oct 312009


El cambio climático lleva produciéndose muchos años en las pasarelas de todo el mundo, bikinis en invierno, abrigos en verano. Pasarelas donde grotescas sílfides de andares marionéticos, pinochescos (perdóneme la RAE), visten con harapos de creatividad, cuando no con sogas. Jóvenes sin juventud, jóvenes de sométicas ¿vidas? y rendidas a enteógenos gurús de la tijera. Sus cloróticas caras llenan portadas retocadas por maestros de otra tijera; la cibernética. Latrocinio de píxeles para cuerpos imposibles de condesas humilladas por vestir carne encima del hueso. Sofismas disfrazados de silogismos ante la opinión publica: La modelo es guapa, la marca viste a la modelo, si visto la marca soy guapa. Opinión publica borracha de TV que pasa indolente las páginas de una revista sin la sindéresis necesaria para que sus hijas, adolescentes con sueños de alteridad, tomen postre a la hora de comer.
Mientras, ¿ellos? Los modelos no, ellos no. El Ministerio de Igualdad
in albis. Perdón, legislando.

¿Y la culpa? De los padres que las visten como modelos. Qui prodest?


Post Scriptum : Quisiera haber escrito esto con el animus jocandi que ha caracterizado otras entradas, pero esta vez no tiene ni puta gracia.

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foto © Manel Soria - diseño gráfico © Albert Buendía

El viernes 6 de noviembre a las 19 h. en la Sala Prat de la Riba de l´IEC (Carme, 47 - Barcelona) tendrá lugar la proyección y conferencia “LES LLUMS DE LA NIT” a cargo del propio autor
MANEL SORIA. Allí estaré. La fotografía nocturna, principalmente en aquellas ciudades en las que Manel Soria no podría fotografiar la Vía Láctea, ha formado parte de mi trabajo
durante mucho tiempo. Como apasionado de la fotografía de calidad, de los nocturnos y de la inteligencia pienso que es una de esas citas ineludibles. Si los compromisos profesionales os lo permiten, aunque los afectivos pudieran, que no debieran, ser también excusa, os animo a pasar por allí. Aunque no sé si habrá sitio para todos en la sala. Y para muestra un botón o mejor, para muestra un fotón (enlazar, por favor)

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oct 282009


En Ecuador, por tanto en Quito, el día dura doce horas. Todos los días del año. De 6 a.m. a 6 p.m. Y la noche al contrario.
En Ecuador, por tanto en Quito, sale el sol casi todos los días.
En Ecuador, por tanto en Quito, llueve casi todos los días.

Dicen de Quito que es una ciudad peligrosa. Las portadas de los periódicos, parecidos todos a El Caso, abren cada día con algún tipo de crimen. A mi me parecieron peligrosas sus nubes.
El sol salía cada mañana y poco a poco los cúmulos se iban formando y transformando. De cúmulos a congestus y de ahí a apocalípticos cumulonínbos. Como si el mundo se acabara. He vivido este tipo de clima en otros países de Latinoamérica, pero las nubes de Quito eran las que más miedo daban. Como el hombre del saco cuando no te comías la verdura. Venían muy rápido, apenas el tiempo de tomar un jugo y sentarte a esperarlas. Bastaba alternar las miradas de soslayo para que no te oyeran sorber con la pajita con el vistazo al fondo del vaso para apurarlo todo. Así de rápido llegaban. Y así de rápido se iban. Al contrario que las verduras con las que hacías una bola grande y tragabas sin masticar con ayuda de litros y litros de agua. Los mismos litros que caían luego de las nubes que asustaban. Pero duraba menos la tormenta que el plato de judías.

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Viena es Stefan Zweig y viceversa. Unas veces mencionada directamente y otras por intuición, la ciudad austriaca es el fondo de muchos de sus relatos y tiene un lugar destacado en El mundo de ayer, sus memorias. Los barrios estudiantiles, los libreros de viejo como el entrañable Mendel, el primaveral paseo de la prostituta Lise por el parque del Prater, los edificios que desearían tener una habitación donde una desconocida escriba su carta y cafés como el Gluck. Todos forman parte de la literatura del escritor al que le asustó el mundo y no pudo soportarlo. Todos los lugares, sin excepción, siguen en Viena. Buscando ese café Gluck doy una y otra vez con mis huesos en el Café Hawelka. Da igual hacia dónde vaya, de dónde venga, pero cada vez que visito Viena acabo sentado en una de las mesas del Hawelka. Y como siempre (deseo que todavía - Actualización: Ya no será posible, Leopold murió el pasado 29 de diciembre a la edad de 100 años), el señor Leopold sigue sentado en su mesa donde siempre lo encuentro desde hace casi veinte años, aunque me consta que él lleva muchos más allí. Esta vez sólo cambia su semblante, la mirada perdida buscando el lugar donde se encuentra la compañera de su vida. Lamentablemente, Josefine ya no saluda a los clientes uno por uno al llegar la noche y relevar a su marido. Sí saluda Leopold, mesa por mesa, desde hace más de setenta años. Todo el mundo quiere hacerse una foto con Leopold y el ritual, no por mil veces visto deja de ser entrañable. Se le acerca algún muchacho con fotográficas intenciones, el señor Hawelka arrima la bandeja en la que nunca falta un vaso de agua y sonríe. He aprendido a disfrutar de la soledad en este lugar que parece escuela de lobos esteparios. Parte de mis sueños viajeros se han gestado allí, bajo el entramado del techo y su característico tono conferido por el humo de miles de cigarrillos, humo al que sólo allí consigo acostumbrarme (Otra actualización: ya no se puede fumar en el Hawelka). Todo el que quiso ser algún día, el que fue, el que es, ha pasado por el Hawelka. Y lo seguirán haciendo. Uno de los hijos se acerca a Leopold para besarle, con admiración. Mientras el padre ríe, cómplice, pensando quizá que es un pesado, pero en el fondo encantado de que la gente le devuelva una parte del cariño que él lleva dando gratis, como el segundo vaso de agua, toda la vida. Mientras, otro cliente pide un buchteln, ese bollo esponjoso del que el argot ha tomado prestado el nombre para significar algo falso, carente de consistencia.

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Había pasado la noche en Urbina, intentando dormir y aclimatarme a la altura en la estación ferroviaria 12 de Octubre, hoy convertida en albergue gracias al trabajo de Rodrigo Donoso, experto guía de montaña con el que pensaba conocer la zona, cuando me habló de los hieleros del Chimborazo y de su amistad con uno de ellos. Dos días más tarde estaba todo dispuesto para seguir los pasos del último cazador de hielo.

Todavía no ha amanecido en Cuatro Esquinas, aún tardará en hacerlo, cuando Baltasar Ushca prepara sus aperos. Tras tomar un brebaje parecido, más por olor que por sabor, al café, emprende el camino al glaciar del Chimborazo.

Con la única compañía de sus tres borricos va ascendiendo a un ritmo que no estoy seguro de poder seguir. Las recientes y torrenciales lluvias han complicado lo practicable del camino y los quince kilómetros de duro ascenso se me antojan una quimera. En mi mente la vacuna contra el soroche «caminar despacito, comer poquito y dormir solito».

Poco a poco han ido quedando atrás el patchwork de cultivos y los quince años con los que Baltasar contaba la primera vez que subió al glaciar. Sesenta y cuatro cree que tiene ahora. Y como entonces, dos veces por semana recorre la distancia que le lleva a los 4.800 metros de altitud donde está la mina de hielo. Pero con la diferencia de que ahora sube solo. En tiempos de mayor demanda hasta un centenar de hieleros abastecían a las poblaciones cercanas. Uno de ellos era el padre de los Ushca ligado por acervo al Chimborazo. Una leyenda indígena cuenta que cuando hay truenos y una mujer embarazada no entra en casa, tiene un hijo del Chimborazo. El padre de Baltasar era albino. Él fue el que inició a sus hijos. Gregorio ya no quiere subir al glaciar, pero cuando no dispone de otra fuente de ingresos prepara helados de paila con el hielo del glaciar. El otro hermano, Juan, tiene problemas de alcoholismo.

La costumbre impuesta por los hacendados españoles que mandaban a los indígenas a buscar hielo para conservar los alimentos tuvo su ocaso cuando aparecen los primeros refrigeradores y su práctica extinción cuando las fábricas comienzan a servir a los mercados.

El primer y único alto en el camino se hace en el pajonal, a 4.000 metros, donde sus hábiles manos trenzan las cuerdas que le servirán para amarrar la carga y recogen la paja que hará de envoltorio de los bloques de hielo. Los datos se amontonan en mi cabeza mucho más rápido que el aire que intento respirar con cierta ansia. La espesa niebla no deja ver la cima de la que durante mucho tiempo fue considerada la montaña más alta del mundo, hecho no del todo erróneo ya que, debido al abombamiento terrestre, la cima del Chimborazo es el punto más distante del centro de la tierra. La ruta de los hieleros fue la empleada por Humboldt en su intento de coronar el volcán y Simón Bolívar se pregunta en Mi delirio sobre el Chimborazo si no podrá trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra.
En el tramo hasta la cima ocurre de todo. Llueve, graniza y nieva. El pedregoso terreno hace retroceder un paso por cada dos dados. Han pasado cinco horas desde que salimos de Cuatro Esquinas cuando Baltasar, siempre lacónico en sus repuestas, enmudece. Ante él aparece el glaciar al que parece pedirle permiso con su respetuoso silencio. Su atuendo es sencillo. Apenas un poncho que cubre su forro polar y un raído pantalón, un gorro de fieltro, botas de agua y unos guantes que le regalaron, dice, pero que deja siempre en casa para que no se le estropeen. Son sus manos desnudas las que agarran pico, zapapico y un oxidado hacha para dar forma a los bloques de hielo de unos treinta kilos que luego envuelve con la paja recogida más abajo. Tras atar los bloques entran en juego los animales. Carga seis bloques, dos por burro. Tenía otro, pero me cuenta con un deje de tristeza que enfermó y alquilar a los vecinos le cuesta cincuenta centavos por animal. Un precio excesivo si se tienen en cuenta los dos dólares que le pagarán por bloque. Tras asegurar sus ingresos de la semana con fuertes nudos toca regresar. Pese a que la longevidad del hielo del glaciar es tres veces superior al industrial, es jueves y hasta el sábado no va al Mercado de la Merced en Riobamba. En un nevero subterráneo amontona los fardos a los que sumará los recogidos el viernes, cuando regrese de nuevo al Chimborazo. El sábado, en el mercado, las mismas mujeres de siempre le compran la carga a Baltasar. En la transacción hay un sentimiento de nostalgia más que una necesidad real de un producto que es servido por una industria en la cantidad y hora convenida. Un trozo de hielo, de más de 10.000 años de antigüedad, tarda apenas unos minutos en derretirse en un vaso de jugo. Perfecta analogía de un ancestral oficio que tiene los días contados y en Baltasar a su único exponente. El esfuerzo compartido me concede la familiaridad suficiente para llamarlo Baltico y preguntarle por qué lo sigue haciendo. La respuesta, a su entender, no puede ser más obvia. «Dinero fácil», dice riendo y dejando ver su sucia dentadura.


Artículo publicado en el nº26 de la revista Lonely Planet.

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