LA RUTA DE WASHINGTON IRVING
La primavera en Sevilla invitaba al literato a perderse por sus calles en los ratos de ocio, a pararse para hablar con sus gentes. Su relación con la ciudad fue una verdadera historia de amor. A Washington Irving le enamoraron los paseos por el puerto, aquellas idas y vueltas a la fábrica de cigarros y mujeres como la Carmen de ojos negros que también le robaría el corazón a Mérimée. Irving descubrió otra Sevilla, más allá de la monumentalidad erigida con el oro traído de las Indias. Recorrió cada centímetro del patrimonio andalusí, fijó su vista en la exquisita ornamentación de la Giralda, percibió aromas de los deliciosos jardines que daban vida a lugares como el Alcázar y escuchó historias de cada piedra que una sobre la otra dan forma a la Torre del Oro. Pero un hecho iba a marcar para siempre la vida y los recuerdos de aquel soltero de mirada infantil; la lectura del relato romántico del adiós a Granada del último rey moro. El desconsolado llanto de Boabdil despidiéndose de la Alhambra lo llevó a realizar, un año después de su llegada a España, el recorrido entre las dos capitales de la Andalucía legendaria, la Baja y la Alta, de las dos llanuras, la campiña y la vega. Lo que no llegó a saber el escritor norteamericano es que, aquel itinerario, iba a ser fuente de inspiración de numerosos escritores románticos e insignes viajeros. Los Ford, Borrow, Delacroix o Dumas, por citar algunos, también dejaron sus huellas en el camino. A día de hoy, las diligencias y los mercaderes han dejado paso a otra clase de viajeros y medios de transporte, aquellos polvorientos caminos que unían las dos ciudades están ahora recorridos por la A-92. Pero indagando un poco, encontramos a lo largo de los pueblos de la ruta muchos de los encantos que enamoraron a Washington Irving.
EN RUTA HACIA GRANADA
Al filo del farallón de los Alcores y en su punto más alto, se yergue Carmona. La antigua ciudad romana forma un magnífico conjunto amurallado cuajado de monumentos. Entro en las entrañas de la antaño Karmunah por occidente. Asentada sobre un bastión del siglo VIII a.c. se abre el Alcázar de la Puerta de Sevilla y tras flanquear sus dos pasos, uno de factura islámica con el arco de herradura y el otro de obra romana, uno intuye lo que va a encontrar en cada rincón de la ciudad. Llego a la Plaza de San Fernando, falsa Plaza Mayor donde flotan historias en el aire, salidas de bocas en busca de sombras que mitiguen el alto canto de fuego del sol de Andalucía. Bajo un sol de justicia, decido aparcar las visitas y cambiarlas temporalmente por el arte del buen yantar. Después de dar cuenta en Casa Carmela, en la Plaza de Abastos, de una generosa ración de salmorejo y papas en amarillo con bacalao, estoy listo para emborracharme de emoción con la visita a la Iglesia de Santa María. Me detengo unos instantes en el Patio de los Naranjos, antiguo patio de abluciones y observo los detalles de la torre, edificada sobre la base del alminar. Me llegan ecos del hierático canto del almuecín, que un día dejó paso a la lectura del Talmud y este a su vez a las misas cristianas. En el punto más alto del alcor los árabes construyeron un Alcázar que utilizaría más tarde de morada Pedro I “El cruel”. Abandono Carmona por la Puerta de Córdoba y cruzando por tierras labriegas aparece Marchena, una de las típicas villas agrícolas y monumentales de la campiña sevillana. El blanco caserío se esparce entre dos colinas en mitad de la cuenca del río Corbones, inacabables trigales en el llano y verdes olivares en las alturas. El paisaje se torna despejado, a veces abstracto. Esa inmensidad y la legendaria presencia de bandoleros por esos pagos, hicieron palpitar a más de un viajero romántico, y de pronto Astigi Vetus. Dicen de Écija que es «el pueblo que no se ve hasta que se está encima», también que es «la sartén de Andalucía» y ninguna de las dos afirmaciones está falta de razón. Nada más verla, se respira proverbial longevidad, característica común a muchos pueblos de Andalucía. Parto de la mano de los Siete Niños de Écija, la conocida cuadrilla de bandoleros que, con sus andanzas, alimentó mentes de poetas, literatos y viajeros. Al sur espera, señorial y altiva, Osuna. En el siglo XV, la casa de Osuna acumuló más de cuarenta títulos y paseaban por sus calles hasta media docena de grandes de España, como grande fue la excentricidad de Mariano Téllez Girón, que, en su época de embajador de Rusia, hacía añicos la vajilla tras los banquetes. Eso acabó con el patrimonio de la casa y con su lugar de descanso eterno en el panteón de sus mayores. Hoy las calles de la antaño ciudad universitaria nos hablan de ese pasado ducal. De ello se encargan lugares como el Palacio del Marqués de la Gomera, el más representativo de las grandes obras dieciochescas de corte colonial o el Palacio del Cabildo. Irving recordaría tiempo más tarde la fascinación que le produjeron la ciclópea fachada de la Colegiata y el austero cuadrilátero que encerraba las aulas de la Universidad. También se detuvo en sus ventas, de las que ya no queda ninguna muestra. Me pregunto cuantos secretos habrán quedado enterrados entre sus paredes, sus piedras. Secretos de tantas páginas escritas por los románticos literatos y viajeros, secretos de alcoba de mujeres de vida alegre que vendían placer sin placer y de botines de jóvenes bandoleros.
Uno de los protagonistas de los paisajes de la ruta es, sin duda, el caballo andaluz. Compañero inseparable del viajero romántico que no escatimó elogios para referirse a la belleza y habilidades del noble bruto. Medio de transporte de Irving o de Richard Ford, que llegó a dibujar el caballo con el que recorrió dos mil millas por la piel de toro. Al salir de Osuna tengo el privilegio de asistir al espectáculo de la doma en un cortijo. El mundo equino ha generado también delicados trabajos de artesanía, como la guarnicionería.
La campiña se va encrespando y cediendo ante las colinas repletas de olivos. Llegamos a tierra de gente brava, como así lo certifica su historia. Cuando el otro día Lucio Marcio, allá por el 206 a.c., atacaba Astapa, los habitantes optaron por una inmolación colectiva. Camino hacia el cerro de San Cristóbal, con la compañía de algún que otro chucho, pronto somos multitud. Dos lugareños se unen a mí para disfrutar de una de las mejores panorámicas de la región desde el llamado “Balcón de Andalucía”. Me cuentan historias del ilustre José María El Tempranillo y de cómo la Colchona, mujer de un cosario (transportista local), comenzó a universalizar la fama de sus navideños dulces distribuyéndolos por pueblos del camino hasta la capital califal. «Pero oiga, aquí no todo son polvorones o mantecados, que en el ayuntamiento dejó su firma Don Miguel de Cervantes»-espeta orgulloso uno de los hombres.
LAS AGRESTES TIERRAS DE MÁLAGA
Me voy aproximando al reino de Granada, la ruta penetra en la provincia de Málaga. La tierra se ha vuelto encarnada y al caer de un pequeño desnivel aparece la Laguna Salada. La mayor laguna de Andalucía y una de las principales colonias de cría de flamenco en España, contiene aguas salobres de endorreico carácter y se alimenta de aguas del substrato. La superficie reflectante duplica las estilizadas figuras de la avifauna y es todo un espectáculo ver los cielos surcados por rosáceas nubes de flamencos. El sol se derrama por el horizonte y las sombras comienzan a acostarse. Tumbado, relajado en la cama del hostal me duermo leyendo y pensando en las palabras que la joven rodeada de serpientes dijo al infante Don Fernando “Mañana, salga el sol por Antequera y que sea lo que Dios quiera”. Por la mañana decido hacerle caso y muy temprano cruzo el Arco de los Gigantes hasta la Real Colegiata de Santa María la Mayor. Todavía duermen las campanas de las más de treinta iglesias que dominan el perfil de Antequera, ciudad de decidido sello español, como la calificó Irving, de rancio abolengo, digo yo, pues hasta su nombre rezuma un pasado ancestral; Anticuaria (la antigua) la llamaron los romanos. Precisamente fueron estos los que dejaron olvidado el magnífico Efebo de bronce, conservado en una de las salas del museo municipal. Con ese historial no es de extrañar que la ciudad sea fuente inagotable de leyendas y romances, como el de la Peña de los Enamorados. La shakesperiana historia de Tagzona, la musulmana hija del alcaide y su pretendiente cristiano Tello. Viéndose perseguidos y acorralados se asomaron en demasía desde la cima del cerro. Tanta clase de historia o humanidades, como lo llaman ahora, abre el apetito. La siguiente ronda de visitas monumentales toca por los bares de la ciudad, verdaderas joyas en el placentero arte del tapeo.
Al fondo de la vega aparece el hiriente blanco del caserío de Archidona. La Plaza Ochavada, de forma octogonal, ofrece la imagen de gran patio de vecinos y uno tiene la sensación de que los chismes y cotilleos pululan a sus anchas por el aire. Se forman corrillos de gente que se cuentan, que se hablan y que enseguida me cuentan y me hablan. Con la calma que requiere el trayecto, subo hasta la Ermita de la Virgen de Gracia, la casi verticalidad de algunos de los tramos hace que llegue exhausto. Pero el cansancio queda mitigado nada más cruzar el hermoso patio abarrotado de geranios. En el interior de la ermita, fechada en época omeya, una agradable sorpresa; la construcción cristiana sobre arcos de herradura me muestra que la pequeña ermita fue construida sobre los restos de la mezquita.
EL ROMÁNTICO EMBRUJO DEL REINO DE GRANADA
Desde la autovía se divisa el perfil de Loja, con la Iglesia de la Encarnación y los restos de la alcazaba dominándolo. Justo en el lugar donde el Genil abre el cerco de colinas que ciñen la vega está aparcado el pueblo. «Por su situación dominante a las puertas del paso montañoso, Loja ha sido denominada, con notorio acierto, la llave de Granada»-dijo un emocionado Washington Irving sintiendo cercano el aliento de la ciudad soñada. Nos desviamos al sur y aparece silvestre, con su dramática geografía, Alhama de Granada. Al filo de una hoz rocosa se corta súbitamente el caserío, las casas penden del acantilado, silos excavados en la roca y senderos imposibles se dibujan en el tajo. Si Loja fue considerada la llave del reino nazarí e Íllora el ojo derecho, Alhama fue la joya más querida, la pérdida más llorada. «¡Ay de mi Alhama!»-reza la balada. El aura de leyenda que envuelve el pueblo se percibe plenamente recorriendo las plazas y los quebrados adarves del Barrio Árabe. El río, tras cercenar la hoz, corre en busca de los Baños Árabes. El balneario en funcionamiento guarda celosamente en sus bajos las impresionantes salas bañadas por la tenue luz de los lucernarios. Arriba, la moda de las aguas termales atrae a masas que retozan en las aguas y se someten a relajantes tratamientos. En la comarca de los Montes Occidentales, puertas de la vega por el norte, el viajero encuentra Montefrío, máxima expresión de la geometría. Quebradas aristas y dramáticos e imposibles equilibrios dan forma a uno de los pueblos más bonitos de Andalucía. El promontorio coronado por la fortaleza árabe, envuelto en pinos, tiene a su pie encaladas casas incrustadas en la roca. En sus calles se encuentra la esencia de los pueblos andaluces, estrechas y empinadas arterias de blanquísimas fachadas, balcones engalanados con macetas de geranios y vecinos en la calle, sentados en cuidadas sillas de enea en busca del baño de sombra que mitigue el castigo del astro rey. Dos paradas más antes de llegar a Granada, en busca de historia más que de encanto. La primera Fuente Vaqueros. Imantado por el espíritu del arquitecto de La Casa de Bernarda Alba, espero que sea contagioso, visito la casa natal de Lorca. El segundo alto en Santa Fe. En 1491 se firmaban las capitulaciones entre los Reyes Católicos por un lado y el rey Abdallah y Boabdil por el otro. Al año siguiente sería el turno del almirante Colón.
Los anhelos de Washington Irving y debo reconocer que los míos propios, se colmaron al vislumbrar Granada. Pero voy a dejar que sea Irving quien lo explique. «En la distancia se divisaba la romántica Granada coronada por las rojizas torres de la Alhambra, por encima de cuyas almenas refulgían como la plata las cumbres nevadas de la Sierra». Debo reconocer que el que escribe estas líneas no es objetivo al hablar de Granada, tampoco lo pretendo, pero es que la capital de la vega es una de mis debilidades como viajero, esa ciudad a la que irremediablemente vuelvo para creerme parte del sueño oriental de la Alhambra, el mismo vivido por Irving que fue huésped durante algunos meses en las habitaciones que le dispuso la tía Antonia. Tiempo que aprovechó para tomar notas de las historias que dieron forma a sus Cuentos de la Alhambra. Historias que le contaban su guía Mateo y el moro que vendía ruibarbo y quincalla en el Albaicín, barrio de engalanadas rejas, patios árabes y húmedos salones que huelen a alhucema. Por sus calles llegan el eco de los cantos de la Iglesia de San Gregorio y melodías de seda fluyendo de dolientes guitarras. La nómina de visitas es interminable; los baños árabes, el paseo de los tristes, la alcaicería, pero decido echar un último vistazo a la Alhambra bañada en oro mientras atardece en el mirador de San Nicolás. Camino lentamente por las calles del Albaicín y entro en una tetería con un ejemplar de Cuentos de la Alhambra. Leo «esta ciudad ha sido siempre el objetivo de mis ensoñaciones; y muchas veces he pisado, en mi imaginación, los románticos salones de la Alhambra. Aquí tenéis, por una vez, un sueño hecho realidad». Los sueños cumplidos han sido dos, el suyo y el mío. Gracias señor Irving.
DATOS PRÁCTICOS
CÓMO MOVERSE
La mejor manera de recorrer la ruta es en coche. Coincide en su mayor parte con la A-92 que une las ciudades de Sevilla y Granada.
DÓNDE DORMIR
BARCELÓ LA BOBADILLA - Finca La Bobadilla, Apdo. 144.
En LOJA – Provincia de GRANADA
www.barcelo.com
DÓNDE COMER
LA ALMAZARA DE CARMONA – Santa Ana, 33 – Tel. 954 190 076 – Carmona
MESÓN DE DIEGO – Pza. de la Constitución, 12 – Tel. 958 360 121 – Alhama de Granada
LA FINCA – A-92 (salida 175) Ctra. Iznájar-Salinas – Tel. 958 321 861 – Loja
PARA MÁS INFORMACIÓN
La Fundación El Legado Andalusí tiene la sede oficial en Granada, en el Corral del Carbón. C/ Mariana Pineda, s/n – Tel. 958 225 995
EN LA WEB
www.rutaslegadoandalusi.es

Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.



Lo siento, pero Washington Irving no vivió en el número 2 del Callejón del Agua. La placa colocada en la fachada se puso en 1925 porque en esta casa el patronato de turismo de entonces fundó una "Casa americana" y la dedicó al ilustre escritor norteamericano. Irving se hospedó en una casa de la Plaza de la Contratación.
Saludos,
Ezequiel