Santander posee las virtudes y carece de los defectos de las ciudades con bahía. Más elegante que gamberra, más discreta que ruidosa, más café con leche que whisky de garrafón. Vamos, antagónica a Nápoles o Marsella. Aunque probablemente esa debilidad mía que me impide encontrar defectos a los lugares con parada de FEVE, el engarce cantábrico de vía estrecha, me empuje a ser benévolo en mis notas.
Los sueños lanzados al mar tienen ahora billete de vuelta y la troupe que llega al puerto desde Plymouth y Portsmouth se encuentra cómoda entre sus calles y bares. Toda la zona anexa al puerto, la del Paseo Marítimo, espera con paciencia y muchas ganas, el lavado de cara previsto por obra y gracia, más bien por gracia, de Emilio Botín. Inmejorables vistas desde el despacho y lugar de encuentro para la gente, previo al café con leche en el hotel Bahía, uno de los asuntos serios entre los santanderinos que dejan la hora del té británico en mera anécdota. Diario bajo el brazo, lustre en los zapatos y algún abrigo caro se dan cita en una de esas mesas en las que los camareros cursan un máster en semiótica cafetera: signos, gestos y nombres de café dignos de carta Michelín.
Sólo un tema, que llega del mar, se toma más en serio que ese rato de tertulia. El honor a bordo de las traineras no se discute. No vuelvas del mar sin él. Sobre traineras escribió mucho y muy bueno Ambrosius en su serie Al norte en trainera, publicada el verano pasado en El País digital. (Aquí un buen ejemplo). Las fotos las pone Humberto Bilbao.
Diferentes interpretaciones con la anchoa como solista
Entre calles de regios nombres se llega al Palacio de la Magdalena, recurrente tema de noticiero estival por los cursos de la Menéndez Pelayo. Aunque mi verdadero interés lo suscita la isla de Mouro, pero ese día el mar estaba en calma. Hechos sorprendentes tienen lugar en la pequeña isla los días de galerna. Tras la decepción insular, busco suerte en Cañadío, la zona de copas. Regreso solo al hotel cuando empieza a soplar un ligero viento que no se atrevió a ser galerna. Al menos en la bahía. Pero mar adentro, los pescadores se santiguan y gritan ¡Jesús y adentro! una vez pasan El Puntal, el cierre de la bahía que les asegura cenar en casa. Pienso en la razón que tenía Pereda. Las santanderinas no son mujeres, sino pura sutileza.
A media hora de Santander, fauna salvaje en los montes. Si Magritte visitara el Parque de la Naturaleza de Cabárceno diría que esto no es un zoo. Entre el paisaje kárstico de una antigua explotación minera, con pinta de decorado jurásico, campan a sus casi anchas especies animales tan fuera de juego como los tigres, las jirafas o la elefanta Cristina, que como Tristón sólo quiere un amiguito. La alimentación es asistida, pero en todo lo demás se intenta respetar el comportamiento natural de los animales. Se están quedando sin tigres porque a uno de los hermanos le apeteció ejercer de macho dominante y liarse a palos con el resto de la prole. El parque está recorrido por 20 kilómetros de carretera para acceder a las distintas zonas.
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Rafa Pérez Fotoperiodista que intenta entender el mundo a través de los viajes y la fotografía.


