Nos habíamos quedado, en la entrada sobre el Pic du Midi du Bigorre, con el sonido de una guitarra mientras anochecía. Había aprovechado la apertura de la nueva línea de Vueling entre Barcelona y Tarbes, a veinte kilómetros de Lourdes -ciudad, ay, de la que hablaremos en breve-, para recorrer la zona de Altos Pirineos.

Cuando te sumerges en las páginas de El jugador imaginas a Alexei y a la babulinka en un pueblo como Cauterets. También podría ser el pueblo donde paseaba Christine, la cartera con ínfulas de La embriaguez de la metamorfosis. Pero Dostoievski y Stefan Zweig situaron en un imaginario pueblo de Alemania y en Suiza, el escenario para sus protagonistas. Cauterets tiene ese aire de ciudad balneario con casino, donde las miserias de la aristocracia daban vueltas en una ruleta. Hasta sus aguas termales se acercaron George Sand, Chateaubriand, Victor Hugo o Bernadette, que tras el soponcio de las apariciones marianas vino a relajarse a la localidad. Del que no guardan tan buen recuerdo es de Napoleón III, que al parecer se largó sin pagar la cuenta de su hospedaje.

Los baños de Rocher son los más conocidos, uno de esos lugares de rancio encanto en los que todavía es posible bañarse sin esos horribles gorros. El asunto termal ha dado fama a toda la región dando pie a centros como Aquensis en Bagnères de Bigorre, mucho más estéticos, apuntad asépticos, pero con menos motivos para la ensoñación literaria. Cauterets es pueblo de invierno, el verano todavía le queda grande aunque intenta hacerse un traje corto a medida. Es sin embargo la época estival la que convierte a los Pirineos en unas montañas para toda edad y condición. Duras, técnicas y para el esquiador en invierno. Amables (hasta cierta altura), bucólicas y tentadoras al paseo durante el verano. El Pont d’Espagne era el cruce de caminos para el comercio, para el trapicheo mejor dicho, entre los dos países vecinos. Principalmente para pasar aceite, pero pasar, pasaba de todo.

Hoy es el punto de acceso al telesilla que lleva al lago de Gaube, en realidad a un corto y llano sendero que llega hasta el lago. Si el tiempo acompaña, nos dejará ver el Vignemale, el pico más alto del Pirineo francés y que han traducido, horror, como Viñamala en castellano y Comachibosa, mucho mejor, en aragonés. Sin salir del Parque Nacional de los Pirineos, nos encontramos con los circos. ¿Circos en los Pirineos? Sí, pero hay que pasar de la primera acepción de la RAE. Salta hasta la séptima: “Depresión semicircular en un macizo montañoso, rodeada de paredes abruptas”. Y tan abruptas. Las cimas que coronan estos circos superan los 3000 metros. Al de Gavarnie, el más espectacular, se llega a pie, a caballo o en asno. Mejor a pie, mejor a una hora razonable en la que el sol no se clave en la nuca, guiados por el sonido de alerta de la marmota hasta la base de una de las cascadas más altas de Europa.

Destacan también el circo de Troumouse y el de Estaubé. Estamos dándole la espalda a nuestro Monte Perdido, cuya ampliación metió a esta zona de los Altos Pirineos en la lista del Patrimonio de la Humanidad. Pero todavía hay en Altos Pirineos un lugar más conocido que sus balnearios, sus lagos y sus circos. Es escuchar Tourmalet y entrarme sueño. Que levante la mano el que no asocie la subida al mítico puerto con esas tardes de verano en duermevela frente al televisor, empujando anímicamente a Perico Delgado y a Indurain. Nunca hubo siestas como las del Tour o las del concurso de hípica en los Juegos Olímpicos.

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Hice la mili en Reus. La misma tarde de cobro, mil pesetas mensuales, nos reuníamos en la cantina para gastarlo en cerveza. ¿Y qué tendrá que ver eso con Vitoria? ¿No será el inicio de una aburrida historia sobre lo mal que lo pasamos en la mili? Un momento, un momento, que todo tiene su explicación. Esas tardes en la cantina, sonaban una y otra vez las canciones de Potato. Ya se sabe, ¡qué rebeldes que éramos! Eso sí, con la seguridad que daba la pernocta en casa. Ya me pierdo otra vez, nos habíamos quedado en Potato. Dada la insistencia del chaval de Amposta que se encargaba de la radio, me aprendí de memoria una canción que aún hoy recuerdo:
En Vitoria hace un frío que pela / hay hasta quien dice que parece Siberia / para calentarse algunos parados / han prendido fuego al obispado / para calentar alguien va a quemar / el Ayuntamiento y la Catedral…

Por suerte para Ken Follet y Paulo Coelho, dos de los escritores que más han hecho por evitar la cojera de las mesas, no llegaron a quemar la Catedral. Por suerte para nosotros, la ciudad decidió abrirla por obras. La Catedral de Santa María no es la más bonita, tampoco la de mejor arquitectura, pero es la que más te permite adentrarte en sus entrañas, tener privilegios antes reservados para el capellán y el campanero. De la primitiva Gasteiz, sobre la que se asienta la Catedral, queda echarle imaginación. La expansión demográfica ha borrado el rastro de la antigua aldea, más allá del trazado de un par de calles paralelas.


Dejamos el reggae de Potato. ¿Queréis saber otra de música? ¿Conoceréis la letra de La Paloma? Pues su autor, Sebastián de Iradier, vivió parte de su vida en el centro de Vitoria. Sobre la ciudad, ¿qué queréis que os cuente? Elegancia del norte, sin medias tintas; para salir a comprar el pan se arregla uno, no vaya a ser que pasemos por la plaza de la Virgen Blanca, donde mira y es visto todo empadronado.

Justo al lado, un poco más íntima, la plaza España. Un sábado cualquiera, durante toda la tarde, el Ayuntamiento escupe un bodorrio tras otro, los invitados hacen cola ante la puerta para entrar y los viejos, esos viejos que tiene toda plaza de España, se lo miran con esa mezcla de sabiduría triste y dulce que da la senectud. Hacia arriba, al casco antiguo y la Catedral, nos llevan varios tramos de escaleras mecánicas que salen desde el Cantón de la Soledad -luego nos prometeremos empezar el lunes en el gimnasio-, una de esas intervenciones arquitectónicas que tanto juego dan a los fotógrafos.

Como museo curioso, el de Fournier. Cuántas timbas, copas y risas con una de sus barajas en la mano. La fábrica ya cerró, pero en el hotel Silken Ciudad de Vitoria podemos ver los fabulosos murales que la decoraban.
Con tanta batallita casi se me olvida. He visitado Vitoria porque es Green Capital. ¿Vegetariana? Nada más lejos. La ciudad tuvo como antecesoras a Estocolmo y Hamburgo. Aquí van los datos: cada habitante tiene un parque a menos de 300 metros, le pertenecen 46 metros cuadrados de zona verde y puede contemplar mientras pasea más de 200 especies botánicas. Vitoria está rodeada por el anillo verde, formado por seis parques de los que destacaría el de Salburua, a apenas un par de kilómetros del centro de la ciudad y donde es posible ver grupos de ciervos cruzando los humedales. No me invento nada, en Youtube podéis ver el vídeo. Ornitólogos de toda Europa llegan hasta allí por la enorme diversidad de avifauna.


¿Y por la noche? Hablan de pinchos y marcha hasta altas horas de la madrugada. También cuentan -no tengo edad para tener la certeza- que Pajares y Esteso decían en una de sus películas: “Aquí se folla menos que en Vitoria”. Sólo hubo tiempo para hacer trabajo de campo en el tema de los pinchos. ¿Y qué deciros? Pues que hay de todo, desde poco más que la clásica banderilla, Gilda la llaman, hasta obras de arte que se esconden en vitrinas como las joyas. Pero por encima de todos destacaría a Izartza, en la plaza España. Soberbio su arroz cremoso, el bacalao en tempura y el tataki de atún. Y mejor que la comida, la atención del dueño.
Podéis ver aquí la galería completa de imágenes de Vitoria.

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El capítulo 10 del Estambul de Orhan Pamuk me parece uno de los mejores de los que he leído en literatura de viajes. Aunque el libro también cuadra en el género autobiográfico. El autor hace una de las cosas más difíciles que hay en literatura (también en fotografía) de viajes: hablar de su propia ciudad, de lo que le es familiar. El capítulo se llama Hüzün y en él se encuentra la esencia del qué sé yo de Piazzola, privilegio reservado a unas pocas ciudades en el mundo.

El autor traduce Hüzün como amargura, aunque también habla de aflicción, y nos va conduciendo desde un pasaje del Corán en el que aparece la palabra hasta el estado emocional que define la vida en la ciudad. Hay un momento en que habla del sufrimiento desde el mismo punto de vista que lo hizo Santa Teresa de Jesús, ese vivo sin vivir en mí y muero porque no muero lo aborda desde la perspectiva musulmana: sufrir porque no se sufre lo suficiente. La amargura es un término fundamental en la música, dice Pamuk, y en la poesía estambulita. La amargura como modo de ver la vida, una actitud mental, algo que la ciudad ha escogido libremente.

En algunos párrafos la amargura tiende a confundirse con la melancolía, aunque para Pamuk se trata del número: mientras que la amargura es un sentimiento instalado en toda la ciudad, la melancolía es cuestión individual. Es esta última con la que me quedo, ya que como extranjero no puedo pretender apropiarme de un sentimiento que no me corresponde y que no he conseguido encontrar donde vivo. Vamos entonces con la melancolía. En ocasiones, nos ponemos alguna determinada canción porque nos sume en un estado melancólico pero cómodo al mismo tiempo. Otras nos ayudamos de fotos o recuerdos para provocarlo. Burton identifica la melancolía con la alegría porque da lugar a una gozosa soledad, bien de modo racionalista, como Montaigne, o emocional como Thoreau. También Victor Hugo habló de ello antes de enredarse demasiado con los asuntos esotéricos: “La melancolía es el placer de estar triste”. Toma ya, en una sola frase consiguió resumir lo que llevo intentando explicar toda mi vida, los motivos que me llevan a viajar, la búsqueda de ese estado que hace que un destino pase a ocupar un lugar destacado en tu proceso vital.

Desde luego no me refiero a la melancolía que deriva hacia procesos autodestructivos, sino todo lo contrario. Hago un uso positivo de ese estado como hicieron Boudelaire, los románticos y los decadentes. Es algo que jamás podré explicar con palabras, tampoco con una foto (aunque la de la madre agarrando el vestido de su hija para protegerla quiera intentarlo). No se puede pero lo sientes en el té que tomas entre el humo del narguile, en los olores de la ciudad a especias y agua estancada, roscas de pan y pescado ahumado, verdura fresca y neumático; lo intuyes en el gesto del tendero, te sientes cómodo callejeando por los barrios de Fener y Balat, no te cansas de ver a los pescadores de Galata y te sigue emocionando la llamada a oración.

Pero si hay un lugar donde es más evidente esa sensación, es en Santa Sofía. Y no hablo de viajeros con epónimo, de Stendhal ya me ocuparé otro día, que le tengo ganas. Cada vez que he entrado en Santa Sofía he conseguido aislarme por completo, pese al elevado número de visitas que recibe. Es ese momento en que la soledad provoca un sentimiento muy cercano al éxtasis. Sólo entonces puedes percibir detalles que se te escapan en otros sitios, momentos que únicamente puedes vivir cuando existe un diálogo con el lugar que visitas. El diálogo con los que pasaron por allí antes que tú, el diálogo con la luz. Qué especial es la luz en el interior de Santa Sofía. Crea sombras y brillos que te marcan el camino, que te hacen retroceder para detenerte una y otra vez en los mismos sitios, que pasan a controlar el tiempo. Nunca he podido fotografiar Santa Sofía como la he sentido y pretender hacerlo con Estambul no sería pretencioso sino estúpido. En ese limitado número de lugares, dueños de la melancolía -Patrizia Runfola escribió a Praga como El palacio de la melancolía-, sólo puedes dejar que todo fluya. Es inútil provocarlo, de ahí que tenga pendiente hablar de Stendhal y del mal uso que hacen hoy algunos viajeros de su teoría. No son los mismos lugares para todos, pero sí las mismas sensaciones. Seguramente no me habré explicado bien, simplemente sé que los recuerdos de Estambul son casi dolorosos. Pero de un dolor bonito.

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Nos habíamos quedado en la entrada anterior en un avance descontrolado de la deforestación. Por suerte, eso está controlado hoy en día. Para comprobarlo no hay más que acercarse al Parque Rural de Anaga. Un serie de senderos recorren el parque y se adentran en el bosque de esa reliquia natural que es la laurisilva. Caminando por Anaga, se entiende mucho mejor el particular clima que convierte a La Laguna en una isla dentro de otra.

El mar de nubes que flota sobre Anaga llega gracias al empuje de los alisios, y hasta que no dejan parte de esa humedad que llevan no siguen su camino. Ya que estamos por las afueras, en el municipio de La Laguna, aprovechamos para acercarnos a los acantilados de Chinamada y ver terrazas escalonadas de cultivo que nos recuerdan a las asiáticas, o hasta Punta del Hidalgo donde el Atlántico bate con fuerza contra el faro y marca los límites a las ínfulas conquistadoras de cualquier erupción volcánica.

Volvemos a La Laguna. El museo de Historia y Antropología de Tenerife ocupa las dependencias de la casa Lercaro. En las diferentes salas podemos conocer cuales fueron los antiguos oficios de la isla, como el de las gachoneras, vendedoras ambulantes que recorrían los caminos descalzas y cargadas con un gran cesto donde llevaban su mercancía. Ya a finales del siglo XV, la isla de Tenerife mantenía una situación especial en cuanto al pago de impuestos por su condición de isla de realengo. Las idas y venidas de los tinerfeños se ven reflejadas en los billetes de barco con destino a Cuba y las cartas enviadas desde Venezuela expuestas en las vitrinas del museo. Aquello sí eran travesías épicas, recordad la historia del Telémaco de la que habíamos hablado hace algún tiempo.

Queda la Universidad. La etiqueta de ciudad universitaria va acompañada de todos sus matices: una media de edad joven, altas dosis de manifestaciones culturales, también un punto de melancolía al volver a casa los viernes; y, sobre todo, marcha, mucha marcha. En el área conocida como Cuadrilátero intentan aguantarle a Baco el mayor número de asaltos. Si de Baco hablamos, es de justicia mencionar los vinos de la cercana D.O. Tacoronte-Acentejo, que poco a poco están colándose en las mejores listas del sector. Durante los pasados días en Tenerife, tuve la oportunidad de visitar las Bodegas Monje. Con el telón de fondo del Teide, pude comprobar que la Listán Negra cada vez se encuentra más cómoda en la botella.

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Damos un salto en el tiempo. En el siglo XVIII, la ciudad vive su auge cultural, el de las tertulias bajo el mecenazgo de las grandes familias. Como los Nava y los saraos que organizaban en su palacio, camino hoy de convertirse en Parador. Viajeros, intelectuales y algún que otro cura -de ahí la vista gorda que hizo la iglesia ante unas competencias que les eran exclusivas hasta entonces- debatían sobre cómo arreglar el mundo, intercambiaban libros prohibidos o hablaban de buenos vinos.

Y en estas llega el turismo, que ha ido aumentado exponencialmente desde la inclusión de La Laguna en las listas del Patrimonio de la Humanidad. La pregunta es, después de tanta conquista, modelo de ciudades, tertulias y demás, ¿qué nos ha quedado? Pues prácticamente todo. El tiempo ha sido benévolo con La Laguna y en sus calles, que todavía conservan ese trazado de ensanche barcelonés, encontramos alrededor de 600 edificios de los siglos XVI al XVIII.

Casi inmarcesible, como la describió Miguel de Unamuno: “…calles espaciadas y rectas, aquel despejo, aquel aire de rigodón monástico, algo ceremonioso, todo aquello en que se adivina una creación señorial del siglo XVIII, la diferencia de las rudas, viejas ciudades castellanas… La Laguna está vestida de casaca o de hábitos de frailes si queréis […] Tertulia en los conventos y en las Casas Señoriales, chocolate a media tarde, monjas reposteras”. La casaca a la que alude Unamuno es la arquitectura religiosa que encontramos en cada esquina: espíritus, santos y vírgenes marías, capillas, conventos, ermitas, calvarios, iglesias. Herencia de un época en la que el poder civil y eclesiástico iban de la mano, aunque con intereses propios, mirando cada uno para su lado. Comportamiento escenificado en la curva de la calle de la Carrera, la única que no es recta en el casco antiguo con el fin de que no se vieran unos a otros: Alonso de Lugo no veía desde su casa, en la plaza del Adelantado, la iglesia de la Concepción. En el interior de la iglesia se conserva una pila bautismal de la época de la conquista, por donde hacían pasar al guanche por la piedra del cristianismo. La iglesia del Cristo es otro de los lugares de culto destacados. Su altar de platería es una obra de exquisita manufactura para las beatas que rezan el rosario y una especie de hebilla de cinturón rockabilly para los escépticos ateos. Algunos de los conventos todavía están habitados. Es el caso de Santa Catalina, donde las monjas de clausura encuentran en los agujeritos del ajimez su particular ventana al mundo para desconectar del rezo, que las une a Dios, y del trabajo, que las lleva a la tahona para elaborar los dulces monásticos. Cada 15 de febrero exponen a la monja incorrupta guardada entre las paredes del convento, junto al museo donde se expone el cilicio con el que se mortificaba.


Muchas de las grandes casonas de la ciudad están ocupadas por organismos públicos y entidades que han garantizado la conservación de las mismas. El color pastel de las fachadas de La Laguna es el sello de identidad, lo primero que salta a la vista. En un repaso más detallado encontramos la piedra volcánica y el robusto pino canario como materiales más utilizados en la construcción. Casi todo muy autóctono, excepto las ventanas de guillotina, de manufactura inglesa pero introducidas en la isla por los portugueses que mantenían relación comercial marítima con Inglaterra. El uso de la madera, principalmente en las columnas de los característicos patios interiores, el artesonado de casas e iglesias y las vigas, tuvo su repercusión negativa en una deforestación que avanzaba a unos pasos que la isla no podía permitirse.

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