He estado intentando poner en orden todas las notas y fotos que me traje de mi reciente viaje a Israel. ¿Qué supone viajar a Israel? ¿Qué hacer ante tal densidad de información? ¿Cómo procesarla? Apenas habían transcurrido dos kilómetros desde la salida del aeropuerto de Ben Gurion cuando el guía ya me había soltado los nombres de David, Sansón, Herodes y, claro, Jesús. Así, tal cual. Como quien da la alineación del equipo de turno.
Más tarde, cuando llegaba a la zona del mar de Galilea, ya tenía localizados en mi mapa los lugares del Triángulo de Jesús. Utilizaré el tono de quien habla de hechos históricos y no de milagros para contar que en un área relativamente pequeña pasó lo de los panes y los peces, se caminó sobre las aguas, separaron el mar y nació María Magdalena. Al llegar a Tiberia ya sabía que fue allí hasta donde llegó el camello que llevaba el cuerpo de Maimónides, el cordobés que murió en Egipto y pidió ser enterrado en Tierra Santa.
Para subir a mi habitación, en el piso 18, me metí por equivocación en uno de los ascensores del sabbath, que va parando en todas las plantas automáticamente porque la Torá dice que ese día no se puede modificar el estado de las cosas. Tras tirar las cosas encima de la cama, me pregunto: ¿Dónde estoy? La geografía me dice que en un lugar cuyo territorio es desierto en un 60 %, por lo que quedan 10.000 km² para que viva la gente. Los libros de Historia, incluyendo la Biblia, cuentan que allí tuvieron lugar algunos episodios claves, seas creyente o no, de la historia de la humanidad. Los que forjaron el carácter y el devenir, el modo de articular las vidas de millones de personas. Es para tomárselo en serio.
De momento, os dejo con el recorrido que hice. A partir del lunes iré desgranando -espero ser capaz- lo que viví durante esos días. Como os decía, empecé por el norte, por la zona de Galilea. Luego vino San Juan de Acre (Akko) y su mole templaria, el puerto de Cesarea construido por Herodes. También habrá sitio para Tel Aviv, una ciudad que quiere ser Nueva York, a ratos Londres, con la irreverencia de Amsterdam y la elegancia que el Art Decó y, sobre todo, la Bauhaus dieron a muchos de sus edificios. Y la pequeña Jaffa, que con su carácter de barrio vive ajena a las torres de oficinas que tiene enfrente y prefiere centrarse en sus bohemios, en la gente con ganas de tomarse una copa en las terrazas junto al puerto.
Si después de todo eso seguís aquí, sabréis si floté en el mar Muerto, conoceréis la brutal historia de Masada y llegaremos, finalmente, a Jerusalén. Desde Israel lanzaba un tweet en el que preguntaba por qué viajo. Sencillo. Viajo para perderme por lugares como la Ciudad Vieja de Jerusalén. El lunes seguimos.
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Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.

