Para seguir el paseo por Jerusalén, vuelvo a tomar la Biblia como un libro de Historia con algunas licencias creativas. Es necesario conocer la Biblia para entender una buena parte del arte, la arquitectura y la cultura que nos dejaron en herencia. También como indispensable guía de viaje para viajar por Israel.

Visito el lugar de la Última Cena pensando en el cuadro de Leonardo da Vinci, busco las estaciones del Vía Crucis andando por Vía Dolorosa y recordando el recorrido que hacen las beatas en los pueblos por Semana Santa o las películas de romanos de mi infancia. Son muchos los lugares vinculados al cristianismo en Jerusalén y conviene saber qué, cuándo y cómo.

La gente hace cola en el jardín de Getsemaní, para visitar el lugar donde Jesús pasó su última noche rezando junto a unos olivos. Luego visitan la tumba de María, por supuesto vacía por el asunto de la Ascensión.

El punto culminante del itinerario cristiano tiene lugar en la iglesia del Santo Sepulcro, el lugar de la crucifixión, la piedra del ungimiento y de la resurrección. En la plaza de la iglesia crees estar en otra más si no fuera por la masiva afluencia de gente durante todo el día y parte de la noche, cuando también se celebran misas. Más allá de ese tráfico continuo, piensas que es sólo una iglesia. Una vez traspasada la puerta de entrada es cuando sabes que estás en un lugar especial. Es complicado explicar desde al ateísmo qué tipo de vibraciones son las que recibes.

Gente de todo tipo sollozando al tocar la piedra del ungimiento, poniendo objetos en contacto con la misma piedra: cruces, rosarios y cuadros que luego venderán como recuerdos. Nervios en la cola que les dejará rezar durante apenas unos estrictos segundos ante la tumba, misterio provocado por la luz de las velas que iluminan algunas partes de la iglesia, emociones apenas controladas, aunque muchos bien quisieran que fueran desatadas, pero el lugar y los ortodoxos que se encargan de la gestión imponen seriedad y respeto. Estuve largo rato en la iglesia del Santo Sepulcro, observando, sintiendo, anotando, caminando arriba y abajo. También tuve mis segundos ante la tumba, toqué la piedra, me senté en silencio. No sé con qué fin, pero tuve que hacerlo.

Hay lugares que requieren de esa introspección, de quedarse con uno mismo un rato. Curiosamente, la mayoría de los sitios en los que lo he conseguido tienen que ver de un modo u otro con distintas religiones. Al salir, me quedé un rato por la plaza, que se empezaba a quedar vacía. De repente, un milagro. Salieron de la iglesia, iluminadas por una luz especial, tres mujeres. ¿María Magdalena, María y Salomé?

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Durante mi pasada visita a Israel lanzaba un tweet a mi llegada a Jerusalén: ¿Por qué viajo? Fácil. Viajo para perderme por lugares como la Ciudad Vieja de Jerusalén.
Tengo la costumbre de lanzar palabras sueltas en un cuaderno, palabras que son todo menos escogidas al azar, palabras que serán los pilares sobre los que construya mis textos. El tiempo que llevaba en Jerusalén se medía en minutos y ya manchaban mi cuaderno las palabras abrumadora, densa, compleja, imprescindible. Tenía muy claro que no iba a ser tiempo suficiente, y antes de dejarme comer por ese Pantagruel de la Historia ya había decidido que volvería cuanto antes. No pretendáis que en un par o tres de entradas os transmita cómo es Jerusalén, ni siquiera pretendo inocularos un virus que pocas ciudades en el mundo me han contagiado: el de la necesidad de formar parte de ellas de alguna manera. Simplemente, trataré de poner negro sobre blanco, de la manera más inteligible posible, lo allí visto en poco más de un par de días.

Hay que darse prisa, van a ser las tres. Cada día a esa hora empieza la misa en la iglesia del barrio armenio, aunque a veces la realizan en la iglesia del Santo Sepulcro. Al traspasar la puerta, nos vamos directos a otra época. Será una constante en la visita a la Ciudad Vieja de Jerusalén, cada puerta franqueada un mundo, una forma de entender la vida. Por supuesto, la primera puerta que abriremos será la nuestra propia, nuestra mente. No hay otra manera de amortiguar esos impactos, no hay otra manera de viajar. Jerusalén es una ciudad que abruma. Es imposible procesar en tiempo real tanta información, recibida como bofetadas. Es también necesario un proceso de fermentación, de reposo tras la visita. No hay piedra que escape a la Historia. Tampoco puedes estar preparado, de ningún modo, para las cargas de emoción que recibes de la gente.

Estábamos en la iglesia de los armenios, en una celebración que se mantiene prácticamente igual desde hace quince siglos. No entiendo los cánticos, pero por alguna extraña razón me llegan. No comprendo la liturgia, el ceremonial, pero las velas que iluminan los rostros de barbudos hombres vestidos de negro me recuerdan a los retratos en clave baja de los pintores tenebristas. Uno de los monjes pasa junto a mi lado con un incensario, purificando cada rincón. Un leve cruce de miradas me da a entender que soy bien recibido. Otra historia será el resto del barrio, al que no tengo acceso. El hermetismo, el exceso de celo, pudiera estar derivado del expolio y exterminio que sufrieron por parte de los turcos, cuando asesinaron a un tercio de la población armenia durante la I Guerra Mundial.

Hago un intento por comprender a la gente que viaja a Tierra Santa desde un punto de vista religioso. Imagino que se trata de la eterna búsqueda de respuestas. Hay quien decide no complicarse y las encuentra en la religión, yo las busco por otros derroteros, probablemente viajando. Diferentes tipos de viaje, cambiemos espiritual por emocional y todo se reduce a lo mismo: preguntas y respuestas.

Caminando por el barrio judío, escucho la llamada a oración para los musulmanes, un eco ya conocido que tomas como referencia horaria cuando viajas por otros países. Pero aquí es un nuevo contraste, uno más. Deberían prescribir a los niños recetas para viajar a ciudades como Jerusalén, en lugar de asistir a esas tediosas clases que dan algunos funcionarios sin vocación.

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