La ciudad de Salamanca tiene una de las plazas más interesantes del mundo. Decir que es una plaza bella sería quedarse en la superficie poética de su fachada y perderse la parte canalla que suele ir cogida de la mano de la condición estudiantil. Porque si Salamanca está ligada a escritores, economistas, músicos, matemáticos, humanistas, clérigos o políticos, no hay que olvidar que todos ellos fueron primero estudiantes.
La primera vez que llegué a Salamanca, hace más años de los que quisiera, lo hice a una sencilla habitación de una pensión en la Plaza Mayor, con un camastro de sonoros muelles, una bombilla colgada de un cable exhalando sus últimos vatios, un armario cojo y una pequeña mesa donde cabía todo lo que necesitaba, que era casi todo lo que tenía. Unos pocos cientos de pesetas en monedas, varias veces contadas, servían para pagar la habitación. El premio era abrir la ventana cada mañana, que era igual que comenzar un libro. El sol iba vistiendo de letras y detalles las páginas de piedra. Recuerdo que en la plaza del Corrillo se formaban tertulias que me quedaban demasiado grandes. Fue en esa placita donde conocí al poeta Adares, que me firmó un ejemplar de su libro Mi barca ya está hecha. Esta última vez he vuelto en diferentes condiciones pero con el mismo ánimo, aun a sabiendas que hace tiempo que Adares no imparte desde la que llamaba su “cátedra”, las escaleras de la plaza del Corrillo. Partió con su barca hace ahora diez años, dejándonos sus surrealistas poemas de hogaza como legado.

Desde el rincón del poeta oigo cantar a una tuna. Mientras me acerco, voy pensando en aquella época en la que los jóvenes tenían el anhelo de pertenecer a una tuna como garantía de una vida interesante, llena de acción, noches de copas gratis que acababan fundiéndose con el día y sonrisas femeninas que trataban de llamar su atención. Anhelo que duraba cinco minutos exactos y que era sustituido por otros cien para los que tampoco teníamos voz ni presencia. Luego, de repente, había pasado el tiempo. Los tunos cantaban con tristeza: “Ay la Clara, la Clara, la Clara / que antes era moza y ahora está casada”. Sonaba Aires de Salamanca, buena banda sonora para la Plaza Mayor. ¿Cuál otra? Si acaso las zarzuelas del salmantino Tomás de Bretón, que comparte medallón en la plaza con reyes, escritores y conquistadores.

La plaza tiene doce bancos de piedra, cotizados en función de la posición del sol, aunque la gente joven prefiere sentarse en el suelo. Lejos de defender sus tesis, sonríen y sueñan mientras los críos persiguen, a falta de palomas, a algunos gorriones despistados abrumados por el vuelo nervioso de los vencejos. Salamanca es una de esas ciudades donde te gustaría que crecieran tus hijos. Tiene suficiente personalidad, además de distancia a una gran ciudad, como para no sufrir los vicios de las ciudades dormitorio y que lo cotidiano se convierta en extraordinario.

Más información en Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España y en spainheritagecities.

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9 Comentarios a “Salamanca. Por los caminos de la docencia (1 de 3)”

  1. Sin duda Salamanca tiene una atmósfera perfecta y especial para cualquier estudiante (y si no se es estudiante, también :D )

    Por cierto, Aprovechando la próxima edición de Fitur, en el blog de Pjob hemos publicado un contenido sobre los bloggers de viajes y su relevancia en el marketing turístico. Lo puedes ver aquí http://pjob.wordpress.com/2012/01/12/los-blogs-y-las-nuevas-tecnologias-invaden-fitur/
    Esperemos que os guste y a seguir viajando mucho y dándolo a conocer

  2. Sólo he estado en Salamanca una vez. Me encantó la ciudad en la que me sentía transportado a una época de duelos, capas y declamaciones. No me gustó su “famosa” gastronomía de los pinchos. En los sitios que visité eran escasos y pobres, cuando no había que pagar por ellos.

    Un abrazo.

    • Generalmente en Salamanca se paga por los pinchos, ya sé que en otras ciudades no pero aquí sí. Con respecto a que son escasos te digo “casi” lo mismo, siempre dependerá del bar al que entres, pero son simplemente pinchos. En Madrid por ejemplo, te pides un “pincho” de tortilla y te plantan un cuarto de tortilla que con eso casi has comido.

      Resumiendo, lo que quiero decir es que los pinchos son pequeños y hay que pagarlos, como norma general.

      Un saludo.

  3. Gran entrada sobre la Plaza Mayor de mi ciudad, te felicito por ello y seguro que Adares, allá donde esté, también. La verdad es que pasar por el Corrillo y no verle no es lo mismo.

    Un abrazo.

  4. Enhorabuena por la entrada Rafa! Has sabido captar la esencia de este maravilloso lugar alrededor del cual gira gran parte de la vida de esta ciudad que para mi es mi segunda tierra. Me ha emocionado especialmente el recuerdo de Adares ya que me ha hecho evocar muchos días felices que pasé en esta ciudad y a la que ahora vuelvo a tener más cerca.
    Un saludo.

  5. Hola Ana, coincido contigo en lo de la atmósfera especial.
    Mil gracias por el enlace, ya había visto el post hace unos días y le di difusión por Twitter :-)

  6. JR, lo de los pinchos en Salamanca es otra cosa, como dice A. Muriel. Eso sí, se come de maravilla.

  7. A. Muriel Pina, Adares era un tipo muy entrañable. Se le echa de menos.

  8. Gracias, Curro. Adares era uno de los motivos que han contribuido a forjar la personalidad de Salamanca.

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