Acababa la anterior entrada hablando de artesanía. Conviene distinguir el delicado trabajo de un artesano de las propuestas de damasquinado fast food que aporta la industria. Volviendo a la gastronomía, no todos los platos en Toledo favorecen la siesta de pijama, Padrenuestro y orinal. Adolfo Muñoz lleva más de tres décadas cocinando los mejores productos de su tierra del modo más sano posible.

Adolfo es, tras Don Quijote, el gran embajador de Toledo en el mundo y por ende de La Mancha. Aunque me cuente que en toda una vida de trabajo no podrá devolverle a Toledo lo que la ciudad le ha dado a él, doy fe de que lo intenta. En los últimos años tampoco el vino ha escapado a sus inquietudes, contribuyendo al aumento de la calidad de los caldos de la región. El Cigarral de Santa María es uno de los cuatro viñedos urbanos, además de los de Viena, París y Malibú, que hay en el mundo. Desde la terraza del cigarral la estampa de Toledo se vuelve alargada, como los personajes de El Greco. Por encima de las casas sobresalen, como los cipreses que anunciaban el tipo de propiedad al caminante, la Catedral y el omnipresente Alcázar. De unas viñas con más pinta de jardín han salido interesantes aportaciones al hedonismo como los Pago del Ama Shiraz y el Merlot, con sitio entre los grandes vinos de España. Ahora parece que será el turno del Pinot Noir.

Si tenemos los platos principales y el vino, vamos ahora con el postre. Bien es cierto que hay controversia en cuanto al origen pero nadie duda que para elaborar un buen mazapán se necesitan almendras, azúcar, miel y huevos de la mejor calidad. Elaborado en monasterios, obradores y restaurantes, el dulce circunscrito a la época navideña se ha colado en el mundo 2.0 y por supuesto se vende online, una virtual muestra de lo bien que han resistido algunas tradiciones el paso del tiempo. No ha sido así en todos los casos. En las vitrinas de algunos escaparates aparecen figuras de Don Quijote de todo pelaje y condición: acero, latón, plástico con imán para la nevera o sin él, cerámica. ¿Se habrán atrevido con la figura de mazapán? Apostaría a que sí.

Queda mucho Toledo y poco es el tiempo que se le dedica a veces, cuando cronómetro en mano se busca la sinagoga de Santa María la Blanca y la del Tránsito, la Catedral, el monasterio de San Juan de los Reyes y el mono del claustro, vuelta al bus y un par de minutos para reconocer el lugar desde donde hacen las fotos para las postales. Mientras, en la plaza de Zocodover asisten al trajinar de personas que ahora también paran en el nuevo Museo del Ejército. Gente que desaparece como el agua que bajaba hacia el río. Tras la tormenta, la luz baña todas las piedras de Toledo. Eso sí es magia. Y a invocación suena la advertencia que hacía Bécquer: “En nombre de los poetas y de los artistas, en nombre de los que sueñan y de los que estudian, se prohíbe a la civilización que toque a uno solo de estos ladrillos con su mano demoledora y prosaica”.

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Viene de la primera entrada

El abigarramiento de las construcciones en el casco antiguo podría establecer analogía con el artístico horror vacui tan presente en las obras de El Greco. Casi siete siglos después del fallecimiento, sigue llegando gente al sepelio del Señor de Orgaz, popularmente ascendido a Conde. Hasta 3.000 personas pasan cada día por la iglesia de Santo Tomé para permanecer unos instantes ante una de las obras cumbre de la pintura universal. Los enhiestos personajes de afilados rostros, separados de sus cuerpos por la distinguida golilla, aparecen ajenos a la disputa que hubo por la tasación del cuadro, una constante en la vida del pintor cretense que tras el despecho de Felipe II decidió establecerse en Toledo, perdiendo el monarca un gran pintor y ganando la ciudad un itinerario turístico.

La Casa-Museo de El Greco permanece cerrada por reformas. Algunos de sus cuadros están acompañando a los que ya se podían ver en el Museo de Santa Cruz. El misterio sobre el lugar donde está enterrado el pintor -se especula entre Santo Domingo el Antiguo y la iglesia de San Torcuato- es la particular contribución del pintor a la lista de leyendas toledanas a las que supo sacar partido Bécquer con sus frecuentes abandonos a los sueños de la imaginación.

Sentado en un poyete de la plaza de Santo Domingo el Real escucho respirar a la ciudad. Una placita, puro Bécquer, desde la que se oyen los pasos que provienen del Cobertizo de Santo Domingo; se intuyen las capas de caballeros batidos en duelo por el supuesto honor de una de aquellas damas de todo rumbo y manejo. La pléyade de literatos continúa. A Toledo han estado vinculados casi todos aquellos escritores que formaron parte de mi libro de literatura en el instituto. San Juan de la Cruz que en su cautiverio escribió el inicio de Cántico espiritual, Santa Teresa de Jesús, Garcilaso de la Vega; la lista es larga como larga era la letanía de reyes godos aprendida por mis mayores. Atanagildo, Witerico, Gundemaro o Sisebuto fueron algunos de los que tuvieron trono cuando el reino se trasladó a Toledo.

Mientras los turistas van en busca de leyendas con la vista puesta en los curiosos nombres de las calles -Hombre de Palo, Horno de los bizcochos o Bajada del pozo amargo entre ellas-, los toledanos utilizan los afluentes, las calles paralelas para llegar a los mismos sitios. Porque si bien el lugareño esquiva el monumento no puede evitar el alto para ejercer la bendita costumbre del tapeo. Es en los bares donde fluyen todos.

Tras la contundencia de platos como las migas, contribución manchega a las promesas de inicio de gimnasio en lunes, se esconden pocos artificios. Para algunos platos no vale deconstruir ni esferificar sino armarse de paciencia, virtud de la que han hecho siempre gala los artesanos del damasquinado. Con sus buriles y macetas convierten, con la ayuda de hilo de oro y plata, unos insulsos pedazos de acero en verdaderas obras de arte con muchas horas de trabajo detrás.

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Con el artículo de hoy, doy inicio a una serie dedicada a las Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España. La excelsa lista la forman las ciudades de Toledo, Cuenca, Segovia, Salamanca, Ávila, Tarragona, Córdoba, Ibiza, San Cristóbal de la Laguna, Mérida, Cáceres, Santiago de Compostela y Alcalá de Henares. Cada mes iré publicando una o dos ciudades, divididas en tres partes cada una. Ciudades perfectas para una escapada de fin de semana y que tienen todo lo que muchas veces nos vamos a buscar muchos más kilómetros allá: cultura, paisaje, arquitectura, gastronomía. ¡Buen viaje!

Si hacemos caso a las leyendas, el origen de Toledo lo encontramos en fundadores tan dispares como un nieto de Noé o Hércules, que tras sus doce trabajos tuvo tiempo de pasarse por aquí; también en el birlibirloque nigromántico. Lo que nadie le discute es el rancio abolengo y su disimulado aire marcial.

Llego a Toledo de noche, cuando la ciudad es secreto y misterio, evocando la época en que las calles estaban pobladas por sombras muy pendientes del tintineo de monedas. Además llueve. El agua desciende por las calles driblando adoquines, con la obsesión de alcanzar el Tajo para poder formar parte de su leyenda. Desde el mirador a los pies del Parador, ya de día, tomo algunas notas que me ayudarán a construir este artículo: una señora propensa al vértigo le pregunta a su marido si abajo hay agua y una madre le comenta a su hijo que ahí hay un río. No, ni un río ni agua. El Tajo es mucho más. Es Historia, son recuerdos de eternos paseos por su orilla que siempre acababan en besos furtivos, es un meandro que se retuerce en arrullo, como resistiéndose a abandonar la ciudad, queriendo volver. Sonora jota, fricativa y velar para dar importancia al río y convertirlo en mito, en protagonista de muchas de esas leyendas que tanto gustan por aquí. Están cortadas con el patrón de la estructura shakesperiana: un par de amantes que profesan distintas religiones, un padre con mala leche y un final dramático junto a un acantilado de mayor o menor altura. Todo ello con la moraleja que viene a ensalzar la fe verdadera, dando a entender que la convivencia de las Tres Culturas también tuvo sus dimes y diretes propios de las reuniones de escalera en las comunidades de vecinos.

Tras ubicar en el callejero los principales edificios que nos legaron tras aquel piedra, papel, tijera de las religiones que convertía a capricho una sinagoga en mezquita y ésta en iglesia, uno se puede (casi) olvidar del mapa. Es una de las imágenes más frecuentes en las calles de Toledo, la de la gente intentando en vano jugar a ser Teseo en el laberíntico trazado medieval. Caminando por las empinadas y angostas calles de la ciudad se escuchan jadeantes comentarios del tipo qué bonitas las casas pero no para vivir aquí. Otra perla para la Moleskine.

Para entender un poco mejor las particularidades del trazado toledano hay que volver al mirador. El Toledo que vemos desde la curva, el que nació para ser postal, está formado por piezas de un Lego rústico encajado con esmero y con la precaución de clavar bien los talones para frenar a tiempo evitando caer al río. La casa que menos, ha conocido caballero, tronar de arcabuces y brillo de espadas al alba. De buen acero toledano, por supuesto. Si exceptuamos que los alquileres ya no se pagan en maravedíes, muchas de esas casas apenas han cambiado. Hay que subir a las alturas para acabar de ver ese retorcido plan urbanístico y darse cuenta cómo la Catedral ha ido engordando, buscando sitio a codazos en cada rincón que le dejaban, llegando casi a la asfixia arquitectónica en algunas esquinas.

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