Saramago decía que la Alfama es un animal mitológico. Siento contradecirle. Diría acaso que animal sí, pero bien real, cada vez más escondido para lamerse sus heridas y en cierto peligro de extinción. La Alfama es un barrio que lo tiene todo para ser querido y al que le sobran razones para ser odiado. Sus calles, de marcada identidad de arrabal, han tenido momentos para la sonrisa, casi tantos como para el llanto, a lo largo de su historia.
Hay días de la semana, en hora punta, que la gente en el barrio se pone a la defensiva. Si pasa alguien por la calle dejan de hablar, de tender la ropa, se meten en sus casas, cierran las ventanas: temen al turista. Para ser más precisos temen a sus cámaras. Me preocupó ver un exceso de gente que ha tomado a las personas de los lugares donde viajan como un monumento más, sin preocuparse en absoluto por ellos, por sus vidas, por lo que tienen que contar. Sólo les interesa el trofeo, abaten la pieza a discreción, sacan sus tele-fusiles y disparan a cualquier cosa que se mueve. Pese a ello, el barrio tiene un magnetismo especial. No sé bien de dónde proviene. Quizá de ese punto de escenario de cine de ¿película italiana de los 60?, de los olores a la hora de la comida o de la esperanza de encontrar una taberna con tendencia a la charla junto a una cerveza.
Cada día encontraba el momento de regresar a esas estrechas calles en las que el cielo no es más que una rendija entre tejas por la que apenas pasa la luz y algunas vagas promesas de un mañana mejor cuando cae la noche, momento en que todo se viste de frágil normalidad. Se intenta recuperar la esencia de los días en que sus calles no fueron más que albergue de almas sin rumbo. A esa hora han encerrado a los turistas en locales de fado donde la decadencia cuesta dinero. En la calle, ligeros olores a cigarrillo condimentado y el lejano sonido de un escupitajo ponen las notas asonantes en la banda sonora de la vida.
Por la mañana de un martes cualquiera el día amanece inusitadamente tranquilo, son horas de poca afluencia y la gente vuelve a salir de sus casas. Las mujeres en bata o delantal y zapatillas van a buscar el pan y un poco de pescado, los hombres se han calado sus gorras para enfrentarse a los chutes de ginginha para entrar en calor. La contribución de la cereza al mundo de los aguardientes se podría comparar a ese póngame un sol y sombra tan español, recarga de energía matutina para que los problemas sean menos. A primera hora es posible caminar, vagar, deambular, perderse con la vista puesta en esos adoquines casi inmunes al paso del tiempo a los que tan bien les sienta la lluvia. En pocas horas todo habrá cambiado.



Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


