Hace un tiempo, escribía un artículo para la desaparecida revista Rutas del Mundo que se llamaba Valencia sin arroz. Menuda carga la de Valencia con sus tópicos. He visitado la capital del Turia en numerosas ocasiones, me atrevería a decir que es la ciudad de la que más cosas he publicado, entre ellas artículos en diferentes medios nacionales y extranjeros, la colaboración en un libro sobre la ciudad y la reciente (de esta misma semana) publicación de una fotoguía. Pues bien, nunca he comido paella en Valencia. ¿Cómo? ¡Sacrilegio! Ha habido algún clásico al que no he podido resistirme: la horchata en El Siglo o el bocata de atún con aceitunas en los bares junto al mercado. Pero a la hora de comer, comer, la oferta de Valencia es tan amplia que siempre encuentro motivos para aparcar el arroz hasta una próxima visita. Esto viene el caso porque desde este viernes día 8 hasta el próximo 17 de noviembre, se va a celebrar una nueva edición de Valencia Cuina Oberta. Más de 50 restaurantes ofrecen menús por 20 euros al mediodía y 30 euros para las cenas (bebidas no incluidas). Si hablamos de menús podrían parecer caros, pero es que en la lista hay restaurantes con estrella Michelín con un suplemento de tan solo 15 euros. ¿A que la cosa cambia?

He comido en alguno de ellos, como el Seu Xerea, el Riff o El Senyoret (restaurante del precioso hotel Barceló Valencia, justo enfrente de la Ciudad de las Artes y las Ciencias) y os aseguro que han sido experiencias más que interesantes.

Habitación y recepción del hotel Barceló Valencia

El certamen se ha integrado en la Valencia Week, una apuesta hecha desde turismo para animar al viajero a quedarse en la ciudad. Una de las actividades programadas es una clase magistral de cocina por parte de Bernd Knöller (del mencionado Riff). Bernd es un tipo grande que decidió quedarse en Valencia porque su cumpleaños es el 19 de marzo, día grande para la ciudad. Bueno, por eso y por la posibilidad de ir cada día al mercado y a la lonja a ver qué ha dejado el mar y la huerta.
Las reservas están abiertas a través de la web www.valenciacuinaoberta.com

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Desde el próximo miércoles hasta el domingo, estaré participando en el proyecto Objetivo Coruña. Cinco fotógrafos especializados en fotografía de viajes, estaremos fotografiando las calles y la gente de La Coruña. Las mejores fotografías pasarán a formar parte del banco de imágenes de turismo para la promoción de esta interesante ciudad atlántica. Me acompañan Kris Ubach, Alfons Rodríguez, Félix Lorenzo y Òscar Rodbag. Cada uno trabajará con una temática distinta que será tratada desde su estilo particular para que no quede ningún rincón de la ciudad sin fotografiar. El viernes por la tarde hay organizada una interesante charla en la fundación Luis Seoane para hablar de fotografía de viajes con los asistentes. El sábado por la mañana, han organizado unas quedadas para que la gente pueda acompañarnos a hacer fotos por las calles de La Coruña. Todas las actividades son gratuitas. Entre todos los participantes en las quedadas, se organizará un concurso en el que los cinco fotógrafos haremos de jurado. El premio consistirá en dos vuelos a la ciudad de Ámsterdam con la compañía Vueling.
Hacía tiempo que no participaba en una iniciativa tan interesante. Turismo de La Coruña ha entendido la necesidad de disponer de buenas fotografías, hechas por profesionales, para proyectar su ciudad al mundo. Siempre defenderá la calidad en los bancos de imágenes de los que disponen patronatos y oficinas de turismo. No sabéis con cuanta frecuencia descuidan ese aspecto y es muy fácil ver que nutren sus archivos de fotos gratuitas, obtenidas a través e la organización de un concurso o encargadas a un amigo con cámara. Si el turismo es motor económico para nuestro país, se debería poner más cuidado en la cara por la que queremos que nos conozcan.
Si estáis por La Coruña o alrededores, os recomiendo que asistáis a la charla y a las quedadas (plazas limitadas). No todos los días se tiene la oportunidad de fotografiar al lado de fotógrafos profesionales y además gratis.
Para seguir todo lo relativo a Objetivo Coruña, podéis seguir los hashtags en Twitter #objetivoCoruña y #Coruñasemueve
Más información en este enlace.

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Y como no es romano todo lo que reluce, vamos con la otra Tarragona, la ciudad que albergará los Juegos del Mediterráneo del 2017. Si te asomas al Balcón del Mediterráneo, ese idílico final de paseo con tendencia a promesas que se lleva el viento y que les dio a los tarraconenses la expresión A tocar ferro, te das cuenta de que Tarragona tiene muchas de las virtudes de las ciudades de orilla mediterránea y, a su vez, carece de los vicios que acarrea el sol y playa. La línea del tren, lejos de ser un feo chirlo en el paisaje, separa sus playas del Pantagruel urbanístico, dejando el mar para la gente y evitando esa fea costumbre que tenemos de bañar el ladrillo en el agua.

Igual que los romanos dejaron su huella, la dejarán los comercios tradicionales, esos que se aferran a su local aguantando el empuje del ogro de las franquicias: una copa en El Cau, reserva para las diez en el Pulvinar, las joyas de Blázquez y su entrada modernista, una botella de vino en Licores Jové, el público del Metropol, las floristerías de La Rambla.

Todo ello forma la identidad de una ciudad con las cosas muy claras, de personalidad muy marcada. Y para muestra el Serrallo. El barrio de pescadores, que nutre de pescado a una buena parte de la provincia, tiene ínfulas de pueblo que vive casi ajeno a la metrópoli. Desde el barrio hay un agradable paseo de retorno a la parte alta de la ciudad, entrando por el paseo de Las Palmeras y llegando a La Rambla, una arteria peatonal convertida en escaparate de vanidades.

Cada tarde se dan cita toda clase de personas, que montan su itinerario por la ciudad obligándose a pasar por allí, desde la plaza Imperial Tarraco hasta el balcón que marca los límites de la ciudad frente al mar nuestro. Límites que no fueron suficiente para los romanos, que extendieron sus dominios hasta el Arco de Bará, entrada triunfal a la ciudad imperial. También llegaron hasta la localidad de Altafulla para construir la villa de Els Munts, donde se alojó Adriano durante su estancia en Tarraco. Una segunda residencia de lujo que demuestra lo bien que se vivía, ya entonces, en esta orilla del Mediterráneo.

A partir de esta tarde, y durante todo el fin de semana, estaré fotografiando el festival Tarraco Viva. Podéis seguirlo en vivo a través de mi cuenta de Instagram y de Twitter.

Más información en Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España y en spainheritagecities.

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De todos los recintos romanos, los más populares eran sin duda el anfiteatro y el circo. Sólo hay que recordar las necesidades, el opio de un pueblo feliz: panem et circenses. El anfiteatro era gratuito para todos y, en proporción con el número de habitantes, el de Tarraco fue el más grande de todo el imperio. Eso sí, había zonas separadas para las distintas clases sociales. Por la puerta triumphalis salía el ganador, considerado casi un héroe. La puerta libitinensis estaba reservada para la salida de los perdedores, no necesariamente vivos.

Hay constancia de que hubo un mural dedicado a Némesis, donde se encomendaban los gladiadores antes de salir a la arena. El emperador Heliogábalo, el de los festines, restauró el recinto del Ave Caesar, morituri te salutant. Pese a que algunos historiadores dudan de la veracidad del saludo, eso poco importa cuando ha sido la filmografía clásica la encargada de meter la frase en todos los hogares. Quién no recuerda alguna que otra tarde semanasantera viendo pelis de romanos… Pero las luchas de gladiadores eran tan solo uno de los espectáculos que tenían lugar en los espacios lúdicos. En las venerationes entraban en juego los animales capturados en cualquier parte de los dominios romanos: elefantes, rinocerontes o tigres que luego se merendaban a los prisioneros en los noxii. El plato fuerte eran las munera o luchas de gladiadores. Prisioneros de guerra o esclavos adiestrados en las diferentes clases de lucha se batían a muerte en la arena en busca del preciado rudis o sable de madera, símbolo que daba la libertad al gladiador. Gladiadores los había tracios con rodela y puñal, retiari con red y tridente, samnitas con escudo y espada, murmilones con el casco decorado con un pez e incluso había meridiani, una suerte de teloneros que aparecían en los descansos. No hay constancia, pese a la cercanía del mar, de que celebraran naumaquiae, unas batallas navales para las que se precisaba inundar la arena.

Los juegos adquirían una dimensión política y religiosa importante, amén de social. Coincidían con fiestas en el calendario, los había anuales y con fecha fija (ludi stati). La popularidad del emperador dependía en buena medida del éxito de los juegos. Viendo hoy a la gente visitar esos lugares, me pregunto si realmente adquieren conciencia de lo que allí tuvo lugar. Deberíamos tratar por un momento de imaginar el bullicio de la gente cuando caminamos sobre las gradas, escuchar el rugido de un león cuando bajamos a pisar la arena, para salir luego por la puerta grande y ser el centro de las conversaciones en los corrillos que se forman en las tabernas.

Otra de las piezas claves de las ciudades romanas eran los alojamientos y las casas particulares. Stabula y hospitia, el equivalente a posadas y hoteles, daban cobijo al que iba de paso. Las domus, ejemplo de segunda declinación en el instituto, se componían de diferentes estancias. En el atrio se recibía a las visitas alrededor de una fuente, dejando a la vista de todos la vajilla de plata como carta de presentación de la familia. En el triclinium se daban esas imágenes que conocemos de los banquetes romanos, con las personas tumbadas en un sofá comiendo grandes racimos de uva y bebiendo vino de una jarra. En el tablinum se despachaban los asuntos de negocios y la cubicula o dormitorio quedaba para las visitas menos importantes, como ese cuñado pesado. Si con todas estas visitas nos falta Roma, siempre tendremos el Museo Nacional Arqueológico de Tarragona (MNAT), que va coleccionando todo lo que los romanos se dejaron en la ciudad. Hay que saber que cada vez que se hace un agujero en Tarragona aparecen restos de la época. A veces se echa tierra encima, sin más complicaciones. Otras, dan comienzo complejas excavaciones que nos siguen dando pistas de cómo se vivía hace dos milenios. En el museo está expuesto el que fue el primer felpudo de la historia; un mosaico que se encontró en la entrada de una casa con la inscripción Ave Salve. (Continuará…)

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Durante estos días se está celebrando el festival Tarraco Viva. El próximo fin de semana estaré allí fotografiando los diversos actos de la mejor recreación del periodo romano que existe en Europa, pese a que a Quim Monzó le parezca un pesebre. Os iré enviando las primeras fotos del festival por Instagram y Twitter. Más tarde habrá crónica en el blog. Mientras, os dejo con una aproximación a la ciudad mediterránea.

En el año 218 a.C. romanos y cartagineses andaban a palos por la hegemonía del Mediterráneo. Aquel derbi bélico les llevó a entrar en la antaño Hispania por la actual Ampurias, pero los romanos enseguida vieron las posibilidades de Tarraco para establecer allí una de las bases más importantes de su Imperio.
¿Qué sabemos de Tarraco? Nuestra memoria visual suele alimentarse de las películas que hemos consumido sobre el género. Esa mirada atrás es una mirada viciada por el celuloide. Visitando los recintos arqueológicos de Tarraco recordamos las clásicas escenas: carreras de cuadrigas, luchas de gladiadores, reuniones en el senado, traiciones, bullicio en el foro, un pulgar que sentencia. También es un cruel memento mori; dos mil años después el mundo sigue y seguirá, si se lo permitimos, dentro de otro par de milenios. Aunque en algunos aspectos apenas hayamos cambiado. La diferencia está en el matiz: el circo ahora se llama fútbol, las hipotecas las pagamos en euros en lugar de sestercios, los romanos horneaban un pan tan duro como una baguette por la tarde; y procónsules convertidos en amos de su provincia enarbolaban la bandera de la corrupción y rara vez eran juzgados.

Mediante esos tópicos cinematográficos, vamos a intentar desgranar la realidad de la que fue una de las grandes ciudades de aquel periodo. Durante los tres años de estancia de Cesar Augusto en la ciudad (27 al 25 a.C.), el emperador dividió Hispania en tres provincias: Lusitania, Bética y Tarraconense. Con el traslado del emperador a Tarraco la ciudad fue, a todos los efectos, capital imperial.
Habíamos quedado en que los romanos le echaron el ojo muy pronto a Tarraco. En la Unesco tardaron un poco más y hasta el año 2000 no incluyeron a la ciudad catalana en la lista del Patrimonio de la Humanidad.

Para los romanos, Tarraco era una excelente localización para su puerto con vistas a un mar amable, clima benigno para su base de invierno. No en vano, Adriano se refirió a ella como Civitas ubi ver aeternum est (la ciudad donde la primavera es eterna). Alrededor de Tarraco encontraron numerosas canteras de las que extrajeron gran parte de la piedra que necesitaban para edificar una pieza más de su imperio. Con la característica piedra caliza de tono dorado fueron construyendo el sota, caballo, rey de lo que debía ser una ciudad romana que se preciara: un circo, el anfiteatro y el forum. De todas las canteras, la más accesible es la del Médol, donde una columna marca la magnitud del sangrado que hicieron para levantar Tarraco.

Más tarde hubo muchas edificaciones, la propia catedral de Santa María es un ejemplo, que se nutrieron de piedra de la época romana. La época medieval jugó con esa piedra al Exin Castillos, aquel juego de construcción en el que las construcciones te duraban en pie el tiempo que tardabas en tener otra idea. (Continuará…)

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