Si algo he aprendido desde la primera vez que tuve una cámara en las manos ha sido a no ser conformista. También a saber cuando tengo la foto, sin necesidad de mirar al visor igual que hacía en los viejos tiempos. Es el momento de darse la vuelta con esa media sonrisa del que sabe que ha atrapado un momento. Lo ilustro con dos ejemplos. Había viajado a Düsseldorf con un encargo para el suplemento Fuera de Serie. Uno de los puntos obligados para incluir en el reportaje era la torre en la Burgplatz, junto al Rin. Las fotos hechas por la mañana, a primera hora, no me funcionaban. Necesitaba volver por la tarde cuando hubiera un poco de acción. La primera imagen del artista callejero con las pompas de jabón fue de aproximación. En la segunda estaba más cerca pero no me acababa de convencer. Finalmente, la pompa de jabón envolviendo al niño me da la foto que necesito.

En el caso de la ciudad de Safi, buscando referencias españolas, me encontré con un grupo de niños jugando a las cartas. En este caso fui variando el ángulo de la escena y los protagonistas. La primera foto vuelve a ser de aproximación, la foto necesaria para ir introduciéndome en la escena. Buscaba el momento en que el más travieso de ellos entrara en cuadro. Los cruces de mirada bastaron para provocar su aparición y que me encontrara con la imagen final, la última que hice, donde todo cuadra.

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sep 272010

Podría decir que esta es mi foto favorita. No sólo por las sensaciones que tuve en el momento de hacerla sino también por su posterior lectura. Me gustaba la escena: el punto de luz de la ventana en contraste con el azul de la medina de Chaouen, el cálido y el frío. Era cuestión de esperar a que pasara algo. Y pasó. El movimiento de la persona no es fortuito, es el resultado de una serie de respuestas que busco a la hora de fotografiar. Se podría resumir en un intento de entender el paso del tiempo, en que nosotros nos vamos y nuestras obras permanecen. Esta fotografía lo representa. Fueron dos disparos, uno de ellos bueno. La posterior lectura fotográfica, tema de la Primera Edición de Caja Azul, acaba de dar la perfección -mi percepción de lo perfecto- a la fotografía. Casi puedo oler las pastas de la bandeja que la mujer lleva a casa. El tono de la ventana representa la calidez de un hogar en contraposición a la frialdad de la calle. Si voy un poco más allá, puedo construir toda una historia en torno a lo que me imagino que pasará cuando la mujer llegue a casa con las pastas.
Podéis pensar que toda esta parrafada es fruto de mi onanismo mental. Pero es tan solo una consecuencia de mi manera de vivir la fotografía. No fotografío nunca lo que veo sino lo que he visto. Todas las sensaciones vividas, lo aprendido, lo acumulado. De todo ello salen las fotografías. Ahora… creo que me he pasado al afirmar que es mi mejor fotografía. No puede serlo en modo alguno. No sería honesto conmigo mismo ni con mi fotografía. Cada día tengo que salir pensando en hacer mi foto favorita, que hasta ahora es siempre la última que he hecho. Nunca pienso en lo que hice sino en lo que estoy por hacer. Creo que era Tino Soriano el que decía que en la entrada de la sede de National Geographic en Washington hay un letrero que reza: “Vales lo que tu último reportaje”. Pues eso.
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Marruecos no es un país fácil de fotografiar. Y menos aún con prisas. Durante los últimos años he tenido la oportunidad de viajar al país vecino en numerosas ocasiones y estancias más o menos largas. Algunas personas, al ver mi trabajo, me vienen con el cuento de que no se puede hacer fotos de la gente, que si hay que pagar o que les robamos el alma al hacerles fotografías.

Y digo yo, ¿qué pasaría si alguien tuviera la falta de educación de meternos una cámara en la cara y disparar a discreción?

Os puedo decir que hasta ahora no he pagado por ninguna foto en Marruecos. Este hecho, lejos de ser un mérito del que enorgullecerse en charlas en torno a la cacería fotográfica, demuestra cual es la mejor arma a la hora de acercarse a la gente: la empatía. Trato de entender una cultura diferente en muchos aspectos a la nuestra y en la que también veo un reflejo de algunos comportamientos presentes y pasados de nuestra sociedad. Me interesa realmente, mucho más allá de lo que una simple fotografía me puede aportar, la vida de esa gente, su manera de pensar, su generosidad y, sobre todo, cualquier aspecto que me recuerde todo aquello que hemos perdido. El vídeo que os dejo es una muestra de lo que os cuento. Al llegar a un callejón de Chaouen me llamó la atención un grupo de niñas que jugaban a algo parecido a la rayuela y pintaban en la pared. La cámara estaba guardada y así permaneció hasta más de dos horas después. Las fotografías no están entre las mejores de mis viajes a Marruecos, pero en una de ellas se puede ver como ninguna de las niñas está pendiente de un fotógrafo un poco loco que les está haciendo fotos. Si la cámara hubiera ido por delante no habría magia y me hubieran prohibido hacer fotos.

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Ayer se inauguró en el Salón vestíbulo del Edificio magno histórico de la Universidad de Barcelona la exposición Srebrenica. Memoria de un genocidio del fotógrafo y amigo Alfons Rodríguez. La muestra recoge 40 impactantes imágenes realizadas recientemente con motivo del 15º aniversario de la masacre. Fotografías llenas de tensión, de lágrimas que seguirán cayendo. En palabras del propio Alfons, no es una exposición hecha para gustar sino para remover conciencias. Hay pocas razones mejores para levantar el culo del sofá y tratar de entender que pasa en nuestro mundo, especialmente en un mundo a tan sólo dos horas de nuestros cálidos hogares.




Tras el peaje de unas autoridades crecidas en este tipo de eventos, se dio paso a una visita guiada por el propio autor y el pistoletazo de salida al aperitivo. En apenas unos minutos las bandejas quedaron como si les hubiera pasado por encima el Katrina. Señoras de alta condición social, menguada fortuna y nulos modales, con cierta resistencia a la apoplejía que tienen una agenda cargada de inauguraciones y demás saraos dieron buena cuenta de las patatas chip. La pena es que ni siquiera saben dónde está Srebrenica.

La muestra estará abierta hasta el próximo 8 de octubre.

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Estos días me encuentro de peregrinación en Noruega y tengo el privilegio de tener a César Justel como compañero de viaje. Durante varias décadas, César recorrió los pueblos de España en busca de fiestas y tradiciones curiosas. Como compañeras de viaje tuvo a María Ángeles Sánchez y a Cristina García Rodero.
Viajero de largos recorridos, cree en el viaje sin billete de vuelta. Me comenta que si tienes dos o tres meses un viaje sale barato, lo que encarece un viaje es la falta de tiempo. Con esa filosofía, se marcha a la India durante un año y medio. Corría el año 1969 y sólo volvió para vender algunos reportajes y viajar de nuevo, esta vez a Sudamérica, con lo obtenido por ellos.

Como anécdota curiosa y buen ejemplo no sólo de la época de vacas gordas sino de la valoración que se hace de la profesión en otros países, César me cuenta que en la década de los 80 le llamó un fotógrafo de la revista alemana Stern para pedirle información sobre las fiestas en España. Cuando se publicó el reportaje le mandó un ejemplar de la revista junto con un cheque de 100.000 pesetas: la información se paga, le dijo. Cobró más por la información que por su reportaje publicado en España.
En una época en la que se debate sobre naciones y nacionalidades parecemos no darnos cuenta que con la pérdida de fiestas y tradiciones dejamos escapar eso que tanto se reclama, la identidad. Charlamos también sobre el papel de la iglesia que ha tratado siempre de catolizar las fiestas, provenientes de ritos paganos en su mayoría. Aunque hay que reconocer que eso también ha evitado que muchas celebraciones desaparezcan.

He aprovechado la tesitura para hacerle algunas preguntas a César.

El fotógrafo viajero (EFV) - ¿Qué perdemos cuando desaparecen fiestas y tradiciones?
César Justel (CJ) - Parte de nuestra identidad, lo que nos diferencia. No soy partidario de las subvenciones que muchas veces son las responsables de la desaparición de la fiesta.

EFV - ¿Cuál es la celebración más peculiar o la que más recuerdas?
CJ - La primera vez que vi el Paso del Fuego en San Pedro Manrique. Es un buen ejemplo de que todo tiene una causa, de que hay que investigar el ritual. De dónde procede, por qué no se queman los mozos. El ratón -un alias-, que ya murió, bailaba sobre las brasas.

EFV - Como escritor y periodista, ¿cuándo tienes la necesidad de utilizar la fotografía?
CJ - Desde siempre, pero hay que aprender también a olvidarse de la cámara, a saber guardarla. Tomar notas, mirar de captar la esencia del lugar, empaparte de ella. La cámara lo condiciona todo. No hay más que ver que en el momento que aparece la televisión se acaba la fiesta, la espontaneidad.

EFV - ¿Una ventaja y un inconveniente de la fotografía digital?
CJ - La ventaja clara es el peso y el ahorro de dinero y el inconveniente que te esfuerzas menos por la inmediatez del resultado, te relajas sabiendo que si cometes un fallo no es irreparable.
Sobre el peso y el ahorro, le comento que bajo mi punto de vista es todo lo contrario, pero él se ha acostumbrado a trabajar con menos equipo y ya no necesita los carretes y el revelado.

EFV - ¿Qué has aprendido viajando?
CJ - A ser bastante comprensivo y que la gente, en los pueblos, es buena.
Que es muy importante sentir la historia antes de fotografiarla. Siempre desde el respeto, intentando pasar desapercibido. El egoísmo de querer sacar una foto lo rompe todo, lo falsea.

EFV - ¿Cuál es la foto (tuya) que más te gusta?
CJ – Aquélla que es única. Uno foto única tiene mucho valor. A veces, incluso por encima de si es buena. ¿Una foto sólo? Me quedo con todo un trabajo, el libro Pueblos con encanto (El País-Aguilar).

EFV - ¿Está todo perdido? Me refiero a la pasada época de vacas gordas…
CJ - Antes te aceptaban cualquier cosa que les llevaras, siempre y cuando fuera interesante. Ahora se acepta lo que se paga, es decir lo publicitario. Estás falseando el reportaje. Quien paga sale.

EFV - Un consejo para alguien que está empezando.
CJ - Que hay temas. Hay que ir a buscarlos. El problema es que la gente hoy en día quiere trabajar menos. Todos los inicios costaban y había que trabajar mucho, muy duro. Viajábamos con muy poco dinero.
Tampoco puedes endiosarte. Si alguien me viene con el cuento de que tiene un reportaje muy bueno del Cabo de Gata, le digo que tú y cientos más. Necesito ver la diferencia, el enfoque, un buen tema bien trabajado.

EFV - ¿Qué foto te hubiera gustado hacer? Destaca el trabajo de otro fotógrafo.
CJ - Pues probablemente alguna fiesta del extranjero. Como la Romería de Pulque en México.
En cuanto al trabajo de otro, sin duda el de Cristina García Rodero.

Muchas gracias, César.

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