Antes de las andanzas del barón Fersen, hubo una tiempo en la que la isla no contaba ni siquiera con un embarcadero y las personalidades que llegaban a Capri eran llevadas a hombros hasta la orilla. Eran las postrimerías del siglo XIX, cuando Capri recibía el último y definitivo impulso que la colocó en el primer lugar de las preferencias de intelectuales y millonarios que saciaban su sed en el mítico Café Zum Kater Hiddigeigei. El nombre respondía a un homenaje al gato filósofo que maullaba como un violín, protagonista de El trompetero de Säckingen de Victor Scheffel.
Todos los personajes que fueron llegando a Capri lo hicieron bajo sus reglas. Es la única explicación que se puede encontrar a la partida de ajedrez que jugaron Lenin y Gorki. Dicen que jugó tratando de convencer al subversivo, pero no deja de ser paradójica la visita de un comunista al lugar donde el capitalismo alcanza ese grado de opulencia que tan bien describió Alejandro Dumas: «En esas villas… todas decoradas de columnas de mármol coronadas por capiteles de oro y terminadas por frisos de ágata, había estanques de pórfido en los que nadan peces plateados del Ganges». ¿Hipérbole o moderación? Hay de todo.
La Parisienne todavía abre sus puertas en la Plaza Umberto I. La tienda que ha vestido con las sandalias caprese y los Capri pants a Audrey Hepburn, Clark Gable o Jackie Onassis, consiguió que en Hollywood acuñaran la definición “a la moda de Capri”. La Parissiene ha sido testigo directo del paso de todos los famosos que algún día se asomaron a ese Salón de Europa. Salón al que también se asoman los turistas que regurgitan los aliscafi. Turistas que durante un breve espacio de tiempo buscan guardar en su tarro un poco de esa esencia que destila el que ha nacido para lucir palmito por Capri. Algunos tratan de emular en el porte y el vestir a la mismísima Jackie, que hizo de la sencillez elegancia, pero se quedan en una especie de estilo remordimiento europeo. Y rápido, de vuelta al barco. Pernoctar en Capri ya es otro cantar. La mayor parte de sus camas se encuentran en establecimientos de cuatro y cinco estrellas.
La calma que sigue a toda tempestad me permite asomarme de nuevo a la Piazzetta, como llaman cariñosamente a la Plaza Umberto I, transformada ahora en una especie de Babel del ocio, en una Arcadia sin sencillez donde los adictos al papel cuché lanzan miradas fáusticas por encima de enormes gafas de sol. ¡Ni el mismísimo Dorian Gray, oiga! Desde allí fluye la Via Vittorio Emanuelle III seguida de Via Camerelle, los lugares donde las grandes firmas del lujo se dan codazos para plantar su logo. Algunos de los magnates de esos imperios del lujo han sucumbido a la calma de la isla y han remodelado casita, caso de Diego della Valle. Dejando atrás el Hotel Quisisana, ese lugar donde se da cobijo a la profusión, se camina tras los pasos de Neruda que encontró en la isla inspiración y a Matilde Urrutia, su última musa y esposa, aquella a la que la poesía del chileno dio forma en La pasajera de Capri, la anónima mujer con sabor a una flor que conocía. En Punta Tragara las letras de su poema Cabellera de Capri han cincelado una piedra para recordarnos como fue su tiempo en la isla: «Capri reina de roca,/ en tu vestido/ color amaranto y azucena/ viví desarrollando/ la dicha y el dolor…». Intentando saber un poco más sobre la isla llega a mis manos la novela Capri de Alberto Savinio y a mis oídos el preludio Las colinas de Anacapri de Debussy.
La descripción que hizo Savinio de la isla en 1926 no sólo sigue vigente sino que es, probablemente, la que más justicia le hace. En cuanto a la música, me suena a la improvisación de aquellos pianistas que marcaban el ritmo en las películas del cine mudo y que intentaban alojar el suspense entre el público. En el momento en que se cruzan las letras con el monótono sí mayor, Savinio cuenta: «…llegan a mi oído las notas perladas de un preludio de Debussy. ¡Qué música de cementerio!,¡qué música de pequeños ahogados flotando, hinchados, sobre un mar putrefacto!». Perdónenme los adeptos al compositor que dormía a los faunos, pero consiguió que el libro se escurriera entre mis dedos.











Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.



Impresionantes fotos.
Estoy deseando ir a Capri.
He estado 2 veces en Nápoles y siempre estaba pensando en ir a Capri pero las 2 veces el tiempo fue malísimo y lo dejé para mejor ocasión
Riojerte, tienes que aprovechar la próxima ocasión que tengas. Es una isla muy interesante, con mucha historia a sus espaldas. Además, el hecho de tener que caminar por ella (sólo circulan algunos vehículos eléctricos) hace que aumente su encanto.