Hacía años que el parque era su casa, la dirección postal a la que soñaba que le llegaba una carta de amor con rastro de lágrimas y olor a Jacq´s, el de las distancias cortas. Conocía a todos los que pasaban por allí a diario: a los chavales que hacían pellas con aprobación paterna, al parado 4.325.215 -no sabe cómo se llama, pero sí que en su casa siguen pensando que dirige con aire despótico desde su altar de suficiencia-; al corredor con riesgo de sufrir infarto y al atleta adicto a las hormonas para ganado. Había aprendido las reglas del mus gracias a los jubilados que cada tarde huían de sus mujeres y sentía cierta compasión por el hombre que se tocaba tras los matorrales ansiando besos de instituto. Estaba segura de poder imitar todos sus comportamientos, de sentir como ellos. Lo había decidido y había llegado el momento. La contaminación de la ciudad estaba dotando a su cabeza de unas extrañas canas y a su piel de un inquietante aspecto ajado. El anuncio de la clínica de estética que habían colocado en la fachada de enfrente llevaba un par de semanas atormentándola. La estatua del jardín había escuchado al abuelo hablarle a su nieto de Pinocho y al grupo de góticos que se emborrachaba todos los jueves, viernes y fiestas de guardar contar fantásticas historias de un tal Frankenstein. Ella quería y podía romper sus cadenas de hormigón. Tras unos estiramientos y un par de bostezos comenzó a andar: pensaba, decidía y opinaba como los humanos. Al principio, los escalofríos fueron aislados. Al cabo de unos minutos ya eran seguidos. Era una sensación extraña pero sabía perfectamente lo que tenía que hacer: lo había visto mil veces. Saltó unos matorrales, pisó el césped y se puso en cuclillas tirando los pantalones a un lado. Al rato, defecaba alegremente entre sonoros pedos. A nadie de los que por allí pasaba pareció importarle. Tras muchas lluvias, inviernos y operaciones salida deseándolo, nada era como lo había imaginado. Por la mañana, el frío mármol volvía a formar parte de su cuerpo. Total, las canas no le sentaban tan mal.
UNA TARDE EN EL PARQUE
SANT JORDI Y EL DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO
De todas estas fiestas que nos hemos inventado para desatar nuestra furia consumista, la que prefiero es la de Sant Jordi. Hay dos cosas que me gusta que me regalen: libros y una buena botella de vino. Como no hemos inventado todavía la festividad en la que regalemos vino, no toca más remedio que acercarse uno mismo a la bodega de turno. Pero dejemos el culto a Baco para otra entrada y hablemos de lo que nos ocupa hoy. El día de Sant Jordi se ha hecho extensivo al resto del mundo con un Día Internacional del Libro. Es una buena ocasión para regalar algo de lo que nos sintamos satisfechos y no esos horribles pasteles con forma de corazón, ese incómodo compromiso en forma de corbata o un frasco de colonia con anuncio sexista incluido. ¿Hay algo más grande que regalar saber? Darle a la gente que quieres la oportunidad de vivir a través de las letras, de que esos libros se conviertan en los mejores compañeros de viaje. Dada la fecha, me gustaría que me permitierais el atrevimiento de dejar en este espacio algunas recomendaciones, algunos títulos que me han acompañado durante los pasados viajes por el mundo.
Stefan Zweig es mi autor favorito. Os dejo dos títulos de esta gran novelista y mejor ensayista austriaco. El mundo de ayer (su biografía paralela a algunos de los hechos más brutales que tuvo que vivir Europa) y Mendel el de los libros un delicioso relato sobre la vida del anciano Mendel, que sólo entendía de libros.
Marca de Agua de Joseph Brodski es, para mi gusto, el mejor retrato que se ha hecho de una de las ciudades más literaturizada del mundo: Venecia.
Viajes con Heródoto de Ryszard Kapuściński. Una de las obras esenciales del gran maestro del periodismo. Su viajes por Asia con el fondo de las eternas luchas (todavía siguen) entre Oriente y Occidente, narradas por Heródoto.
A Miguel Delibes, recientemente fallecido, lo mínimo que le debemos es acercarnos a sus libros. El hereje, su última novela, puede ser un buen comienzo.
La literatura rusa está entre mis preferencias. Poca gente ha narrado tan bien la condición humana como los clásicos rusos. Ahí van dos títulos:
Todo fluye de Vasili Grossman. El protagonista, Iván Grigórievich, se cuestiona si no estaba mejor en el Gulag.
El jugador de Fiódor Dostoyevski. La baboulinka (la abuela) es uno de los personajes más entrañables de la literatura universal.
Las flores del mal de Charles Baudelaire. Siguiendo a los poetas malditos para escribir sobre Bruselas -fue una de las ciudades a las que huyeron y de la que huyeron- volvió a caer en mis manos la poesía de Baudelaire.
On the road de Jack Kerouac. Se publicó una nueva versión a través del manuscrito original. Los nombres de los protagonistas que acompañaron a Kerouac ya no se esconden tras un mote.
Ensayos de Michel de Montaigne. Libro de cabecera al que recurro muy a menudo. Sus ensayos siguen teniendo vigencia casi cinco siglos después. Cada generación ha encontrado en esta obra sus propias respuestas, cada individuo lo ha interpretado según sus experiencias vitales. Para tenerlo siempre en la mesita de noche.
Walden, la vida en los bosques de Henry David Thoreau. Tengo que agradecer a Jordi Busqué el que me hicera volver a disfrutar con este libro.
Recuerdos marroquíes del Moro Vizcaíno de José María de Murga. Dos viajeros españoles destacan por encima de los demás en el siglo XIX: José María de Murga y Domingo Badía o Ali Bey. Siguiendo los pasos de este último en un viaje por Marruecos llego al Moro Vizcaíno y su peculiar (divertido) modo de narrar sus aventuras.
Doce libros. Uno por mes. ¿No me diréis que es mucho?
¿Me dejáis vuestras recomendaciones?
PERROS QUE NO SON DOGS
No sé si Elliott Erwitt tenía mascotas en casa. Yo no las tengo. Aunque supongo que el hecho de fotografiar perros no tiene nada que ver con la ausencia de pelos en mi sofá y sí con la influencia del gran maestro. Las fotografías de Elliott Erwitt de la serie Dogs se han convertido en iconos para los amantes de la fotografía. Como decía, desconozco si él tenía mascotas en casa, pero sí sé que sus fotografías destilan ironía y es difícil que no provoquen una sonrisa en el espectador. Las fotografías que hago de perros no tienen ninguna pretensión pero en un mundo en el que aprendemos más de las experiencias ajenas que de las propias, el hacer este tipo de fotografías supone un ejercicio para tratar de subir un nuevo escalón en mi hecho fotográfico. Son como una especie de deberes que quizás acabe presentando en el examen final en esto de la fotografía. Os dejo algunos de mis últimos ladridos.
El trabajo de la periodista Sheri Fink sobre las controvertidas muertes en un hospital de Nueva Orleans tras el paso del huracán Katrina ha sido merecedor del premio Pulitzer en la categoría de Periodismo de investigación. Hasta aquí todo normal. Lo que hace diferente a esta edición del premio es que el trabajo de Sheri Frank fue publicado en ProPublica, medio exclusivamente on-line (si bien es cierto que la historia fue co-publicada en el New York Times Magazine).
Ante esta noticia sólo tengo una cosa que decir: ¡BIEN, VIVA, YUUUUUPI!
Existe la opinión generalizada, entre los editores exclusivamente, de que no hay que pagar por lo que se publica en la web. Los últimos contratos que pretenden las revistas van en ese sentido. Los más benévolos piden que se cedan gratuitamente los derechos de reproducción para la web, por los siglos de los siglos, de lo que se publica en el papel o proponen un precio más bajo para segundos usos de la fotografía. Otros, directamente atentan contra toda ética profesional pidiendo cesión ilimitada de lo que publican para su reproducción en otros medios del grupo e incluso con la draconiana cláusula por la que se arrogan el derecho de comerciar con esas imágenes, vendiendo los derechos de reproducción a terceros.
Dicho esto vuelvo al ¡BIEN, VIVA, YUUUUUPI! Ahora tendré el consuelo de que vendrá un súpermegapremio a compensar todo lo que esos contratos pretenden quitarnos. Es que a ningún editor le entra en la cabeza que hay que pagar por cada uso que se haga de las cosas. Entiendo entonces que el editor que repite en un restaurante porque le gusta no paga por las sucesivas veces que lo visita o paga un tanto por ciento de lo que le costó la primera vez, que cuando va a llenar por segunda vez el depósito y dado que le vuelven a poner gasolina, se marcha sin pagar. ¿A que suena absurdo? ¿Y si hablamos de fotografía?
Dicho sea de paso, no me parece correcta la decisión de la UPIFC de recortar en un 34% (fabulosa entrada en el blog Enfocant) las tarifas recomendadas. Es hacerle el juego a los editores que siempre echarán mano de las tarifas más bajas que encuentren a la hora de ponerse a negociar. Aunque luego vengan otras mejores a sustituir a éstas.

Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


