Pisa morena, pisa con garbo… Ah, no, que no es esa Pisa. Tras la visita a Florencia, tocaba regresar a Pisa desde donde tenía el vuelo de regreso a casa. Tenía unas horas por delante para visitar la ciudad. Pisa es una bonita ciudad con casi todas sus calles vacías. Casi todas menos una, la que cruza a toda prisa su centro histórico para llegar hasta la torre de Pisa. Pasado el susto, cuando casi se les cae, la torre vuelve a estar apuntalada con esa extraña verticalidad que le ha dado fama mundial. ¿Y a qué va la gente a Pisa? Pues a hacerse fotos en las más ridículas de las posturas.

Así como el reto en Florencia fue ver la ciudad a través de sus escaparates, en Pisa me propuse hacer fotos diferentes de la torre en el par de horas que tenía por delante, salirme un poco de la foto de postal para abrir un reportaje a doble página o para una portada: buena luz, líneas, etc. Siempre es bueno asumir esta serie de retos cuando no estás con la presión de un encargo. Son un ejercicio estupendo para ganar agilidad y educar la mirada. Los sitios tan vistos y visitados aumentan la dificultad, pero con un poco de paciencia las imágenes acaban surgiendo. El lunes ya pudisteis ver una de las fotos de Pisa hecha con el smartphone. Esta vez os dejo una selección más amplia de las que hice con la cámara. Fue un rato muy divertido. De toda la serie, ¿cuál es vuestra preferida? (Si hacéis clic en la imagen se ven mucho mejor, a un tamaño más grande).

Como veis, hay para todos los gustos y en todas las posturas. Hasta los chuchos querían salir en la foto.

 

Y sí, al final no pude resistirme a hacer la foto clásica de postal, no vaya a ser que a alguna revista de papel le dé por necesitarla. ¡Juas!

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Hace algunas semanas, durante mi visita a Florencia, tengo que reconocer que acabé saturado. No de la ciudad, eso sería imposible, sino de la excesiva, aberrante por momentos, afluencia de visitantes. Tengo en la cabeza un post sobre eso que publicaré en su momento. Salía a la calle cada mañana a las 6, para tener durante un par de horas la ciudad para mí solo. Bueno, para mí y para todo el engranaje que pone en marcha una ciudad así: barrenderos, repartidores, gente que se dirige al trabajo. Como pequeño acto de rebeldía, decidí dar la espalda a la ciudad en las horas punta. Fue cuando descubrí la ciudad reflejada, la que observan los escaparates más privilegiados de la ciudad. Una manera de hacerla íntima, de capturar detalles que pasaban inadvertidos para los miles de visitantes que se movían por cada rincón de Florencia. Para no llamar la atención en exceso, utilicé el iPhone como en aquella serie de Praga. Ya me diréis qué os parecen.

Ah, aunque también estoy preparando un post sobre la torre de Pisa, no me puedo resistir a dejar una foto hecha de la misma manera.

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San Felipe es la necesaria expansión del Casco Antiguo de Ciudad de Panamá, con espacio tan solo para un puñado de casas. El barrio se articula en torno a dos grandes plazas: Bolívar y la de la Catedral. La de aires libertadores reúne a su alrededor algunos de los principales monumentos de la parte antigua de Panamá, como la iglesia de San Francisco de Asís, muy retocada a principios del siglo XX; el Teatro Nacional, uno de esos recintos de sueños “fitzcarraldianos”; o el palacio Bolívar, compuesto por tres pabellones de arquitectura ecléctica y sede del Ministerio de Relaciones Exteriores.

En la plaza de la Catedral destaca, obvio, la Catedral Metropolitana. Aunque no es el edificio religioso más destacado. A escasas cuadras de la plaza está la iglesia de San José que guarda en su interior el altar de oro y la leyenda de cómo los frailes engañaron al pirata Morgan. En la propia plaza catedralicia se encuentra el museo del Canal Interoceánico, que cuenta la historia del Canal de Panamá desde aquellos primeros franceses que iniciaron las obras hasta la recuperación del control por parte de las autoridades panameñas.

Los Diablos Rojos, folclóricos buses en vías de extinción, cruzan la ciudad abarrotados de gente, que se asoma por las ventanas buscando el necesario aire que se les niega dentro. Los dueños se gastan hasta 2000 dólares para tunearlos, con adhesivos que apenas dejan espacio para que el conductor pueda ver por donde circula. Pero yo prefiero al taxista que se emociona susurrando canciones de Rocío Durcal. Ruge el locutor: “La 102.5, el lenguaje del amor”.

En honor de los franceses que abrieron el camino a los americanos en la construcción del canal, construyeron la plaza de Francia. En la plaza, también a lo largo del adarve que sale de ella, se colocan cada día las mujeres llegadas desde Kuna Yala para vender su artesanía. Comparten espacio con el Viejo Talentoso, nombre que da al que se lo pregunta el heladero que vende raspaos hechos de mezclar la escarcha que extrae de un enorme bloque de hielo con jugos concentrados. Caminando por el adarve, nos volvemos a topar con el gran contraste entre el Casco Antiguo y la ciudad financiera.

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Cuando entras en Ciudad de Panamá, llegando desde el aeropuerto de Tocumen, la urbe te recibe con aspecto de gigante, como un verdadero monstruo de las finanzas; altos edificios compitiendo en el skyline por el lugar más cercano al cielo, con duro corazón de acero y cristal que cuentan sus pulsaciones por botones de ascensor. Es la ciudad que prefiere ser city, la de proyección internacional que ha hecho fortuna con el asunto del peaje.

En la ciudad ya no basta con construir el edificio más alto. Ahora, además, tiene que ser de marca. Ahí tenemos al hotel Trump, la torre Aqualina, el edificio The Point y la torre F&F -antes Revolution- del estudio de Pinzón Lozano. La torre en forma de espiral tuvo entretenidos a los tuiteros panameños tratando de encontrar el significado a las nuevas siglas. Otro que viene con firma, el Museo de la Biodiversidad, está en las últimas. Al edificio de Ghery le están poniendo los remates de ese titanio que tan buen resultado estético le dio a nuestro Guggenheim.

El cerro Ancón es una elevación de apenas dos centenares de metros, menos que alguno de los edificios que desde allí se ven. Al pie de la bandera que lo corona se entiende mejor cómo fue evolucionando la ciudad. Es allí desde donde mejor se ve que bajo la sombra de los rascacielos están los inicios de Panamá como ciudad. Panamá la Vieja fue capaz de resistir asedios, incendios y saqueos varios. Hasta que el pirata Henry Morgan casi se la lleva por delante, dejando en pie apenas unas ruinas, Panamá la Vieja, que hoy enseñan con orgullo a los turistas. Tras aquella incursión, asentaron sobre una pequeña península lo que conocemos como Casco Antiguo. Es el pueblo que se resiste a ser ciudad, que mira de lejos a la ciudad vertical. En el Casco Antiguo la ciudad se vuelve íntima, decadente, caótica, pegajosa, desordenada, sincera, noble, adictiva, sentimental, hechizante, con cierta huella inmarcesible aunque sus fachadas se empeñen en mostrar lo contrario. Otra vez los incendios tuvieron la culpa de que no nos haya llegado un colonialismo puro, algunas fachadas neoclásicas y pinceladas Art Déco se han colado en el lienzo pastel. Esto no fue inconveniente para que la Unesco lo incluyera en la lista del Patrimonio de la Humanidad.

Las largas tertulias sentados en el escalón de entrada a casa, la manera de apoyarse en el alféizar de la ventana y los diálogos que se cogen al vuelo, son algunos de los rasgos que dan carácter al barrio. Rubén Blades, que no ha podido escaparse del barrio donde nació, canta en su Plaza Herrera: “No hay riqueza en este mundo suficiente pa´ comprar / lo que se vive lo que se aprende en un barrio en Panamá”. (Continuará…)

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Tras París, la ciudad de Lourdes es el lugar que más turistas recibe en Francia. La historia de Lourdes es, como poco, peculiar. Vamos con ella. Bernardette era una joven pastora, analfabeta, que se encontró con una señora en la cueva de Massabielle. No sé si por escéptica o por pocas luces, tuvieron que suceder 18 encuentros hasta que un día la señora le dijo: Pero no ves, alma cándida, que soy la Inmaculada Concepción… ¡Milagro! La Virgen le dijo que fuera a tomar agua de la fuente y que comiera hierba. Diréis lo que queráis, pero ¿no es eso lo que hacen las ovejas y no tienen los pastores la costumbre de echarse un sueñecito mientras pastan? Ahí lo dejo y no digas que fue un sueño.

La cosa es que la fuente no ha dejado de brotar, hasta cien mil litros diarios de agua que los fieles embotellan en todo tipo de cachivaches fruto de la mercadotecnia: cantimploras, vasos, garrafas de distintas capacidades y marianas formas. Llegué a Lourdes por la noche, cuando la ciudad tiene aspecto de Las Vegas del cristianismo, a caballo entre un circo rancio y un bazar chino. Se ven todo tipo de recuerdos en venta, amontonados tras neones cegadores. Aunque por lo visto, hay poco que hacer con ese tema. Hubo un intento de mejorar la calidad de la mercadotecnia, hasta que un cardenal de visita en Lourdes compró el más hortera de todos los recuerdos y entendieron que eso debía ser lo que demandaba la gente. Aunque también habría que hablar de la capacidad como coolhunter de un tipo que mezcla púrpura con rojo escarlata, se pone birreta y lleva un anillo tamaño rapero.


Por la mañana temprano todo estaba en aparente calma. Hasta que los autocares empezaron a regurgitar y se dio inicio a la función: abrían iglesias y capillas para que curas políglotas fueran ocupando su lugar en el altar, voluntariado de los cinco continentes asesoraba a los grupos y la gente caminaba por el mapa sin salirse del trazado mariano. Se formaron las primeras colas junto a la cueva, en las máquinas que venden velas o medallitas y en las fuentes instaladas a lo largo del río de las que, supuestamente, brota agua del manantial. Como me debo a vosotros, hice un completo trabajo de campo y probé el agua, no-vaya-a-ser-qué. Al rato me picaba toda la espalda, de manera nerviosa, como si un sarpullido la recorriera de arriba a abajo. Enfrente, la gente frotaba estampas, medallas y velas por la pared de la cueva; ponían a arder toneladas de velas que operarios con enormes carros se encargaban de retirar para dar cabida a otras nuevas.

El itinerario clásico tiene en la basílica de San Pío X uno de sus must. Es una especie de búnker nuclear, diseñado por el arquitecto Vago -no es coña, es su nombre-, adornado con retratos gigantes de santos, el primero de ellos en la frente, nada más entrar: Escrivá de Balaguer.
También tenemos el museo de la santa, donde vemos algunos trozos de ropa, fotos, libros y sorprendentes manuscritos de caligrafía propia de cantoral gregoriano, de la época que pasó en el convento. Todo un mérito teniendo en cuenta que, meses antes, no sabía leer ni escribir. Cada noche, se vive el momento con más carga emocional en lo que supone una visita a Lourdes, la procesión de las antorchas. El día que visité la ciudad el grupo mayoritario era de catalanes, que por lo visto son de los visitantes más asiduos a Lourdes. Iban cantando el Virolai mientras transportaban velas, otro de los productos superventas, hasta la puerta del santuario.

Vi mucha emoción durante el escaso día y medio que estuve en Lourdes, pero también comportamientos que en otras religiones se achacan al fundamentalismo. Mientras sigan existiendo ese tipo de conductas, probablemente no tengamos remedio como sociedad. Y el tiro no va hacia la gente que llega hasta Lourdes, cada uno es libre de emocionarse y creer en lo que quiera: señores que caminan sobre las aguas, futbolistas, contertulias yonquis, incluso en pulpos advenedizos con perfil en Facebook. Mi crítica apunta arriba del todo, al que se esconde en la respuesta al Cui Prodest.

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