De todos los recintos romanos, los más populares eran sin duda el anfiteatro y el circo. Sólo hay que recordar las necesidades, el opio de un pueblo feliz: panem et circenses. El anfiteatro era gratuito para todos y, en proporción con el número de habitantes, el de Tarraco fue el más grande de todo el imperio. Eso sí, había zonas separadas para las distintas clases sociales. Por la puerta triumphalis salía el ganador, considerado casi un héroe. La puerta libitinensis estaba reservada para la salida de los perdedores, no necesariamente vivos.

Hay constancia de que hubo un mural dedicado a Némesis, donde se encomendaban los gladiadores antes de salir a la arena. El emperador Heliogábalo, el de los festines, restauró el recinto del Ave Caesar, morituri te salutant. Pese a que algunos historiadores dudan de la veracidad del saludo, eso poco importa cuando ha sido la filmografía clásica la encargada de meter la frase en todos los hogares. Quién no recuerda alguna que otra tarde semanasantera viendo pelis de romanos… Pero las luchas de gladiadores eran tan solo uno de los espectáculos que tenían lugar en los espacios lúdicos. En las venerationes entraban en juego los animales capturados en cualquier parte de los dominios romanos: elefantes, rinocerontes o tigres que luego se merendaban a los prisioneros en los noxii. El plato fuerte eran las munera o luchas de gladiadores. Prisioneros de guerra o esclavos adiestrados en las diferentes clases de lucha se batían a muerte en la arena en busca del preciado rudis o sable de madera, símbolo que daba la libertad al gladiador. Gladiadores los había tracios con rodela y puñal, retiari con red y tridente, samnitas con escudo y espada, murmilones con el casco decorado con un pez e incluso había meridiani, una suerte de teloneros que aparecían en los descansos. No hay constancia, pese a la cercanía del mar, de que celebraran naumaquiae, unas batallas navales para las que se precisaba inundar la arena.

Los juegos adquirían una dimensión política y religiosa importante, amén de social. Coincidían con fiestas en el calendario, los había anuales y con fecha fija (ludi stati). La popularidad del emperador dependía en buena medida del éxito de los juegos. Viendo hoy a la gente visitar esos lugares, me pregunto si realmente adquieren conciencia de lo que allí tuvo lugar. Deberíamos tratar por un momento de imaginar el bullicio de la gente cuando caminamos sobre las gradas, escuchar el rugido de un león cuando bajamos a pisar la arena, para salir luego por la puerta grande y ser el centro de las conversaciones en los corrillos que se forman en las tabernas.

Otra de las piezas claves de las ciudades romanas eran los alojamientos y las casas particulares. Stabula y hospitia, el equivalente a posadas y hoteles, daban cobijo al que iba de paso. Las domus, ejemplo de segunda declinación en el instituto, se componían de diferentes estancias. En el atrio se recibía a las visitas alrededor de una fuente, dejando a la vista de todos la vajilla de plata como carta de presentación de la familia. En el triclinium se daban esas imágenes que conocemos de los banquetes romanos, con las personas tumbadas en un sofá comiendo grandes racimos de uva y bebiendo vino de una jarra. En el tablinum se despachaban los asuntos de negocios y la cubicula o dormitorio quedaba para las visitas menos importantes, como ese cuñado pesado. Si con todas estas visitas nos falta Roma, siempre tendremos el Museo Nacional Arqueológico de Tarragona (MNAT), que va coleccionando todo lo que los romanos se dejaron en la ciudad. Hay que saber que cada vez que se hace un agujero en Tarragona aparecen restos de la época. A veces se echa tierra encima, sin más complicaciones. Otras, dan comienzo complejas excavaciones que nos siguen dando pistas de cómo se vivía hace dos milenios. En el museo está expuesto el que fue el primer felpudo de la historia; un mosaico que se encontró en la entrada de una casa con la inscripción Ave Salve. (Continuará…)

Más información en Ciudades Patrimonio de la Humanidad en España y en spainheritagecities.

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2 Comentarios a “Tarragona. Balcón de la eterna primavera (2 de 3)”

  1. Sería fantástico poder viajar en el tiempo para ver cómo eran realmente las calles de una ciudad romana un día cualquiera o asistir a una lucha de gladiadores, la primera y grandísima pasión popular. Sin duda, nos quedaríamos de piedra por más de una razón! Quizá el éxito de esas luchas entre hombres y entre hombres y animales se debiera a que era la principal vía de escape de las tensiones sociales en una sociedad muy jerarquizada, aunque también bastante flexible. Seguiremos tus andanzas por Tarraco!

  2. ¿Te imaginas, Viajes de Primera? Sería genial estar sentado en el anfiteatro viendo esas luchas… Pues algo parecido se puede ver estos días durante la celebración del festival Tarraco Viva.

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