Damos un salto en el tiempo. En el siglo XVIII, la ciudad vive su auge cultural, el de las tertulias bajo el mecenazgo de las grandes familias. Como los Nava y los saraos que organizaban en su palacio, camino hoy de convertirse en Parador. Viajeros, intelectuales y algún que otro cura -de ahí la vista gorda que hizo la iglesia ante unas competencias que les eran exclusivas hasta entonces- debatían sobre cómo arreglar el mundo, intercambiaban libros prohibidos o hablaban de buenos vinos.

Y en estas llega el turismo, que ha ido aumentado exponencialmente desde la inclusión de La Laguna en las listas del Patrimonio de la Humanidad. La pregunta es, después de tanta conquista, modelo de ciudades, tertulias y demás, ¿qué nos ha quedado? Pues prácticamente todo. El tiempo ha sido benévolo con La Laguna y en sus calles, que todavía conservan ese trazado de ensanche barcelonés, encontramos alrededor de 600 edificios de los siglos XVI al XVIII.

Casi inmarcesible, como la describió Miguel de Unamuno: “…calles espaciadas y rectas, aquel despejo, aquel aire de rigodón monástico, algo ceremonioso, todo aquello en que se adivina una creación señorial del siglo XVIII, la diferencia de las rudas, viejas ciudades castellanas… La Laguna está vestida de casaca o de hábitos de frailes si queréis […] Tertulia en los conventos y en las Casas Señoriales, chocolate a media tarde, monjas reposteras”. La casaca a la que alude Unamuno es la arquitectura religiosa que encontramos en cada esquina: espíritus, santos y vírgenes marías, capillas, conventos, ermitas, calvarios, iglesias. Herencia de un época en la que el poder civil y eclesiástico iban de la mano, aunque con intereses propios, mirando cada uno para su lado. Comportamiento escenificado en la curva de la calle de la Carrera, la única que no es recta en el casco antiguo con el fin de que no se vieran unos a otros: Alonso de Lugo no veía desde su casa, en la plaza del Adelantado, la iglesia de la Concepción. En el interior de la iglesia se conserva una pila bautismal de la época de la conquista, por donde hacían pasar al guanche por la piedra del cristianismo. La iglesia del Cristo es otro de los lugares de culto destacados. Su altar de platería es una obra de exquisita manufactura para las beatas que rezan el rosario y una especie de hebilla de cinturón rockabilly para los escépticos ateos. Algunos de los conventos todavía están habitados. Es el caso de Santa Catalina, donde las monjas de clausura encuentran en los agujeritos del ajimez su particular ventana al mundo para desconectar del rezo, que las une a Dios, y del trabajo, que las lleva a la tahona para elaborar los dulces monásticos. Cada 15 de febrero exponen a la monja incorrupta guardada entre las paredes del convento, junto al museo donde se expone el cilicio con el que se mortificaba.


Muchas de las grandes casonas de la ciudad están ocupadas por organismos públicos y entidades que han garantizado la conservación de las mismas. El color pastel de las fachadas de La Laguna es el sello de identidad, lo primero que salta a la vista. En un repaso más detallado encontramos la piedra volcánica y el robusto pino canario como materiales más utilizados en la construcción. Casi todo muy autóctono, excepto las ventanas de guillotina, de manufactura inglesa pero introducidas en la isla por los portugueses que mantenían relación comercial marítima con Inglaterra. El uso de la madera, principalmente en las columnas de los característicos patios interiores, el artesonado de casas e iglesias y las vigas, tuvo su repercusión negativa en una deforestación que avanzaba a unos pasos que la isla no podía permitirse.

Tweet

Deja Un Comentario

(necesario)

(necesario)

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

© 2010 RAFA PÉREZ - Todos los derechos reservados Suffusion theme by Sayontan Sinha
Content Protected Using Blog Protector By: PcDrome.