Salamanca es una de las principales paradas de la Vía de la Plata, la antigua calzada romana que unía Emerita Augusta (Mérida) con Asturica Augusta (Astorga). A falta de una catedral, Salamanca cuenta con dos: la Vieja y la Nueva, con una interesante lista de curiosidades. La torre de la Catedral Nueva sufrió serios daños durante el Terremoto de Lisboa. Se llegó a pensar en derribarla pero consiguieron mantenerla en pie con una especie de faja de piedra que rodea la base. Todavía pueden verse importantes heridas en el interior del templo.

El proyecto Ieronimus es una exposición permanente que permite al visitante tener privilegios reservados a los hombres de iglesia, los antiguos presos y los canteros, al poder recorrer las estancias del carcelero, la del alcaide, el cimborrio de la Catedral Vieja o caminar por la balaustrada media teniendo a vista de pájaro el trascoro churrigueresco. Ya con los pies en el suelo, es divertido comprobar el sentido del humor que tenían los canteros. Utilizaron los frisos como una suerte de cómic en la que representaban escenas del día a día, como los canónigos jugando al cubilete, las yuntas de bueyes arrastrando la piedra o la escena de la administración de una lavativa.

No se quedaron atrás los canteros modernos, los que estuvieron encargados de la restauración de la puerta de Ramos hace algunos años. Hicieron unos guiños a su siglo, el nuestro, con las figuras de un astronauta, un diablillo comiendo un helado de tres bolas y animales protegidos como el lince, la cigüeña o el cangrejo de río.

Y luego está el convento de San Esteban y sus ínfulas catedralicias. Tamaño no le falta. Ornamentación tampoco: fachada plateresca, que es casi un retablo al aire libre, escalera de Gil de Hontañón, retablo de la iglesia obra de José de Churriguera, que sirvió para generalizar el apelativo churrigueresco; el claustro de los Reyes, otro claustro dedicado a Colón, donde el descubridor pasó largos ratos en conversaciones. El Gran Duque de Alba, esa especie de hombre del saco para los niños holandeses, estuvo una temporada enterrado en San Esteban.


El licenciado Vidriera, el escupidor de aforismos creado por Cervantes a principios del siglo XVII, relataba al llegar a la ciudad: “Advierte hija mía, que estás en Salamanca, que es llamada en todo el mundo madre de las ciencias y que de ordinario cursan en ella y habitan diez o doce mil estudiantes. Gente moza, antojadiza, arrojada, libre aficionada, gastadora, discreta, diabólica y de buen humor”.

En el interior de una taberna un grupo de estudiantes pide otra ronda de vino, ríen, vociferan, gesticulan exageradamente. ¿Hablamos del siglo XIII y la llegada de los primeros estudiantes o del curso actual? Los estudiantes, como las cigüeñas, ya están todo el año por las calles de la ciudad charra. Cuando llega el verano, los extranjeros que llegan para aprender español sustituyen a los de curso ordinario.

Más información en Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España y en spainheritagecities.

Tweet

La ciudad de Salamanca tiene una de las plazas más interesantes del mundo. Decir que es una plaza bella sería quedarse en la superficie poética de su fachada y perderse la parte canalla que suele ir cogida de la mano de la condición estudiantil. Porque si Salamanca está ligada a escritores, economistas, músicos, matemáticos, humanistas, clérigos o políticos, no hay que olvidar que todos ellos fueron primero estudiantes.
La primera vez que llegué a Salamanca, hace más años de los que quisiera, lo hice a una sencilla habitación de una pensión en la Plaza Mayor, con un camastro de sonoros muelles, una bombilla colgada de un cable exhalando sus últimos vatios, un armario cojo y una pequeña mesa donde cabía todo lo que necesitaba, que era casi todo lo que tenía. Unos pocos cientos de pesetas en monedas, varias veces contadas, servían para pagar la habitación. El premio era abrir la ventana cada mañana, que era igual que comenzar un libro. El sol iba vistiendo de letras y detalles las páginas de piedra. Recuerdo que en la plaza del Corrillo se formaban tertulias que me quedaban demasiado grandes. Fue en esa placita donde conocí al poeta Adares, que me firmó un ejemplar de su libro Mi barca ya está hecha. Esta última vez he vuelto en diferentes condiciones pero con el mismo ánimo, aun a sabiendas que hace tiempo que Adares no imparte desde la que llamaba su “cátedra”, las escaleras de la plaza del Corrillo. Partió con su barca hace ahora diez años, dejándonos sus surrealistas poemas de hogaza como legado.

Desde el rincón del poeta oigo cantar a una tuna. Mientras me acerco, voy pensando en aquella época en la que los jóvenes tenían el anhelo de pertenecer a una tuna como garantía de una vida interesante, llena de acción, noches de copas gratis que acababan fundiéndose con el día y sonrisas femeninas que trataban de llamar su atención. Anhelo que duraba cinco minutos exactos y que era sustituido por otros cien para los que tampoco teníamos voz ni presencia. Luego, de repente, había pasado el tiempo. Los tunos cantaban con tristeza: “Ay la Clara, la Clara, la Clara / que antes era moza y ahora está casada”. Sonaba Aires de Salamanca, buena banda sonora para la Plaza Mayor. ¿Cuál otra? Si acaso las zarzuelas del salmantino Tomás de Bretón, que comparte medallón en la plaza con reyes, escritores y conquistadores.

La plaza tiene doce bancos de piedra, cotizados en función de la posición del sol, aunque la gente joven prefiere sentarse en el suelo. Lejos de defender sus tesis, sonríen y sueñan mientras los críos persiguen, a falta de palomas, a algunos gorriones despistados abrumados por el vuelo nervioso de los vencejos. Salamanca es una de esas ciudades donde te gustaría que crecieran tus hijos. Tiene suficiente personalidad, además de distancia a una gran ciudad, como para no sufrir los vicios de las ciudades dormitorio y que lo cotidiano se convierta en extraordinario.

Más información en Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España y en spainheritagecities.

Tweet

Acabábamos la anterior entrada con un pregunta. Vamos con la respuesta. Ante la burla del monarca por la poca presencia de un edificio en el que el cardenal había volcado tantos esfuerzos, éste le responde: “Otros harán en mármol lo que yo hice en barro”. De ahí la inscripción en latín En luteam olim celebra marmoream. Al siguiente patio, el de Continuos o Filósofos, ya se refirieron Quevedo en El Buscón y Mateo Alemán en Guzmán de Alfarache. En especial a la llamada Puerta de los Burros, por la que pasaban los estudiantes con suspensos para recibir las burlas de los compañeros: podían ser manteados o que les cayera encima la gran nevada, una lluvia de escupitajos. Lo único que ha cambiado con el paso de los años es que ahora es el alumno aplicado el que es vilipendiado. El termino gorrón se acuña en la Universidad de Alcalá, porque los estudiantes con sus grandes gorros eran especialistas en colarse en todo tipo de fiestas.

En el paraninfo se entrega cada año el prestigioso premio Cervantes y de aquí también salió la Biblia políglota, en la que tanto empeño puso un cardenal Cisneros que recibió sepultura, entre mármol del bueno, en la anexa capilla de San Ildefonso.
Las visitas guiadas que ofrece la oficina de turismo permiten caminar por encima de la muralla. El guía habla de adarves y quimeras -las estatuas que representan monstruos imaginarios, alados y que vomitan fuego- y la gente asiente con cara de no haber entendido nada, pensando más en la ruta que van a hacer a la hora del aperitivo que en la que les ocupa.

Pese a todo, el voluntarioso guía sigue con la historia de Alcalá de Henares. Va dando la alineación de responsables: Alonso de Covarrubias arquitecto, al arzobispo Pedro Tenorio le debemos el perímetro amurallado. Luego llegaría el siglo XIX, con los franceses y la desamortización de Mendizábal con mucho más ruido que nueces. A la salida, una madre le cuenta a otra lo que le gustan a su hijo esas cosas. Pues anda que al mío. Pero son ellas las que han hecho la visita y se dirigen con prisas hacia las tabernas de la calle Mayor. Atrás se han dejado la Catedral-Magistral construida en homenaje a los Santos Justo y Pastor, los hermanos protagonistas de uno de los capítulos del cuento fundacional de la Complutum romana, de donde deriva el gentilicio complutense. Aunque la universidad que lleva ese nombre está en la capital. Pero no pisemos terreno pantanoso y vayamos con Miguel de Cervantes.

Yo no nací aquí por casualidad, dice una voz grave en la capilla del Oidor. Siempre me había imaginado a Cervantes con una voz mucho más fina, quizá debido a ese aspecto frágil que ofrece su imagen más conocida, con la eterna golilla. En una parte de la parroquia de Santa María, hoy cercenada de esa torre desde la que se tienen las mejores vistas de la ciudad, han instalado el centro de interpretación Los Universos de Cervantes. El eco de esa voz que le han puesto a nuestro literato más universal, inunda el lugar donde se encuentra la reproducción de la pila bautismal con un par de pedazos de la original. Habla de una Galatea más hermosa que cruel, también de su viaje al Parnaso para reclutar poetas que lucharan contra los mediocres. En el lugar donde se cree que tuvo la morada el manco de Lepanto se acondicionó la Casa-Museo Cervantes, con sus estancias decoradas a semejanza de la época. Si algún pobre letraherido aún estuviera hambriento de Cervantes, en la Hostería del Estudiante, el cocinero Samuel Cruz propone un menú para comerse El Quijote.

Más información en Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España y en spainheritagecities.

Tweet

En la anterior entrada nos habíamos quedado en la plaza de Cervantes. Uno de los edificios más importantes de Alcalá de Henares, el Corral de Comedias inaugurado en 1602, volvió a recuperar las funciones para las que fue construido tras pasar a lo largo de su historia por ajustes neoclásicos y románticos. Tampoco fue ajeno a la revolución cinematográfica haciendo las veces de sala de proyecciones hasta el año 1972.

Las visitas guiadas permiten conocer la historia y las diferentes partes del edificio. Desde la zona de la cazuela, ocupada por las mujeres, llovían frutas y verduras cuando la representación no cubría las expectativas. También existía la figura del apretador, como en el metro de Tokio, una especie de experto en Tetris para meter en el teatro hasta 600 personas. Hoy el aforo es de alrededor de 170. En la parte de arriba, había unos aposentos tras una celosía que ocultaba a las viudas en duelo y los diversos placeres de la vida. No necesariamente por separado. Por último, el balcón de las apariencias, un contenedor de vanidades trasladado hoy a la propia plaza Cervantes y su extensión por la calle Mayor, la calle soportalada más larga de España.

Entre enormes columnas de piedra, algunas muy restauradas debido a los estragos del tiempo, transcurre la vida alcalaína. Por la mañana, la ciudad se despierta por allí, con el ajetreo de carga y descarga durante las pocas horas en que se permite el tráfico rodado. Como curiosidad, en una de las calles que cortan la Mayor, hay una placa que recuerda dónde tenían las carnicerías los judíos, ocupadas hoy por uno de esos establecimientos donde las hamburguesas a la parrilla saben mejor. Al caer la tarde, con los últimos rayos del sol colándose por los soportales, pasean las madres primerizas disfrutando de los placeres sencillos de la vida. Los estudiantes, a otra cosa más tangible y menos etérea, empiezan a ocupar unos bares que ya no abandonarán hasta el alba.

Hay que agradecer a la Sociedad de Condueños el que todavía se pueda contemplar la fastuosa fachada de la Universidad, obra de Gil de Hontañón, y visitar sus patios. La sociedad se crea en el año 1850 ante la amenaza de subasta -se cuenta que habían numerado los bloques para su traslado a Estados Unidos- de los edificios de la Universidad creada por el cardenal Cisneros. Tras la fachada, el patio de Santo Tomás de Villanueva, donde se encuentra la frase referida a la vacilada del cardenal al rey Fernando el Católico. ¿Alguien sabe a qué frase me refiero? Os lo cuento el próximo día.

Más información en Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España y en spainheritagecities.

Tweet

Alcalá de Henares está ligada indisolublemente a la figura de Cervantes. La Historia de España tenía reservados una serie de acontecimientos para la ciudad destinados a cumplir lo que Sancho Panza profetizaba: “Yo apostaré… que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni mesón, o tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas”.

Aceptar el envite de escribir sobre Alcalá de Henares tiene sus riesgos. Una ciudad acostumbrada a discursos de paraninfo y a que los grandes referentes de la literatura en español hayan deambulado por ella, deja el listón demasiado alto. Hay dos opciones: retirarse o ponerse las letras por montera y adentrase en sus calles con el respeto que merece. Alcalá huele a pueblo, huele a pueblo, alcanzo a oír de la conversación de dos señoras en visita dominical. Del pueblo quedan las casas de poca altura del casco histórico.

Según te vas alejando, aumenta el número de plantas y el desconcierto de un dormitorio que mira a Madrid. No obstante, la villa cervantina todavía quiere ser pueblo en su interior. Nos quedamos en ese centro que llamó la atención de la Unesco. Tampoco pasó inadvertida la división entre la ciudad y el pueblo para Cela en su Nuevo viaje a la Alcarria, que se refería a la literaria y vetusta Alcalá de Henares y, por otro lado, a la que parece un suburbio de Los Ángeles de California.

Para empezar a entender a Alcalá de Henares hay que subirse a las alturas, como las cigüeñas que ocupan, ya durante todo el año, los privilegiados miradores de la ciudad. Desde la torre de Santa María se pueden ver torres, campanarios y agujas que hablan del pasado religioso, también del universitario, de la ciudad junto al río Henares. El crotorar de las cigüeñas se ha convertido en la banda sonora del casco antiguo. Atrás han dejado esas largas migraciones, encontrando acomodo en los pináculos alcalaínos. La ruta por la ciudad empezará y acabará, invariablemente, en la plaza Cervantes. La plaza es el espejo del pueblo, donde acuden a mirarse, y a que los vean, sus habitantes. Al caer la tarde, se reúne en la plaza Cervantes el Alcalá de abrigo caro y café con leche, corto de café, sin espuma y con la leche hirviendo, por favor; grupos de señores con cigarro en charla previa al partido del Plus y los ocasionales llegados desde todos los puntos cardinales.

Tras los anónimos visitantes que miran a Madrid, está el alcalaíno de siempre. Como Ricardo Altez Díaz. Lleva 91 años y pico viviendo en una pequeña casa del antiguo patio de una hospedería de estudiantes junto a la plaza. Va a la piscina los martes y los viernes, al baile los sábados y los domingos. Saca agua del pozo todos los días y reparte la prensa entre las oficinas que ocupan los pisos de arriba. También recita poesía. Todo ello, afirma rotundo, para servir a Dios, a mis padres y a usted. Ricardo es Alcalá de Henares. El alcalaíno de adopción, Luis Madrona, seudónimo de Fernando Sancho Huerta, cuenta en sus Bagatelas que en la plaza había horchaterías donde fueron felices sin conocer bebidas raras. Hasta que llegó la chispa de la vida.

Más información en Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España y en spainheritagecities.

Tweet
© 2010 RAFA PÉREZ - Todos los derechos reservados Suffusion theme by Sayontan Sinha
Content Protected Using Blog Protector By: PcDrome.