MARRUECOS ME LLAMA

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nov 202009



La semana que viene salgo para Marruecos donde pasaré las próximas semanas hasta que me recoja el de El almendro para volver a casa. Alex Webb (tuve el privilegio de ser su alumno) me contaba que la primera vez que fue a Cuba sintió algo especial, la necesidad de volver una y otra vez a la isla. A mi me pasa lo mismo con Marruecos. Cada vez que visito el país descubro cosas nuevas y me sigo emocionando con las conocidas; el canto del almuédano, la música gnawa, sus medinas, los artesanos, todos sus olores, los cuentos bereberes, el té a la menta…
Me atrae descubrir que poco o nada ha cambiado el país que conocieran Ali Bey, el Moro vizcaíno, Foucauld y tantos otros.


Tengo la costumbre de documentarme cada vez que hago las maletas. Quiero saber que hay, quién ha estado antes o las leyendas del lugar. En definitiva, obtener datos que enriquezcan el reportaje, la sal y la pimienta e incluso tirar de un hilo que acaba formando una nueva historia. Para este viaje a Marruecos he consultado apuntes, mis propias fotos de anteriores viajes, repasado libros y también he leído alguno nuevo. Alguno de ellos un poco tostón pero con datos interesantes (omitiré título y autor/a), otro fascinante: Viaje a Marruecos de Charles de Foucauld y otro hilarante. De este último comentaré. Se trata de los Recuerdos marroquíes del Moro vizcaíno de José María de Murga. Citaré textualmente un apunte al inicio del libro y una nota sobre Erratas.

El apunte

“El autor renuncia generosamente a la propiedad de su obra y, por lo tanto, no perseguirá con todo el rigor de las leyes al que la reimprima; antes bien, si alguno tiene tal humorada, promete protegerle comprándole unos cuantos ejemplares.”

La nota sobre Erratas

“Este libro las tiene garrafales, pero no me tomo el trabajo de indicarlas, pues tengo mis razones para ello. Primera (y basta y sobra) porque he visto constantemente que nadie las corrige antes de empezar una lectura, sino que lo va haciendo a medida que el sentido o el conocimiento del lenguaje se las dan a conocer. Si esto sucede aun con los libros científicos o con aquellos cuyo contenido es de lo más interesante, ¿podré yo esperar que suceda otra cosa con el mío?
Mis lectores de aquende y allende el Estrecho tomarán en cuenta ésta y otras razones, que me han ahorrado un trabajo inútil y engorroso, y no pensarán en pedir peras a un olmo que no las podría dar.
¡Que la Cruz y la Media Luna los protejan!”

Con una sonrisa y en magnífico estado de ánimo emprendo el viaje. Quiero compartir mi almuerzo en un desvencijado bus camino de Tánger donde buscaré la ciudad canalla que vivieron escritores como Bowles, quiero comer pescado en Essaouira, tomar un té en Meknes mientras los lugareños disfrutan de un partido de la liga española o francesa o perderme en la medina de Fez. Pero sobre todo quiero ir a Marruecos para sentirme fotógrafo. Para que mis fotos vuelvan a moverse y que luego me pueda decir la gente que esa foto está movida.

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Hoy he leído el libro Los cínicos no sirven para este oficio de Ryszard Kapuściński. El libro está estructurado en tres partes, pero por interpretación, cuando no alusión directa, es la tercera la que aplico a la fotografía o al fotoperiodismo más concretamente. En El relato en un diente de ajo se establece un diálogo entre el periodista polaco y el escritor John Berger, autor de los ensayos Mirar y Modos de ver, dos de los próximos libros que leeré. Antes, la elección de los títulos de mi biblioteca respondía a impulsos o apetencias. Desde hace algún tiempo dejo que sea el propio libro el que me conduzca al siguiente. Pero vayamos al grano. O al diente de ajo. En la última entrada del blog Enfocant, Maria Rosa Vila habla de dilemas morales en el ejercicio del fotoperiodismo. En este libro se habla del relato, de la crónica del periodista. Pero aplicado a la fotografía tendríamos que lo contrario de ese relato fotográfico no sería el silencio, sino nada; el olvido. Esos relatos constituyen un altavoz permanente para aquellos que viven en un mundo sordo o ciego en el caso de las imágenes. Pero donde pone el dedo en la llaga, en este caso Kapuściński, es en que por regla general se ignoran las fotografías, normalmente por exceso de ellas. Para comprender las fotografías es imprescindible la participación activa, la figura del creador activo. Cada historia necesita dos componentes: el autor y el observador, la bilateralidad del arte. Y ahora viene el quid de la cuestión y no puedo estar más de acuerdo. La crisis en el fotoperiodismo no viene determinada por la crisis de los fotógrafos sino por la de los lectores. No hay lectores-observadores a la altura de los magníficos trabajos que se realizan en todo el mundo. Sin un lector a la altura el fotoperiodismo no puede existir. Aquí habría que extenderse en la manipulación de los medios de comunicación, especialmente los televisivos, pero eso da para otra entrada. Otra de las conclusiones del capítulo nos invita a hacer caso cuando una fotografía nos habla. La fotografía exige de nosotros un plus de atención, de concentración, no en cuanto a la técnica, menos en cuanto a la biografía del autor. Simplemente atención a lo que se ve en la foto, a lo que nos cuenta. Sólo con la debida atención podemos conseguir que la experiencia del autor vuelva a la vida a través de nuestros ojos. Ponen como ejemplo una fotografía de August Sander comentada en el ensayo Mirar de Berger. Es la foto de unos campesinos húngaros vestidos de domingo. El ojo que no escucha hablar a la fotografía ve simpleza en la imagen. John Berger hizo una disquisición para obtener un interesante análisis. Mediante la relación entre el cuerpo y los trajes llegó a la conclusión de la incomoda situación para los campesinos, con un cuerpo no adecuado a esa vestimenta.


La única relación entre esta fotografía y la entrada es la de que gran parte de la carrera de Kapuściński se desarrolló en África en torno a la situación política en el continente. Sirva la burla de la cabra (click para ampliar) al dictador gambiano Yahya Jammeh como mi humilde y discreto homenaje al trabajo del gran periodista polaco fallecido en el año 2007.

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Ayer se llevaron a cabo las celebraciones del vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín. Muchos besos, cómo ha pasado el tiempo y que amigos somos todos ahora. Pero yo me pregunto: ¿Qué fue de los espías al día siguiente? Dudo que sus jefes les dieran referencias. No me imagino al señor espía contestando a la pregunta ¿y usted qué sabe hacer?
-Bueno, yo vigilo- le diría un tipo en gabardina al de recursos humanos.
¿Seguirán algunos en la misma ventana? Probablemente ahora sí se exciten al ver a la vecina en ropa interior. Antes no lo tenían permitido o así lo debían hacer notar en el informe. Lo de la mujer del César que no sólo debe ser honrada sino parecerlo. En mi última visita a Berlín todavía vendían pedacitos del muro, no ya del de la vergüenza, sino del de la cara dura. Cosas del birlibirloque de la mercadotecnia. Durante los últimos años se habían cruzado en mi camino algunos libros y no pocas películas con Berlín como protagonista. Dos de los ingredientes, los libros y el cine, que hacen que vea los lugares desde otro punto de vista: el mío, el que me interesa. De aquel Berlín quedan las huellas, el fetichismo a la venta en los puestos de la Isla de los Museos y un par de nostálgicos de la época. En cuanto a las localizaciones las tenemos de dos tipos: las que aparecen en las guías de turismo convertidas en iconos o imanes para la nevera y los escenarios reales donde se libró la Guerra Fría. La Puerta de Brandenburgo, el Check Point Charlie, la Potsdamerplatz, la torre de Alexanderplatz o el muro ilustran portadas de periódicos y revistas de viajes en estos días. El cuartel general de la Stasi no. Normanenstrasse, 22 (Tempelhof). Esa es la dirección de los que estaban en todas partes. Literal. Se cree que, de un modo u otro, una cuarta parte de la población de la RDA tuvo relación con la Stasi, bien como empleados oficiales o como Inofizziell Mitarbeiter, una suerte de vecino de cara amable al que el rencor, la envidia o el miedo les ponía traje de confidente. Una gran parte del buen hacer en las relaciones humanas se basa en la confianza. ¿En qué se podían sostener, más que en la mentira, las relaciones entre los habitantes, entre las parejas, entre los iguales de la RDA? Comunismo casi perfecto, control total de la sociedad. Ya pensamos nosotros. Markus Wolf fue uno de los trabajadores oficiales de la Stasi. El hombre sin rostro inspiró a Le Carré para la novela El espía que surgió del frío, además de formar parte del grupo “Los Romeos”, que utilizaban la seducción para alcanzar sus objetivos. Por su lado, el NKVD tuvo su base de operaciones en el barrio de Karlhorst, concretamente en el Hospital de San Antonio y los espías militares soviéticos de la GRU en el barrio de Wünsdorf. Los británicos operaron desde la plaza Fehrbelliner hasta que los jefes de James Bond ocuparon el Estadio Olímpico que vio correr a Jesse Owens. Los americanos fueron a parar al Instituto de física Kaiser Wilhelm, que dirigiera en su día Albert Einstein. Dos acepciones bien diferenciadas para el término inteligencia. Tiendas de lujo, lounges y restaurantes ocupan hoy la Friedrichstrasse, hasta 1989 el punto fronterizo más concurrido. El control al que se sometía a los berlineses en el edificio anexo y las complicadas despedidas dieron en llamar al lugar el Palacio de las lágrimas.

En cuanto a los libros o películas que me ayudaron a conocer la ciudad, aquí va la lista totalmente personal y subjetiva.

LIBROS

Hay varios libros de Len Deighton con la ciudad de Berlín como fondo. Cualquiera de las novelas que tienen como protagonista a Bernard Samson nos pueden acercar o ayudar a comprender los “juegos de espías”.
De las novelas de Le Carré recomendaría El espía que surgió del frío.

Y mi preferido es Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin.

PELÍCULAS

No me cansaré de ver una y otra vez Good bye Lenin, de Wolfgang Becker.
La vida de los otros de Florian Henckel es una película excepcional que narra lo que fue la Stasi.
El cielo sobre Berlín de Wim Wenders.

Berlín occidente de Billy Wilder.

Más comercial encontramos Spy Game de Tony Scott con algunas escenas ambientadas en la ciudad.

CURIOSIDADES

Es posible recorrer la ciudad por el entramado de túneles subterráneos. Más información en berliner-unterwelten.de
Para los nostálgicos de los Trabant,
trabi-safari.de propone conocer la ciudad montado en uno de esos coches de fenoplast. Además sin esperas. Los habitantes de la RDA que querían uno se apuntaban en una lista de espera y tras diez años tenían la posibilidad de adquirirlo por unos 10.000 marcos.

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