Viene de las anteriores entradas (primera parte y segunda parte)
Cuando fundaron San Martín Pinario, la Corticela quedó como parroquia de peregrinos, extranjeros y vascos (sic). Los estudiantes tienen su propia ruta de peregrinación sin salir de la ciudad, con inicio en París y final, para los más valientes, en Dakar. Hablamos de bares, claro. En el camino habrán quedado las etapas del Bigotes, el San Jaime, O Gato Negro o el Cocodrilo. Últimamente, parece que los estudiantes se están desplazando al ensanche porque los cuidan con mejores raciones para acompañar las cuncas de ribeiro.
Cuando se pasa la época del cum laude diario en recorridos lúdicos, lo normal es acabar en lugares más tranquilos, en uno de esos cafés que favorecen las tardes de melancolía a las que tan bien acompaña el orvallo, como llaman por esas latitudes al calabobos, esa llovizna pertinaz que parece que no moja. Mis cafés preferidos son el Derby, al que Valle-Inclán era asiduo por las tertulias que allí se celebraban, y el Casino, lugar entrañable donde vive el Santiago íntimo, ajeno al ir y venir de los peregrinos que van de visita a la oficina donde sellan su credencial. En el café se ve la ciudad que vive en actos, como una obra de teatro costumbrista: el día en que don Manuel cumple noventa años, se le acerca una mujer a saludarle con su marido. Al marcharse, don Manuel le dice a su compañero de mesa que la mujer era preciosa, la más bonita de Santiago. Lo dice con la amarga distancia que da la senectud, quizá con el rencor de la oportunidad perdida.
En la calle, las librerías de viejo cuelgan en sus puertas reproducciones de antiguos mapas y advertencias como la que dice que los garbanzos embrutecen, hecho que se puede apreciar en las facciones de los aficionados al cocido. Y tan anchos. Hay más de ese Santiago, de esa Galicia de los pequeños momentos. Nos podemos encontrar con ellos casi a diario en el mercado de Abastos, al que llegan mujeres a vender hortalizas y verduras con cara de guardar trascendentales secretos, retorcidos como la escalera del convento de Santo Domingo de Bonaval, que alberga la sede del museo del Pueblo Gallego y sus costumbres. En la iglesia se sitúa el Panteón de Gallegos Ilustres con los sepulcros, entre otros, de Castelao, Rosalía de Castro y Domingo Fontán, el gallego que se pasó diecisiete años a lomos de un burro para cartografiar Galicia. Durante la visita a la iglesia suena música de Ultreia, el particular saludo que utilizaban los peregrinos, ya mencionado en el Codex Calixtinus, de reciente e incómodo recuerdo para el deán de la Catedral que se vio obligado a dimitir tras la desaparición de ese códice de valor incalculable. Los caminantes han dejado de lado la preciosa locución latina ultreia et suseia para dar paso a Twitter.
Igual que todos los caminos conducen a Santiago, todas las calles de la ciudad llevan a la plaza del Obradoiro, especialmente bella al amanecer, entre brumas. Desde el Hostal de los Reyes Católicos se escucha la llamada de las campanas, tañido que va menguando conforme te pierdes por sus patios. A Andrés Segovia le fascinaba la sonoridad de la sacristía alta, conocida como Observatorio de Agonizados por ser el lugar desde donde los moribundos atendían la misa. El maestro solía cerrar el hueco del balcón con un colchón y tocaba su guitarra. El ciclo de música que impulsó todavía se celebra cada verano y las campanas siguen tocando a diario para recibir a nuevos peregrinos.
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Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


