Yo conozco la ciudad de Tel Aviv. Vaya perogrullada, pensaréis, acabas de estar. Pero no, os hablo de esa sensación familiar, de cierto déjà vu, que se tiene al visitar algunos lugares del mundo en los que nunca antes habías estado. Un gimnasio en la playa como en Venice Beach, arquitectura Bauhaus como en Alemania, judíos ortodoxos saliendo de enormes edificios de oficinas como en Nueva York, una estación de tren convertida en centro comercial como en San Petersburgo, Madrid o Sevilla.
Piezas de un todo que forman la joven ciudad de Tel Aviv, ciudad que empezó a crecer en 1909 en lo que eran las afueras de Jaffa. El decreto que obligaba a los judíos a cambiar de casa cada año, les lleva a buscar tierras fuera de la antigua ciudad. Aunque hablemos de Tel Aviv-Yafo (Jaffa) para referirnos al municipio, nada más distante entre los dos núcleos: de la ciudad anclada en el tiempo a la que se contonea entre aquellas ciudades con vistas al futuro.
Para tomar el pulso a la ciudad recorrí el paseo marítimo desde uno de los hoteles importantes de la ciudad, el Sheraton creo recordar, hasta las primeras casas de Jaffa. El mar, como pasa en todo el Mediterráneo, es el escaparate al que se aboca toda la ciudad. Vanidades con olor a aftersun repartidas en caros metros cuadrados de arena y cemento. Una de las cosas que más me llamó la atención es la cantidad de gente que se reúne a bailar al ritmo de una música que, si bien no estaría en mi lista de Spotify, hacía que toda aquella variada amalgama se moviera frenéticamente. Desde la octogenaria con peinado tirolés hasta la chica guapa más pendiente de que la vieras, pasando por un bailarín que parecía que dando piruetas se había escapado del ballet de Moscú.
Al final del paseo marítimo está Jaffa, pero eso lo dejamos para otro día. Nos vamos en otra dirección para saber por qué la Ciudad Blanca está en la lista del Patrimonio de la Humanidad. Tel Aviv cuenta entre sus calles con más edificios de arquitectura Bauhaus que cualquier otro lugar del mundo. Incluyendo Alemania. En los años 30, un grupo de arquitectos judíos que huían del nazismo cogieron un puñado de líneas horizontales, redondearon las esquinas y aplanaron los techos, para llenar la ciudad de la particular estética y funcionalidad de la Bauhaus. Prototipos que se producían en masa. Daba igual una silla, una lámpara o un edificio. Como churros. Hasta 4.000 viviendas plantaron en Tel Aviv.
La avenida Rothschild es el eje principal de esa arquitectura. A los pies de las casas han nacido terrazas, heladerías, quioscos convertidos en bares y demás experimentos, que hoy se rifan a la gente guapa de Tel Aviv. Paseando por esa avenida te das cuenta de lo bien que saben vivir los laicos ortodoxos. En Tel Aviv es evidente, mucho más que en otras partes de Israel, la perfecta convivencia entre la religión y los que viven más pendientes de la fecha de la próxima fiesta con la música electrónica como protagonista. Y es que Tel Aviv no puede esconder, ni quiere, que su carácter es Mediterráneo.
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Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.

