Con el artículo de hoy, doy inicio a una serie dedicada a las Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España. La excelsa lista la forman las ciudades de Toledo, Cuenca, Segovia, Salamanca, Ávila, Tarragona, Córdoba, Ibiza, San Cristóbal de la Laguna, Mérida, Cáceres, Santiago de Compostela y Alcalá de Henares. Cada mes iré publicando una o dos ciudades, divididas en tres partes cada una. Ciudades perfectas para una escapada de fin de semana y que tienen todo lo que muchas veces nos vamos a buscar muchos más kilómetros allá: cultura, paisaje, arquitectura, gastronomía. ¡Buen viaje!
Si hacemos caso a las leyendas, el origen de Toledo lo encontramos en fundadores tan dispares como un nieto de Noé o Hércules, que tras sus doce trabajos tuvo tiempo de pasarse por aquí; también en el birlibirloque nigromántico. Lo que nadie le discute es el rancio abolengo y su disimulado aire marcial.
Llego a Toledo de noche, cuando la ciudad es secreto y misterio, evocando la época en que las calles estaban pobladas por sombras muy pendientes del tintineo de monedas. Además llueve. El agua desciende por las calles driblando adoquines, con la obsesión de alcanzar el Tajo para poder formar parte de su leyenda. Desde el mirador a los pies del Parador, ya de día, tomo algunas notas que me ayudarán a construir este artículo: una señora propensa al vértigo le pregunta a su marido si abajo hay agua y una madre le comenta a su hijo que ahí hay un río. No, ni un río ni agua. El Tajo es mucho más. Es Historia, son recuerdos de eternos paseos por su orilla que siempre acababan en besos furtivos, es un meandro que se retuerce en arrullo, como resistiéndose a abandonar la ciudad, queriendo volver. Sonora jota, fricativa y velar para dar importancia al río y convertirlo en mito, en protagonista de muchas de esas leyendas que tanto gustan por aquí. Están cortadas con el patrón de la estructura shakesperiana: un par de amantes que profesan distintas religiones, un padre con mala leche y un final dramático junto a un acantilado de mayor o menor altura. Todo ello con la moraleja que viene a ensalzar la fe verdadera, dando a entender que la convivencia de las Tres Culturas también tuvo sus dimes y diretes propios de las reuniones de escalera en las comunidades de vecinos.
Tras ubicar en el callejero los principales edificios que nos legaron tras aquel piedra, papel, tijera de las religiones que convertía a capricho una sinagoga en mezquita y ésta en iglesia, uno se puede (casi) olvidar del mapa. Es una de las imágenes más frecuentes en las calles de Toledo, la de la gente intentando en vano jugar a ser Teseo en el laberíntico trazado medieval. Caminando por las empinadas y angostas calles de la ciudad se escuchan jadeantes comentarios del tipo qué bonitas las casas pero no para vivir aquí. Otra perla para la Moleskine.
Para entender un poco mejor las particularidades del trazado toledano hay que volver al mirador. El Toledo que vemos desde la curva, el que nació para ser postal, está formado por piezas de un Lego rústico encajado con esmero y con la precaución de clavar bien los talones para frenar a tiempo evitando caer al río. La casa que menos, ha conocido caballero, tronar de arcabuces y brillo de espadas al alba. De buen acero toledano, por supuesto. Si exceptuamos que los alquileres ya no se pagan en maravedíes, muchas de esas casas apenas han cambiado. Hay que subir a las alturas para acabar de ver ese retorcido plan urbanístico y darse cuenta cómo la Catedral ha ido engordando, buscando sitio a codazos en cada rincón que le dejaban, llegando casi a la asfixia arquitectónica en algunas esquinas.
Más información en Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España y en spainheritagecities.











Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


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Una de mis ciudades españolas favoritas, la visité además cuando no era “bloguero viajero” así que me impresionó mucho porque tenía muy poco mundo
Pau, yo creo que independientemente del mundo que tenga uno, la ciudad de Toledo no pasa desapercibida.