abr 262010


Hacía años que el parque era su casa, la dirección postal a la que soñaba que le llegaba una carta de amor con rastro de lágrimas y olor a Jacq´s, el de las distancias cortas. Conocía a todos los que pasaban por allí a diario: a los chavales que hacían pellas con aprobación paterna, al parado 4.325.215 -no sabe cómo se llama, pero sí que en su casa siguen pensando que dirige con aire despótico desde su altar de suficiencia-; al corredor con riesgo de sufrir infarto y al atleta adicto a las hormonas para ganado. Había aprendido las reglas del mus gracias a los jubilados que cada tarde huían de sus mujeres y sentía cierta compasión por el hombre que se tocaba tras los matorrales ansiando besos de instituto. Estaba segura de poder imitar todos sus comportamientos, de sentir como ellos. Lo había decidido y había llegado el momento. La contaminación de la ciudad estaba dotando a su cabeza de unas extrañas canas y a su piel de un inquietante aspecto ajado. El anuncio de la clínica de estética que habían colocado en la fachada de enfrente llevaba un par de semanas atormentándola. La estatua del jardín había escuchado al abuelo hablarle a su nieto de Pinocho y al grupo de góticos que se emborrachaba todos los jueves, viernes y fiestas de guardar contar fantásticas historias de un tal Frankenstein. Ella quería y podía romper sus cadenas de hormigón. Tras unos estiramientos y un par de bostezos comenzó a andar: pensaba, decidía y opinaba como los humanos. Al principio, los escalofríos fueron aislados. Al cabo de unos minutos ya eran seguidos. Era una sensación extraña pero sabía perfectamente lo que tenía que hacer: lo había visto mil veces. Saltó unos matorrales, pisó el césped y se puso en cuclillas tirando los pantalones a un lado. Al rato, defecaba alegremente entre sonoros pedos. A nadie de los que por allí pasaba pareció importarle. Tras muchas lluvias, inviernos y operaciones salida deseándolo, nada era como lo había imaginado. Por la mañana, el frío mármol volvía a formar parte de su cuerpo. Total, las canas no le sentaban tan mal.

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2 Comentarios a “UNA TARDE EN EL PARQUE”

  1. Rafa, desconocía tu faceta de escritor de cuentos…siempre se aprende algo en los blogs…muy chulo, ánimo, a ver si escribes más.

  2. Gracias Kris, volveremos a intentarlo. Todo nace de cosas que va uno viendo por esos mundos que recorremos.

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