Viene de la primera entrada
El abigarramiento de las construcciones en el casco antiguo podría establecer analogía con el artístico horror vacui tan presente en las obras de El Greco. Casi siete siglos después del fallecimiento, sigue llegando gente al sepelio del Señor de Orgaz, popularmente ascendido a Conde. Hasta 3.000 personas pasan cada día por la iglesia de Santo Tomé para permanecer unos instantes ante una de las obras cumbre de la pintura universal. Los enhiestos personajes de afilados rostros, separados de sus cuerpos por la distinguida golilla, aparecen ajenos a la disputa que hubo por la tasación del cuadro, una constante en la vida del pintor cretense que tras el despecho de Felipe II decidió establecerse en Toledo, perdiendo el monarca un gran pintor y ganando la ciudad un itinerario turístico.
La Casa-Museo de El Greco permanece cerrada por reformas. Algunos de sus cuadros están acompañando a los que ya se podían ver en el Museo de Santa Cruz. El misterio sobre el lugar donde está enterrado el pintor -se especula entre Santo Domingo el Antiguo y la iglesia de San Torcuato- es la particular contribución del pintor a la lista de leyendas toledanas a las que supo sacar partido Bécquer con sus frecuentes abandonos a los sueños de la imaginación.
Sentado en un poyete de la plaza de Santo Domingo el Real escucho respirar a la ciudad. Una placita, puro Bécquer, desde la que se oyen los pasos que provienen del Cobertizo de Santo Domingo; se intuyen las capas de caballeros batidos en duelo por el supuesto honor de una de aquellas damas de todo rumbo y manejo. La pléyade de literatos continúa. A Toledo han estado vinculados casi todos aquellos escritores que formaron parte de mi libro de literatura en el instituto. San Juan de la Cruz que en su cautiverio escribió el inicio de Cántico espiritual, Santa Teresa de Jesús, Garcilaso de la Vega; la lista es larga como larga era la letanía de reyes godos aprendida por mis mayores. Atanagildo, Witerico, Gundemaro o Sisebuto fueron algunos de los que tuvieron trono cuando el reino se trasladó a Toledo.
Mientras los turistas van en busca de leyendas con la vista puesta en los curiosos nombres de las calles -Hombre de Palo, Horno de los bizcochos o Bajada del pozo amargo entre ellas-, los toledanos utilizan los afluentes, las calles paralelas para llegar a los mismos sitios. Porque si bien el lugareño esquiva el monumento no puede evitar el alto para ejercer la bendita costumbre del tapeo. Es en los bares donde fluyen todos.
Tras la contundencia de platos como las migas, contribución manchega a las promesas de inicio de gimnasio en lunes, se esconden pocos artificios. Para algunos platos no vale deconstruir ni esferificar sino armarse de paciencia, virtud de la que han hecho siempre gala los artesanos del damasquinado. Con sus buriles y macetas convierten, con la ayuda de hilo de oro y plata, unos insulsos pedazos de acero en verdaderas obras de arte con muchas horas de trabajo detrás.
Más información en Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España y en spainheritagecities.











Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.



Qué bien se come por allí jejeje
Pau, de la comida hablo un poco en la entrada de mañana
toledo, una ciudad que me encantó. Por cierto, estuve no se cuanto tiempo para dibujar una pequeña mezquita que encontré…
somosviajeros, Toledo es una ciudad para ser dibujada de arriba a abajo.
Soy y vivo en Toledo me encanta mi ciudad y que escriban sobre ella.
Y ahora un consejo para tus seguidores.No intenteis verla en un dia ,vivirla, degustarla, pasearla y si os atreveis” dar la vuelta al Valle”(como decimos los de aqui)se tarda una hora pero merece la pena.
Qué suerte tienes de vivir en Toledo, Paqui.
Me sumo a tu consejo, hay que dedicar más de un día a Toledo
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