Cuentan que hace años la Rambla de Barcelona era de los ciudadanos, que paseaban al calor del sol antes de meterse en su bar favorito. En ocasiones, apenas un antro con sucios fluorescentes en sus últimas horas. Pero era su antro. Por el corazón de Barcelona paseaban, por distintas aceras, las miserias del ganador y el orgullo del perdedor. Las vendedoras de amor sin amor daban buenos argumentos a los aprendices de escritor y los arrabales cobijo a Carvalho. Arrabales donde el darwinismo social siempre arrojaba sus despojos. La melancolía que provocaban esos barrios compensaba con creces sus carencias. Hasta que llegaron las Olimpiadas con toda su farándula y su especulación -mejor no hablamos del Forum o no dejaríamos títere con cabeza-, para poner la marca Barcelona en el escaparate mundial del turismo. La personalidad de los bares se escondía tras el cartel de establecimientos de comida rápida, como le pasó al Sanlúcar; se vendió la Rambla a turistas, trileros y estatuas humanas de muy dudoso gusto, se enseñaba como gótico un barrio construido unas décadas atrás y Ruiz Zafón y Falcones convertían a Barcelona en best seller. Y como guinda llegaron Ryanair y compañía, pasta del contribuyente mediante, para acabar de convertir Barcelona en un parque temático.

En al año 1908 se había creado la Sociedad de Atracción de Forasteros, nacida para llamar la atención de los extranjeros de alto poder adquisitivo cuando las autoridades vieron el potencial de Barcelona como marca. Había que ponerse a lustrar fachadas e inventarse museos para decirle a Europa lo guapa que era la ciudad. ¿Cuándo se perdió la esencia? Probablemente tras la borrachera olímpica, cuando la Copa de Europa pasaba a ser Champions, folclórica tournée que echaba paladas de virtuosos bebedores por ciudades de media Europa, sin importarles si había cama para dormir la mona. Eso sí, asegurándose de dejar bien marcado todo el centro de la ciudad como corresponde a un verdadero macho alfa. Querido Eduardo, yo entendí otra cosa por “Ciudad de los prodigios”.

Todo esto viene a cuento de la tasa que va a imponer la Generalitat al turismo, de la que ayer ya daba opinión Paco Nadal, opinión que comparto. Serán entre 1 y 3 euros por persona y noche en función de la categoría del hotel. Probablemente, al que se puede permitir un hotel de 5 estrellas le importe poco. Pero qué pasa con la familia media, de matrimonio y dos hijos. Hagamos cuentas. Ya que hablamos de Barcelona como marca, continuemos con ellas. Vamos a poner como ejemplo la familia que viene tras Gaudí, olvidando otras joyas del modernismo en Barcelona. Las entradas a la trilogía modernista del genio de Reus son las siguientes: Casa Batlló 18,15 euros, la Pedrera 15 euros y la Sagrada Familia 12,5 euros. Hacer la ruta Gaudí cuesta 45,65 euros por persona. Si la estancia es de cuatro días, al precio del hotel habrá que sumar la tasa. Pongamos la media: 2 euros X 4 personas X 4 días = 32 euros más. Todo ello si no le roban la cartera en el Metro o en la Rambla. ¿Qué pasará cuando alguien les cuente a los turistas que en Viena o en Bruselas tienen un modernismo (Art Nouveau y Jugendstil respectivamente) maravilloso y más barato. La casa Horta de Bruselas, una verdadera joya, cobra 7 euros por la entrada y entre 2,5 y 3,5 euros a todos los estudiantes.
Creo que la medida de cobrar esa tasa al turista es un error colosal y que hará cambiar las preferencias a un buen número de turistas. Lo que nos faltaba. El turismo es una de las soluciones que tenemos más a mano para salir de la crisis, pero hay que gestionarlo en condiciones. Si ello conlleva recuperar competencias y crear un ministerio fuerte que sepa recuperar la competitividad que estamos perdiendo frente a otros países que lo están haciendo mejor, adelante. Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato y le dice a todo el personal que va de paseo a Fitur que hay que trabajar en serio?
¿Y tú qué opinas, es Barcelona un parque temático?

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