Con Airam, un guía de El Cardón, hicimos un recorrido por varios puntos de interés dentro de las rutas volcánicas de las que os hablé en la entrada anterior. Salimos temprano desde el hotel Mencey, en Santa Cruz, rumbo a Garachico. La ciudad fue la más importente de Tenerife poco después de la conquista de la isla. De su puerto salía vino hacia América. Una erupción volcánica en el siglo XVII relegó a Tarachico a pequeño puerto de pescadores, pero gracias a las coladas de lava ganaron algo de terreno y la formación de las piscinas naturales de El Caletón.
De Garachico nos fuimos a visitar la pastelería El Aderno, en Buenavista del Norte, que se ha convertido en referencia de importantes restauradores. De hacer caso a la vista, el empacho hubiera sido importante. El sentido común hizo que me conformara con probar un pedacito de las mousse de mojito, la llamada Teide y una que me recordó a las tardes de cine (sesión doble) de mi infancia: llevaba peta-zetas. Tocaba compensar haciendo una corta ruta de senderismo desde el albergue de Bolico hasta una de las antiguas galerías donde recogían el agua, ingeniosos sistemas de almacenamiento por filtración. La que visitamos se cree que puede tener su salida en las Cañadas del Teide, a muchos kilómetros de distancia. La galería está dentro del Parque Rural del Teno, que rodea el macizo homónimo. Quemados los dulces de El Aderno, tocaba sentarse de nuevo a la mesa para degustar algunos de los platos típicos de la isla, como el queso asado con miel de palma, las papas, siempre las papas, con sus dos tipos de mojo; la carne de cabra y el bienmesabe de postre. También cocinan estupendos pescados, como el cherne y la vieja.
Pero aún faltaba otro postre. Estábamos en la parte de la isla en que la carretera dubita más para salvar los diferentes accidentes geográficos. Una buena ración de curvas nos esperaba para llegar hasta el mirador de Baracán. Desde allí, las vistas del valle de El Palmar son espectaculares, pero dejaron de interesarnos cuando apareció Damián Acosta. Gracias a gente como Damián, el tradicional salto de pastor como método de desplazamiento sigue vivo. Armado con una lanza de madera acabada en punta metálica, fue saltando y cayendo desde enormes rocas como si bajara escalones. La siguiente parada en la ruta iba a ser en Masca, uno de mis paisajes preferidos en la isla. La localidad, las cuatro viviendas que forman el caserío, está encajada en pura roca volcánica con el telón de fondo del mar.
Me he quedado un par de veces con las ganas de hacer la ruta del barranco de Masca, que desciende desde las cuatro casas que forman el caserío hasta el mar. Una vez allí, cabe la posibilidad de que te recoja un kayak y vayas remando hasta Los Gigantes, con frecuencia con la compañía de algún cetáceo, como el delfín mular. Está anotado como prioridad para la próxima vez que visite la isla. El punto final a ese día lo puso la visita al centro alfarero del barrio de Arguayo, donde se exhibe una muestra de cerámica tradicional guanche y se trabaja en la recuperación de esa forma de trabajar el barro.













Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.



Como todas las tuyas, geniales.
Muchas gracias, Manuel