El litoral de Baracoa es una sucesión de playas casi vírgenes: playa Blanca, Duaba y la espectacular Maguana de cristalinas aguas y arena blanca, lugares perfectos donde relajarse tras una de las excursiones referidas en la entrada anterior. La región también es conocida por los cultivos del café y del cacao, el mismo que cultivaron los franceses huidos de la revolución independentista de Haití a finales del siglo XVIII. No es difícil ver síntomas de influencia gala en esta parte de la isla, como la propia arquitectura colonial de Baracoa.
Existe la posibilidad de hacer una interesante y bien documentada Ruta del Cacao en Finca Duaba. Allí se pueden aprender los secretos y particularidades del cultivo de esta planta amiga de la sombra y en la que crece el codiciado fruto. El embriagador aroma del fruto transporta a todos esos momentos, casi prohibidos, en los que de niños hemos corrido al armario donde nuestra madre escondía el chocolate, para que luego más tarde fuera ese mismo aroma el que nos delatara. Bueno, el aroma y la extraña capacidad menguante de la tableta.
Desde hace un par de siglos, el changüí es la expresión musical preferida entre los baracoenses, sin olvidarse del Nengón, cuyo núcleo fundamental nace en la zona de El Güirito. En la Casa de la Trova, Victorino Rodríguez presenta los flechazos musicales (sic) y asalta a la concurrencia con preguntas del tipo: “¿De qué cementerio eres?”, cuando el aludido supera ya una cierta edad. Los mojitos y demás combinados, con el ron siempre de protagonista, facilitan las risas y la camaradería entre los presentes. La marímbula, el tres, el guayo, el bongó y las maracas forman los rítmicos acordes.

El poeta y trovador cubano Lázaro García, destacaba las excelencias de la ciudad y su música en una de esas poéticas sentencias tan del agrado de los cubanos: “Baracoa es esencia, no sólo por premiada, sino por fresca lejanía; sus paisajes conmueven de tanto verde antiguo custodiando sus aguas y sus hombres son mieles tributando los sudores que saben de cielos y cosechas. Tal vez sea por eso, que esta música nace más de los sueños que de las escuelas mismas y estas voces se escuchan como un milagro tierno de semillas que atesora la sangre, salvándola en su flor intacta y luminosa”. Ahí es nada.
Salgo de la Casa de la Trova y mis pies desobedecen las órdenes de caminar sin contar. Un, dos, tres… En la plaza no cesa la música. Un improvisado concierto de los grupos que van en busca de fortuna me regala esa última canción de Félix B.Caignet. A mis espaldas van quedando las notas que dicen: “Traigo rico mango del mamey y piñas que deliciosas son como labios de mujer…”
Mientras me alejo voy pensando: Baracoa, miénteme…
































Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.
