Durante muchos siglos princesa de un baile con diversos propietarios, la Península de Istria reina hoy por derecho propio en este plácido rincón del Adriático como pieza importante del puzzle en que quedó fragmentada la antigua Yugoslavia. Sus pobladores dejaron mucho y muy bueno, pero por encima de todo Istria destila esencia veneciana. No en vano, perteneció a la República Serenissima hasta finales del XVIII. Pero no sólo los venecianos dejaron su impronta en la península más grande del Adriático. Antes fueron los romanos y los francos, también el Imperio Austrohúngaro estuvo por allí. Luego una nueva anexión a Italia para acabar como parte de Yugoslavia tras la Segunda Guerra Mundial y principalmente de Croacia tras la de los Balcanes. Sedimentos culturales y arquitectónicos perfectamente apreciables son la herencia que todas esas civilizaciones dejaron en Istria para uso y disfrute de una nueva invasión: el turismo. Pero antes de la llegada de los primeros turistas se habla de una posible relación de Jasón, los argonautas y los colquídeos con la fundación de Pula. Mitología aparte, los que seguro estuvieron por allí fueron los romanos. El anfiteatro, conocido como Arena, fue edificado bajo mandato de Vespasiano y pasa por ser uno de los mayores anfiteatros romanos. Hasta 20.000 enardecidas almas, ávidas de panem et circenses, señalaban la suerte del gladiador en las munera. De poco servía el diestro manejo de la red, el tridente o la espada si era el caprichoso pulgar de un emperador el que ponía fin al sueño de conseguir el rudis o sable de madera. El subterráneo del recinto alberga una interesante exposición sobre el cultivo del olivo y la vid en la antigua Polensium. Otros vestigios romanos completan el legado heredado de los romanos. El Arco de los Sergios o Puerta de Oro, el Foro, el Templo de Augusto o el Mosaico “El castigo de Dirce”, junto a la Capilla de Santa María Formosa. De periodos posteriores cabe destacar la Catedral de la Asunción y el Castillo, construido en forma de estrella por los venecianos. Pula tiene, como cada ciudad que se precie, su dosis del “síndrome Hemingway”. Es decir, cuando se cita a un personaje de cierta relevancia en las guías de turismo con la coletilla “estuvo aquí”, independientemente de que ese estuvo aquí no se extendiera más allá de unos días o meses en el más prolongado de los casos. Es el caso de James Joyce, que pasó cinco meses dando clases de inglés a los altos rangos de la armada austro-húngara, hasta que el descubrimiento de un complot de espionaje obligó a todos los extranjeros a abandonar la ciudad. Desde la cercana Fazana salen los barcos para las Islas Brijuni. En las catorce islas que componen el archipiélago aparecen, entre robles y encinas, templos romanos, huellas bizantinas y…¿elefantes y cebras? El benigno clima convirtió a Brijuni en la residencia de verano del Mariscal Tito y en el depósito de extravagantes regalos de los mandatarios llegados de allende los mares. El punto de surrealismo desaparece cuando llegamos a cualquiera de sus calas. Aguas cristalinas mantenidas gracias a la prohibición del tráfico rodado, a excepción de los carros de golf y el tren turístico. Un área de 36 Km2, incluyendo las islas, conforma el Parque Nacional Brijuni. Llegados a Rovinj o Rovigno, en casi toda Istria se comparte toponimia, leones de San Marcos nos dan la bienvenida. La ciudad se sabe importante, bella y no se acompleja ante esa Venecia que tiene al frente y que un día fue su dueña. De un lado y de otro del puerto, de abajo o de arriba, Rovinj es bonita se mire por donde se mire y eso debieron conocerlo aquellos primeros turistas que llegaron a la ciudad, allá por 1888, coincidiendo con la apertura del Balneario Maria Theresa por parte de la sociedad Vienesa en su plan de desarrollo de balnearios marítimos para los niños pobres y pacientes de raquitismo del Imperio Austrohúngaro. La iglesia de Santa Eufemia preside el casco antiguo ejerciendo de perfecta atalaya y por la vista obtenida desde la torre, diríase pez ese imbricado conjunto de casas en busca del Gran Azul. Los adoquines de sus callejuelas parecen obligar al paso lento y admirar cada detalle. Narcisista, altiva o presumida quizás no sean los adjetivos adecuados para describir una localidad, pero aquí la excepción es regla y, rendidos al hedonismo, será inevitable acabar en alguna de las heladerías de la parte antigua. Desde la localidad de Vrsar llegan tañidos de guitarras, las del festival que se viene celebrando desde hace cinco años en época estival. La tranquila localidad es el marco ideal donde fusionar acordes y agua en el festival “El mar y las guitarras”, que bajo la dirección de Sasa Dejanovic reúne a virtuosos de la cuerda en la Basílica de Santa María del Mar y en la Plaza de San Antonio. La tranquilidad y el silencio de Vrsar fueron valoradas por el clero para hacer de Vrsar su lugar de descanso y por Casanova para escribir uno de los capítulos de sus correrías. De sus dos visitas a la entonces Orsera dejan testimonio dos libros. Llovía cuando llegó, como así dejó constancia el galán en sus “Memorias”. En los años siguientes a sus dos visitas se registró un significativo aumento de la natalidad, dejaron escrito en los libros de iglesia. Cerca de Vrsar encontramos el paraje natural del Canal de Lim, un fiordo de once kilómetros y un destacado fondo marino que le ha valido la consideración de Reserva Especial. No es que en Porec o Parenzo no haya indicio del paso de los romanos, sus calles principales todavía conservan la nomenclatura Decumanus y Cardo Maximus, sino que la joya bizantina de la Basílica Eufrasiana lo eclipsa todo. Milimétricas teselas forman, desde el siglo VI, extraordinarios mosaicos ornamentales. Mosaicos como la representación de Cristo sosteniendo el libro con la inscripción Ego sum lux vera y que están entre los mejores ejemplos de arte bizantino en el mundo. Esta precisión en las composiciones no pasó inadvertida para la Unesco que, en 1997, decidió añadir la Basílica a su lista de bienes Patrimonio de la Humanidad. Ya en la calle conviene estar atentos a los detalles de esos palacetes incluidos en fábulas y de los que parece que vaya a escaparse algún suspiro, a través de sus ventanas, de la boca de una soñada Julieta. La Península de Istria guarda un secreto en su interior. Un secreto a medias, ya que Julio Verne se adelantó a la promoción turística y descubrió en su libro “Matias Sandorf” algunos de los encantos de Pazin, como sus castillos y cavernas. Pero hay otro buen puñado de localidades para ir topándose con ellas como por casualidad. Tras un rato en que lo único que superaba en decibelios al silencio monástico eran mis propios pasos sobre los adoquines, me di cuenta de que Groznjan estaba habitado. Las pocas almas que habían acudido a la misa de tarde se reunían ahora a comentar en la plaza de la iglesia. Groznjan, igual que Motovun, es una de esas aldeas de patrón medieval a la que se llega tras transitar por una carretera que es pura Toscana. Viñedos y olivos franquean la entrada a estos dos enclaves del interior de Istria donde la verdadera joya se esconde bajo tierra. Adiestrados perros olisquean el terreno en busca de la codiciada trufa, blanca o negra, que en sus ejemplares más orondos ha sobrepasado el kilo de peso. Y bien vale su precio cuando es su aroma el que sube por el epitelio olfativo, llegando a los glomérulos que lo trasladan al sistema límbico y el hipotálamo para que liberen las hormonas que anticipan el epicúreo momento de la degustación. Y luego está Oprtalj. Si los frescos de la Iglesia de Santa María estuvieran en la vecina Italia o en Francia, habría toda una infraestructura turística montada alrededor de ellos, tienda de recuerdos incluida. Pero Oprtalj guarda con celo el interior de ésta y de otras iglesias repartidas por los alrededores. Y más vale que así siga siendo. Sus valiosos frescos serán los primeros en agradecerlo.

GASTRONOMÍA

La cocina istriana es predominantemente mediterránea. No faltarán en la mesa buenos pescados y verduras aderezadas con un aceite de oliva del que Marcial ya ensalzara sus bondades. El bilbilitano no dudaba a la hora de ponerlo a la altura del aceite de Córdoba o el de Venafro, en Italia. En la Almazara Obitej Ipsa, en la localidad de Oprtalj, se dedican a la elaboración de aceite de gran calidad y realizan visitas guiadas.

Los caldos de la región comienzan a alcanzar cotas de gran calidad. Entre sus vinos destaca la variedad Malvasía de la que Plinio el Viejo era un enamorado. La Bodega Familiar Kabola, emplazada en un rústico edificio en la localidad de Kremenje, dispone de una tienda donde ofrece degustaciones de sus diferentes variedades. Y la trufa no queda sino probarla. Una excelente oportunidad es la celebración, en octubre, de “Los días de las trufas”. Durante 30 días diferentes actos en las localidades alrededor de Motovun tienen a la trufa como la estrella de sus celebraciones. Los mejores restaurantes homenajean al hongo como se merece. Algunas buenas propuestas son el restaurante Zigante de la localidad de Livade, Konoba Marino en Momjan, Pod voltom en Motovun y Toklarija en Buzet.

DATOS PRÁCTICOS

CÓMO LLEGAR


Swiss ofrece vuelos a Zagreb con escala en Zurich.
Más información en el Tel. 901 116 712 o en www.swiss.com
En el aeropuerto de Zagreb es aconsejable alquilar un vehículo para moverse con total libertad por Istria

CATAI tiene programas y circuitos por Croacia que incluyen el recorrido por Istria.
Más información en los teléfonos 914 093 281 y 915 576 500 o en www.catai.es

MÁS INFORMACIÓN
Oficina Nacional de Turismo de Croacia

Claudio Coello, 22B, 1ºC

TEL. 917 815 514

www.visitacroacia.es

Más fotos de La Península de Istria:

http://www.rafaperez.com/CROACIA/ISTRIA/index.html

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