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El día que os hablé del Absolut Ice Bar, quedó pendiente que os contara la historia de otro local de hielo, el Igloo Hotel en Sorrisniva (Alta). Cuando me dieron a escoger entre dormir en un confortable hotel con chimenea en la ciudad de Alta o en el hotel de hielo, no tuve ninguna duda. No iba a ser la primera noche a lo largo de mis viajes en la que me disponía a pasar frío. El hotel abre sus puertas a finales de enero y con la de este año van doce las ocasiones en que han tenido que darle forma. Al hacer el check-in, hay que dejar todas las pertenencias en una sala destinada a tal fin.

A la cama hay que ir con lo puesto. La temperatura en el interior del iglú oscila entre -4 y -7 grados, teniendo en cuenta que en el exterior el termómetro baja hasta los 20 bajo cero, es ciertamente un ambiente cálido. Antes de irme a dormir, no quise perderme el jacuzzi exterior. El único momento de duda es durante la carrera que tienes que hacer en bañador desde el vestuario hasta el agua. Una vez dentro, las sensaciones son realmente placenteras. Mientras tu cabeza humea, -conviene sumergirla de vez en cuando- el cuerpo se mantiene a temperatura estable.

Tras hacerme un poco el remolón y retrasar todo lo posible el momento, llegó la hora de ir a dormir. Sobre la cama había tendidas varias pieles de reno que iban a hacer de colchón o aislante entre el hielo y el valiente. Encima de las pieles disponen un saco de dormir. Toda la ropa que te quites hay que guardarla dentro del saco, incluso las botas. Cualquier cosa que olvidemos fuera aparecerá congelada por la mañana. Yo me acosté con ropa interior térmica y un gorro como única vestimenta. Os puedo asegurar que la sensación que tuve es de haber pasado calor durante la noche. El hotel permite las visitas turísticas, pero si tenéis ocasión, reservad una de las habitaciones antes de que empiece a derretirse a mediados de abril.
Un último consejo: hacer un pipí antes de acostaros. Los lavabos están en el edificio anexo.

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En la región de Finnmark habita el pueblo sami, ancestral cultura con lengua y parlamento propio. Se cree que los samis son los aborígenes de Escandinavia. Con el paso del tiempo, fueron derivando de un chamanismo que los encuadraba, Dios mío, como socialmente peligrosos, a un luteranismo mucho más integrador. Cerca de Alta, hay un pequeño asentamiento abierto a las visitas turísticas, una especie de centro de interpretación donde podemos conocer más de cerca los rasgos característicos de los mal llamados lapones. Conviene tener en cuenta que la palabra lapón es un exónimo, lo correcto es referirse a ellos como samis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los samis se extienden a lo largo de la zona norte de Noruega, Suecia y Fianlandia, así como por la península de Kola en Rusia, pero el núcleo más importante (sobre un 60-70 % de los 80.000 individuos) lo localizamos en Noruega. Una pequeña parte sigue viviendo del modo tradicional, como trashumantes dedicados al pastoreo de renos y la pesca, aunque hayan hecho algún guiño a la tecnología incorporando vehículos a motor y GPS a sus trabajos. Del resto, hay una parte que ha recibido a los turistas con los brazos abiertos. Como Johan y Berit en el Boazo Sami Siida.

Berit ha preparado un estofado de reno delicioso -lo siento, Rudolf- y un bizcocho con pasas y canela. Salgo al exterior del lavvu, la tienda tradicional sami, para conocer algo más de los renos y tratar de expiar las culpas por haber repetido ración. Los renos apenas se mueven. Visto el caso que me hace el cérvido y en un intento de romper el hielo con Johan, comento la cantidad de nieve que hay acumulada. Johan me mira, medita y acaba vendiendo caro un lacónico: “¿Qué tipo de nieve?”
Utilizan decenas de palabras para referirse a la nieve y otras tantas para los renos. De vuelta a la tienda, Johan amenza seriamente con arrancarse con un yoik, la canción popular sami. No hay escapatoria, un monótono quejido recorre el campamento y, esta vez sí, los renos empiezan a caminar alejándose del lugar.

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En las anteriores entradas habíamos navegado por la costa en el Hurtigruten y subido hasta Cabo Norte. Una pequeña parte de una provincia, Finnmark, que es la de mayor extensión de Noruega, con más de 45.000 km2 y una densidad de población de un par de habitantes por cada uno de esos kilómetros. Entre habitante y habitante hay enormes espacios de nada. Una nada nevada durante una buena parte del año. ¿Aburrido? En absoluto. Los tradicionales modos de desplazamiento de los habitantes de Finnmark se han convertido en divertidas actividades de ocio.

Ataviado con un traje que me hacía parecer -aún más- el muñeco de Michelín, busqué acomodo en un trineo tirado por perros. Si el otro día mencionaba mi error de infancia con El Rayo Verde al hablar de las auroras boreales, sentado en el trineo me vino a la cabeza otro de los libros de aquella colección que, como creo haber comentado alguna vez, empezó a moldear mi alma viajera. Esta vez era el turno de Colmillo Blanco, la novela de Jack London. Conducir un trineo tirado por perros es bastante fácil si recordamos una sencilla norma: nunca debe retirase el pie del freno cuando paramos, ya que es la señal que entienden para empezar a tirar.

La mayoría de los perros son bellos ejemplares de las razas Husky siberiano, Alaskan Malamute y Samoyedo, aunque también se utilizan otras razas no homologadas por la Federación Cinológica.

Por lo demás, relajarse y disfrutar de una actividad realmente placentera. La travesía discurrió paralela a un lago durante el primer tramo, para adentrarse más tarde por un sendero en mitad del bosque. A la vuelta, vuelvo a ser ese aventurero de medio pelo, más bien ninguno, y me espera una sopa de verduras bien caliente en el interior de una cabaña con la hoguera dándolo todo.

A la siguiente actividad le añadieron revoluciones y caballos, los de la moto de nieve que me iba a llevar de safari. Al conducir una de esas bestias, los primeros metros están hechos de precaución y dudas. Poco a poco se va cogiendo confianza y vas girando un poco más la muñeca hasta llegar a volar sobre la nieve. Esa era la sensación que yo tenía hasta que vi el marcador: 30 km/h. Sabiendo que algunas de esas motos cogen velocidades muy superiores al centenar de kilómetros por hora, lo mío era un paseo dominical.

Durante la ruta de cuatro horas de duración hubo tiempo para todo, incluso para esa confianza que inyecta adrenalina a cubos. Para la última actividad que tuve ocasión de probar, la tracción me iba a corresponder a mí. Calzado con enormes raquetas pude llegar a lugares donde no cabían motores ni el empeño de los perros.

Tengo que reconocer mi torpeza con las raquetas o mi obsesión por buscar un ángulo diferente para las fotos, pero cada vez que dejaba la senda la nieve me llegaba hasta las rodillas. Llegados a un claro del bosque, el guía sacó un enorme cuchillo para cortar algunas ramas e improvisar una pequeña hoguera. A continuación me explicó el ritual necesario para que el café saliera bien: un par de cucharadas, agitar, golpear contra una piedra, decir las palabras mágicas y servir. Salió mal. No recuerdo haber probado en mi vida un líquido negro tan malo.

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En Yokmok tienen un programa para recorrer Laponia noruega en trineo de perros. Además, por las fechas de los viajes existe la posibilidad de ver la aurora boreal durante la travesía.

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Desde la salida en Tromsø, se habían ido quedando atrás pequeñas localidades que cada una por sí sola hubiera merecido una parada: Hammerfest, Havøysund, Vadsø, Kjøllefjord. Faltaba poco para llegar a Kirkenes, punto final del recorrido en el Hurtigruten.

Una capa de hielo, cada vez menos fina, alfombraba el mar. Kirkenes disimula mal su carácter fronterizo. A escasa distancia de la ciudad, se establece la frontera entre Noruega, Finlandia y Rusia, con la que tuvo sus dimes y diretes durante la Guerra Fría y a la que le debe su liberación en la Segunda Guerra Mundial. La ciudad está situada 400 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico y como durante el invierno hay zonas del país que quedan incomunicadas, la única forma de desplazarse, incluso a distancias de apenas un centenar de kilómetros, es en una especie de bus aéreo de la compañía Widerøe.

Los pequeños aparatos de la compañía, Bombardier Dash-8, superan en poco la treintena de plazas y en la distancia que separa Kirkenes de Alta, 426 kilómetros por carretera, realizan cuatro paradas para recoger o dejar pasajeros, algunos de ellos con las bolsas de la compra hecha en el supermercado. La azafata va repitiendo el ritual en cada una de las paradas: abróchense los cinturones, chalecos salvavidas debajo del asiento, ¿le apetece un caramelo?

Al llegar a Alta tenía la opción de dormir en un confortable hotel con calefacción o en un hotel de hielo. ¿Adivináis que escogí? Otro día os lo cuento. Ahora nos quedamos con lo vivido aquella noche antes de ir a dormir. Durante el trayecto en el barco, la aurora boreal se había insinuado, pero sin llegar a coger fuerza. En una entrada anterior ya os conté las sensaciones que tuve al bailar con la aurora boreal, pero no me resisto a volver sobre el tema. Hasta que pude verla por primera vez, se habían sucedido las señales que me llevaban a necesitarla: desde aquella lectura de infancia que me llevó a pensar, erróneamente, que El rayo verde era la aurora boreal, hasta la fabulosa película Local Hero. Las temperaturas frías, alrededor de -20ºC; la noche despejada, todo apuntaba a que sería aquella noche. Con los nervios comunes a cualquier tipo de iniciación, de viaje iniciático, la esperaba dando breves carreras para entrar en calor. Y no faltó a la cita. En ocasiones me preguntan cuál es mi país preferido o qué viaje ha sido el mejor. Siempre respondo lo mismo: Los viajes están hechos de sensaciones, de experiencias. Un bagaje que hará que cuando tenga que recapitular pueda hablar de un viaje perfecto. Sin duda, las auroras boreales tendrán un protagonismo destacado en ese viaje.


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El municipio de Nordkapp, el más septentrional de Noruega, está formado por la Isla Magerøya y la tierra firme alrededor del fiordo Porsanger. Desde la localidad de Honningsvåg salen la mayoría de excursiones a uno de los lugares más conocidos de Noruega. Además de ser imán para la nevera, postal, camiseta y hucha, resulta que el icono en forma de globo terráqueo de Cabo Norte es real.

Cuentan que el momento álgido se vive durante la época del sol de medianoche, pero las dos visitas que he hecho hasta ahora a Cabo Norte han sido en invierno. Frío intenso y ventisca como protagonistas de un clima apocalíptico, vestimenta cebolla con varias capas de abrigo, paroxismo en cada paso dado hasta llegar a hacerse la foto con la bola y taza de café con bollos en el interior del centro de visitantes. Sugestión aventurera en dosis controladas para ponerse en la piel de Richard Chacellor por unos instantes.

Tras dejar las vistas al océano Ártico desde el restaurante Kompasset para más tarde y no necesitar la capilla de San Juan, ni por supuesto la Suite Nupcial, me decanto por ver el vídeo que proyectan cada hora (cada media en verano) sobre el lugar. Alucinante, nada que ver con ese tostón que tienen muchos países como promoción. Son 14 minutos de imágenes captadas con los mejores medios técnicos posibles y desde todos los puntos de vista, editados con mucho gusto y proyectados en un sistema de tres pantallas que contribuye a magnificar el resultado. La vida a 71º Norte.

Una secuencia de mi aventura nórdica con café caliente. Fotos © José Luis Roca

En el viaje de regreso hacia Honningsvåg, me llama la atención un curioso lavabo con vistas y también una pequeña isla, la de Gjesvæerstappan. Cuentan que cada 14 de abril, a las seis de la tarde, llegan allí 800.000 frailecillos, coincidiendo la fecha y la hora en años bisiestos. Seguramente hay un poco de modulación interesada en la verdadera historia de una migración que lleva a dos millones de aves a anidar en la isla desde mediados de abril hasta finales de agosto.

Como todavía quedaba un rato para volver a embarcar en el Hurtigruten, me acerqué a saludar a José Mijares y Gloria Pamplona, una pareja de españoles que decidió abrir (en el 2004) el Artico Ice Bar, un bar de hielo en Honningsvåg. Cuando acaba la temporada en octubre, su cierre de persianas significa la destrucción del bar para volver a empezar al año siguiente.

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