Unos años atrás, los habitantes del valle de Aburrá apenas levantaban la vista hacia las comunas por miedo a ofender, no fuera que les quedaran conociendo, como decían. Los sicarios rendían cuentas a su virgen, María Auxiliadora, e iban a bañar sus balas en agua bendita. El diezmo que la violencia había ejercido sobre la población masculina hacía que la sociedad matriarcal encontrara su reflejo en la figura de la virgen y a ella le pedían protección.
Hace años, las comunas que rodean la ciudad eran como el abrazo de Judas, ahora es la vía de escape que da aire a Medellín. La jerga de pandilleros me ha dado para una recopilación que por la musicalidad, por lo sonoro y el gracejo -aunque no hiciera ni puta gracia- de aquel lenguaje de uso frecuente en las comunas, también con la esperanza de que quede como un Breve diccionario en desuso, quería compartir con vosotros:
Coger de quieto – Atracar en la calle.
Arrebatar los cueros – Robarle el bolso a las señoras.
Irse de cambiazo – A puñaladas.
Manejar un tres ocho – Un arma.
Gallinazos – Personajes a la puerta de los hospitales en busca de clientes para las funerarias.
Dejar la pinta – Tener descendencia antes de irse para el otro barrio.
Cancelar la vacuna – Pagar el impuesto revolucionario.
Gonorrea – El peor insulto que te podían hacer. Tras la palabra iba siempre la bala.
Darse chumbimba – tirotearse.
Yo te lo quiebro – yo lo mato.
Tirar perico o hueler – esnifar.
Fleteo – robo al salir de un banco.
Corría el año 2002, cuando la operación Orión, con todas sus dudas e imperfecciones, entraba en la Comuna 13 y plantaba la semilla del cambio. Álvaro Uribe como presidente de Colombia y Luis Pérez como alcalde de Medellín, también ambos con imperfecciones, habían planteado que no podía haber zonas de la ciudad en las que no pudieran ni pensar en poner los pies. Eran los asentamientos nacidos de la invasión de tierras, chabolas construidas de necesidad y sueños con forma de oportunidad en una vida que solía dar la espalda a unos habitantes que compartían espacio con cucarachas de tamaño heroico. El solo hecho de mencionar barrios como San Javier o Santo Domingo Savio ponía a correr al miedo.
Después vino la arriesgada apuesta de la municipalidad al invertir en instalaciones y servicios en las zonas socialmente más deprimidas. Se trataba de hacer ver a la gente que habitaba los laberínticos barrios periféricos que eran importantes y contaban para Medellín. Es así como nace el Jardín Botánico, también el Parque Explora o los Parques Biblioteca. La iglesia también tuvo su parte activa en la evolución de la ciudad al lanzar la campaña Amar es desarmarte, en la que cambiaban armas por bonos de mercado canjeables por alimentos de primera necesidad. El tiempo ha dado la razón a aquella política de inversiones. Hablando de tiempo, Marcel Proust escribía En busca del tiempo perdido sin saber que con aquellos minutos, horas y días que te robaban al mandarte a comprobar si Dios existía, mercadean hoy en las plazas, vendiendo minutos celulares a 200 pesos.
Tras los antecedentes y las primeras informaciones referidas al sorprendente proceso evolutivo que ha vivido Medellín, tocaba vivirlo en primera persona. El vehículo se detiene en un semáforo y a la derecha veo una academia de danza oriental en la que una chica baila la danza del vientre ataviada con una falda de lentejuelas y una camiseta en la que pone I love Zagreb. Grácil, esbelta, antagónica a la obra de Botero. En la Plaza de las Esculturas y el Museo de Antioquia se puede ver la mayor concentración de obras del artista colombiano que jamás se ha planteado empezar una dieta en lunes. En el interior del museo encontramos que la tienda de artesanía Mola, además de ser bonita es que se llama así, Mola; y que la señalización de las salas está patrocinada por pinturas Sapolin, de brocha gorda.