El desayuno servido en la terraza de la habitación del hotel Punta Tragara me concede la mejor vista del icono de Capri, los farallones. El hotel en el que metió mano Le Corbusier, sirvió de cuartel general de Eisenhower y Churchill. Contemplando las pétreas formaciones, convertidas en marca de Capri, se aprecia como el gran escultor, ese tiempo al que se refería Yourcenar, ha ido modelando las protuberancias marinas más reconocidas del Mediterráneo.
La vida fluye a otro ritmo en Anacapri. Sin llegar a lo flemático de Debussy, las imágenes parecen creadas al gusto de Wong Kar-wai, donde las mujeres lucen vestidos con la misma sutileza mostrada por la que deseaba amar. Anacapri no tiene nada que envidiar a su vecina, y quizás Capri mire con cierta envidia la menor afluencia de la troupe en chanclas y el preceptivo calcetín blanco.
Buscando su templo griego inundado de luz por todas partes, Axel Munthe imaginó Villa San Michele. A la entrada me reciben dos Post-It de teselas: el que advierte, Cave canem, y el que recuerda, Memento mori. En el haber de este sueco polifacético queda La historia de San Michele y un refinado gusto a la hora de coleccionar arte. Efigies egipcias, antigüedades romanas, arte etrusco y alguna que otra reproducción, como el Amorcillo abrazando a un delfín, copia de aquel de Verrocchio en el Palazzo Vecchio de Florencia, conforman la artística plétora. De la necrológica se encargó Indro Montanelli, destacando en el titular que Axel Munthe murió con un pasaje para Capri en el bolsillo. El propio Montanelli diría de La historia de San Michelle que en sus páginas se escondía el secreto de la literatura, aunque dada la magnitud de ilustres visitantes ese secreto debe estar escondido en la isla. La lista, que semeja letanía, nos cuenta que de la A a la Z allí estuvo toda la pléyade literaria; Andersen, Cerio, Conrad, Greene, Lawrence, Moravia, Neruda, Rilke, Shelley, Wilde, Yourcenar, Zweig… Algunos nunca quisieron irse. De hecho, hasta hace poco, Marguerite Yourcenar seguía recibiendo correspondencia en la casa que habitó en Via Matermania.
Desde Anacapri se puede acceder a la Gruta Azul, aunque es mejor el acceso por mar. Ante la entrada, feroces Carontes esperan a la muchedumbre que, óbolo en mano, espera a ser conducida al Hades. Lo único que estropea el interior de ese Elíseo azul es la insistencia de los barqueros por berrear el O Sole mio. Lo que queda claro es que sea por Cerbero, sea por Caronte, nadie entrará gratis ni aún vagando cien años. A la hora de regresar me ocurre lo que a los lotófagos de Somerset Maugham. Pero en mi caso no es la ingesta de loto alucinógeno lo que me hace perder el deseo de volver a casa, sino la droga azul zafiro de la Grotta Azzurra.
Cantaba con cierta pena (melancolía festivalera) Hervé Vilard, al no poder volver a la isla con su amada, que Capri c´est fini. Lejos de haberse acabado, ahí seguirá Capri. Esperando a visitantes a la altura de su mito.

























Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


