

Eran las tres de la tarde y ante la puerta que daba acceso a los balcones de la Basílica se arremolinaba toda clase de gente. Señoras mayores con bolso, niños pequeños con la jeta de sus padres, montaraces e hirsutos camioneros y un señor vestido de domingo. Yo llegaba dispuesto a resolver el Misterio (fotográficamente) y para ello necesitaba una buena ubicación. Cuando abrieron las puertas alguien arriba debió gritar que regalaban dinero y yo no lo escuché, pero sí el resto de la gente que salió corriendo escaleras arriba dando empujones y codazos. Las más de dos horas por delante pretendía utilizarlas para aburrirme, pero los hechos que paso a relatar no me lo permitieron. La iglesia comenzó a llenarse de gente, de hecho algunas personas habían asistido a la misa de por la mañana y se quedaron a ocupar su localidad, no fuera que la función empezara. Entre toda esa gente la hubo que se aburría y buscaba entretenimiento muy, muy en el fondo de sus fosas nasales. Una mujer, en el palco reservado a autoridades, lucía palmito y el hombre de su lado se rascaba las pelotas mirando los tres mil euros que se había gastado en tetas su vecina. La mirada del hombre alternaba entre las gomas y el techo de la Basílica cuando era él el observado. En la calle, niñas con vestidos con muchas flores de mentira pasan delante del manto de la Virgen hecho de muchas flores de verdad. Y cientos de abanicos movían el aire sin que sus dueños supieran que la energía que producían para abanicarse generaba más calor al cuerpo del que era capaz de aliviar el artilugio. O eso contaba un señor con pinta de profesor de física de un instituto de esos donde ya no enseñan la tabla periódica de elementos, daño colateral de la LOGSE. Al rato decido dejar las apreciaciones y evito mirar a la concurrencia. Me miro las manos. Es entonces cuando recuerdo que nunca se debe dejar un boli Pilot al sol para luego pretender tomar notas con él. Tras el ataque del cefalópodo estilográfico mis manos han quedado como cuando salías de hacerte el primer D.N.I. Para distraerme trato de imaginarme, por lo que sabía del tema de la Virgen, lo que allí iba a tener lugar. Antes del plato fuerte llegaba la actuación de los teloneros para cantar las «Vespres». Cuando tratan de invitar al público a hacer los coros, el cantante se da cuenta de que no se saben la letra o son tímidos, porque todo el mundo se queda callado. Luego por lo visto entrará la Virgen cantando acompañada por los ángeles de Charlie, que no la protegen bien porque se muere. Entonces bajará un platillo volante del cielo y se llevará su alma. Todos están muy tristes menos los judíos que entran gritando y por eso todo el mundo odia a los judíos, hasta que por un milagro dejan de serlo y todo el mundo les quiere. Después aparece el Aracoeli que me suena a crucigrama. Altar, Horizontal, tres letras es Ara y cambiando el orden de las letras Coeli es cielo. Pues eso, en ese altar baja un niño que tiene miedo. Una vez, cuando era más pequeño, se cayó de la cama. Hace tiempo que no moja la cama, tampoco se cae. Pero a veces se acuerda y le da miedo. Al final a la Virgen la coronan y un grupo de hipsters con el pelo muy largo gritan al cielo y sus plegarias son escuchadas porque empiezan a llover los billetes que habían prometido a los que subían a empujones y que por el color deben ser de cincuenta euros. Noto que un niño me tira del pantalón y me dice que no, señor, que eso es mentira y yo le digo que entonces mejor no le cuento lo que de verdad pone el programa. Dejo las elucubraciones y vuelvo a mirar a la gente y, al final, el alcalde llega cuando todo había empezado y más adelante será el foco de las iras de alguno de los presentes. Por fin llega el momento de la verdad. Los teloneros se han marchado y la representación es muy buena y llena de emoción a la gente que grita vivas a la Mare de Déu y todos contestan Viva muy fuerte. El que grita los vivas más fuertes y se le han escapado algunas lágrimas dice muy enojado que el alcalde no aplaude, que socialista tenía que ser. Que si tiene alergia a las iglesias que se vaya a la calle a respirar aire laico. Cuando todo acaba, el mismo alcalde lanza palmas blancas al respetable. Su media sonrisa lo dice todo. Les he dado circo y ahora les arrojo pan. Y mucha gente acude a por su pan, que para eso es su alcalde. Como la música amansa a las fieras y todo lo que sube tiene que bajar, la gente desciende ahora ordenadamente y emocionada y contenta y qué bonito. Fuera, en la calle, intento respirar el aire laico, pero yo sólo huelo a perfume caro, a perfume barato, a sudor, a un puro muy grande que se fuma el señor vestido de domingo y a algo parecido a unas albóndigas que sirven en un bar cercano. Y me voy de Elche sin haber resuelto el Misterio.
EL MISTERIO (SIN RESOLVER) DE ELCHE

Me gusta viajar. Siempre me ha gustado. Muchas de las veces que emprendemos camino, la verdadera aventura surge durante el trayecto. O por lo menos así lo recuerdo en los interminables viajes a Asturias cuando era pequeño. Para que esos viajes tuvieran lugar, tuvo que haber un primero. Fue en 1974. Las azafatas del avión de Iberia vestían igual que las muñecas de Famosa que se dirigían a un portal. Las faldas de esas azafatas empezaban a acortarse tras un periodo en el que habían sido demasiado largas. No es que me acuerde, pero una vez me enseñaron una muñeca. A partir de esa fecha, los viajes anuales a Asturias los hicimos en un Seat 124, que era una berlina de la época, como cuenta una web dedicada al modelo. Aunque pareciera que no, el maletero siempre cerraba. Y mejor que cerrara, porque si poníamos las cosas en la baca las perdíamos por el camino. Salíamos a las seis de la mañana y la ruta era la del Camino de Santiago. Luego, los mayores discutían sobre cual era la mejor alternativa o en que pueblo se comía mejor, pero todos se alegraban mucho de verse. Como cabe suponer, eran viajes repletos de anécdotas. Viajes de Tablero deportivo con goles en Las Gaunas y, a la hora del parte meteorológico, noticias de Radio Nacional. Convenía saber el estado del Puerto de La Pedraja, en Burgos. Más tarde, cuando cambiamos el Seat por un flamante Ford Orion, poníamos a Sabina pero seguía estando prohibido comer dentro del coche. Me dio pena. Lo de Sabina no, lo del coche. El Seat me gustaba incluso cuando patinaba contra el quitamiedos y luego me dolía la muela del golpe. ¿Por qué lo llaman así? Quitamiedos, ya. Si el aspecto de mole de hierro acojona. A mi me daba la impresión de pasar siempre por Valladolid y el Pisuerga, pero debió de ser una vez que nos equivocamos, aunque los mayores nunca lo reconocían. Y una vez, también pasando por Valladolid, vi a Jesús, el de los panes y los peces, en el cielo. Pero como lo de Valladolid, debía ser mentira, porque se parecía mucho al Jesús que mi abuela tenía colgado en su casa, con cruz y todo. Cuando no dormía, miraba por la ventana sin preguntar cuanto faltaba. Al principio decidía yo cuando quería mirar por la ventana, pero luego vino mi hermana y para que hubiera sitio me tenía que asomar por la ventanilla que se bajaba sólo hasta la mitad y tenía una al lado con forma de triángulo. Cuando el paisaje se ponía verde era Pajares, el puerto, no el gracioso. Entonces sabía que estábamos en Asturias. El olor era diferente, el color por supuesto y el sabor era de higos. Mis abuelos tenían una higuera en un huerto que todavía hoy recuerdo como olía. Yo me pasaba largos ratos en la higuera. Cuando mi madre me decía, muchos años más tarde, que estaba en la higuera, yo pensaba que era porque tenía nostalgia de Asturias, pero cuando se lo contaba a los mayores se reían. Luego supe que la frase tenía otro significado y no he vuelto a comer higos. Volviendo a la carretera, recuerdo las largas rectas castellanas y que en los sitios donde había muchos camiones parados se comía muy bien o era un bar de copas caras y señoritas que fumaban. Y como los viajes de regreso eran más tristes yo quería parar a ver Mazinger Z que siempre luchaba por la paz. Hoy ya no se come tan bien en la carretera, las rotondas se han convertido en lupanares de asfalto pobladas por meretrices del este y han partido las rectas de la ancha Castilla. Pero hay una cosa que no ha cambiado y es que sigo teniendo ganas de volver a Asturias. Y mientras eso pase, seguiré teniendo ganas de viajar.


Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


