpidos por el teléfono móvil al que contestan sin perder la concentración, la gente llegada de todas partes a dejar el papel con sus buenos deseos entre las rendijas de la piedra, otros que miran la hora con disimulo, niños que se toman esas primeras visitas de iniciación con el ánimo de la excursión de fin de curso: risas, saltos, carreras; ultraortodoxos que recitan sus salmos a ritmo de cantinela, folclórico llanto y lamento en ocasiones. En las anteriores entradas comentaba la carga emocional que recibes cuando paseas por la Ciudad Vieja de Jerusalén. El Muro Occidental es una sobredosis de ella, como la iglesia del Santo Sepulcro, como la Explanada de las Mezquitas.

El lugar sagrado para los musulmanes es un enorme espacio, donde corre el aire que parece faltar por las intricadas callejuelas de los barrios de la Ciudad Vieja.

Vuelvo a ver imágenes que me son familiares, como las estuve viendo pasar en el barrio musulmán y sus escenas de niños con pelota, mujeres llevando el pan al horno o gente acudiendo a la llamada del almuédano. Conozco esas calles, las he visto antes. También las del barrio judío me evocan las juderías de Sefarad: Gerona, Toledo.

Tras esta última entrada sobre mi viaje a Israel, me reitero en que quiero volver cuanto antes, con el ansia del viajero que quiere pisar cada página de ese enorme tratado de Historia. Dejando un poco al margen los temas más políticos para personalizar en cada una de las personas de cada uno de los barrios de la ciudad. No ha sido casualidad el que haya hablado de los lugares santos para judíos y musulmanes en la misma entrada.

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Para seguir el paseo por Jerusalén, vuelvo a tomar la Biblia como un libro de Historia con algunas licencias creativas. Es necesario conocer la Biblia para entender una buena parte del arte, la arquitectura y la cultura que nos dejaron en herencia. También como indispensable guía de viaje para viajar por Israel.

Visito el lugar de la Última Cena pensando en el cuadro de Leonardo da Vinci, busco las estaciones del Vía Crucis andando por Vía Dolorosa y recordando el recorrido que hacen las beatas en los pueblos por Semana Santa o las películas de romanos de mi infancia. Son muchos los lugares vinculados al cristianismo en Jerusalén y conviene saber qué, cuándo y cómo.

La gente hace cola en el jardín de Getsemaní, para visitar el lugar donde Jesús pasó su última noche rezando junto a unos olivos. Luego visitan la tumba de María, por supuesto vacía por el asunto de la Ascensión.

El punto culminante del itinerario cristiano tiene lugar en la iglesia del Santo Sepulcro, el lugar de la crucifixión, la piedra del ungimiento y de la resurrección. En la plaza de la iglesia crees estar en otra más si no fuera por la masiva afluencia de gente durante todo el día y parte de la noche, cuando también se celebran misas. Más allá de ese tráfico continuo, piensas que es sólo una iglesia. Una vez traspasada la puerta de entrada es cuando sabes que estás en un lugar especial. Es complicado explicar desde al ateísmo qué tipo de vibraciones son las que recibes.

Gente de todo tipo sollozando al tocar la piedra del ungimiento, poniendo objetos en contacto con la misma piedra: cruces, rosarios y cuadros que luego venderán como recuerdos. Nervios en la cola que les dejará rezar durante apenas unos estrictos segundos ante la tumba, misterio provocado por la luz de las velas que iluminan algunas partes de la iglesia, emociones apenas controladas, aunque muchos bien quisieran que fueran desatadas, pero el lugar y los ortodoxos que se encargan de la gestión imponen seriedad y respeto. Estuve largo rato en la iglesia del Santo Sepulcro, observando, sintiendo, anotando, caminando arriba y abajo. También tuve mis segundos ante la tumba, toqué la piedra, me senté en silencio. No sé con qué fin, pero tuve que hacerlo.

Hay lugares que requieren de esa introspección, de quedarse con uno mismo un rato. Curiosamente, la mayoría de los sitios en los que lo he conseguido tienen que ver de un modo u otro con distintas religiones. Al salir, me quedé un rato por la plaza, que se empezaba a quedar vacía. De repente, un milagro. Salieron de la iglesia, iluminadas por una luz especial, tres mujeres. ¿María Magdalena, María y Salomé?

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Durante mi pasada visita a Israel lanzaba un tweet a mi llegada a Jerusalén: ¿Por qué viajo? Fácil. Viajo para perderme por lugares como la Ciudad Vieja de Jerusalén.
Tengo la costumbre de lanzar palabras sueltas en un cuaderno, palabras que son todo menos escogidas al azar, palabras que serán los pilares sobre los que construya mis textos. El tiempo que llevaba en Jerusalén se medía en minutos y ya manchaban mi cuaderno las palabras abrumadora, densa, compleja, imprescindible. Tenía muy claro que no iba a ser tiempo suficiente, y antes de dejarme comer por ese Pantagruel de la Historia ya había decidido que volvería cuanto antes. No pretendáis que en un par o tres de entradas os transmita cómo es Jerusalén, ni siquiera pretendo inocularos un virus que pocas ciudades en el mundo me han contagiado: el de la necesidad de formar parte de ellas de alguna manera. Simplemente, trataré de poner negro sobre blanco, de la manera más inteligible posible, lo allí visto en poco más de un par de días.

Hay que darse prisa, van a ser las tres. Cada día a esa hora empieza la misa en la iglesia del barrio armenio, aunque a veces la realizan en la iglesia del Santo Sepulcro. Al traspasar la puerta, nos vamos directos a otra época. Será una constante en la visita a la Ciudad Vieja de Jerusalén, cada puerta franqueada un mundo, una forma de entender la vida. Por supuesto, la primera puerta que abriremos será la nuestra propia, nuestra mente. No hay otra manera de amortiguar esos impactos, no hay otra manera de viajar. Jerusalén es una ciudad que abruma. Es imposible procesar en tiempo real tanta información, recibida como bofetadas. Es también necesario un proceso de fermentación, de reposo tras la visita. No hay piedra que escape a la Historia. Tampoco puedes estar preparado, de ningún modo, para las cargas de emoción que recibes de la gente.

Estábamos en la iglesia de los armenios, en una celebración que se mantiene prácticamente igual desde hace quince siglos. No entiendo los cánticos, pero por alguna extraña razón me llegan. No comprendo la liturgia, el ceremonial, pero las velas que iluminan los rostros de barbudos hombres vestidos de negro me recuerdan a los retratos en clave baja de los pintores tenebristas. Uno de los monjes pasa junto a mi lado con un incensario, purificando cada rincón. Un leve cruce de miradas me da a entender que soy bien recibido. Otra historia será el resto del barrio, al que no tengo acceso. El hermetismo, el exceso de celo, pudiera estar derivado del expolio y exterminio que sufrieron por parte de los turcos, cuando asesinaron a un tercio de la población armenia durante la I Guerra Mundial.

Hago un intento por comprender a la gente que viaja a Tierra Santa desde un punto de vista religioso. Imagino que se trata de la eterna búsqueda de respuestas. Hay quien decide no complicarse y las encuentra en la religión, yo las busco por otros derroteros, probablemente viajando. Diferentes tipos de viaje, cambiemos espiritual por emocional y todo se reduce a lo mismo: preguntas y respuestas.

Caminando por el barrio judío, escucho la llamada a oración para los musulmanes, un eco ya conocido que tomas como referencia horaria cuando viajas por otros países. Pero aquí es un nuevo contraste, uno más. Deberían prescribir a los niños recetas para viajar a ciudades como Jerusalén, en lugar de asistir a esas tediosas clases que dan algunos funcionarios sin vocación.

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¿Es el mar Muerto uno de esos lugares a los que la gente va a hacerse la foto? Como en Pisa empujando la torre o en Agra cogiendo el Taj Mahal por la punta. ¿Qué ofrece el mar Muerto además de otra foto para la colección? ¿Qué podemos encontrar en un lugar en el que, aparentemente, la vida brilla por su ausencia? Aquí van unas pistas:

- Para los que gusten de esos datos, en el mar Muerto te puedes tomar la cerveza en el bar a menos altitud del mundo, en la playa de Kalia a 418 metros bajo el nivel del mar.


- La salinidad del mar Muerto es diez veces superior a la normal. Están imitando las condiciones del mar Muerto en balnearios y spas de todo el mundo porque dicen que media hora en una de esas cámaras de flotación equivale a ocho horas de descanso.

- Están estudiando un sistema para poder producir energía suficiente para cubrir las necesidades de Israel, Palestina y Jordania, con un proyecto que pretende traer agua del mar Rojo y mediante un sistema de caídas producir dicha energía. Aunque parece que este proyecto podría tener un gran impacto en la naturaleza. Lo que está claro que cambiaría la salinidad del agua.

- Es el depósito más grande del mundo de aluminio y magnesio, utilizados en las carrocerías de marcas de automóviles como Audi o Bentley.

- Está en claro retroceso debido a la perdida de caudal del río Jordán, el grifo que llena el mar Muerto. Para su recuperación, sería muy interesante que la Unesco lo declarara Patrimonio de la Humanidad. Se podría obligar a las empresas que extraen el material a utilizar métodos menos agresivos o, incluso, a dejar de hacerlo. Además de recuperar el caudal del río desviado, en muchos casos, por la mano del hombre.

- En las cuevas de Qunram se encontraron los Manuscritos del mar Muerto. Podéis leer toda la historia en estas interesantes entrada que publicaron en Viajes de Primera (primera entrada - segunda entrada).

Ahora vamos con la experiencia. Que sí, que yo también flotaba. La sensación de bañarte en el mar Muerto es extraña. Primero por el hecho de saber que estás a más de 400 metros bajo el nivel del mar, cuota poco comprensible para los que tomamos como referencia el ayuntamiento de Alicante para hablar de altitudes. Como telón de fondo tienes el desierto de Judea, por lo que crece la sensación de estar flotando en una suerte de oasis. Al entrar en el agua, lo primero que llama la atención es que el tacto es oleoso, denso.

Para disfrutar sin inconvenientes de un relajante baño hay que seguir unas sencillas instrucciones. Conviene entrar despacio en el agua, para evitar salpicaduras a otros bañistas. Mejor con unas chanclas o similar. La sal puede pinchar y producir heridas en los pies. Lo de echar sal en la herida no es ninguna broma. Una vez en el agua, hay que sentarse y tumbarse de espaldas, evitando en todo momento el contacto del agua con los ojos. Tampoco hay que tragarla, el sabor es horrible. Pero no un sabor de esos de mamá-la-sopa-está-salada, no. Un sabor realmente asqueroso. Tuve que hacer el correspondiente trabajo de campo para poder contarlo aquí.

Al salir, hay que darse una generosa ducha con agua dulce. De lo contrario, al evaporarse el agua queda la sal sobre el cuerpo y puede producir heridas en la piel. Las playas más visitadas son las de Kalia y Neve Midbar, con todos los servicios (duchas) para que la actividad se desarrolle en condiciones adecuadas.

Otra de las actividades que ofrecen en la zona son los paseos en 4X4 por el desierto de Judea. La nube de polvo que precede al vehículo queda en suspensión aumentando la sensación de calor y falta de aire. Circulamos por una zona que se atribuye a las antiguas Sodoma y Gomorra. El polvo que levantaba el vehículo nada tenía que ver con los acontecimientos sucedidos en la antigüedad. No encontré ni rastro de lascivia.

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El funicular que sube hasta el complejo arqueológico de Masada arranca desde los 257 metros bajo el nivel del mar y te deja a 33 metros sobre el nivel del Mediterráneo, que no del mar Muerto. En esos escasos metros tienes que ser consciente del lugar al que te diriges. Atrás va quedando el desierto de Judea, como un extraño tapiz que desde el aire adquiere formas que podrían ser sensuales si no fuera por las altas temperaturas, que deforman la visión según te alejas. Todavía en la cabina. Voy pensando si un lugar es capaz de hablarte, de llegar a emocionarte tantos siglos después de lo ocurrido un mes de marzo del año 74 d.C. Hay quien ubica la fecha un año antes, pero poco importan los días cuando los dramáticos hechos ocurrieron en apenas unas horas.

Como en otros lugares de Israel, Masada no fue ajena a ese tuya mía que manejaba emplazamientos como cromos repetidos en el patio. En uno de esos cambios, un grupo de sicarios, escisión extremista de los zelotes, recupera una Masada controlada por los romanos. El arsenal, los almacenes llenos de alimentos como el trigo, aceite, vino y dátiles; lo fértil del terreno y los conductos para canalizar el agua de lluvia les hace tener unas previsiones de resistencia en caso de asedio superiores a 50 años. Para los romanos, Masada se convirtió en una mosca cojonera, como lo habían sido los galos años atrás, por lo que iniciaron la construcción de una rampa por el conocido como Camino de la Roca Blanca, de más desnivel pero mucho más corto que el sinuoso Camino de la Serpiente. Al final de la rampa, levantaron una torre de asedio.

Los habitantes de Masada, al verse vencidos, toman la decisión de realizar un suicidio masivo. Casi mil personas habitaban la fortaleza por aquel entonces. Se llevó a cabo un sorteo para decidir qué diez hombres se encargarían de matar al resto. Primero, cada padre de familia mataba a su mujer e hijos, cortándoles la yugular, para luego acostarse junto a ellos y esperar que los diez escogidos pasaran a matarle. El sorteo también tuvo en cuenta quién sería el último, el que mataría a sus nueve compañeros y luego se suicidaría. Cualquier cosa antes de convertirse en esclavo y ver cómo violaban a sus mujeres. Al parecer hubo personas que no murieron (entre 2 y 7 según las fuentes, ancianos y niños), que se escondieron, y cuando llegaron los romanos dieron testimonio de lo que había sucedido. Asombrados por el valor de esa gente, los romanos les dejaron marchar.

En el museo de Masada se pueden ver, entre otras muchas piezas recuperadas en las excavaciones llevadas a cabo, unas piezas de cerámica con nombres escritos, probablemente las que utilizaron para realizar el sorteo. El suceso tuvo lugar antes de la revisión o firmeza del Talmud, que ya no permite el suicidio. Tras el recorrido por los baños, los antiguos almacenes y el resto de ubicaciones de las ruinas, me quedé un rato mirando hacia el mar Muerto, hacia ese infinito que me mostraba la primera línea de tierra de Jordania. ¿Qué lleva al hombre a esos extremos? La pregunta quedó rota por el estruendo de un par de cazas de combate. La OTAN hace prácticas en la zona con sus aviones para ver cómo responden en caso de fallo de unos radares calibrados sobre el nivel del mar.

Cuando me marchaba, sobre la tierra del desierto, junto a las ruinas de Masada, estaban preparando un escenario gigante para la representación de la ópera Aída de Verdi. Cada año, en el mes de junio, Masada se convierte en uno de los escenarios del Festival de Ópera. El año que viene será turno para la Carmen de Bizet.

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